El último amanecer

6ª parte

 

            — ¿Crees que papi se pondrá bueno?

            Brianda estaba absorta con lo que sucedía en la sacristía. No le gustaba nada la expresión del rostro del párroco cuando convenció a esa loca a que le siguiera. ¿Qué le habría dicho en el confesionario?

            — Mami, ¿papá va a ponerse bueno?

            — No lo sé cariño.

            — ¿Y Hugo? —insistió.

            — Cielo, no puedo hablar contigo ahora. Luego hablamos, ¿vale? Espérame aquí y no te muevas.

            Se levantó del banco donde estaban sentadas y se acercó a la sacristía. Echó un vistazo a los supervivientes y su mirada se posó en el matrimonio que llegó antes de marcharse en busca de su hija. Ella seguía siendo humana pero el color de su piel era muy morado. Su marido estaba junto a ella aunque guardaba una distancia de seguridad.

            — Te acompaño —se encontró a Lisa cogida de su mano.

            — No hija, podría ser peligroso.

            — No pienso separarme de ti nunca más de los jamases.

            — Está bien, mi vida, pero si te digo que corras...

           Piespaquéosquiero —juró la niña con la mano en alto.

            Brianda sonrió impresionada. ¿Cuándo habría aprendido esa expresión? En la guardería muchos niños a su edad hablaban en un idioma casi imposible de entender, pero ella hablaba español e inglés con una fluidez que dejaba boquiabierto a todo el mundo.

            Al estar frente a la puerta de la sacristía escuchó un portazo.  ¿Se estaban marchando?

            Giró el pomo y empujó entrando de sopetón en la estancia. Iba a correr a la salida cuando vio a Vicente inconsciente en el suelo.

            — Dios mío...

            Se agachó junto a él y le buscó el pulso. Tenía el pecho cubierto de sangre y apreció un estrecho orificio justo sobre el esternón.

            — Maldita bruja, le ha matado, ¿padre? Vamos, no se rinda.

            El pulso no palpitaba por más que lo buscaba en su cuello. Estaba muerto y esa chiflada lo mató.  ¿Qué le hizo? Seguramente había enloquecido... Pero ¿Y si estaba infectado? No podía dejarlo ahí.

            — ¿Vicente está enfermo? —Preguntó Lisa.

            — Cariño, ha fallecido —respondió mirándola a los ojos.

            — Me dan miedo los muertos.

            — Él no es como los de fuera.

            — Pero ellos se morían antes de comerse a la gente.

            — Voy a sacarlo de aquí, así no habrá de qué preocuparse. ¡Alguien puede ayudarme! ¡Por favor!

            A su voz acudieron tres jóvenes, una era la novia de Xaquim, Rebeca.

            — ¿Qué ha pasado?

            — ¿Está muerto?¿o infectado? —inquirió Jared.

            — Ayudarme a sacarlo.

            Entre los dos chicos cogieron el cuerpo de Vicente cada uno por un extremo y lo cargaron hasta la salida.

            Brianda abrió la puerta y de repente dos zombis cayeron sobre ellos. Aunque ninguno la mordió. Se levantaron con ansiedad y se abalanzaron hacia los chicos, que no supieron reaccionar a tiempo y recibieron dentelladas en el cuello y los hombros.

            Los gritos de Lisa alertaron a todos los supervivientes que, al ver la escena, trataron de separar a los zombis de los chicos a base de palos. Cuando los redujeron a masas de carne inerte, los muchachos comenzaron a sufrir espasmos.

            Entonces entró la mujer que mató a Vicente y les clavó un largo cuchillo de cocina en la cabeza, primero uno y luego al otro. Los dos quedaron inertes al momento.

            Brianda cerró la puerta con el corazón a más de cuento cuarenta pulsaciones.

            — ¿Cómo puedes volver como si no hubiera pasado nada? —Increpó la joven.

            — ¿Qué pasa? ¿Qué ha hecho?

            — Ha matado al padre Vicente —indicó.

            — Estaba infectado —aclaró Francesca.

            — ¡Nadie le mordió!

            — Qué ingenia eres, ¿crees que los que se contagian, necesariamente deben ser mordidos?

            Brianda no supo qué contestar.

            — ¿Hubieras preferido que se mezclara con todos y les contagiara? Lo que está ocurriendo ahí fuera será lo mismo que en la iglesia dentro de tres horas. Cualquiera de vosotros podría estar contagiado. La única oportunidad de los sanos es que los infectados nos marchemos.

            — Entonces, tú también...

            — Sí, pero tú y tu hija no sois una excepción.

            — ¿Estás loca? Nadie nos ha mor...

            — ¿Mordido? Ya te he explicado que no es el único modo. No puedo explicarte cómo lo sé, pero Vicente se despertará en menos de una hora con muchísima hambre. Será mejor que le atemos. Y tú, ve y dile al resto que hagan fila en la sacristía. Debemos pasar un nuevo test.

            Miró a Rebeca y ésta asintió. Estaba tan asustada que no hizo ninguna pregunta. Sólo quería alejarse de los infectados.

            — Abrir la puerta —golpeó—, no hay peligro.

            Se abrió tímidamente y se asomó una mujer de unos sesenta años.

            Rebeca salió y se quedaron solas mientras Francesca ataba al difunto sacerdote.

            — ¿Qué es infectado? —Lisa tiraba de la manga de la blusa de Brianda.

           Em... Hija, no creas lo que dice esta mujer, no sabe lo que dice.

            — Un infectado es alguien que pronto tendrá voracidad descontrolada—aleccionó Francesca.

            — Pues yo ya tengo mucha hambre—replicó Lisa.

            — Es normal, hija, no has desayunado y casi es medio día.

            — Acompañarme —pidió la mujer—. ¿Puedes ayudarme?

            Cogió el cuerpo de Vicente por los pies y esperó a que Brianda hiciera lo propio con los hombros.

            — ¿Qué piensas hacer con él?

            — Una demostración. Vamos, si despierta será más difícil moverlo

            — No va a despertar. Está muerto, yo misma lo he comprobado.

            — Mira el color de su piel, se va poniendo azul. Puede que sus neuronas se estén muriendo pero las infectadas no tardarán en tomar el control.

            — ¿Que sabes tú de esta epidemia?

            — Yo la he causado accidentalmente. Soy el sujeto cero.

            — ¿Que ha dicho mami?

            — Yo tampoco la he entendido, hija.

            — Los zombis que entraron cayeron sobre ti y tu niña, sin embargo atacaron a los chicos. ¿Crees que son unos caballeros y respetan a las mujeres?

            — No sé —respondió Brianda.

            Francesca soltó una risotada.

            — No te mordieron porque el virus te está afectando como a ellos. La voracidad está despertando en  vosotras. Pero aun os controláis.

            — Mami. ¿Vamos a ser infectados?

            — Escúcheme, deje de asustar a mi hija, es lógico que tengamos apetito, no pruebo bocado desde ayer por la noche.

            — ¿Tanta como para que te ardan los intestinos igual que si tuvieras fuego dentro?

            Brianda negó categóricamente con la cabeza.

            — No sentimos nada de eso, ¿verdad cariño?

            — Está bien, pronto lo sabremos con certeza. Ayúdame a llevarlo dentro, tú serás la primera de la fila con tu encantadora hija.

 

 

 

 

            Entre las dos lo arrastraron hasta el altar de la iglesia y lo subieron como si quisieran embalsamarlo. Luego Francesca se acercó al púlpito y miró a los intrigados supervivientes, que no se ponían de acuerdo si ponerse o no a la cola.

            — Hola a todos, si Mahoma no va a la montaña... Queridos amigos necesito vuestra atención por favor, tengo una buena y una mala noticia.

            La actitud de la mujer era la de alguien que disfrutaba masticando el temor de los que la escuchaban.

            — La mala es que muchos de los aquí presentes estáis infectados y no pasarán ni cinco horas antes de que os volváis violentos sin previo aviso.

            Todos se miraron aterrados y Francesca aprovechó la confusión para atraer de nuevo la atención.

            — La buena es que existe una posibilidad de que los identifiquemos sin ayuda de complicados análisis. El buen pastor dará un último servicio a su congregación —fingió tristeza—. Cuando despierte como un no muerto querrá morder primero a los sanos.

            Todos guardaron silencio. La mujer disfrutaba de su momento de poder y, sonriente, continuó:

            — Debemos colocarnos, el buen pastor no tardará en regresar de entre los muertos.

            Lisa miraba a su madre fijamente y cuando la gente comenzó a colocarse en fila aprovechó para preguntarle:

            — ¿Por qué estamos enfermos?

            — No lo sé —respondió—. No... Creo que estemos enfermas.

            — ¿Nos vamos a comer a la gente?

            — ¿Qué te he dicho de las personas desconocidas?

            — Que no les haga caso.

            — Pues ya está.

            A pesar de que todos estaban impacientes el padre Vicente no daba signos de que fuera a moverse. De hecho comenzó a apestar a heces humanas y de su nariz salía un líquido blanco como si el cerebro se le estuviera derritiendo.

            — Esa mujer es una farsante —dijo uno.

            — No tardará mucho, os ruego paciencia.

            — ¡No estaba infectado! —vociferó Brianda. Tenía claro lo que pasaba, esa mujer había perdido la cabeza.

            — Que alguien cubra su cuerpo, el pobre no se merecía que le trataran así, era muy bueno —indicó una mujer de unos sesenta años.

            — Calma, puede tardar —insistió la francesa, empezando a dudar ella misma.

            — Los infectados no se descomponen — indicó Brianda, señalando las fosas nasales de Vicente. El líquido grisáceo le alcanzaba la comisura del labio superior—. Lo ves, mi vida, no debemos escucharla —proclamó triunfal, mirando a su hija.

            Se levantó un fuerte tumulto y deshicieron la fila para gritar todos a la vez.

            — Atrás —vociferó Francesca, furibunda—. Yo sí estoy infectada, fui yo quien propagó la epidemia.

            — ¡Echarla de aquí! —Gritaban en desorden—. Está loca.

            — Ella mató a Vicente —acusó Brianda—. Es una asesina.

            Varios chicos agarraron a la científica francesa y por la puerta de la sacristía la sacaron fiera de la iglesia. Los que no pudieron ayudar aplaudieron entusiasmados.

            Por respeto a Vicente le cubrieron con una cortina y oraron por la salvación de su alma. A pesar de todo, apretaron los nudos que le inmovilizaban y  nadie se atrevió a acercarse a menos de  un metro por si la loca tenía razón.

 

 

            Esos anormales, paletos, estúpidos isleños no la habían creído. Pero ya lo entenderían todo cuando su amigo, el sacerdote, despertara causando el pánico.

            Tuvo suerte que no quedaban zombis por la zona de atrás de la iglesia, no quería convertirse en una de ellos. Pero no podía quedarse allí, en cuanto la olieran irían tras ella.

            Caminó despacio para no llamar la atención. Los infectados tenían el oído muy desarrollado y no quería pasar lo que le quedaba de vida corriendo. Sabía que no volvería a ver amanecer. Pero ni ella ni ninguno de esos anormales que se creían a salvo dentro de la iglesia.

            Rodeó el edificio religioso y vio la ferretería con las puertas abiertas. Allí encontraría armas y podría esconderse mientras pensaba el siguiente paso.

            Corrió tratando de no hacer ruido y tuvo la suerte de que ningún zombi la olió ni escuchó cuando cerró las dos puertas y echó el cerrojo. En la entrada había cajas de herramientas, cogió un largo destornillador y revisó todo el local por si tenía algún invitado inesperado.

            — Despejado —dijo al completar la inspección.

            Era una ferretería amplia para el público, tipo supermercado, pero sólo había una oficina y esta no tenía ventana. Si no fuera por las endebles puertas de cristal y el amplio escaparate, sería un búnker.

            Se recostó tras el mostrador, escondida de posibles caminantes que se pudieran asomar, y soltó un largo y profundo suspiro.

            Su mente la desplazó al comienzo de esa pesadilla, cuando aun pensaba que era una prisionera del chiflado Jean Pierre.

            Hacía tan solo tres días que el soldado Smith amenazó a su jefe con matarlo porque se negó a aumentarle el sueldo. Eran cinco los militares que seguían con ellos dos, los últimos científicos de la planta.

            Recordar la tensa escena le hizo darse cuenta algo. Jean Pierre no era alguien a quien pudiera tomarse a la ligera, cuando los americanos cancelaron el presupuesto anual y se ordenó la destrucción de toda la información de lo que habían investigado no dudó ni un segundo en activar los nanobots que llevaban dentro los exempleados. Murieron más de dos mil personas en todo el mundo, muchos de sus antiguos compañeros, ansiosos por salir de esa cloaca y que no sabían que estaban infectados. Ella no murió porque eligió quedarse.

            Los militares también murieron, excepto esos cinco, que negociaron unas ganancias con su jefe.

            Pero ese día discutieron acaloradamente. Smith estaba cansado de los retrasos y  Pierre respondió que no podía saber cuánto tardaría en finalizar el proyecto.

            No tenía ni idea de lo que habría pasado si una de las jaulas de los murciélagos infectados no se hubiera abierto. El animal revoloteó por el laboratorio y al verlo tuvo que usar un cazamariposas para cogerlo. Pero el bicho le mordió el dedo y atravesó el guante de látex.

            Se quedó mirando la herida como si no entendiera lo que había pasado. De repente supo que estaba infectada y que en cuestión de horas se comportaría como esos murciélagos. Trataría de morder a todo lo que se moviera.

            La única pregunta que se le ocurrió fue:  "¿Lo digo o lo guardo en secreto?"

            Sus reacciones emocionales la traicionaron ya que no quería decir nada. Pero su miedo a la muerte fue demasiado intenso y se sinceró con Jean Pierre con la esperanza de que él supiera qué hacer. Le dijo que lo sentía mucho como si el afectado fuera él.

            Y reaccionó de inmediato. Al principio con naturalidad, hizo como si no la hubiera escuchado y se dirigió a la puerta de su despacho diciendo que por favor esperase un minuto.

            En cuanto cruzó el umbral cerró de un portazo y rompió el dispositivo de alerta biológica. Al activarse la cerradura quedó bloqueada y se dio cuenta de su error.

            — ¡Jean Pierre!  ¿Qué demonios haces?

            — Cumplir las normas de seguridad. Si estás infectada pones en peligro al personal.

            Y le escuchó alejarse a toda prisa.

            Ahora lo entendía, pero en ese momento le costaba creer que la muerte se escondía  entre sus venas.

            Antes de abrir inyectó una vacuna contra el virus con el que ella trabajaba a los cinco militares que la "escoltarían" hasta el hospital de la isla. Le escuchó aleccionarles, indicando lo que debían hacer: Esposarla mientras fuera inofensiva y sacarla por la plataforma de suministros. Una vez allí pedirían que la atendieran como una enferma de rabia extremadamente contagiosa. Luego debían regresar sin responder una sola pregunta.

            Así lo hicieron pero cuando estaban en la entrada del hospital sus guardias empezaron a caer. Los cinco murieron casi al mismo tiempo, lo que aprovechó en fingir que se preocupaba por ellos para quitarles las llaves de las esposas y largarse antes de que alguien los viera.

            Apenas se alejó tres metros se levantaron como fieras salvajes y se dispersaron causando el pánico en el interior del hospital y los alrededores. A ella la persiguió uno pero tenía ventaja respecto a los que caminaban por allí, porque sabía que debía correr.

            Recordó, con humor bastante negro, un chiste que escuchó en algún momento de su vida.

            "¿Cómo evitar que te coma un león si te pisa los talones? Corriendo más que el que corre a tu lado."

            Y no solo se libró de ellos así, incluso se permitió el lujo de quedarse mirando las dantescas escenas. Se quedó conmocionada, ¿cómo podían estar infectados si solo uno de ellos la había tocado?

            El virus debía contagiarse por el aire... Eso fue lo que decidió. Y eso creyó hasta ese momento, pero ahora no estaba tan segura.

            — Jean Pierre les inyectó una vacuna... Ni siquiera me pregunté por qué no me intentó curar a mí... Estúpida sabelotodo, ¡ese hijo de puta les inyectó el virus!

            Ahora encajaba. Después de la oportuna intervención de un murciélago prófugo, algo imposible teniendo en cuenta que eran jaulas de cristal con ventilación independiente en circuito cerrado, ¿cómo rayos iba a escaparse uno sin ayuda? De hecho solo podían abrirse con el sistema y Jean Pierre tenía todas las claves.

            — Ese cerdo va a tener que comer de su propia medicina —decidió, convencida de que ahora sí sabía la verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 3
  • #3

    Lyubasha (domingo, 07 julio 2013 18:59)

    Hola Tony. Gracias por la continuación de la historia, hacía mucho tiempo que la esperaba.
    Muchas felicidades por tu hijo, espero que paséis muy buenos momentos juntos.

  • #2

    yenny (jueves, 04 julio 2013 05:35)

    Gracias por la continuacion, ojala puedas subir pronto las continuaciones ya quiero saber como termina.
    Saludos Tony espero que tu familia y tu se encuentren bien.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 02 julio 2013 22:00)

    A veces es bueno jugar con la imaginación para que penséis cosas que luego no son. Espero que no os sintáis muy engañados por la imagen del capítulo :-D

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo