El último amanecer

5ª parte

 

 

            — ¿Entiende ahora por qué tenía que confesarme? Siento haberle contagiado... Pero se lo debía contar a alguien para que me mate. Yo no soy capaz y no quiero ser mordida por los de ahí fuera.

            — Espera, ¡maldita sea! Un momento.

            Ese instante perdió el control de su voz y el grito resonó con fuerza en el templo.

            — Debe existir una cura...

            — Le acabo de explicar que el virus muta, harían falta miles de vacunas, cada una específica por paciente.

            — Si se hiciera... ¿Se podría conseguir? ¿Se pueden curar?

            — ¿No sabe nada de medicina? El hipotálamo y la hipófisis quedan muy dañados, se podría eliminar el virus pero seguirían siendo zombis.

            — ¿Ni siquiera a mí puedes curarme? ¿Y si te digo que no te daré la absolución si no lo haces?

            — Soy atea. ¿Cree que me importa?

            — Está bien, ¿quieres que te mate? Pues cúrame antes.

            — Es imposible. Tendríamos que volver al laboratorio y una vacuna tardaría semanas en sintetizarse. Y hablo de las normales. Lo que tiene en la sangre es una mutación inducida al virus de la rabia. ¿No sabe que los rabiosos no se pueden vacunar después de haber sido infectados?

            — Estoy seguro de que allí dentro tenéis medios para conseguirlo.

            — ¿Cree que no quiero ayudarle? —preguntó con angustia—. Imagínese, he contagiado a miles de personas a las que no he podido ayudar.

            La mujer sollozó lastimosamente.

            — Máteme antes de que contagie a más personas —suplicó.

            Vicente estaba aterrado pero era obvio que esa mujer no mentía. Lo que decía tenía sentido y a pesar de ser la culpable de toda esa tragedia reinante, no podía acusarla.

            — ¿Cómo te has contagiado tú? —inquirió.

            — Es una larga historia.

            — ¿Tienes alguna cita? Yo no podré confesar a nadie más, les contagiaría.

            — ¿No me odia?

            — Soy un sacerdote, el odio no tiene lugar en mi corazón.

            Ella asintió y miró hacia el suelo del confesionario, dispuesta a contárselo todo.

            — Me llamo Francesca y llevo en esta isla desde el año 2005, llegué hace cinco años. Entré al complejo con mucha tristeza por saber que el contrato era irrevocable y al ser un proyecto secreto de la unión de naciones atlánticas jamás debía violar el acuerdo de silencio acerca de nuestro trabajo. Pensé que tendría oportunidad de volver a casa, de ver a mis padres en vacaciones, pero nada más llegar a mi puesto mi jefe, Jean Pierre, me quitó el pasaporte como a mis compañeros y nos dijo que si salíamos de la isla sin su permiso seríamos buscados como criminales de guerra y ejecutados en cuanto fuéramos capturados. Nos dijo que si completábamos nuestro proyecto no podríamos incluir en el currículum más que una cosa: que trabajamos en nanotecnología durante equis años. A pesar de todo nos convenció al añadir que el salario sería tan elevado que no volveríamos a necesitar trabajar más al regresar a casa.

            — ¿Podemos saltarnos tu llegada? —se impacientó el sacerdote.

            — Era para que entendiera que no soy una simple trabajadora, me dejaron claro desde el primer día que si no terminaba el proyecto nunca saldría con vida de aquí. No me dieron elección.

            — Lo siento —se disculpó.

            — Le dije que es una larga historia.

            — Perdona, no sé si es por el calor o el saber que me has contagiado esa horrible enfermedad, pero me estoy sofocando.

            — Aún tardará unas horas en manifestarse. El contagio aéreo es mucho más lento que por contacto sanguíneo. Lo sé porque cuando fui mordida por el murciélago me aislaron y toda la gente con la que hablé desde ese momento, está muerta o caminando por ahí transformado en zombi. Déjeme terminar, eso es lo último.

            — Está bien, pero hace muchísimo calor aquí —Vicente suspiró agobiado y deseo quitarse el pantalón vaquero. Sudaba por cada poro de su piel.

            — Es cierto... —La mujer secó su propio sudor con un clínex—. Como le iba diciendo, no sabía de qué proyecto estábamos hablando, pero acababa de terminar la tesis en la universidad y me consumía de ganas por aplicar mis conocimientos en genética e ingeniería molecular —Francesca suspiró—. La ilusión de los necios, cuando estudiamos creemos que es para mejorar el mundo, nunca pensamos en los accidentes o el mal uso que puedan darle a nuestros trabajos.

            Guardó tres segundos de silencio.

            —Nunca pensé que me vendería para esto. Si cuando te paga alguien por acostarte con él eres una prostituta, entonces, ¿si te inventas un arma que mata a miles de personas?

            — ¿Un mercenario? —adujo Vicente.

            Al ignorarle se dio cuenta de que era una pregunta retórica.

            — Y si no lo hacíamos nos matarían. ¿Qué podíamos hacer? Éramos un equipo de veinte investigadores, tres informáticos y casi cien soldados que se encargaban de proveernos todo lo necesario para nuestro trabajo. Las medidas de seguridad eran extremas, al principio no nos dejaban salir. Después nos implantaron unas lentillas y micrófonos con los que sabían a dónde íbamos y con quién hablábamos y cada uno de nosotros éramos vigilados las 24 h del día.

            — ¿Hasta los soldados?

            — No, ellos no sabían lo que estábamos haciendo ahí abajo. Nos vigilaban unos tipos trajeados que aun no sé para qué gobierno trabajaban.

            — ¿Tanta seguridad durante 5 años? Debió ser duro.

            — Le acabo de decir que era al principio.

            — Ah.

            — El primer año teníamos mucha presión encima. Más de veinte países  estaban pendientes de nuestros progresos y lo cierto es que no conseguimos ni uno solo de los prototipos víricos. Pero nos acercamos en dos de ellos, uno transmitía la enfermedad, se extendía sin afectar al portador y el objetivo moría de forma horrible. Eso nos llevo a cometer muchos errores, entre ellos, entusiasmarnos con nuestros primeros progresos, presionados por los gobiernos y ansiosos por dejar esta isla, creímos lograrlo con los experimentos preliminares. Nuestros jefes se emocionaron tanto que concretamos una demostración con murciélagos para contentar a las altas esferas. La prueba se hizo inyectando el nanobot en un individuo. El agente infectado no presentó síntomas, lo pusimos en contacto con el objetivo y tardó unos minutos en morir. Fue emitida por satélite y la vieron todos los presidentes de la OTAN. Como dieron por hecho que el arma funcionaba nos marcaron una fecha de entrega, 2 de febrero de 2007, apenas cuatro meses después. Pero en pruebas  más intensivas descubrimos que usando una cadena de sujetos entre el agente y el objetivo, los intermediarios se volvían violentos e irracionales. Atacaban sin razón a los sanos y sufrían extrañas mutaciones. Algunos crecían hasta el triple de su tamaño y chillaban sin cesar. No conseguimos entender por qué... Y descubrimos que el virus de la rabia busca y ataca a la hipófisis... No quiero marearle con términos científicos, pero baste decir que es el órgano que controla muchas de las funciones del organismo, incluso el crecimiento. Los filósofos antiguos lo llamaban la cuna de alma porque si dejaba de funcionar con normalidad cambiaba desde el aspecto humano hasta el comportamiento racional. Muchas enfermedades mentales tienen como origen una deficiencia o exceso de trabajo de dicha glándula.

            — Justo lo que está pasando aquí —dedujo Vicente.

            — Sí, pero lo cierto es que aun no sé por qué afecta a los demás y a mi no. Aunque sospecho que se debe a que usé parte de mi ADN para sintetizar este virus. Los que yo produzco los interceptan mis anticuerpos. Pero los que produzca un zombi ya no tendrían mi cadena y también me afectarían. Nos estamos adelantando, no he terminado de contarle lo que pasó.

            — Adelante —invitó Vicente.

            — Cuando llegó la fecha no teníamos nada y pedimos un aplazamiento. Recibimos una reprimenda antológica, nuestros jefes nos culparon y nos llamaron incompetentes delante de toda la plana mayor. Solicitaron nuevos expertos y un año más para lograr afinar las armas biológicas. Por suerte accedieron a lo segundo, pero no a lo primero. Nunca llegaron nuevos integrantes. Después del plazo conseguimos aislar el problema pero no se nos ocurría una solución. Examinando los cuerpos de los murciélagos muertos encontramos sus cerebros hinchados y tenían diez veces más irrigación de lo normal. Tanta que seguían intentando mordernos incluso con todas las tripas fuera. La única forma de matarlos del todo era extirpándoles el corazón y dejarles morir un par de minutos.

            — Sintetizamos vacunas pero no servían, sólo aceleraban el contagio.

            — ¿No puedes intentarlo conmigo a ver si hay suerte? —cortó el sacerdote, impaciente.

            Francesca negó con la cabeza.

            — Una vacuna no es más que una dosis reducida del virus. A estas alturas su organismo tiene que hacerle frente y no hay forma de sacar la enfermedad, sus glóbulos blancos deben estar produciendo anticuerpos en progresión geométrica que detendrán su infección, sí, pero a su vez le atacarán a usted y a los muerda, incluida yo.

            — ¿Y si me hace una transfusión? ¿Y si me saca toda mi sangre y me la cambia por otra del mismo grupo sanguíneo?

            — No sabe lo que dice. Cualquier contacto de la sangre nueva con la vieja la contagiaría y no podemos extraérsela toda. Un hombre muere cuando pierde dos litros de su sangre.

            — Tiene que haber una forma... Esta gente me necesita.

            — Voy a ser franca con usted, padre... No pienso marcharme de la iglesia. Ahora que conoce mi secreto debe matarme o terminaré contagiándoles a todos.

            — ¿Cómo está tan segura de que me ha contagiado? ¿Los zombis también contagian por el aire o el agua? He estado en contacto con un mar de color rosa, teñida por la sangre de los infectados.

            — Puede que lo estuviera antes de acercarse a mí —desengañó ella—. Lo que parece obvio es que no le queda mucho tiempo, padre. Salgamos a un lugar más discreto.

            Vicente se quedó pálido, Brianda y Lisa también estuvieron en contacto directo.

            — Creí que el agua salada mataba las infecciones —murmuró.

            — Si fuera tan fácil, el suero salino curaría todo, ¿no cree? Deje de lamentarse y hágalo, máteme.

            — No he dicho que fuera a hacerlo. Sólo que guardaría el secreto.

            — Entonces me mezclaré con el grupo y su amiga,  junto a su hija...

            — ¿Está amenazándome? —Cortó Vicente.

            — Solo quiero una cosa y estoy dispuesta a todo por conseguirla.

            — Ya veo, pero no soy un asesino, no podría matarla ni aunque fuera un zombi a punto de atacarme.

            — En ese caso...

            Francesca se levantó decidida y caminó hacia el resto de supervivientes. Vicente creyó que no lo haría pero cuando estaba a escasos cuatro metros saltó de su asiento y corrió hacia ella agarrándola por el brazo.

            — No es necesario, por favor, hablemos —suplicó.

            Todos se los quedaron mirando sin entender nada. Alguno soltó una risita pícara entendiendo un tipo de romance imposible.

            — De modo que piensa contarme su secretito —replicó Francesca, con media sonrisa.

            — Lo que sea necesario.

            La mujer le siguió sumisa.

            — Acompáñeme —pidió el sacerdote guiándola a la sacristía.

            — ¿Todo va bien, padre? —Inquirió Brianda.

            — Sí, sí, estupendamente, no hay ningún problema. No te preocupes por nada hija.

            En cuanto desaparecieron en el despacho Francesca sacó un cuchillo de dos palmos de largo del interior de su bolso.

            — Sea rápido y no dude.

            El sacerdote estaba pálido y cogió el cuchillo como un autómata.

            Francesca se arrodilló frente a él y agachó la cabeza igual que si hiciera una ofrenda dedicada a alguna deidad sanguinaria.

            Vicente miró el cuchillo y se arrimó a la mujer a punto de perder la cabeza.

            No podía permitir que contagiara a los demás, lo hacía por el bien de ellos, de Lisa y Brianda... Pero Dios hizo al hombre extrañamente solo y ahora le estaría viendo con Francesca, enarbolando un enorme cuchillo y ella, indefensa, cualquiera que le viera le llamaría asesino y no le faltaría razón.

            «Tengo que hacerlo» —se obligó—. «Ella  lo desea, la estoy ayudando».

            Colocó la punta del filo bajo su oreja derecha y apretó con fuerza el mango.

            — Espere, por favor, aun no estoy lista...

            Francesca rompió a llorar amargamente.

            —Dios, ¿Por qué tiene que terminar así? Yo sólo quería un maldito trabajo.

            Vicente tembló de pies a cabeza. Supo que nunca podría matarla, estaba en la misma situación que esa mujer, su vida agotaba sus últimos cartuchos y no podía manchar su conciencia con un crimen del que no tendría ocasión de confesarse.

            — Ya está —la mujer se tranquilizó—, perdone, hágalo rápido...

            Vicente soltó el cuchillo y causó un gran estrépito en la silenciosa sacristía.

            — No puedo hacerlo...

            — ¿Qué?

            — No soy un asesino.

            — Maldito cura de mierda, ¿no ve que los mataré a todos?

            — No pienso hacerlo.

            — Joder.

            Francesca cogió el arma del suelo y la clavó en el pecho del sacerdote.

            — No era tan difícil. ¡Cobarde! —Le miró a los ojos con auténtico odio—. Ya no podrá evitarlo, ha perdido su oportunidad. Maldita sea, yo no quería hacerles daño, ¡pero me ha obligado!

            Vicente sentía que se le escapaba la vida cuando no pudo respirar y el aire le empezó a faltar. Cayó sentado, sujetando el cuchillo, temiendo que si lo sacaba se desangraría en segundos. Francesca le miraba mientras perdía la consciencia...

            «Padre, perdónala,... Y salva a Brianda y su hija...» —fueron sus últimos pensamientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    Lyubasha (miércoles, 22 mayo 2013 14:21)

    Cada vez está más interesante. A mí también me dio mucha pena del padre Vicente, murió porque no fue capaz de matar a la científica. Espero la continuación!

  • #4

    Diana (jueves, 16 mayo 2013 21:16)

    wow vaya que la historia esta interesante. pobre Vicente por ser tan buen padre. me encanta que ahora tengas mas tiempo libre tony realmente disfruto de tus historias !!!!!!

  • #3

    Daniel (jueves, 16 mayo 2013 21:13)

    Espero la continuación pronto esta muy buena

  • #2

    melich (jueves, 16 mayo 2013 18:20)

    esta buenisima la continuacion !!!

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 16 mayo 2013 13:43)

    Bueno, no os acostumbréis a que publique tan seguido. Pronto me veré envuelto en un lio bastante "embarazoso" y seguramente no podré escribir casi nada. Pero ahora tengo tiempo y trataré de aprovechar mientras pueda.

Animal es el que abandona a su mascota.

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