El cuadro

2ª parte

 

            Vanessa escuchó el timbre de su casa y terminó de pintarse los labios con un rojo sangre que contrastara con el maquillaje pálido que había comprado expresamente para parecer una vampiresa. Estaba deseando ver a su novio, Chemo era el tío más creído con el que había salido pero no tenía por qué, le causaba gracia que sin ser guapo fuera tan presumido. Así fue cómo le dejó acercarse a ella y en apenas media hora se dio cuenta de que lo pasaba genial con él y podía darle una oportunidad.

            Abrió la puerta y no vio a nadie, se asustó por si era un ladrón o un violador escondido y cerró de nuevo de un portazo. Se asomó a la mirilla y vio un cuerpo tirado en el suelo. Le temblaban las manos por el pánico, pero luego pensó que podía ser alguien herido y abrió con timidez. Al verlo mejor reconoció a Chemo que no se movía...

            Salió a ayudarle y cuando le vio de cerca se detuvo horrorizada. El chico tenía dibujada una mueca de horror petrificada en su cara pálida y sin vida. Sus ojos eran bolas blancas y no respiraba.

            —¿Chemo? —Preguntó asustada, esperando que dejara de hacer el idiota.

            No se movió, le tocó el rostro y estaba aún caliente. Le tomó el pulso y no encontró pulsaciones.

            —¡No! Por Dios —chilló.

 

 

 

            Jaime trabajaba en turno de noche en la UCI móvil cuando recibió el aviso del hospital. Un chico había sufrido una parada cardio—respiratoria en la calle Fray Luis de León y su novia estaba muy nerviosa, como era lógico.

            Puso la sirena y aceleró, llegaría en cinco minutos si no fuera noche de Halloween y las calles no estuvieran abarrotadas de coches por las malditas fiestas de disfraces.

            La gente iba disfrazada y mirarlos resultaba surrealista ya que unos iban disfrazados de forma chapucera con trapos comprados en tienduchas baratas, otros tan bien maquillados de zombis que parecían de verdad (siempre y cuando existieran, claro).

            Aparcó junto a un portal donde se amontonaba mucha gente para curiosear. Nadie se creía que hubiera un muerto y estaban riéndose y especulando quien había causado ese revuelo.

            —Por favor, déjennos pasar —rogó empujando a los más alejados.

           Que fuerte, hasta vienen de urgencias. ¿Será verdad?

            —Como no lo sea, alguien va a pagar una factura que no es ninguna broma —replicó Jaime a la niña de quince años que dijo eso.

            A partir de las escaleras tuvo que pedir que todo el mundo desalojase el acceso a la primera planta, donde estaba la emergencia ya que si no sería imposible llevar al caso en cuestión al hospital.

            Cuando llegó vio el cuerpo paralizado de un chico de unos veinte años tirado en el suelo. Se acercó rápidamente y le tomó el pulso, no tenía.

            Se acuclilló junto a él y abrió el maletín de electroshock portátil que había subido. Rompió la camisa del muchacho y luego puso las palas en su pecho. Su compañero esperó su señal para darle al botón.

            —Ahora —ordenó.

            El cuerpo se elevó por la potente corriente eléctrica y volvió a caer.

            Le tomó el pulso de nuevo.

            —¿Cuánto tiempo lleva así? —Preguntó a la chica que miraba sus acciones con los dedos entrelazados como si estuviera orando.

            —Unos diez minutos.

            —Tiene mala pinta...

            Se arrimó al rostro y le vio los ojos en blanco. Iba a hacerle la prueba de las pupilas pero ese rictus indicaba una muerte súbita para la que no existía reanimación.

            —Joder, no sé lo que vio antes de morir... Pero no me gustaría verlo.

            Su compañero estaba pálido, no podía de dejar de mirar el rostro paralizado del muchacho, que tenía una mueca de horror espantosa.

 

 

 

 

            Antonio pegó el cuadro de la niña en la puerta de su casa. Quería que la gente que pasara delante se llevara un buen susto, al fin y al cabo su hobby era asustar con relatos de terror.

            Pasar miedo nunca venía mal al personal, o eso pensaba. Claro que para él resultaba fácil decirlo ya que si tenía la gran suerte de tener una pesadilla no tardaba ni media hora en escribir lo sucedido y si cuando lo leía seguía poniéndole los pelos de punta, era una gran historia y se sentía orgulloso de ella.

            No tenía claro qué era lo que le quitaba los miedos, si escribirlas o disfrutar tanto pasando un mal rato. El terror era una curiosa experiencia que sin ser agradable causaba adicción.

            Toda la casa estaba decorada con telarañas, arañas de goma, en el mueble de la entrada pusieron una calabaza de Halloween llena de caramelos y en la lámpara colgaron un esqueleto de aspecto antiguo (que no era más que una calavera con un trapo viejo rasgado haciendo de cuerpo de donde colgaban manos de hueso de plástico). Desde la verja parecía de verdad y daba repelús, lo cual le encantaba.

            No tardaron en llegar los primeros asustadores ofreciéndoles "Truco o trato". Eran tres niñas vestidas como brujas y con verrugas y narices de mentira pegadas en la cara.

            Salió, disfrazado de vampiro, con una peluca negra, dientes horripilantes y maquillaje en los ojos que le hacía parecer un muerto. Las niñas chillaron al verlo salir tan serio, coger caramelos y acercarse a la verja. Entonces, sin abrir la puerta pasó la mano por encima y les ofreció los caramelos.

            —Gracias —dijo una.

            —Buen disfraz —añadió otra, aún asustada.

            Se quitó los colmillos, que no le dejaban hablar y sonrió.

            —Tener cuidado con los monstruos —aconsejó.

            Se fueron riéndose a carcajadas.

            Cuando volvió hacia su puerta Antonio vio un gatito negro mirándole desde al lado de la calabaza de los caramelos. Se quedó quieto, creyendo que podía ser arisco y peligroso, pero estaba husmeando entre las gominolas y no se asustó de su cercanía.

            —Minino... ¿Te has perdido?

            El animal le miró con ojos amarillos y se quedó prendado de él. Le acercó la mano y le acarició, no se daba cuenta de que su disfraz era horrible y el gato podía asustarse, pero no lo hizo y se elevó para sentir mejor sus caricias. Le dejó tocarle y pareció gustarle que lo hiciera.

            —Te sacaré comida, no te muevas de ahí.

            Entró a por una lata de atún y cuando salió el gato ya no estaba.

 

 

            Yenny jugaba con la comida mientras sus padres hablaban de política abstraída y recordando lo que le había pasado la misma noche de Halloween. Se lo contó a Elena y ésta se partió de risa diciendo que ya no necesitaba asustarla, que la noche de los muertos había pasado.

            —Cariño —la decía su madre mirándola como si fuera la tercera vez que la llamaba.

            —¿Qué?

            —Está en su mundo —rió su padre.

            —Te decía si puedes recoger tú a Guillermo al colegio.

            —No fastidies, había quedado con Elena para ir al cine después de la facultad.

            —Tengo que ir al médico, no llegaré.

            —Pero mamá, ya he hecho planes esta tarde.

            —Tu hermano tendrá que esperarme mucho tiempo y podría quedarse sólo en el patio. Sale a las cinco y hasta las siete no llego. Nos cobrarán por cuidarlo tanto tiempo.

            —Y yo no puedo faltar del trabajo —añadió su padre.

            —Es mayorcito, puede hacer los deberes mientras espera.

            De ninguna manera lograrían encasquetarle al pesado de su hermano. Dio por terminada la discusión y se marchó pensando que si cedía una vez podrían pensar que estaría disponible siempre.

            Salió de casa y llamó a Elena.

            —¿Vamos al cine?

            —Pero si es lunes.

            —Si hay mucha gente te quejas de que está lleno. Si no hay tampoco te gusta...

            —De acuerdo ¿dónde quedamos y a qué hora?

            —Voy a buscarte.

 

            Vieron una comedia romántica y salieron a las nueve de la noche, cuando la calle estaba tan oscura.

            —¿Me acompañas al portal de mi casa? —Le pidió a su amiga.

            —¿Y quién me acompaña luego a mí? —Replicó Elena.

            —A ti no te da miedo.

            —Tía, tienes veintitantos años. ¿Qué te va a pasar?

            —Ya, claro... Gracias por nada.

            Elena resopló y se marchó igualmente.

            Yenny se enfrentó a sus miedos corriendo por la calle oscura hasta llegar ala zona iluminada de su portal. Buscó nerviosa las llaves en su bolso y cuando las encontró la luz de la farola de al lado se apagó.

            Alguien estaba detrás de ella. Escuchaba su respiración agónica, como si le costara un gran esfuerzo meter oxígeno en sus pulmones.

            Yenny palpó la puerta y llevó la llave a la cerradura con los dedos temblorosos. Se le cayeron al suelo y notó que la presencia se le acercaba tanto que tuvo la certeza de que era una niña. Se volvió hacia ella y una pequeña con aspecto enfermizo, con el cabello negro cayéndose de su cuero cabelludo, dejando grandes yagas en su cabeza, se aproximaba para tocarle el pecho.

            —Eres como los demás —susurró la niña—. No mereces vivir.

 

 

            Los padres de Yenny recibieron la noticia de su muerte media hora después. Un vecino la encontró tirada frente al portal con una expresión de horror en el rostro.

            En el informe de la autopsia figuró como causa de la muerte: "Desconocida".

            Su amiga Elena se sentía culpable de su muerte aunque no hubiera cambiado la decisión de no acompañarla ya que quizás seguía viva gracias a eso.

 

 

 

            Alfonso jugaba con un bolígrafo entre las manos mientras estudiaba para los exámenes próximos en la habitación de su casa. Aún vivía con sus padres y lo que ganaba en la tienda de frutos secos lo invertía en pagar la matrícula de la universidad.

            Aquel día fue duro. Se planteó si merecía la pena gastar diez horas diarias en ese negocio para que el anormal de su jefe echara broncas ridículas como si no hiciera bien su trabajo... Según él, claro.

            —Alfonso, al teléfono —le llamó su padre desde el salón.

            —Voy —se levantó preguntándose quién le llamaría al fijo.

            Extrañado fue a cogerlo y escuchó la voz de su jefe, pero muy alterada.

            —Alfonso, chico, tienes que venir a recogerme, estoy en la M—40, he atropellado a un animal y mi coche se ha ido a la cuneta, no puedo salir. ¿Es que nadie piensa parar?

            —Llama a la grúa, una ambulancia a la policía...

            —Como si supiera los números.

            —112.

            —Sí, ahora llamo, pero ven, por favor. Estoy acojonado, ahí fuera hay algo.

            —¿Cómo?

            —No lo sé, es una respiración humana...

            —¿Pero dónde estás?

            —Un poco antes de mi salida a la carretera de Valencia. ¡Date prisa!

            Le colgó. Ni siquiera esperó su respuesta. Miró el reloj, las doce y cuarto de la noche. ¿Para qué quería que fuera?

            A pesar de sus bufidos cogió el abrigo, las llaves del coche y le dijo a su padre que era su jefe y tenía que ir.

 

 

            Jaime terminó de escribir su informe  con un nudo en el estómago. Se preguntó que habrían visto los que murieron en las mismas circunstancias aquella semana fatídica. Estaba convencido de que eran asesinatos sin la menor prueba de contacto a las víctimas.

            —Tenemos otra emergencia en la M—40.  Vamos —urgió Lucas, su compañero.

 

            Ir en ambulancia con la sirena puesta en plena noche era una experiencia gratificante para los que los que disfrutaban conduciendo, como Jaime. Los coches se abrían camino igual que la grasa ante un jabón potente en la superficie del agua.

            Llegaron en tiempo récord, treinta y cinco minutos. La guardia civil les hizo señales para que aparcaran al lado. Mala señal, nadie les acompañaba lo que significaba que al menos habría un herido grave o una persona atrapada.

            Según se acercaron al siniestro se fijó que no había quitamiedos ni se veían huellas de derrape.

            En la cuneta vio a un animal destripado, uno enorme del tamaño de una persona, seguramente un perro.

            —Mierda... Pobre animal.

            —Ya, debía ser un mastín o un galgo —opinó Lucas—. Espero que no haya una familia ahí abajo.

            Un guardia les hacía señas con una linterna desde el campo y corrieron hacia allá. Un todoterreno urbano estaba boca abajo y seguían sin ver a nadie que no fuera de la benemérita.

            —Mal rollo... —susurró Jaime.

            —No tengan prisa, dudo que puedan ayudar a este pobre diablo.

            Se agacharon iluminando con sus linternas el interior del vehículo y vieron a un hombre atrapado por el cinturón de seguridad y en una postura inquietante.

            —Parece que intentaba huir de algo —opinó el guardia—. Le tomé el pulso y no tenía cuando llegué. El caso es que no presenta heridas a simple vista.

            —Intentemos sacarlo, no parece enganchado salvo por el cinturón. Lucas pásame el bisturí.  Cortaré la cinta.

            Fue una tarea agotadora. Al cortar, el cuerpo cayó y se trabó con el volante aunque el rigor mortis hizo casi imposible desencajarlo de allí sin romperle los brazos.

            Cuando lo lograron y lo tumbaron en la hierba el guardia le alumbró a la cara y se asustó.

            —¡Por todos los santos! Parece que ha visto a Satanás.

            —No puede ser —Jaime estaba asustado, era el cuarto que veía morir en las mismas circunstancias.

            —Otra vez —murmuró Lucas, pálido de miedo—. ¿Qué diablos está pasando?

            —No tengo ni idea —respondió Jaime—. Agente, por favor llame al juez. Hay que levantar el cadáver.

 

 

 

 

Comentarios: 9
  • #9

    Tony (martes, 08 diciembre 2015 23:17)

    Espero poder publicar en un rato... No será el final.

  • #8

    Ariel (martes, 08 diciembre 2015 21:10)

    parece interesante, pero no parece algo muy innovador, pero te tengo fe, ojala no sea un final previsible

  • #7

    Vanessa (domingo, 29 noviembre 2015 16:38)

    ¿Por que Yenny merece morir? Me da curiosidad.
    Me da gusto sobrevivir un capítulo más. Aunque creo que moriré en el próximo capítulo.
    Saludos

  • #6

    Yenny (sábado, 21 noviembre 2015 15:54)

    No es justo, me asesinan muy rápido por lo menos hubiese sido una muerte más espectacular.
    Espero que Jaime vea el cuadro para estar todos en el cielo jeje

  • #5

    Jaime (sábado, 21 noviembre 2015 02:48)

    Me gustó mi personaje de paramédico. Creo que tiene razón Alfonso, soy el único que no morirá porque no he visto el cuadro de la niña. Mi pronóstico para la siguiente parte es que conozco a Antonio Jurado y vamos de cacería de fantasmas. Esperando la continuación.

  • #4

    Chemo (jueves, 19 noviembre 2015 04:22)

    Me he decepcionado de la historia. No quería morir tan joven. Al menos Vanessa se preocupaba por mí mientras duró. Seguramente habrá otras tías igual de buenas en el cielo, jeje.

  • #3

    Alfonso (miércoles, 18 noviembre 2015 03:14)

    Esto más bien tiene pinta de un slasher sobrenatural con un fantasma asesino psicópata. La historia me da a entender que en realidad el fantasma fue quien se comunicó con Alfonso para que él acuda a la escena del crimen. A como va esto, solamente sobrevivirán Jaime y Antonio.
    ¿Cómo sobrevivir en Halloween? Quedáos en casa y no compréis objetos malditos.

  • #2

    Yenny (martes, 17 noviembre 2015 14:28)

    Nos van a asesinar a todos, eso es cruel Tony :(
    La historia se ve interesante, ¿el gato también va a ser importante en la historia o solo entró por cliché?
    Espero que pronto se conozca la historia del cuadro y la niña.

  • #1

    tony (martes, 17 noviembre 2015 02:32)

    Iba a hacer caso a Carmen pero... Digamos que os dejo imaginar qué hubierais hecho para evitar ese desenlace.
    Espero que os guste y recordar, no os vayáis sin dejarme un comentario.

Animal es el que abandona a su mascota.

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