El último amanecer

8ª parte

 

 

            Cuando creía que se iba a asfixiar salió a la superficie. Respiró con fuerza varias veces y se limpió los ojos con impaciencia para ver dónde estaba.

            Se trataba de una gruta de escasa altura que presentaba multitud de oquedades. La luz azulada brotaba con vida propia del agua iluminando la cueva a intervalos irregulares.

            — ¿Dónde se habrá metido? —refunfuñó.

            Salió del agua agachado y trató de encontrar el rastro de la mujer. Según lo buscaba resopló.

            "Si se pierde allá ella" —pensó—. "Aquí no hay zombis que matar y no me queda mucho tiempo".

            Cuando iba a regresar escuchó un gemido escalofriante procedente de la gruta más amplia.

            No era la abuela pero seguro que andaba cerca.

            — Son como críos —protestó—. Los tenían que sacar con correa para que no se pierdan —lamentó que Francesca no le escuchara, imaginó su reacción y esbozó una sonrisa al imaginarla tratando de golpearle.

            Se asomó a la boca oscura y distinguió unas luces artificiales colgadas del techo.

            — Aquí están los marcianos —celebró.

            Sin pensarlo dos veces se metió por el pasadizo y recorrió el camino marcado por los LEDs. Trató de hacer el menor ruido posible ya que no sabía lo que podía encontrar ahí abajo. Además era un descenso que en ocasiones le obligaba a saltar a un saliente inferior. Lo que peor llevaba era la estrechez. Temía que en cualquier lugar se topara con un tramo por donde no pudiera entrar. Estaba delgado y aun así le costó atravesar varios cuellos de botella. Una persona obesa se atascaría o se arañaría la barriga y la espalda.

            Continuó hasta que las luces desaparecieron en el suelo. Tanteando la oscuridad supo que el camino se cortaba abruptamente y si no hubiera estado atento, habría caído al vacío.

            — Demonios, ¿Y ahora por donde?

            Buscó en su bolsillo el mechero —no lo había usado porque no le quedaba mucho gasolina y aun escondía bastante marihuana.

            — Vieja del demonio... Tenía razón. ¿A dónde irá esto?

            Alumbró el suelo con el mechero y descubrió un barrote de hierro. Más abajo había muchos más. Era una escalera similar a las del alcantarillado.

            Ya no estaba seguro si continuaba por Francesca o por curiosidad. Descendió con la incómoda sensación de que si pudiera ver el fondo le daría un ataque de pánico y caería durante minutos antes de triturarse los huesos.

            Después de lo que le parecieron un millar de escalones sus pies volvieron a pisar una superficie lisa. Ahí abajo no se veía nada de modo que encendió su zippo de nuevo para ver dónde estaba.

            Un rostro apareció a escasa distancia y se llevó tal susto que casi se le cayó el mechero.

            — Ya era hora —dijo Francesca—. Qué suerte que trajiste algo de luz.

            — Qué susto me ha dado —respondió.

            — Creí que te ibas a ir a matar zombis.

            — Y yo que necesitaba ayuda.

            — ¿Me prestas el encendedor?

            Xaquim se lo cedió con ciertas reservas.

            La francesa lo cogió y le examinó la herida del hombro. El mordisco no sangraba pero se distinguían venas azules a su alrededor.

            — ¿Cuándo te mordieron?

            — No sé, hará unas tres o cuatro horas.

            Se quedó pensativa.

            — Lo normal sería que ya fueras un zombi. Pero tu cuerpo está luchando...

            — Yo soy así. ¿Cree que puedo vencer a la infección?

            — No —replicó tajante—. Puede que tardes una hora en transformarte o tres días. Lo cierto es que nunca he estudiado la evolución del virus en humanos. Quizás no desarrolles los síntomas pero llevarás la infección en la sangre el resto de tu vida.

            La miró con preocupación y respeto.

            — ¿Qué clase de síntomas?

            — Las ganas de comerte a la gente.

            Xaquim soltó una carcajada.

            — ¿Eso es todo? —Se burló.

            Se lo quedó mirando sin entender qué le hacía tanta gracia.

            — No me ha dicho nada que no supiera. Devuélvame el mechero.

            — Independientemente de lo que haga el virus contigo, tienes que saber que si vienes conmigo no saldrás con vida de aquí abajo. Es tu oportunidad de volver.

            La mujer no le dio el mechero, era evidente que le esperó porque le vio encenderlo en lo alto de la escalera y ahí abajo se veía menos que en la boca del lobo.

            — No pienso irme sin mi mechero —insistió.

            — Como quieras.

            Francesca lo usó para examinar su entorno. Era un pasillo hecho de hormigón. Junto a las escaleras había un letrero señalando hacia arriba en el que decía: Salida de emergencia.

            Solo tenían dos opciones, continuar o regresar.

            La mujer caminó por el pasillo sin dudar ni un segundo.

            — A dónde lleva esto —protestó Xaquim.

            — Ya te lo he dicho, si me sigues morirás.

            El muchacho ignoró de nuevo su advertencia.

            Llegaron a un portón de acero sin ningún tipo de mecanismo y Francesca lo golpeó enfurecida.

            — ¡Maldito Jean—Pierre!

            — Parece que se acabó el paseo.

            La mujer soltó el mechero y éste quedó abierto en el suelo, con la llama muy débil. Permaneció sentada en actitud derrotada y se cubrió las cara con las manos mientras lloraba desesperadamente.

            Xaquim no supo reaccionar ante esa nueva actitud y sólo se le ocurrió coger el mechero y examinar el túnel.

            — Se nota que hay sistema de ventilación — habló para sí mismo—. A la profundidad que estamos no habría oxígeno en un agujero así.

            Pero pronto dio con una rejilla de aire. Si fueran ratas y tuvieran destornilladores, lo hubieran podido usar. Era una placa cuadrada de un palmo de lado.

            — La próxima vez nos traemos a los pitufos —resopló, desanimado.

            — Vete, no tienes nada que hacer aquí. Lárgate a matar zombis —ordenó Francesca, furiosa.

            — No puedo irme sin mechero y no quiero dejarla sin luz —replicó él.

            — ¿Y para qué necesito luz si no pienso moverme de aquí? No tengo a dónde ir.

            Xaquim se lo pensó unos segundos y finalmente cerró el zippo. Se acercó a la pared, palpó el hormigón y se dejó caer al otro lado del pasillo.

            — ¿Qué demonios haces? —Increpó ella.

            — Descansar.

            — No te quiero cerca, no necesito un zombi en mis inmediaciones.

            — Aun no lo soy.

            — ¿Cómo quieres que lo sepa si no veo un carajo?

            El eco de su voz resonó en el pasillo con ecos irregulares, algunos venían de arriba como si hubieran pasado por alto aperturas en el techo...

            —Espera un momento —se levantó Xaquim y encendiendo el mechero lo elevó lo más alto que pudo.

            — No hay techo —observó Francesca.

            — Ayúdeme a subir —pidió él

            Xaquim se acercó al muro.

            — Ayúdame tú, que peso menos.

            Primero ella y luego él, ayudado por la mano de la francesa y por su fortaleza física, subieron ambos. Una vez arriba era como caminar por las entrañas de un volcán. No pusieron la puerta para impedir la entrada, lo que cortaba era la salida de los centenares de cobayas humanos encerrados en celdas de hormigón con paredes de cuatro metros de altura.

            Encontraron un pasillo que debían usar los supervisores militares para observarlos de forma segura.

            — De aquí vino el gemido que escuché —susurró Xaquim.

            — Silencio —ordenó Francesca—. Nos escuchan.

            Señaló la celda más cercana donde un hombre de piel rugosa les miraba. Su habitáculo tenía luz y la pasarela que atravesaban no, era imposible que les viera.

            — ¿Son zombis? —Preguntó él.

            — No lo creo. No todos los virus experimentales mataban la consciencia. Cuidado —advirtió, al ver que entre una sección y otra cruzaban sobre grietas iluminadas con un magma muy profundo.

            — Por aquí podemos llegar al laboratorio pero estos puentes no son nada seguros.

            Xaquim supo que tenía razón cuando la mujer meneó una barandilla y ésta sonó como si el óxido le hubiera arrebatado la resistencia que debía tener. La humedad allí era muy elevada y los ingenieros no lo tuvieron en cuenta eligiendo el hierro para su construcción.

            Lo que más inestable hacía a la estructura era la extrema delgadez de la reja que pisaban. Cada paso que daban se hundía un centímetro y crujía peligrosamente.

            — No parece que haya pasado nadie por aquí en años —valoró el chico.

            — Esto es culpa de los americanos —refunfuñó ella—. Querían abaratar costes como fuera.

            — No nos va a ayudar saber a quién podemos denunciar si nos caemos a la lava.

            — Yo iré primero —Francesca se adelantó mientras hablaba—, si aguanta cuando llegue a aquella columna ven detrás.

            — No me lo repita dos veces.

            Los chirridos eran preocupantes a pesar de que pisaba cerca de los bordes y se agarraba con fuerza a las barandillas de los lados.

            ¡Clack!

            La estructura tembló y la mujer se aferró con más ahínco a los tubos de hierro.

            Algo tintineó por las paredes bajo sus pies aunque no sabían qué.

            — Vuelva, esto no es seguro —imprecó Xaquim.

            — No hay vuelta atrás — se ofuscó Francesca avanzando un nuevo paso.

            ¡¡Clack!!

            Esta vez el puente se partió quedando suspendida en el aire un par de segundos. Debido al susto se soltó de las barandillas y trató de alcanzar el puente que se alejaba de ella en ambas direcciones impelido por la fuerza de gravedad.

            La caída la dejó sin respiración y el terror por su muerte segura la impidió reaccionar a tiempo de agarrarse a algo.

           Francescaaaaa —escuchó, como en cámara lenta, la voz del chico.

            Sus piernas crujieron al impactar con el suelo. Se golpeó la cara y casi perdió el sentido.

            Un saliente la salvó la vida dejándola colgada al borde del abismo. Por acto reflejo se sujetó a la fría roca cuando sus piernas le dolían como si se las hubiera aplastado un camión.

            — Aguante, la sacaré de ahí.

            ¿A dónde iba ese imbécil? Estaba cogiendo carrerilla para alcanzar el otro lado.

            — Vete de aquí, yo sabía que iba a morir. Prefiero que sea así a que me pudra en vida.

            — No haga ninguna tontería. Yo la sacaré.

            Que inocente e iluso, ¿a dónde iba a ir ella sin piernas?

            — Adiós, muchacho — susurró al verle volar por encima de su cabeza.

            Cayó bien y la pasarela aguantó su caída. Ese chico era muy valiente pero también un estúpido de cuidado. No tenía por qué cargar con ella.

            — Ya voy, no se suelte.

            — Es demasiado tarde para mí —sus brazos le ardían y deseaba librarse del dolor. Pero Xaquim descendió trepando por la valla colgante. Miró hacia abajo y olió el aroma del azufre a más de cien metros de profundidad. Si se soltaba moriría asfixiada o llegaría al magma y su vida se extinguiría como la llama de una vela al contacto con el agua. Xaquim seguía acercándose y chasqueó la lengua con fastidio, ese idiota se iba a matar para nada, pensó en soltarse... Pero no se atrevió a decepcionarlo.

           Deme la mano —ordenó él, extendiendo su palma.

            —Eres un estúpido por bajar a por mí, caeremos los dos.

            — Pues que así sea, pero no pienso continuar sin usted.

            — Estúpido cabezota.

            — Vamos, un esfuerzo —suplicó él.

            Respiró hondo y su mente se dividió en dos claras alternativas. Subir como una lisiada o dejarse caer y acabar con su vida.

            La insistencia de Xaquim era exasperante. Le dio la mano y éste la subió hasta que, con la otra pudo agarrarse a la reja y ayudarle a subir con su propia fuerza.

            — ¿Puede trepar?

            — No.

            — No se preocupe, la sostendré por la cintura. Limítese a subir cuando la eleve.

            — De acuerdo.

            Así lo hicieron. El chico tenía una fuerza envidiable. Con un brazo se sujetaba y con el otro la impulsaba. Sin soltarla cambiaba el anclaje de la mano libre aprovechando que ella se sujetaba y subía un poco más.

            Hasta que logró izarla y ambos quedaron tendidos en la pasarela, jadeantes.

            — Eres un estúpido, podías haberte matado por salvarme. ¿Ahora qué?

            — No pienso irme sin que me enseñe a sus marcianos —bromeó Xaquim.

            Examinaron sus piernas y la izquierda tenía muy mala pinta. La tibia y el peroné estaban partidos ya que el pie se veía doblado como en un muñeco de trapo.

            El derecho solo estaba golpeado. Probó a moverlo y lo consiguió. Se apoyó en él y notó un leve pinchazo en el gemelo pero la pierna aguantó.

            — ¿Lo ve? No era tan grave. La ayudaré a caminar.

 

 

            Después de atravesar la pasarela alcanzaron una sala llena de monitores apagados. Además encontraron un viejo sofá donde los guardias debieron pasar mucho tiempo a juzgar por desgaste de los cojines y apoyabrazos.

            — La sala de seguridad. Nunca había entrado aquí —murmuró Francesca, dejándose caer en el tresillo.

            El descanso agudizó el dolor de su pierna herida y se miró aprovechando que ahora tenían luz.

            Se distinguían dos bultos en lo que debían ser las fracturas y cualquier movimiento le dolía tanto que creía que se iba a morir.

            — No soy médico pero diría que hay que entablillar eso —opinó Xaquim.

            — Si me tocas la pierna te mato.

            No tuvo en cuenta la amenaza porque la mujer lloraba de dolor y no sabía cómo ponerla para sentir alivio. Xaquim no podía ni mirar la extremidad, se le erizaba el bello de la nuca por imaginar el calvario por el que estaba pasando.

            — No te quedes ahí como un pasmarote. Búscame una tabla o un tubo que pueda ponerme.

            — Creí que no quería...

            — Me lo colocaré yo misma. No quiero que me partas la pierna en más trozos.

            Xaquim exploró toda la sala y no encontró nada que pudiera usar. Los armarios estaban cerrados con llave y los que se abrían tenían libros polvorientos.

            — Puede que este libro le valga, pero necesitará un trapo para atárselo.

            — Tu camiseta me sirve.

            — ¿Por qué la mía? —Protestó.

            — Dame ese libro, maldito seas.

            Sin pensarlo dos veces Francesca se quitó su propia blusa y la pasó con mucho cuidado bajo su gemelo.

            Xaquim acercó el libreto, una especie de manual de usuario que tenía poca firmeza que, enrollado sobre la pierna, la mantendría rígida.

            Al verla arreglarse la extremidad por si sola, el chico se volvió dándole la espalda. Si hubiera tenido algo en el estómago lo habría vomitado. La mujer gimió de dolor mientras escuchaba cómo sus piezas óseas crujían bajo su piel. El posterior llanto de Francesca le hizo sentir lástima y admiración por ella.

Comentarios: 2
  • #2

    Esteban (jueves, 26 septiembre 2013 17:25)

    Ola Tony, la verdad es que me a encantado la trama de la historia hasta aqui,espero continues pronto con la continuacion.

    Muchos abrazos

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 23 septiembre 2013 15:18)

    Gracias por llegar hasta aquí. Si te va gustando la historia coméntala, por favor.

Animal es el que abandona a su mascota.

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