3ª parte

 

Su condición de viva le daba libertad, es más, le daba capacidad de juicio, iniciativa por saber cosas. No le atraía prácticamente nada del mundo "real", pero al menos podía ver cosas que nadie más veía. Podía averiguar secretos que nadie entendería.

Y ahora le intrigaba mucho el de Olivia.

 Observó los siguientes días a la señal y Olivia parecía feliz de tener una prueba casi tangible de que no estaba volviéndose loca por hablar con un amigo invisible que le hablaba dentro de su cabeza. Cuando estaba sola siempre hablaban, ella le comentaba cosas de compañeras, él respondía y le contaba los motivos por los que esa persona había hecho tal o cual cosa. Parecía que ese tal John tenía acceso instantáneo a la mente de todo el mundo y lo más asombroso, pensó Verónica, es que acertaba.

Lo más sorprendente era que cada día le daba una pequeña prueba de que él era real. Un día Olivia entró al metro y se sentó junto a la puerta. La siguiente parada, las personas que quisieron bajarse por esa puerta no pudieron hacerlo porque ésta se había quedado atascada y no abría. Ella se extrañó ya que había entrado por ahí, de modo que le echó la culpa a John por romper la puerta. No le culpó en serio, tenían esa confianza como para bromear con esas cosas. Este le dijo que él no la había roto. Siguieron hablando de cosas triviales y llegó hasta su parada. Ella se preparó para salir. El metro se detuvo, pulsó el botón y la puerta se abrió. Cuando estaba alejándose del metro John se reía y le decía que no se había dado cuenta de su señal. Ella se sorprendió porque no entendía.

- Me culpaste de que la puerta se había roto - le dijo él -. La he arreglado, has salido por ahí y ni te has dado cuenta.

- Vaya - dijo ella -. ¿Cómo lo has hecho?

- ¿Cómo? - replicó él, jovial como un niño -. No importa el 'cómo'. Importa el 'por qué'.

- ¿Por qué?

- Me culpaste, lo cual no es que me hiciera culpable. Sin embargo yo podía arreglarla y la arreglé. Lo hice para que entendieras que no siempre tenemos que ceñirnos a reparar nuestros errores sino que, mientras sea posible, tenemos que arreglar los errores de los demás.

- ¿Y por qué tendríamos que hacer eso? - dijo Olivia, apática.

- Para que el mundo sea un poco mejor. Alguien podría haber perdido el metro por culpa de esa puerta rota, ese alguien ha podido entrar sin problemas y ni siquiera sabe que podría haber llegado tarde a una cita importante si yo no hubiera intervenido.

- Pero a mí no me importa lo que le pase a un desconocido.

- Los desconocidos importan. Todo importa.

 

Verónica se desconcentró al escuchar eso. Juan le había dicho algo parecido la última vez que le vio. Sintió que su corazón volvía a palpitar y le extrañó, quería volver a verle, preguntarle cómo hacía todo eso, por qué no podía verlo nada más que Olivia. Al menos podía escucharlo, igual que ella, y eso la llenó de paz. Sin embargo ella también quería poder hablar con él y no podía.

 

Al día siguiente Olivia iba con su madre en el coche y John le dijo que estaba a punto de ver otra señal algo más sutil, que estuviera atenta. En un paso de peatones su madre tuvo que frenar repentinamente al aparecer, de repente, un chico de unos trece años jugando con una consola portátil, caminando con toda la tranquilidad del mundo mientras cruzaba la calle.

- Ese niño estúpido - se quejó su madre -. ¿Por qué no se da prisa?

- Está en un paso de peatones - aleccionó Olivia, aburrida.

Finalmente el niño terminó de cruzar y pudieron continuar. John le susurró en su mente, con su voz característica:

- ¿Te has dado cuenta?

- ¿De qué? - replicó ella el lo más intimo de su mente.

- El niño ha abusado de su poder. No lo ha usado su poder para molestaros. A veces la gente tiene poder para hacer cosas, la ley les ampara, legal y moralmente. Hacen lo que pueden hacer y nadie puede negarles que tienen razón. Ese chico ha usado su prioridad para cruzar la carretera y lo ha hecho disfrutando de ello, sin pensar en los demás, despacio y disfrutando del poder que tenía sobre vosotras.

- Podíamos haberle atropellado - respondió Olivia, malhumorada.

- Y tu madre iría a la cárcel - replicó John.

- ¿Qué quieres decir?

- Piénsalo, usa bien tu poder y úsalo de buena fé sin que cause mal a nadie.

- No lo entiendo, ¿qué poder tengo yo?

- Todo el mundo tiene poder de hacer cosas que afectan a los demás.

 

Verónica dejó que pasara esa escena, empezaba a molestarle que ese chico no hiciera más que darle lecciones morales a Olivia. Sin embargo, apenas las aceptaba y le costaba trabajo comprenderlas, igual que ella. ¿Qué interés tenía en enseñarle cosas buenas? Olivia tenía buen corazón, nunca había hecho nada malo más allá de mentir o cosas inocentes. No tenía un futuro importante, no tenía por qué tener una preparación moral de ningún tipo.

- A menos que no le esté enseñándole estas cosas a ella - se dijo Verónica -. Sino a mí... Sabe que le estoy escuchando.

Aunque era una teoría interesante, solo era una teoría. Ni siquiera tenía la certeza de que ese John fuera real. Y si lo era, no podía estar segura de que él supiera que estaba siendo espiado por ella. Si ella estaba allí escuchando todo, ¿cuántas personas con libertad de moverse en ese plano podían estar escuchando?

A pesar de no estar segura, tener la sospecha de que Juan la estaba aleccionando a ella la hizo desear apartarse de esa chica y alejarse lo más posible. ¿Por qué se empecinaba en sermonear a todo el mundo? ¿Acaso no se iba a dar nunca por vencido? Aquella había sido la razón por la que se alejó de él, no quería que siguiera insistiendo, ese chico no se daba cuenta de que era un caso perdido. No quiso volver a verlo porque, por su culpa, volvió a llorar cuando creía que ya no tenía corazón.

 

- Está viva - dijo una enfermera -. Parece drogada.

- ¿Qué son todos estos aparatos? ¿Qué pretendían hacerle?

- No lo sé - respondió la voz de uno de los enfermeros -. Cuando vinimos ya estaba muerto y...

- No me tome por estúpida - dijo la mujer, enojada -. Esto no puede hacerlo una persona sola. ¿Me van a decir quién estaba aquí con él?

Verónica podía escucharles pero no podía moverse. Sentía la presencia de varias personas allí. Algunas intentaban reanimar al doctor con electroshock pero sería inútil. Podían resucitar su corazón, pero no su mente. Sin embargo no estaba tan segura, también había fallado cuando se llevó a Juan. No sabía si eso podía volver a ocurrir.

«Utiliza bien tu poder» - recordó la frase de John y sonrió. Ese doctor no despertaría, se había asegurado de que entrara en el infierno y además había cerrado la puerta tras él.

- Oh, Dios mío, es el doctor López - se exaltó una de las enfermeras.

- Qué tragedia, era tan joven - escuchó desde el tumulto que se había formado en la puerta.

- La muerte no distingue de edad - decía otro, intentando consolar con otra frase manida.

Verónica decidió que no quería despertar con toda esa gente ahí así que decidió volver a perderse en el pasado, olvidando la lamentable realidad que la rodeaba.

Sin embargo su mente no viajó al pasado sino a otro lugar. Trató de pensar en Olivia pero, por alguna razón su mente sentía más curiosidad por otra escena.

 

Una mujer recogía a una niña del colegio. Era alta, algo estropeada para su edad y muy delgada. Acaba de salir de su oficina y había acudido al colegio en busca de Sara, una jovencita de catorce años que vestía con estilo gótico. La amiga de Susana y Olivia. Se preguntó qué tendría que ver esa escena con lo que quería ver y se obligó a sí misma a pensar en Olivia, en los tiempos que hablaba con su amigo invisible.

Su mente se reveló y siguió mostrándole esa escena. La madre de Sara estaba enojada con su esposo porque no la había llamado por la noche, después de su guardia. Dedujo que debía ser policía o médico... ¿Médico?

El teléfono móvil de la mujer sonó fuerte, escandaloso y lo cogió, delante del colegio respondiendo a voces.

- Su marido ha sufrido un infarto y no responde a los tratamientos que se están aplicando - se escuchó débilmente por el altavoz del móvil.

- Puede repetirme eso - dijo ella, con la voz entre cortada.

- Su marido ha muerto hoy - repitió la voz -. No han servido de nada todos los intentos por reanimarle.

La mujer dejó caer el teléfono y se llevó la mano a la boca. Caminó hacia su coche lentamente mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y con las manos temblorosas se apoyó en él. Escondió su cara de la vista de toda aquella gente y sollozó en silencio, intensamente sin saber qué hacer. Un niño se acercó a ella y le devolvió las piezas del teléfono.

- Señora, ¿se le ha caído esto?

 

Verónica no quiso ver nada más. No podía ver aquella escena, acaba de descubrir el dolor que había causado a toda una familia. Sin embargo no se arrepentía de lo que había hecho, ese miserable quería hacer de ella un conejillo de indias, lo merecía y volvería a hacerlo si pudiera.

 

Sin embargo se durmió. No quería hacer nada, ni viajar al pasado, ni ver cosas del mundo, ni volar, ni buscar más víctimas dignas del infierno. Solo quería dormir y morir, morir y descansar para siempre. En el fondo lo sabía muy bien, Juan había sembrado una semilla que se comportaba como un cáncer en su corazón. Le había devuelto los sentimientos y, aunque no lo quisiera, podía ver el dolor que causaba. Su poder, ese del que se sentía tan orgullosa, que Dios se lo había concedido por alguna razón desconocida, servía para causar el mal y sentía que a quién más mal causaba era a sí misma.

 

Sin embargo se durmió. No quería hacer nada, ni viajar al pasado, ni ver cosas del mundo, ni volar, ni buscar más víctimas dignas del infierno. Solo quería dormir y morir, morir y descansar para siempre. En el fondo lo sabía muy bien, Juan había sembrado una semilla que se comportaba como un cáncer en su corazón. Le había devuelto los sentimientos y, aunque no lo quisiera, podía ver el dolor que causaba. Su poder, ese del que se sentía tan orgullosa, que Dios se lo había concedido por alguna razón desconocida, servía para causar el mal y sentía que a quién más mal causaba era a sí misma.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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