El último amanecer

9ª parte

 

            Descansaron en silencio, Francesca parecía dormida mientras él jugaba con el mechero abriéndolo y cerrándolo.

            Después de un buen rato la mujer habló.

            — Ven aquí.

            Él la miró desconfiado.

            — Enséñame tu herida —añadió ella.

            — Estoy bien, no me duele.

            — Quiero saber cómo va de avanzada la infección.

            Xaquim resopló. Se bajó el hombro de la camisa y se acercó.

            — Ya me extrañaba que se preocupara por mí.

            La mujer soltó un bufido de incredulidad.

            — Apenas ha cambiado —valoró.

            — No ha pasado ni media hora desde la última vez que me vio.

            — Tu cuerpo resiste, pero es cuestión de tiempo. No quiero que te vuelvas un zombi cerca de mí, es así de simple. Debería haberte dejado fuera de esto, en cualquier momento...

            — Acabo de salvarle la vida. ¿Es incapaz de mostrar un ápice de agradecimiento?

            — Lo has hecho porque te sientes atraído por mí y quieres intentar echar un polvo conmigo antes de morir. No te gusto, pero te pongo, y sabes que soy la última mujer que tendrás delante antes de volverte zombi —Francesca hablaba con una suficiencia insultante.

            — Nos ha salido creída la abuela —protestó el chico, enojado.

            — ¿Crees que no me he dado cuenta de lo dura que se te ha puesto cuando me he quitado la blusa y me viste en bikini?

            Xaquim se puso colorado. Lo cierto es que debía admitirlo, esa mujer tenía un cuerpazo para tener sesenta años.

            — Me dan ganas de vomitar sólo de pensar semejante posibilidad —protestó—. Si viera las tías con las que me he acostado... Ni borracho me tiraría a una de sesenta.

            — ¡Para tu información, tengo cuarenta y cinco años! —explotó Francesca—. Y no me interesa tu vida sexual, a mí no me atraes en absoluto. Intenta encender las pantallas, puede que funcionen todavía.

            Xaquim guardó el mechero en el bolsillo y se volvió hacia el retablo de monitores agradeciendo que el tema hubiera acabado. Cuarenta y cinco... Eso explicaba su cuerpo, pero la cara tan acartonada significaba que fumaba mucho o había fumado.

            En la parte baja del retablo encontró un teclado de ordenador y junto a las pantallas una hilera de botones naranjas. Presionó el primero y se iluminó con un led interno que a su vez encendió el primer monitor de la izquierda.

            — Ocho botones, las mismas pantallas. Qué fácil.

            Pulsó todos los demás y la pared se llenó de imágenes. Distinguieron dos pasillos y seis recintos vacíos. Las cámaras se movían y cuando enfocó una puerta la vieron abierta y algo se movía dentro.

            — Qué demonios...

            Por el hueco se distinguía una cosa que no podía ser real. Parecía la pata trasera de un perro, pero su tamaño era desproporcionado. Si realmente era eso, tenía que ser tan grande como un toro.

            — ¿Que pasa? —Inquirió Francesca, que no podía verlo desde el sofá.

            La pata desapareció y escucharon una galopada directa hacia ellos.

            El animal o lo que fuera, golpeó la puerta y ésta quedó abollada.

            Ambos se quedaron blancos y se miraron sin saber qué hacer o cómo reaccionar.

            Hasta que la criatura no tiró la puerta abajo Xaquim no sacó su machete.

            Se trataba de una especie de pit bull sobrealimentado que superaba su altura y sus musculosas patas eran más gordas que su propio tórax. Por suerte quedó aturdido al derribar la puerta.

            —Ayúdame a salir —suplicó Francesca, en pie sobre su pierna derecha.

            Xaquim dudó un instante. Si la ayudaba serían presa fácil y si no lo hacía el animal se cebaría con ella y le daría tiempo a escapar.

            — Vamos —decidió, cogiéndola por debajo del hombro y cargando con ella en brazos.

            Salieron por la puerta destruida ya que la otra les llevaba a un camino sin salida, que era por donde vinieron. Se toparon con restos sanguinolentos de humanos —se evidenciaba por los pedazos de ropa ensangrentada—. El perro se debió dar un festín con ellos.

            — Ha sido él —dedujo Francesca—. Sabe que estamos aquí.

            — ¿Quién?

            — Jean Pierre. Vamos corre, tenemos que salir de esta zona. Al frente están los ascensores.

            Los elevadores se veían a lo lejos tras un pasillo de más de veinte metros de largo. Para colmo el suelo estaba resbaladizo por la sangre y algunas de las víctimas del animal aun vivían y suplicaban ayuda.

            Escucharon el gruñido gutural del perrazo a sus espaldas y Xaquim se paralizó por el pánico.

            — ¿A qué esperas?

            La dejó en el suelo y se encaró al pit bull gigante con el machete en la mano.

            — Los dos no podemos salvarnos. Váyase.

            — ¡Pero si no tiene ni para empezar contigo!

            — Estúpida vieja del demonio, márchese de una vez —bramó, harto.

            — Ya sé lo que insinúas granuja —siguió arremetiendo Francesca—. Crees que debería quedarme yo por estar inválida. ¡Sabes que no daría ni dos pasos antes de que te matara ese monstruo!

            Entre tanto el animal relajó su actitud ofensiva y les observó con curiosidad, ladeando levemente la cabeza.

            — No te ofendas —dijo Xaquim mirando al perrazo—. A mí me ha llamado cosas peores.

            El aludido sacudió la cabeza llenando las paredes de baba rojiza.

            — Vamos, ve caminando hacia atrás, parece que le gusta vernos pelear —susurró Francesca.

            — Tiene razón —esbozó media sonrisa—. Y es cierto, es usted una gruñona egoísta incorregible. La he salvado la vida, la he ayudado a encontrar este sitio y ha sido incapaz de pronunciar una simple frase de agradecimiento.

            — ¿Acaso te pedí que me ayudaras? —escupió ella, que no parecía tener dificultades en seguir en su papel.

            — Disculpe si en mi naturaleza están las ganas de ayudar al que me necesita sin que tenga que pedírmelo.

            El perrazo interrumpió la acalorada conversación abalanzándose sobre ellos. Con su cuerpo les empujó cada uno a un lado y cuando pudieron ver a quien había atacado descubrieron que estaba descuartizando a un infectado que les salió por detrás.

            — Es un cazador de zombis, como yo —susurró Xaquim, admirado.

            — Ayúdame a levantarme —suplicó la mujer—. Debemos irnos ahora que está distraído.

            — Yo creo que no tenemos nada que temer y que ataca sólo a los infectados.

            —Pues yo no pondría la mano en el fuego. Vamos, date prisa.

            Con ayuda del chico cruzaron el pasillo pegándose lo más posible a la pared. El perro estaba tan entretenido, dándose el festín con las vísceras del zombi, que ni les miró.

            Entraron en el ascensor y cerraron las puertas.

            — Sabía que el complejo era grande pero nunca imaginé que tanto —opinó Francesca—. Mi laboratorio estaba en el nivel —7... Jean Pierre está en el —1...

            Pulsó sin dudar el —5 y la cabina se puso en movimiento.

            — ¿Y dónde se supone que vamos?

            — Es de mal educados no llevar un obsequio al anfitrión.

 

 

            — ¡Abrir la puerta! —Urgieron desde fuera.

            — Ya han vuelto, daos prisa — apremió una de las supervivientes.

            Dos jóvenes enarbolaron sus palas para golpear a los posibles zombis que entraran. La sacristía de la iglesia se había convertido en la única vía de entrada y salida dado que era muy fácil de bloquear y la puerta era de hierro.

            Los chicos entraron atropelladamente. Gracias al último avión los zombis se habían concentrado en las inmediaciones del aeropuerto y el pueblo estaba a casi desierto. Aprovecharon esa circunstancia para salir varios grupos a buscar comida y a otros supervivientes.

            Ahora eran más de cuarenta y todos habían regresado con las mochilas a rebosar, sobre todo con frutas tropicales. Esos tres eran los últimos. Rebeca iba con ellos y al verla entrar, Brianda y su hija la llamaron con alegría. Se habían hecho amigas después de la muerte de Vicente y la de sus amigos Pablo y Sancho.

            Se abrazaron al volver a verse.

 

            En seguida convocaron reunión y todos acudieron ilusionados al centro de la iglesia. Los exploradores habían regresado ilesos. Solamente uno de los supervivientes se mantenía al margen, que era el marido de la infectada que tuvieron atada. Después de matar a su mujer se quedó con la mirada perdida, sentado junto a la columna y no volvió a decir una sola palabra.

            Brianda no quiso que su hija viera cómo acababa con la vida de su mujer y se la había llevado a la sacristía cuando sucedió. Pero no pudo evitar escuchar los chillidos de la mujer zombificada, los golpes demoledores que su marido le propinaba y los gemidos de asco y horror de todos los que observaban la escena.

            Según las palabras de Rebeca "la mujer seguía tratando de morderle aun con el cráneo abierto y semi aplastado".

            Aquel horrible episodio dejó consternados a todos por un buen rato y cuando se sobrepusieron, sacaron el cadáver de la iglesia entre varios jóvenes. Al hacerlo comprobaron que apenas quedaban infectados por las inmediaciones.

            Aprovecharon en salir varios grupos en busca de suministros y todos esperaban con impaciencia que les contaran si encontraron una forma de alertar a Tahití.

            — Escuchar —explicó Rafael—,  hemos encontrado bastante fruta que mañana ya no podrá comerse. Lo más perecedero es lo primero que consumiremos. Yo me encargo de racionar la comida.

            Sacaron varios manojos de plátanos y los pusieron sobre el altar, que previamente habían limpiado con detergentes tras retirar el cuerpo del padre Vicente.

            — Los que tengáis hambre ir pasando, por favor.

            — Yupi, comida —se alegró la niña.

            La respuesta fue multitudinaria. En el reparto Lisa y Brianda se llevaron cuatro plátanos que se veían demasiado maduros.

            — Come cariño.

            — Están pochos.

             Tienes que hacer un esfuerzo, mira estos parecen más amarillos.

            — No quiero —se quejó la niña, enfadada.

            — Pobre, no hay quien se los coma —apoyó Rebeca, que masticaba los suyos con evidente asco.

            — ¿Qué habéis visto? —Inquirió Brianda.

            — Sólo casas abandonadas, ni un cadáver.

            — ¿Alguna radio?

            — Un grupo fue al faro, no sé si allí encontrarían algo. Supongo que luego nos informarán.

            — ¿Supones?

            Lisa se alejó de ellas dos aprovechando que estaban distraídas y al verla alejarse Brianda, se dirigió muy seria a su contertulia.

            — ¿Crees que es fácil ser madre?

            — ¿Que bicho te ha picado? —protestó Rebeca.

            — Si yo le digo que coma boñiga de vaca, es por su bien. No necesito que nadie le diga que puede desobedecerme, ¿lo has entendido? Es una niña, si no come lo necesario podría tener enfermedades incurables en el futuro, su cerebro está en pleno desarrollo, tiene que...

            Buscó los plátanos ennegrecidos pero no los vio.

            — Allá fue con ellos —indicó Rebeca.

            La niña estaba acercándose al hombre que había matado a su mujer con la pala y llevaba sus plátanos en la mano.

            — Señor, ¿Quiere comer? A mí no me gusta esto y mi mama dice que la comida no se tira.

            Levantó los ojos hacia ella y la miró sin sentimiento alguno.

            — No tengo hambre.

            — Pero se le ve triste,...

            Su madre llegó junto a ella visiblemente enfadada.

            — ¿Qué haces Lisa? No ves que es peligroso que te alejes de mí.

            — Este señor no se come a la gente.

            — Disculpe —se disculpó sonriendo. El hombre la ignoró y volvió a mirar al infinito.

            — Vamos deja de fastidiar, te mueres de hambre y quieres regalar la única comida que tenemos para todo el día.

            — Es que me da mucho asco —protestó la cría con voz de muelle oxidado.

            — Te lo comes y no hay más que hablar.

            — A mí no me han dejado nada —intervino el hombre—. Yo me como uno de tus plátanos si tú te comes los tuyos.

            Lisa se volvió hacia él y Brianda también.

            — Bueno, pero primero tú.

            Su madre se quedó muda. No podía creer que fuera a hacer caso a ese hombre.

            — Dame.

            La niña le ofreció el que tenía pelado y cuando éste se lo comió con gran apetito, la pequeña le quiso darle el resto.

            — No, cariño, te toca —rechazó.

            Con cara de sufrimiento Lisa peló uno suyo y comió un bocadito. Al notar su sabor dulce dio más bocados y se lo terminó en seguida. Luego peló los otros dos y los comió con avidez.

            — ¿Lo ves mi vida? —intervino Brianda—. No están malos.

            — ¿De verdad no es una pesadilla? —Habló el hombre mirando a la niña y luego a su madre.

            La mujer no quería estar cerca de él, se le veía desequilibrado y no tenía ni idea de que podía hacer. Pero escucharle hablar no era peligroso de modo que se encogió de hombros.

            —Ayer mismo estábamos mi mujer y yo en nuestro bungalow escuchando el mar, disfrutando del lugar más pacífico de la tierra. Escuchamos pasos y un gemido extraño, ella se asustó y fui a ver... La hoguera no me dio suficiente luz y me alejé preguntando si alguien necesitaba ayuda. Luego escuché sus gritos, uno de los infectados estaba sobre ella y la mordía el antebrazo. Corrí cuanto pude y apliqué todo mi peso para apartarlo de ella. Con una piedra le golpee y...—suspiró—, dejó de moverse.  Luego mis manos estaban llenas de sangre y restos de cerebro. Quería limpiarme pero fui a donde mi mujer y vi como chillaba de dolor por su herida abierta. Me lavé las manos con el champán que íbamos a tomar y luego derramé el resto de la botella sobre su herida. Aun tengo sus gritos gravados en mi memoria.

            — Debió ser horrible.

            — Atrajo a más zombis. Prácticamente me la llevé arrastrando al interior del bungalow, pero las puertas apenas resistieron dos empellones.  Salimos por una ventana y corrimos hasta que encontramos una casa más fuerte donde entraba más personas sanas.

            — ¿Hay una casa con más supervivientes?

            — No, en dos horas, los heridos comenzaron a atacarnos y tuvimos que volver a huir. Escuchamos las campanas de la iglesia y vinimos a refugiarnos. De treinta o más que salimos de la casa sólo llegamos unos pocos. Nunca creí que tendría que pasar por una experiencia tan dura.

            — Ha sido horrible para todos —replicó Brianda.

            — Usted no ha tenido que reventar el cráneo a su marido.

            — No, se comió a mi hijo Hugo...

            Rebeca la cogió por el brazo para tranquilizarla.

            — Todos hemos sufrido pérdidas. No ganamos nada sacando a relucir nuestras desgracias. Hay que pensar un modo de salir de este infierno.

            — No me queda nada fuera de aquí —protestó el hombre.

 

            — ¿Cómo se llama? —Preguntó la chica.

            — Brian.

            — Me llamo Rebeca. Mis padres deben estar destrozados por no tener noticias mías. Ayúdeme a volver a casa.

            La miró de arriba a abajo y con cara de odio respondió:

            — ¿Y quién llevará a mi esposa de vuelta? La arrojaron fuera como un saco de basura. No puedo regresar sin su cuerpo, su familia nunca me lo perdonaría.

            — Ellos entenderán que lo importante era salir de aquí con vida.

            Brianda cogió de la mano a su hija y la alejó del hombre. Su mirada era la de un desequilibrado sin nada que perder y menos aún por lo que vivir.

            — Teníamos una lancha en el bungalow. Sólo entran tres personas, pero podrían ir a Tahití y regresar con ayuda.

            Sorprendida Brianda se lo quedó mirando con gran interés, agradecida por aquella revelación.

 

 

 

 

Comentarios: 2
  • #2

    yenny (sábado, 05 octubre 2013 06:02)

    Ojala tengas mas tiempo para subir mas rapido las continuaciones, cada vez que subes una parte nueva tengo que leer toda la historia otra vez para no desorientarme .
    Cuidate Tony saludos.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 02 octubre 2013 15:51)

    Creo que podré mantener el ritmo de una continuación por semana así que permanece atent@, que el final de la historia se aproxima.
    No olvides comentar, que cada vez que lo hacéis me llega un correo a mi cuenta y me recuerda que tengo que seguir subiendo cosas.

Animal es el que abandona a su mascota.

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