El caso más importante de su vida

8ª Parte - Final

 

            Cuando llegó al hospital, Verónica estaba dormida. Antonio se quedó esperando en la puerta, fuera para que ella no le viera. Quería escuchar la conversación y le puso un micrófono para no tener que acercarse a ellos sospechosamente. Lo escucharía todo por unos cascos como si estuviera escuchando música.

            Juan la cogió de la mano y le acarició el dorso, como si no pudiera creer que pudiera tocarla. Ella abrió los ojos y se lo quedó mirando, fascinada.

            - ¿Juan? - preguntó, confusa.

            - ¿En serio eres tú? - le dijo él, asombrado, soltándola, asustado.

            - Pero... ¿cómo me has encontrado? - se preguntó ella.

            - El inspector me vino a buscar. Él sabe todo...

            Genial, resopló Antonio, ahora sabría que había estado jugando con ella. Debió advertirle que no hablara con ella de él.

            - Es imposible, es un policía - replicó ella.

            - He tenido tantas ganas de conocerte,... creía que eras un simple fantasma - dijo él, sin hacerle caso.

            - Tú me trajiste de vuelta, ¿recuerdas? - rectificó Verónica.

            - No, en realidad eso había pensado pero al no encontrarte pensé que no volviste de verdad - terció él.

            - ¿Cuánto tiempo hace ya de eso?

            - No mucho. Siento haberte culpado de mi enfermedad - se disculpó el chico.

            Eso no lo comprendió muy bien Antonio. ¿Enfermedad? No le había mencionado ninguna enfermedad en sus charlas sobre viajes al infierno.

            - Escúchame, tienes que mejorarte - le pidió Juan.

            - Sabes qué - replicó Verónica -. No sé qué va a ser de mí cuando salga de este hospital. Mis padres se empeñarán en llevarme consigo y voy a tener que acompañarlos a Argentina.

            - ¿Tus padres son de allí?

            Antonio frunció el ceño. ¿Por qué preguntaba eso? Lo sabía de sobra. Quizás esperaba que ella le contara algo de su pasado.

            - Yo lo soy - corrigió la chica -. Cuando vine conseguí un empleo y me dieron papeles mientras tuviera trabajo. Ahora estarán deseando deportarme, ya que saben quién soy.

            Juan la cogió de la mano de forma cariñosa.

            - ¿Qué demonios haces? - le preguntó ella, soltándose de golpe.   

            - Perdona, no era con mala intención - se disculpó él, asustado por su reacción.

            - No me toques.

            - Lo siento.

            Antonio pensó si debería intervenir. Empezaba a ponerse violenta y no estaba sujeta con las correas. Temió por un momento por la vida del chico.

            - ¿Ya has empezado a salir con... - empezó a preguntar ella, un poco más calmada.

            - ¿Sí ya qué?

            - Nada. Me ha... alegrado verte. ¿Puedes irte? Quiero descansar.

            - Pero si acabas de despertar - protestó él.

            - Déjame, no me gusta la compañía de la gente, deberías saberlo.

            - Yo creí que para ti, yo no era uno más...

            Antonio sintió lástima por él. Pobre iluso, ¿en serio pensó que esa psicópata del más allá podía apreciar a alguien?

            - ¿Por qué no? - Preguntó ella.

            - Me dijiste que éramos amigos - respondió él.

            - Yo no tengo amigos. Aunque si tuviera, supongo que tú serías lo más cercano a eso. ¿No te das cuenta de que nunca antes nos habíamos visto? Somos unos desconocidos.

            - Tú sabes que no es verdad - replicó él -. Hemos viajado al infierno juntos.

            - No fue por mi voluntad.

            - Fuera lo que fuese, me sacaste de allí - replicó él -. Te debo la vida.

            - No, tú me sacaste a mí.

            ¿Qué estaba pasando? Había camaradería en esa conversación. Empezó a creer que ella realmente apreciaba a ese chico.

            - Bueno, razón de más para ser amigos. ¿No te das cuenta de que no le puedo contar a nadie lo que hemos visto juntos?

            - Yo tampoco puedo y no me traumo - contestó ella, seca.

            - Creía que eras un fantasma - dijo él -. Pero eres real, podemos ser amigos.

            - A veces me gustaría serlo, un fantasma, quiero decir - refunfuñó Verónica -. ¿Crees que por estar viva de nuevo soy libre? Tú liberaste mi cuerpo, pero mi alma sigue en posesión del Diablo. Aún... puedo matar a través de los espejos.

            El rostro de Juan se ensombreció. El corazón de Antonio aceleró su ritmo.

            - He oído decir que tú mataste al médico que te trataba en el psiquiátrico - explicó el chico, nervioso.

            - ¿Quién dice eso? - preguntó, asustada.

            - Son rumores que escuchó el detective, en el hospital.

            - Maldita sea, Juan, no se lo digas a nadie. De todas formas, nadie puede demostrar eso.

            - ¿Fuiste tú? - preguntó, horrorizado.

            Se levantó de la cama y se alejó de ella.

            - Quería freírme el cerebro y casi lo consigue - se defendió -. Juan, ¿qué pasa...? ¿ sabes de sobra quién soy? No es el primero que mato.

            - Era el padre de Sara - replicó, respirando agitadamente -. Ese detective tenía razón. Eres una asesina sin escrúpulos, creí que habías cambiado al regresar.

            - ¿Qué es todo esto?

            Juan se desabrochó la camisa y le mostró el micrófono que llevaba pegado. Antonio maldijo su mala suerte por buscarse un colaborador tan estúpido y sin cerebro.

            - Él me dijo que viniera a interrogarte, le dije que si eras realmente tú, ya no matabas desde tu regreso; pero no me creyó. Y... tenía razón... eres un monstruo.

            - ¿Qué estás diciendo? - replicó ella, asustada -. Nadie te va a creer, todo el mundo sabe que estoy loca. ¿Cómo va a demostrar nada...

 

            Juan salió de la habitación corriendo y ni siquiera le dirigió una mirada al marcharse. Antonio se levantó de su asiento y palpó el bolsillo interior de su chaqueta. No quería llevar armas de fuego en el hospital y donde normalmente guardaba su pistola había escondido un machete de caza de juguete. Uno de plástico que compró en un chino. Era suficientemente firme como para matar a alguien de una sola cuchillada y no haría saltar alarmas en ningún detector de metales. Deseaba no tener que usarlo, pero ahora que ella sabía que él conocía la verdad, debía acabar con ella sin falta. No quería tener que romper todos los espejos de su casa... aunque ya no sabía si matarla iba a evitar tener un encuentro con ella la próxima vez que se enfrentara a un espejo.

            Cuando entró en la habitación cerró la puerta tras él. La sorprendió levantándose y ya estaba en pie. Al verle le miró con un odio indescriptible y él sostuvo la mirada, sonriente, sabiendo que lo que estaba a punto de hacer podía ser tan peligroso como acercarse a una culebra de cascabel.

            - Vaya, vaya, todos estos años buscándote y resulta que no eres un puto fantasma.

            - ¿Qué quiere decir? - preguntó ella, nerviosa.

            - ¿Recuerdas esa niña que mataste en el baño hace cinco años? Ella solo había jugado con la Ouija, con sus amigas. ¿La recuerdas?

            - No, lo siento - se echó el pelo hacia atrás, asustada.

            ¿No iba a dejar de mentirle ni cuando estaba a punto de morir?

            - ¿Y recuerdas ese hombre que murió misteriosamente en su casa cuando te invocó porque quería verte con sus propios ojos?

            - No sé de qué me habla - replicó ella.

            - Es inútil que mientas, ya no tengo ninguna duda. Eres tú, "La Verónica", la famosa fantasma del espejo. ¿Sabes cuántas personas quieren acabar contigo? Voy a presentarme como es debido. Me llamo Antonio Jurado y soy detective paranormal. Me han contratado multitud de personas para acabar contigo y créeme, no te queda mucho tiempo.

            En realidad no le habían contratado pero, si supieran que podía matarla, lo habrían hecho.

            - Se equivoca, yo no he hecho daño a nadie - replicó ella, maldiciendo a sus piernas por estar tan débiles.

            Ella buscó el interruptor de llamada a la enfermera. Menos mal que se le ocurrió cortarlo antes de despertarla. Sacó su machete de plástico, que tenía ridículos dibujos de indios y vaqueros pintados y letras escritas en la hoja. Era un arma de juguete y sería difícil usarla en condiciones. La había probado en casa, con un pollo que compró en el mercado. Necesitaba saber si podía atravesar la piel de un animal y consiguió hacerlo asestando al pollo una puñalada enérgica como un golpe seco. De lo contrario el filo se doblaba.

            - ¿Está loco? Le cogerán, no podrá justificar...

            Él sonrió,  pletórico, estaba a punto de resolver el caso más importante de su vida y saboreó el instante con deleite.

            - ¿Acaso crees que voy por ahí diciendo mi nombre auténtico? Soy el mejor cazafantasmas que existe porque estoy fuera de la ley. No tengo identidad. Ya sabes, para cazar un fantasma debes convertirte en uno de ellos.

            - ¡Mama! - gritó ella, histérica -. ¡Papá!

            - Es una pena que hagan tan buenas estas puertas - dijo Antonio -. No se oye ni el desfile de un ejército cuando estas se cierran. El hospital está lleno de gente y hay demasiado ruido como para que un murmullo hueco llame la atención.

            - ¿Qué quiere de mí?

            - Acabar contigo,... ¡Monstruo!

            Dicho eso Antonio se precipitó hacia ella y le clavó el cuchillo con todas sus fuerzas hasta la empuñadura. La mirada vidriosa de ella fue sobrecogedora. ¿Estaba llorando? Cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer sufrió un temblor. Acababa de matar a una chica indefensa en un hospital. Acababa de matar a la mujer por la que estaba pagando para que no mataran otros. Había matado a la persona que había dado sentido a su patética vida de mentira. Cuando soltó el cuchillo de su vientre vio que la sangre comenzaba a manar y le había empapado los dedos. Se los miró arrepentido pero seguro de que era lo mejor que podía haber hecho. Se alejó de ella, no podía verla más. No podía ver a sus padres,...

            Salió corriendo de la habitación y bajó por las escaleras empujando a la gente. No quería mirar atrás, debía escapar antes de que alguien supiera lo que había hecho. Mucha gente le habría visto y seguramente tendría que tomarse unas largas vacaciones antes de volver a Madrid, incluso puede que tuviera que dejar España.

            Salió del hospital y cogió un taxi. Nadie había gritado tras él para que le detuvieran.

            Se dirigió a su casa, recogió su verdadera documentación y cogió las llaves del coche. Debía irse al aeropuerto cuanto antes, cogería el primer vuelo que saliera del país que estuviera de oferta. No le importaba dónde, podía ir donde quisiera y olvidarse de todo. Olvidarse de su trabajo y no volver a pensar en él durante mucho tiempo.

            Había resuelto el caso más importante de su vida y ni siquiera podía alegrarse. Estaba horrorizado con la frialdad con la que mató a esa chica indefensa...

           

            Finalmente su destino fue Nueva York. Encontró un vuelo muy barato de ida y vuelta y se marchó. Durante el vuelo evitó mirar cualquier superficie reflectante y cuando veía cualquier cosa que reflejara algo sentía un pánico irracional. Se preguntó de qué había servido matarla si pensaba que todavía era una letal asesina, de modo que en el mismo avión se obligó a sí mismo a ir al baño y mirar fijamente al espejo.

            No vio nada fuera de lo común. Tragó saliva y su corazón se aceleró.

            - Tengo que invocarla. Tengo que saber que ya no está ahí - se dijo, sumamente nervioso.

            Aferró el lavabo con fuerza y miró hacia el espejo. Reunió todo su valor e invocó su nombre tres veces.

            - Verónica, Verónica, Verónica.

            Esperó unos segundos y no vio nada. Sonrió aliviado, volvió a mirar al espejo y volvió a invocarla. No ocurrió nada, se había acabado todo, la había matado y no habría más crímenes del espejo. Saber eso le hizo sentir felicidad, no había matado a una inocente, había detenido su cadena de crímenes.

            Suspiró con la frente pegada al espejo y el vapor de su aliento dejó vaho sobre él. No habría sido nada del otro mundo si no hubiera visto cómo aparecían unas letras escritas en él, como si alguien escribiera con el dedo.

            - Gracias - leyó.

            Finalmente apareció la firma de quien había escrito eso.

            - Verónica.

            Cuando leyó su nombre Antonio sintió ganas de sonreír, eso significaba que ya no mataría más, que de algún modo la había liberado de su condena.

            Sin embargo negó con la cabeza y comenzó a llorar, profundamente arrepentido de haber tenido que llegar a matarla.

            - Lo siento, lo siento, lo siento... - sollozó en silencio, temblando.

            Cuando terminó de llorar hizo más vaho en el cristal del espejo por si ella había escrito algo más. No había nada, ni siquiera las palabras que vio antes.

            Cuando pensó que se había terminado, la huella de una mano pequeña, como de mujer, apareció en el vaho del espejo. Antonio no entendió lo que significaba aunque antes de irse suspiró y puso su mano sobre la huella del cristal apoyándola y sintiendo un calor especial en esa parte del espejo.

            - No debí llamarte monstruo - se disculpó.

 

 

 

 

Nunca se volvió a saber de Antonio Jurado. La tripulación consiguió abrir la puerta del baño con una llave especial y se encontraron con que dentro no había nadie. Sin embargo alguien había cerrado de puerta con cerrojo y la única pista que encontraron fue la huella de su mano apoyada en el espejo.

            Un misterio que nunca nadie pudo resolver.

 

 

 

 

 

 

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Comentarios: 8
  • #1

    tonyjfc (martes, 08 febrero 2011 16:07)

    Si os ha gustado la historia o queréis criticarla, escribir vuestra opinión aquí.

  • #2

    olivia (martes, 08 febrero 2011 20:47)

    que bonita historia!!! gracias por publicarla

  • #3

    x-zero (martes, 08 febrero 2011 23:20)

    buena la historia, aun que no le entendi mucho al final : S

  • #4

    guada (miércoles, 09 febrero 2011 20:00)

    buena historia, aunque quisiera saber si el final para el detective fue bueno o malo... no sé, los finales abiertos son los mejores

  • #5

    x-zero (jueves, 10 febrero 2011 06:42)

    ps no estas biendo que veronica le dice grasias, eso significa que fue bueno creo yo

  • #6

    yenny (jueves, 10 febrero 2011 18:56)

    Espero que en la continuación de Veronica se diga que paso con Antonio.
    Muy buena historia sigue asi.

  • #7

    Lyubasha (sábado, 12 febrero 2011 21:06)

    Hola a mí también me gustó mucho la historia, aunque que me quedé con la intriga de saber qué pasó con Antonio, espero que eso se explique en otra historia.
    Un saludo y felicidades por el relato.

  • #8

    carla (martes, 05 julio 2011 20:38)

    La verdad esta historia explica con mas detalles, como paso todo!! Me encanta la forma como logras conectar las historia!! Sigue asi!!

Animal es el que abandona a su mascota.

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