El fantasma del espejo.

Obra registrada en SafeCreative

Código: 1002055460005
Fecha 05-feb-2010 15:47 UTC

Todos los derechos reservados

La leyenda de Verónica

Ilustración de Wendy Nohemi
Ilustración de Wendy Nohemi

1

 

 

            Pedro llevaba un año viviendo con su novia Belén y era feliz, al margen de líos familiares y demás dificultades cotidianas. Se querían mucho y Pedro nunca le había sido infiel ni siquiera en pensamientos. Al menos hasta que conoció a Verónica, una chica que tomó café en la misma cafetería que él y con la que coincidió un 21 de diciembre. Ella le pidió que le alcanzara las servilletas y el se las acercó. Un acto normal y cotidiano con el que ambos regalaron su mejor sonrisa. Sin embargo para Pedro, Verónica fue mucho más. Por su expresión melancólica, entendió que estaba sola, que no estaba bien y que necesitaba un amigo y un apoyo.

            Con el corazón abierto, Pedro le preguntó con naturalidad si se encontraba bien y ella sonrió con cierta tristeza respondiendo que no. En su trabajo le exigían demasiado y muchas de las cosas que le pedían no sabía hacerlas, sus compañeras se burlaban, el jefe amenazaba con despedirla si no espabilaba y vivía sola por que su novio la acababa de dejar, de modo que no podía perder su trabajo.

            Pedro sintió que debía ayudarla y, sin dudarlo, le ofreció comer juntos ese mismo día para que contara más sus problemas por si conseguía hacerla sentir mejor. Ella aceptó y con su sonrisa demostró que le hacía ilusión. Verónica era muy bonita, delgadita y de estatura algo pequeña, su pelo era castaño oscuro y liso y sus ojos azules. Su mirada despedía inocencia y tristeza al mismo tiempo. Desde luego que se sintió atraído por ella pero en ningún momento pensó en engañar a su novia. Su intención era buena, con idea de animarla y, ¿por qué no?, hacerse amigos. Quedaron a las dos en el mismo restaurante para comer juntos. Habló con Belén por teléfono y le contó lo que había pasado y que sentía la necesidad de ayudar a esa chica. Belén le contestó que tenía un enorme corazón y que por eso le amaba tanto. Él respondió que también la amaba.

            La hora de comer llegó con mucha lentitud. Pedro se pasó toda la mañana pensando en Verónica, en sus preciosos ojos y lo mucho que deseaba que llegara la hora de la comida para poder hablar con ella y animarla. Se preguntó por qué la dejaría el novio y cómo podía haber gente que después de comprometerse a convivir juntos podía irse así, sin más.

            Cuando al fin la aguja de las horas aterrizó en las dos, se disculpó ante sus amigos con los que solía comer y salió corriendo del edificio, dispuesto a encontrarse con ella. Su corazón latía muy fuerte y cuando vio a Verónica esperarle en la barra, tomando un refresco, se sintió diez años más joven y como si estuviera en su primera cita.

            - Hola - la saludó.

            - Hola - dijo ella con timidez.

            - ¿He tardado mucho? Lo siento.

            - No importa, hoy salí antes.

            La mirada de ella era tierna y esperanzada. Pedro vio en sus ojos que él le gustaba pero no le dio importancia a ese detalle dado que a él también le gustaba ella y no significaba nada. Era una comida de amigos, nada más.

            - De modo que hoy tienes un mal día - quiso restarle importancia a sus problemas.

            - No es hoy, es todo este mes - dijo ella.

            - Las cosas buenas siempre se alternan con las malas. Después de una mala racha siempre viene una buena - aleccionó él, sintiéndose algo pedante.

            - Seguro que sí. Hoy te he conocido.

            - Oh, claro. Hoy empezó bien, ¿verdad?

            - Mi novio jamás me escuchaba.

            - ¿Por qué estabas con él entonces?

            - Era guapo, era muy cortés,...

            - Ah, ya, un guaperas... ¿Cuándo aprenderéis las mujeres a no confiar en una cara bonita?

            - No era solo eso. También parecíamos entendernos, me apoyaba. Sin embargo se entendió mejor con una "amiga".

            Pedro asintió con la cabeza pero puso cara de circunstancias. ¿Cómo se consuela a alguien a quién han engañado? Sobre todo cuando él tenía la punzada de culpa porque creía estar traicionando a Belén en su subconsciente. Aunque seguía siendo una simple comida amistosa.

            - Tú me has escuchado sin conocerme de nada, eres un encanto - dijo ella sonriendo.

            Pedro sintió que el estómago le burbujeaba y, al mirarla a los ojos se dio cuenta demasiado tarde. El tren empezaba la cuesta abajo y no tenía frenos. ¿Se había enamorado a primera vista? No sabía cuándo había pasado, pero ya era tarde.

            - Es lo menos que podía hacer,... tú también eres encantadora.

            - Gracias - dijo ella -. Cuéntame algo de ti... ¿Tienes novia?

            - Oh, yo,... bueno - Pedro supo que si decía que sí volvería a hundirla (o ella perdería interés en él) así que prefirió mentir, o mentirse a sí mismo, ya que la idea de tener una aventura con ella le hacía hervir la sangre-. No, yo no tengo novia desde hace meses. También corté,... hubo cuernos.

            - ¿Los pusiste tú o ella?

            - Los puso ella... La sorprendí con un compañero de trabajo, que supuestamente iban a reunirse y les vi besándose.

            Si quería conectar con ella debía fingir que había pasado lo mismo. Pero se sintió terriblemente mal por que eso ya era engañar oficialmente a Belén. O al menos, intentarlo.

            - Oh, lo siento.

            Verónica le cogió la mano y su calor le impulsó el corazón todavía más.

            - Sí, fue un duro golpe - continuó mintiendo.

            - Nunca se espera que ocurra y, cuando pasa, te culpas y tratas de encontrar el motivo, cuándo empezó a estropearse todo…

            Pedro supo que hablaba por experiencia y no supo qué decir.

            - Lo siento -añadió ella, avergonzada -, seguro que no has tenido la culpa, hablaba de mi.

            Llegó el camarero y pidieron cada uno su comida. Durante un rato no dijeron nada, se miraron y sonrieron pero ninguno se atrevió a romper el silencio.

            Al terminar salieron del restaurante y cuando se iban a despedir ella le besó en la mejilla.

            - Me ha encantado conocerte - dijo ella -. ¿Me das tu teléfono para que pueda volver a hablar contigo si me siento mal?

            - Claro, apunta.

            Ambos apuntaron sus teléfonos. Ella incluso le tomó una foto para asociarlo a su número y, entre risas, llegó la hora de despedirse.

            - Hasta mañana, a la hora del café - dijo ella.

            - Hasta mañana, Verónica - dijo él, aún bajo los efectos de la droga de su mirada y el tierno tono de su voz.

            En cuanto se despidieron subió a su oficina y, mientras estaba en el ascensor, sonó su teléfono móvil. Era Belén. Tragó saliva y trató de olvidarse de lo que sentía en su interior.

            - ¿Qué tal comiste, amor? - dijo ella -. ¿Pudiste ayudar a esa pobre chica?

            - Oh, sí. Es muy maja, estuvimos hablando de nuestras historias amorosas y parecía mucho más animada cuando nos despedimos. Puede que mañana volvamos a vernos.

            - ¿Mañana? - Belén ya no parecía tan comprensiva.

            - Sí, nos hemos hecho buenos amigos.

            - Ah, claro... Bueno, espero que se recupere de su trauma.  

            - Eso espero yo también.

            - Te dejo amorcito - Belén no estaba bien, lo notó en su voz -... tengo cosas que hacer.

            - ¿Qué te pasa cielo? - dijo Pedro, preocupado.

            - Nada, nada, es solo que... no me gusta que veas más a esa chica.

            - No me importa nada, solo era por ayudarla, solo quiero ser su amigo.

            - Lo sé, lo sé,... es solo que... tengo una corazonada. No deberías volver a verla.

            - Amorcito, solo tengo ojos para ti - a medida que escuchaba la voz de Belén su corazón volvía más a la normalidad y se olvidaba de Verónica.

            - ¿De verdad? - preguntó Belén, con timidez.

            - Te lo prometo.

            - Esta bien, pero ahora sí te dejo que tengo cosas que hacer. Besitos, mua, mua.

            - Te quiero, Belén - respondió él, antes de colgar.

            "Te quiero Belén", claro que la amaba. ¿Qué había estado haciendo con esa desconocida? ¿Se había vuelto loco? No era nada fácil, por no decir que era un milagro, encontrar a alguien con quien se entendiera tan bien y que le gustara tanto como Belén. Era lo mejor que le había pasado en la vida. ¿Quería jugarse su felicidad por un amor fugaz que podía durar dos días?

            "No puedo bajar mañana a la misma hora a tomar café" - decidió.

 

 

            Y así lo hizo. El día entero lo pasó pensando en Verónica, en que quizás le había echado de menos a la hora del café. Llegaron las dos y tampoco bajó a comer. Pensó que lo mejor era dar el tema por olvidado, así ella pensaría que solo fue una comida con alguien que se preocupaba por que estuviera bien, nada más. Si más intención. Pensó que si alguien la veía triste haría lo mismo, la ayudaría, la escucharía y ella se olvidaría de él.

            Llegó a su casa por la noche y estaba Belén allí, preparando la cena. La besó y se fue al baño a darse una ducha. El agua parecía ir quitándole el peso de la culpa.

            Entonces sonó su teléfono móvil. La voz de Belén contestó. Su corazón se detuvo, ella contestaba con monosílabos y una vez le pareció escuchar que decía "está en la ducha, luego te llama él". Se despidió con educación y colgó.

            Se terminó de duchar sintiendo todo su cuerpo frío, por miedo a que fuera Verónica quien le había llamado. Se secó corriendo y se peinó con la mano por no perder el tiempo.

            - Te llamó una chica - le dijo Belén, con naturalidad.

            - ¿Qué dijo? - preguntó él, disimulando que no estaba nervioso.

            - Me preguntó por ti. Le dije que te estabas duchando y me dijo que si podías llamarla en cuanto salieras, que tenía cosas que contarte y le dije que sí, que en cuanto salieras la llamarías. Dijo que era Verónica.

            - Oh - dijo Pedro, asintiendo preocupado.

            - Era esa chica, ¿Verdad? ¿No la viste hoy?

            - Puede que sea eso, no pude bajar porque estaba muy liado. Quizás quiera saber por qué no bajé... Qué sé yo.

            - ¿Por qué le diste tu teléfono? -renegó Belén. Luego suspiró y añadió-, intenta decirle que tenías un incendio que apagar porque parecía estar a punto de llorar. Sé que eres sensible, trátala con delicadeza.

            - Lo haré -aceptó, Sorprendido de que le permitía llamarla.

            Agarró el teléfono y, con Belén allí al lado, la llamó. En seguida se dio cuenta del error.

            - ¿Hola? Verónica.

            - Hola Pedro - dijo ella con voz entrecortada. Sin duda estaba llorando.

            - ¿Qué te ocurre?

            - No podía dejar de pensar en ti. No viniste hoy a tomar café, ni a comer. Creí... creí que te gustaba.

            - Escucha, Verónica... - Belén había escuchado todo porque tenía la oreja pegada a su teléfono-. No pude bajar porque tenía cosas muy urgentes en el trabajo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?

            - ¿No sentiste lo mismo? - insistió ella, decepcionada -. ¿No me echaste de menos? ¿no pensaste en mí?

            Pedro miró a Belén sintiéndose terriblemente culpable. La cara de Belén era de sorpresa e incredulidad. Lo cierto es que ese día había sido una tortura para él, por no bajar y por miedo a hacerle daño a Verónica. Se sintió culpable porque, de repente, sus temores se confirmaban, ella le había esperado con desesperación y las heridas de su corazón estaban todavía peor por su culpa que antes de conocerla. Belén le miró con reproche y él trató de aclararlo todo con esperanzas de que la verdad pudiera curar las heridas que había causado.

            - Escucha, Verónica. Tengo novia, ayer no te lo dije porque sentí que te haría más daño si alguien feliz intentaba consolarte, habiendo pasado tú por lo que has pasado. Lo siento, no... te conozco como para sentir algo por ti tan pronto. Si quieres podemos vernos como amigos, pero amo a mi novia, la quiero con todo mi corazón y eso no va a cambiar.

            - Está bien, lo siento, lo siento, lo siento - dijo ella y colgó.

            - Hijo mío - dijo Belén -. Te dije que fueras delicado y le has destrozado el corazón.

            - Lo... siento - dijo él, sintiendo que no solo había destrozado el corazón a Verónica sino a sí mismo.

            - Al menos no tendrás que volver a verla - dijo Belén, algo menos molesta.

            - Sí, menos mal - dijo él.

            Pedro miró a su novia mucho más tranquilo. Belén seguía confiando en él. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? No había hecho nada. Ojala pudiera hacer algo para hacer feliz a Verónica pero eso destrozaría su vida y era demasiado feliz para querer que eso cambiara… O había dejado de serlo desde que la conoció, solo el tiempo lo diría. Sin embargo hizo mucho daño a alguien que ya tenía el corazón herido. Se sentía como si hubiera rematado a Verónica después de la jugarreta de su novio. Temió por ella y sabía que si le pasaba algo, sería muy difícil para él perdonárselo. Sin embargo ante Belén debía demostrar indiferencia, nunca debía enterarse de que Verónica había sido tan importante para él.

 

 

            Varios días después, tras un día de navidad en familia, en casa de los padres de Belén, Pedro no había conseguido sacarse de la cabeza a Verónica. Cada hora que pasaba, más culpable se sentía. Había seleccionado varias veces su teléfono entre sus contactos del móvil y nunca se había atrevido a marcarlo porque no sabía qué decirle. Siempre lo buscaba con la determinación de borrarlo pero luego se veía tentado de llamarla para preguntar cómo estaba y finalmente apagaba el móvil, desesperado por no saber qué hacer. Esos días, antes de navidad, había bajado a tomar café a la hora que la encontró pero ella no aparecía. Quería hablar con ella pero de forma casual, explicarle que en realidad era una chica maravillosa y que si no tuviera novia todo habría sido distinto, tratar de explicarle que le gustaba mucho pero que no quería estropear la relación con Belén. Quería ofrecerle todo su corazón, pero lo tenía ocupado. Entendió el motivo por el que muchos hombres engañan a sus mujeres y era porque simplemente amaban a dos mujeres. Era tan fácil mentir e intentar llevar una aventura paralelamente a su noviazgo… Pero, si lo hacía, sabía que los tres terminarían heridos.

            Pedro cogió un periódico en el metro, cuando iba a trabajar por la mañana y después de leer deportes y noticias de escaso interés llegó a una página donde vio una foto conocida al pie de un artículo muy corto.

 

Sucesos, Madrid 26 de diciembre

 

         Ayer a media noche una joven de veintiún años se suicidó en su domicilio. Según los que escucharon el grito, golpeó tres veces el espejo de su cuarto de baño y lo rompió en mil pedazos mientras lloraba desesperada. Luego agarró un trozo del espejo y se cortó las venas. Con su sangre escribió en la pared un mensaje que los forenses nos han facilitado:

Me llamo Verónica y no quiero vivir más.

 

            Para Pedro eso fue como un balazo en su costado. En el periódico venía la foto, ya cadáver, con su piel blanca y el contorno de sus ojos en tono oscuro. Aún le parecía tremendamente bonita y creyó que con su muerte había muerto parte de él. Sintió que su alma se partía porque él le había dado el empujón definitivo para que se suicidara y se sintió tan mal que ni Belén podría consolarlo.

            Al volver a casa se encerró en el baño y se puso a llorar. Miró al espejo y se vio reflejado, llorando y con la cara roja. Recordó el apunte del periódico sobre la forma de morir, que ella había golpeado tres veces el espejo y luego se suicidó con un cristal. Miró al espejo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

            - Verónica, Verónica, Verónica… Perdóname.

            Al levantar la mirada vio que ella estaba tras él, reflejada a su espalda. Su cara era la misma que vio en el periódico, blanquecina y con ojos ennegrecidos. Su mirada no era la que él recordaba, ahora estaba cargada de odio. Se asustó y se dio la vuelta para ver si estaba allí pero no la vio. Su corazón se había acelerado tanto que parecía querer saltar de su pecho. Entonces el espejo se rompió en pedazos y uno de los trozos se le clavó en el cuello. Belén golpeó la puerta del baño varias veces con fuerza, le pidió que le abriera inmediatamente, con desesperación. Pero Pedro solo fue capaz de decir una última cosa antes de morir.

 

            - Lo siento…

 

           

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

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Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

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