El caso más importante de su vida

7ª Parte

            En esos ocho meses había conseguido información importante sobre ella. Había puesto fotos de Verónica por todo Madrid, fotocopiando las fotografías y contando que era una paciente sin identidad. Premiaba a quien diera información contrastada sobre ella con quinientos euros. Mucha gente llamó diciendo estupideces pero una chica, que parecía una prostituta polaca, le dio un dato clave. Le contó cómo Verónica compartió piso con ella y que había desaparecido hacía varios años. Antonio pensó que mentía, Verónica desapareció solamente dos años, el tiempo que estuvo en el hospital psiquiátrico. Sin embargo el contrato de alquiler que tenían fue una prueba más que convincente y tenía fecha de renovación en 1999, y era un contrato anual. Hacía diez años que había desaparecido de su apartamento. Eso le dejaba muchos años en blanco. ¿Dónde había estado todo ese tiempo?

            La entrevista con la polaca fue mucho más productiva de lo que preveía. Gracias a ella consiguió enterarse de que antes de ella estuvo compartiendo piso con su novio, un tal Samuel, al que echó de casa por que se acostaba con otra. Después ella se enamoró de un chico de su trabajo, que a su vez estaba casado o comprometido - no lo sabía con exactitud - y tuvo la mala suerte de que antes de que se decidiera por una de las dos, tuvieron un accidente y murieron. Desde entonces Verónica parecía un alma en pena, empezó a interesarse por temas esotéricos, empezó a buscar adivinas o médiums y poco después desapareció sin dejar una nota, ni una llamada, dejándola completamente sola con la carga del alquiler. Estaba claro que la polaca necesitaba con urgencia el dinero así que le pagó los quinientos euros.

            Cuando llegó al hospital había mucho revuelo porque al parecer Verónica había vuelto a desaparecer. Estaba claro que era escurridiza. Interrogó a sus padres y éstos le dijeron que estaba completamente loca. La enfermera, en cambio, le informó de su odio irracional hacia sus padres. Según su consejo no debía volver a verlos hasta que ella lo pidiera o él diera su consentimiento. El hecho de pagar sus facturas le daba un poder que le hacía sentir cómodo y sobre todo, le daba seguridad para inventarse cualquier cosa para justificar su presencia allí sin que nadie le replicase nada.

            Habló con sus padres y les dijo que volvieran a su casa, que la policía ya estaba buscándola. El hospital había denunciado su desaparición y habían repartido su foto entre los coches patrulla. Si alguno la veía, la traería de vuelta.

           

 

            Hubo suerte y Verónica apareció. Cuando le informaron de dónde la habían encontrado Antonio se sorprendió, aunque gratamente, por el hecho de que confirmaba todo lo que sabía de ella... todo lo que sabía del más allá. La habían encontrado cerca de donde vivía Juan.

            La llevaron al hospital medio inconsciente y parecía enojada por que la hubieran traído de vuelta. Repitió numerosas ocasiones que no quería ver a sus padres.

            No creyó conveniente molestarla esa noche y la dejó descansar. No estaba dispuesto a que pudiera intentar escaparse de nuevo, de modo que les dijo a las enfermeras que le pusieran unas correas en las manos.

            - Buenos días - Antonio.

            - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - Preguntó ella, apenas abrió los ojos.

            - Me llamo Antonio Jurado, soy inspector de policía. Llevo tu caso desde... creo que desde que ascendí a inspector. Eres muy difícil de localizar, ¿sabes?    - era tan fácil mentir que se planteó la posibilidad de hacerse actor cuando se aburriera de ese trabajo.

            - ¿Por eso me ha sujetado como una loca?

            - Digamos que es por tu bien. Ayer pudiste morir congelada si no te llegan a encontrar.

            - Estaba perfectamente - escupió con desprecio -. No quiero seguir encerrada aquí.

            - Puede ser que no hubieras muerto, pero no sería justo para tus padres. Llevan más de diez años buscándote.

            Exageró, no quería que ella pensara que sabía tanto.

            - ¿Y no se pregunta por qué no quiero ser encontrada? - replicó ella, burlona.

            - Sí, por esa razón les he prohibido entrar a verte hasta que tú me lo cuentes todo - no había duda de que Antonio tenía el mando allí así que Verónica decidió que lo mejor sería colaborar con él.

            - ¿Qué quiere saber?

            Antonio medió mientras se rascaba la barbilla. Recordó la primera vez que la vio en esa cama y pensó que era una chica poco atractiva. Claro que entonces tenía el pelo con un milímetro de largo y parecía medio muerta. Ahora estaba más delgada y su pelo llegaba hasta los hombros. Sus ojos eran preciosos, increíbles. Eran de un azul intenso como el mar, algo oscuros, pero con la luz que entraba por la ventana parecían zafiros. Sintió que su corazón latía más fuerte solo por mirarla. Su rostro estaba demacrado pero a pesar de todo le pareció increíblemente hermosa.

            - ¿Empieza por contarme qué pasó cuando te fuiste de tu casa? ¿Dónde estuviste? - preguntó, sin mirarla, algo nervioso. No podía enamorarse de ella, no sabiendo quién era, no, sabiendo lo que pensaba hacer con ella si era la culpable de todas las muertes.

            - ¿En Argentina? - preguntó ella, irónica -. Verá, me he ido de tantas casas...

            - Me refiero a tu casa, en Madrid, por supuesto.

            Estaba seguro de que eso soltaría su lengua. Que él, un desconocido, supiera dónde había vivido, su historia con Samuel y su otro novio, que pudiera darle detalles de su compañera de apartamento, seguramente la aturdiría porque no esperaría que nadie pudiera saber tanto. Se había tomado demasiadas molestias en desaparecer cinco años de la faz de la tierra.

            - Era alquilada, no era mía.

            - Ya sabes a qué me refiero - replicó el agente, impaciente.

            - No, no lo sé.

            - Desapareciste más de diez años.

            - Oh, pero no tiene sentido que le conteste a eso - dijo ella -. No me va a creer.

            Antonio se levantó de su asiento, excitado porque ella le contara la verdad pensando que la tomaría por loca. Estaba empezando a acostumbrarse a que la gente le contara secretos del más allá como si fueran meros sueños o alucinaciones y sabía que cuando la gente hablaba así, era totalmente sincera y perdía el miedo a contar la verdad.

            - Creía que había vuelto... - se dijo Verónica, asustada.

            - Claro, aquí estás - dijo Antonio, extrañado.

            Le miró con fastidio, como si fuera una molestia.

            - Desaparece de mi vista - le dijo, enojada.

            - Aquí soy yo quien da las órdenes, guapa - replicó el inspector, enojado.

            - ¡No eres nada! - exclamó de nuevo, completamente enloquecida -. No existes, solo estás en mi cabeza enferma. Todo es mentira, nada de esto es lo que creo que es, maldita sea, fuera de mi vista.

            - ¡Enfermera! - gritó el agente, preocupado -. Por favor, enfermera.

            Ella trató de soltarse de sus correas y forcejeó como una sicótica agresiva. Se comenzó a hacer daño en las muñecas y Antonio la miró asustado, temiendo que pudiera soltarse o hacerse más daño. En aquel estado de ira, parecía capaz de cualquier cosa, de matarle o matar a quién se le pusiera en el camino.

            La enfermera vino corriendo al oír los gritos. Al ver cómo se comportaba Verónica volvió a salir corriendo y desapareció.

            - Voy a buscar unos calmantes. Por favor, intente calmarla - dijo su voz a medida que se alejaba corriendo.

            ¿Que intentara calmarla? ¿El no era psiquiatra? Estaba completamente loca y si se acercaba a ella le mordería. Hizo lo único que se le ocurrió, la sujetó por los hombros y su contacto fue... excitante. Ella no tenía apenas fuerzas, fue fácil apretarla contra el colchón. Ella seguía luchando y él no sabía qué hacer de modo que la besó... La besó porque en las películas de cine negro así se comportaban los tipos duros con las mujeres histéricas y porque en esas películas ellas se calmaban.

            La enfermera llegó a  la habitación y cuando los vio dejó de correr. Antonio se apartó de ella e invitó a la enfermera a acercarse.

            Verónica escupió asqueada, aunque estaba mucho más tranquila.

            - ¿Por qué demonios ha hecho eso? - exclamó.

            El inspector se quedó pálido.

            - Había que calmarte, no eres la primera chica a la que silencio con un beso.

            Si él fuera Humphrey Bogart, por supuesto que no sería la primera, pero era Antonio Jurado, el mentiroso más compulsivo que existía en el planeta.

            - Si me disculpa - dijo la enfermera, visiblemente violenta.

            Antonio sintió terror al mirar a Verónica a los ojos. Si las miradas mataran ella le estaba desmembrando. La enfermera se acercó a Verónica y la miró con complicidad. Al ver que la había besado se había puesto de su parte.

            - ¿De verdad vas a necesitar esto? - le mostró la jeringuilla a la paciente, con un líquido transparente dentro.

            - No, ya estoy más tranquila - replicó ella -. No me deje sola con ese cerdo.

            - Puede estar tranquila, no voy a hacerle nada - trató de defenderse, algo violento por la situación.

            - Me quedaré aquí, si no le importa. Por si vuelve a ponerse violenta - replicó la enfermera, con segundas, sentándose en el sofá de cuero que había junto a la puerta.

            - Estupendo - aceptó él, conforme. Renegando en su interior porque así no podría interrogarla como le hubiera gustado. Ella no se abriría con esa enfermera allí, no le contaría sus experiencias paranormales.

            - Volvamos a empezar - dijo el inspector -. ¿Donde estuviste estos diez años?

            - No le conozco, no me fío de usted... - replicó Verónica, dando más largas -. Le prohíbo que me tutee.

            Soltó un profundo suspiro. Al menos había vuelto a ser razonable, al menos todo lo razonable que se podía esperar, con testigos.

            - Responda a la pregunta - insistió, dejando de tutearla.

            - Déjeme pensar... hace tanto tiempo...

            - Lo recuerda perfectamente - insistió, enojado.

            - ¿Cómo puede estar tan seguro? - preguntó ella -. Dígame, ¿qué hizo usted hace diez años? Justo un día como hoy... por cierto no sé ni qué año estamos.

            - Hoy es quince de enero de dos mil nueve - respondió él.

            - Cielo santo... - replicó ella asombrada -. Tengo treinta y tres años...

            Antonio esbozó una sonrisa de ironía. No podía creer que no supiera eso.

            - ¿Por qué se sorprende tanto?

            - En el psiquiátrico donde estuve ni siquiera me pregunté qué día era. No sabía cuanto tiempo había pasado exactamente.

            - Vaya, al fin un dato.

            - ¿No lo sabía? - pregunto Verónica, fastidiada.

            - Claro, pero es la primera muestra de colaboración.

            Verónica miró a la enfermera, desconfiada.

            - Si le digo dónde estuve antes de ir al psiquiátrico no me va a creer, me volverán a meter en uno.

            - Haré un esfuerzo por creerla.

            - ¿No puede dejarlo estar? - preguntó Verónica, enojada -. ¿No basta con saber que estoy aquí?

            - Digamos que existe un vacío legal en su historial y necesitamos rellenarlo.

            - ¿Estoy obligada a responder?

            - Eh... No, pero imagine que alguien la acusa de asesinato. Necesitamos saber dónde estuvo.

            Aquella acusación velada debería soltarle la lengua, aunque estaba seguro de que mentiría para no tener que contar la verdad.

            - No, porque no puedo demostrar que estuve allí. No le importa dónde estuve.

            Antonio suspiró, fastidiado. Estaba empeñada en no abrir la boca. Estaba casi seguro de que ella era la asesina del doctor, pero necesitaba que ella le dijera algo, que soñaba con que mataba a la gente, que soñaba que había estado en el infierno, algo que confirmara sus sospechas.

            - Al menos dígamelo, necesito saberlo. Son años de mi vida que he dedicado...

            - Que ha tirado a la basura querrá decir... - corrigió ella -, ah, no que usted cobra por perder el tiempo escarbando en el pasado de la gente.

            - Dígame una pista al menos.

            - Oh, eso puedo hacerlo, hacía mucho calor y mucha gente mala.

            - ¿Marruecos? - insistió él, esperanzado. Estaba cerca, muy cerca...

            - El peor asesino de Marruecos se cagaría en los calzoncillos frente al menos cruel de ese lugar.

            - ¿México? - preguntó el policía, insistió, tratando de sacarla de sus casillas con el fin de que pronunciara de una vez la palabra infierno.

            - Por favor, agente, no insulte a los mejicanos.

            - Dígame el lugar, señáleme un país en el mapa del mundo...

            - Váyase al infierno - replicó ella.

            Antonio sonrió y soltó un reniego falso. ¿Acababa de confirmárselo? Maldita sea, puede que sí, y puede que no. Esa perra era muy lista.

            - Está bien, está bien... puede que otro día esté más tranquila.

            - Lo ve, no me ha creído - susurró ella.

            - ¿Perdón? ¿Qué ha dicho?

            La había escuchado perfectamente, no había sido una mera expresión de desprecio. Le había revelado la verdad y no podía creerlo.

            - Nada, pero tenga cuidado con la puerta, podría golpearse esa cabeza cuadrada que tiene.

            El agente se tomó esa frase como una despedida grosera pero no replicó. Renegando se marchó. No necesitaba más pruebas, ella era Verónica, el fantasma del espejo, la asesina en serie más terrible que había existido nunca. Era la novia del diablo, no necesitaba más pruebas. Sin embargo no sabía si ella había matado al doctor. ¿Y si había cambiado? ¿Y si Juan tenía razón?

            A medida que se alejaba de ella, le telefoneó. Le contó lo que había pasado y le dijo que, efectivamente era ella y seguramente le recordaría. Había hablado con él mientras había desaparecido pero él no quiso acudir por miedo a que ella no se acordara de él. Antonio le aseguró que en cuanto le viera le reconocería y que podían hablar libremente. Solo necesitaba una cosa... que le confirmara que ella había matado al doctor.

            Juan estaba seguro de que no había sido así, de modo que acudió para demostrarle que había cambiado, que ella no mataba a la gente desde su regreso del infierno.

Animal es el que abandona a su mascota.

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