El último amanecer

7ª Parte

 

 

            No podía haber elegido un escondite mejor. En la ferretería faltaban los utensilios mas resultones para combatir zombis con palas, martillos o llaves inglesas... Sin embargo había cuerdas y útiles de escalada: Pequeños picos, clavos de acero, arneses...

            Si quería regresar al laboratorio no iba a resultar nada fácil. Al menos si pretendía hacerlo sin ser vista. No podía presentarse y llamar al timbre. Jean Pierre se mofaría de ella. No, tenía que encontrar otro camino  y  creía saber por dónde.

            Esa isla era una gigantesca piedra pómez. En un pasado muy remoto burbujeó un volcán submarino y creó una superficie en la que había más aire que agua en su interior. Desde un submarino se apreciaba la curiosa estructura. Era como una especie de montaña en lecho marino con forma de media esfera. Como un enorme grano que con el tiempo había quedado lleno de grutas y agua.

            El complejo fue construido en su interior, creando una burbuja con muros de hormigón y extrayendo el agua. Pero ella vivió muchos años ahí abajo y observó que aun entraba cascadas desde algunos lugares. Al subir la marea, con olas altas, se colaba por algunas chimeneas. La isla estaba rodeada de corales y tenía muchas rocas sin vegetación que eran responsables de gran parte del negocio local (causando desperfectos a embarcaciones).

            Conocía la ubicación aproximada de una de las goteras más grandes. Si lograba dar con ella y trataba de acceder al interior del complejo sería muy peligroso. Intentarlo era una temeridad, el agua golpeaba con violencia las rocas, tanta que terminó comiéndose el hormigón que pusieron para evitar su entrada.

            Pero no tenía nada que perder y no existía otro modo de entrar sin ser vista.

 

 

            Cuando la mochila estaba llena de útiles de escalada se asomó al exterior y voy a un grupo de zombis deambular sin rumbo. Chasqueó la lengua con fastidio y recordó que necesitaría algo contundente que la sirviera para abrirse camino.

            Entonces notó un dolor intenso en el estómago y miró el reloj. Eran las doce del medio día y le ardían los intestinos por el intenso apetito...

            "Tengo mucha hambre mamá" -recordó lo que le dijo la cría a la cerda que la echó de la iglesia.

            - Claro... Por eso los zombis las ignoraron. Puede que no estén infectadas, simplemente están hambrientas, no tienen la hormona de la saciedad y las ignoran por ello.

            Todo empezaba a encajar. Si eso era cierto podría pasear por entre los zombis y no la atacarían. Pero si comía...

            Abrió la puerta, apostando su vida a que esta vez no se equivocaba. Los zombis miraron hacia allá y se acercaron a su posición con evidente curiosidad. Entonces el viento soplo en dirección a los caminantes y uno de ellos la ignoró.

Un par de segundos después todos pasaron de largo.

            Caminó por medio de la plaza y pensó que sería un momento perfecto para demostrar definitivamente que se guiaban por el olor de esa hormona.  Sacó una barrita energética que le dieron en la iglesia y deseó calmar el dolor creciente de su estómago.

            - Solo tengo que comerla -se dijo...

            ... Demostraría tener razón pero sería el fin.

            Recordó que un murciélago la había mordido y, aunque se contagiara por el aire, probablemente ocurrió por la saliva. No tenía ningún sentido luchar para sobrevivir. No podía volver a la civilización. Y ahora desea darse ese último capricho antes de comprender una verdad que se llevaría a la tumba... O quizás la muerte no era lo que le esperaba.

            - No podré entrar en el laboratorio, estoy loca si lo intento.

            Rompió el envoltorio y se llevó los cereales a la boca.

            - ¿Qué diablos está haciendo? -Escuchó la voz de un chico.

            - Comer, tengo hambre -respondió.

            - Qué suerte la suya. Digo qué hace usted aquí fuera -insistió el chico, burlón.

            - Me han echado de la iglesia.

            Aquella respuesta asombró al muchacho, que esbozó una sonrisa de frustración.

            - Vaya, entonces mejor ni les pregunto yo -dijo, mostrando una fea herida en su brazo hombro izquierdo-. Me llamo Xaquim.  Venga conmigo, estará más segura.

            - ¿Tienes hambre? -Inquirió ella, antes de aceptar.

            - Me comería una vaca entera -respondió él.

             Se sintió estúpida y débil por dejarse llevar por la idea de que la muerte era una solución. Ese chico tenía las horas contadas, como ella, y no parecía rendirse.

            - En ese caso -se guardó la barra de cereales en el bolsillo-. Necesito tu ayuda. ¿Has hecho alpinismo alguna vez?

            Xaquim borró su sonrisa al no recibir nada de comer.

            - No -miró su bolsillo esperando que le diera lo que ella no quería.

            - ¿Quieres la barrita? -Preguntó-. Tendrás que ganártela.

            - ¿Pero quien se cree que es para tratar así a la gente? No necesito su estúpida comida. Apáñeselas como pueda, sólo pretendía ayudarla.

            Y se alejó con paso decidido.

            - Espere, no entiende nada -protestó la mujer francesa-. Si queremos que los zombis no nos molesten debemos tener mucha hambre.

            Xaquim se giró y la miró desconfiado.

            - Acabo de ver que se iba a meter entre pecho y espalda esa golosina.

            - No creí que mereciera la pena vivir.

            Un par de zombis aparecieron por la plaza. Eran recién infectados porque corrían como cuando estaban vivos.

            - Mierda, póngase detrás de mí.

            - ¡No se mueva! -replicó ella- Veremos si tengo razón...

            Los visitantes ensangrentados corrieron hacia ellos y Xaquim preparó su largo machete para cortar alguna cabeza si se le ponía al alcance.

            Los zombis olisqueaban el ambiente con ansiedad, como si se alimentaran de aire.

            - Observe, estamos a salvo. No queda nadie en la isla que no esté infectado o hambriento.

            Al hablar los zombis la miraron y de acercaron unos pasos, pero se distrajeron al cruzar una ráfaga de aire. Se volvieron y miraron hacia la iglesia.

            - Mierda, creí que me ignoraban por que les asustaba. Parece que tiene razón, qué hijos de puta... ¿Cómo saben...?

            - Obvio, es el olor -replicó Francesca enfadada.

            - Disculpe, pero yo no soy un pedante franchute como otros.

            La mujer reprimió una contestación que bien se merecía ese crío en pubertad. No tendría ni dieciocho años, ¿qué podía esperar de una generación perdida y mal educada como esa?

            - No creo que sea el mejor momento de faltarme al respeto, además no necesito tu ayuda.

            Dicho eso cargó la mochila al hombro y caminó hacia el aeropuerto.

            - Que yo le he faltado al respeto -refunfuñaba Xaquim-. Que le den por el culo a la vieja.

            Aquellas palabras la ofendieron profundamente.

            - Tengo... - Francesca se volvió furiosa pero se mordió la lengua. No iba a decirle su edad a ese desgraciado.

            - ¿Ochenta? -Se mofó Xaquim.

            - Me queda más vida por delante que a ti -replicó, venenosa, haciendo clara referencia a su herida.

            - No me extraña que no se le acerquen ni los zombis. Cuando me convierta en uno procuraré mantenerme alejado, como ellos

            Francesca quiso replicar pero se dio cuenta de que se estaba comportando igual que él.  Decidió ignorarlo y siguió caminando.

            - Eso, lárguese vejestorio, que su dentadura postiza esta tan sucia que huele a choto de vaca.

            Francesca se detuvo, al principio ofendida, después le entró la risa.

            - ¿Qué me has dicho?

            Se volvió y miró al chico riéndose.

            - ¿Encima está sorda? Se le junta todo, abuela.

            - Nunca, nadie en mi vida había sido tan grosero conmigo.

            - No me lo puedo creer -se mofó Xaquim-. Seguro que los cromañones eran bastante más que yo.

            Francesca dejó de reírse. Era obvio que se mofaba de ella intentando hacerla reír y aunque lo había conseguido, no estaba segura de por qué le agradaba que lo hiciera.

            Negó con la cabeza regañándose a si misma por perder el tiempo y se siguió alejando.

            - ¿Donde pretende escalar? Si el montículo más alto de esta isla no levanta más de un metro.

            - Ocúpate de tus asuntos -replicó sin volverse.

            Xaquim la siguió, corriendo y caminó a su lado.

            - Déjeme ayudarla -se ofreció con amabilidad.

            Francesca se detuvo y le miró un par de segundos.

            - He sido muy estúpida por decirte que ibas a morir antes que yo. Lo siento.

            - Me gustaba más cuando me insultaba, vamos déme eso.

            Y le quitó la mochila de las manos. Xaquim, cargó con todas las herramientas de escalada, que pesaban cerca de veinte kilos, y se salieron del camino en cuanto pasaron las últimas casas del pueblo.

            - Si no sabes escalar es mejor que no vengas.

            - No se preocupe abuela, sólo voy a ver a dónde va. Que no me queda mucho tiempo y quiero exterminar a todos esos zombis antes de convertirme en uno de ellos.

            - Eso es imposible, ¿tienes idea de la cantidad de gente que hay aquí?

            - Me he cargado a cuarenta y siete. ¿Cuántos puede haber? ¿Doscientos?

            - Al sur hay al menos cien, pero imagino que casi todos están por el aeropuerto. Yo diría que en total serán mil, toda una multitud. Esta época vienen muchos turistas.

            - Puff, ¿en serio? Entonces mejor ni me acerco por allí. Las he pasado putas contra diez...

            Francesca siguió caminando sin responder. No tardaron en llegar a la playa donde buscó algún islote o roca grande en las cercanías de la arena.

            - Allí -señaló-. Hay que buscar en esas peñas.

            Se quitó la blusa y la falda mostrando su proporcionado cuerpo. Su bikini, que tenía adornos florales, ocultaba escasamente sus atributos.

            -¿Quiere que cargue con esto nadando?

            - Dámelo, yo lo llevaré.

            - No, no, puedo hacerlo -protestó el muchacho, ofendido.

            Cargó la mochila sobre los hombros y fue el primero en nadar hacia la roca.

            Francesca echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie los veía. A unos cuarenta metros caminaban cinco zombis dispersos.

            Calculó mentalmente la posición de la embajada francesa y algo no le cuadraba. Estaba demasiado lejos. Decidió que no se metería a menos que el muchacho encontrara algo.  Había tocado el agua con los pies y estaba congelada.

            Cuando Xaquim llegó al islote y subió se sorprendió bastante de no verla a su lado.

            - ¿También quiere que cargue con usted? -Se quejó.

            - No estoy segura de que sea allí. Mira a ver si encuentras alguna laguna que pueda esconder una cueva.

            - ¿Una gruta en el agua? Si buscaba eso debió decírmelo antes. Conozco una, pero está en la laguna, en aquella dirección.

            Señaló hacia el interior de la isla.

            Francesca frunció el ceño y miró en esa dirección. Tenía más sentido, la embajada estaba más cerca de la laguna y debió deducirlo ella porque el agua que caía del techo era tan salina que surgieron enormes estalagmitas por donde caía en un período muy corto de tiempo.

            - De acuerdo -aceptó-, vuelve y enséñame el camino.

            - No puedo creerlo. ¿Para eso me hace cargar con toda esta mierda?

 

 

            El calor era sofocante, era la una de la tarde y la piel le quemaba tanto que la ropa parecía de papel de lija. Aun así no quiso quitársela porque no estaba acostumbrada al Sol y los escasos minutos que estuvo en bikini se había puesto roja.

            Más sufrían los zombis, que al no tener alimento a la vista se dejaban caer como cadáveres quemándose los rostros al sol y eso les provocó más de un susto cuando se levantaban al escucharles. Por suerte tener sus estómagos vacíos les disfrazaba de ellos.

 

            - ¿Sabe lo que significa Tupana en tahitiano? -Preguntó Xaquim.

            - No.

            - Isla de cocoteros.

            - Muy adecuado -refunfuñó ella aburrida.

            El chico aseguraba conocer una gruta pero no estaba ni cerca del pueblo de Niau. Rodearon la laguna y mientras se dirigían allí el chico le contaba su vida.

            - Mis padres se trasladaron a la isla enamorados de su playa. Yo nací aquí pero he viajado mucho, he estado en Francia, España, Japón, Nueva York y entiendo por qué se quedaron. Esto es otra forma de vida, aquí podías encontrar lo que quisieras. Yo trabajaba como mozo de compañía. Por cierto, mi última cliente estaba en la iglesia y creyó que por acostarme con ella unos días estoy obligado a casarme.

            - Debió ser la joven que preguntó por ti -dedujo Francesca.

            - ¿En serio? Dios mío, ¿en qué siglo vive?

            - Las mujeres tenemos la mala costumbre de creer a los hombres hasta que descubrimos una mentira. ¿Tú qué le dijiste?

            - Pero si no sé ni su nombre. Está bien, le dije que era de Nueva York y que tenía un mes de vacaciones. Pero las mujeres de hoy día mienten más que nosotros. Los ligues de verano son para unos días, igual que cuando vas al cine, desconectas mientras dura la película y sales y vuelves a tu vida.

            - Desgraciadamente el mundo se ha vuelto así de frívolo.

            Xaquim soltó una carcajada.

            - Por supuesto, abuela, ha cambiado mucho desde que usted estaba buena.

            Francesca se detuvo en seco y soltó un puñetazo a su mandíbula.

            - ¿Pero qué mosca le ha picado?

            - No sabía que te sentaran mal los puñetazos.

            - Joder con la... Vamos, abuela es un mote cariñoso. En todas las pandillas hay un abuelo.

            - Que quede clara una cosa: Ni soy de tu pandilla ni toleraré que vuelvas a faltarme al respeto.

            No necesitó repetírselo. Tardaron veinte minutos más en llegar a una zona rocosa donde la laguna interior tenía más profundidad de la normal.

            - Mi colega Fred me dijo una vez que ahí abajo había visto luces. Claro que según él eran extraterrestres.

            - Estamos muy lejos, dudo que sean las instalaciones que buscamos. A no ser...

            - ¿De que habla?

            - Nada, no es asunto tuyo.

            - Le estoy cargando con esta basura, lo menos que puede hacer es contarme qué pasa aquí.

            Francesca volvió a quitarse la ropa y se metió en el agua sin responder.

            Xaquim dejó caer la mochila y la observó. La mujer se zambulló en la laguna y buceó hasta las rocas del fondo. Al ser un agua tan cristalina pudo ver cómo desaparecía de su vista bajo la estructura volcánica sumergida.

            - ¿Dónde se ha metido?

            Esperó con impaciencia, cada segundo más nervioso, hasta que se preocupó de verdad. Si no entraba a buscarla se ahogaría.

            Se quitó la camisa, las zapatillas y saltó de cabeza. Sintió el agua cálida recorrer su cuerpo mientras braceaba hacia la profundidad de aquella cavidad. A pesar de su fuerza física el aire le faltó casi de inmediato y antes de asomarse al interior de la gruta  supo que si no daba la vuelta el ahogado sería él.

            Pero si lo regresaba no podría salvarla de modo que continuó hasta que se agarró a las rocas y reptó hacia el orificio que se abría a la oscuridad.

Comentarios: 2
  • #2

    Ariel (viernes, 23 agosto 2013 05:24)

    Parece que tomando forma y acá en Argentina estamos en invierno

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 17 agosto 2013 14:49)

    Este verano es el mejor momento de leer en la playa y, por supuesto, de comentar o criticar mis relatos. Mójate.

Animal es el que abandona a su mascota.

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