El fantasma del espejo

2ª parte

 

            Pedro despertó de su pesadilla empapado en sudores fríos. Belén seguía durmiendo a su lado. Verónica muerta, él muerto… No podía permitir que eso pasara aunque temía que sucedería si no le ponía remedio.

            Esa mañana Pedro se sentía mucho peor, el tiempo no curaba sino que agrandaba la herida. Necesitaba hablar con Verónica antes de navidad, antes de que su sueño se cumpliera. Decidido marcó el número de Verónica desde un lugar discreto del trabajo, asegurándose de que nadie más le escuchara, y esperó impaciente.

            - ¿Diga? -reconoció su triste voz.

            Pedro no sabía qué decir, se regañó a sí mismo, mentalmente, por no haberlo pensado antes y colgó. Se puso tan nervioso que apretó los puños con fuerza repitiéndose con los ojos cerrados que era un idiota.     

            Entonces su móvil sonó. Era ella, sabía que le había llamado él. Seguramente hasta salió su foto en el móvil por que se la había tomado cuando le conoció.

            - Sí - dijo Pedro.

            - ¿Pedro? -escuchó su tímida voz.

            - Lo siento Verónica, tenías razón palabra por palabra. Lo que siento por ti es más fuerte que cualquier pensamiento racional. No te quiero engañar, también amo a mi novia, sigo amándola con todo mi corazón, pero tú eres tan especial... No sabía que se pudiera querer tanto en tan poco tiempo.

            - Oh, vaya... apenas nos conocemos y ya ¿hablas de amar?

            Pedro se quedó en silencio, confuso.

            - Es una broma tonto, eso fue lo que me dijiste ayer, ¿te acuerdas? -dijo ella-. Creo que podemos volver a quedar. ¿Comemos juntos para hablar todo esto?

            - Me parece genial -dijo él.

            - No tengas miedo, si quieres respetar a tu novia, la voy a respetar yo también.

            - Gracias -respondió.

            Aunque se despidieron como amigos y quedaron para comer, Pedro volvió a sentir ese aguijoneo de culpabilidad. No debía verla más, de hecho esta vez no le diría nada a Belén para que no se pusiera celosa. ¿Por qué necesitaba contarle con quién iba a comer?, ¿desde cuando le contaba con qué amigos comía? Eso era algo sin importancia.

            Pero la tenía y él lo sabía. Esa comida podía ser un punto de inflexión en su vida y tenía el presentimiento que el cambio no sería bueno en absoluto. Se avecinaba un desastre, a menos que supiera como ponerle remedio. Los tríos amorosos siempre acaban mal. Los tres acabarían dolidos.

            Cuando llegó la hora de la comida se dio cuenta de que el trabajo lo había absorbido por completo. Se concentró tanto que la hora llegó sin darse cuenta y al descubrir que ya salía un minuto tarde cogió su abrigo y salió corriendo sin decir a nadie que se iba.

            Verónica le esperaba en el restaurante. Llevaba una minifalda negra con medias oscuras y tupidas. Se había maquillado realmente natural, con los labios color rosa brillante y coloretes sencillos y polvos azulados en los ojos. Estaba realmente espectacular, no recordaba haber visto nunca a una chica tan guapa en su vida.

            - Hola -dijo Pedro-. Hoy estás increíblemente guapa.

            - Oh, es viernes. Por la tarde voy a una fiesta con unas amigas y tenía que ir vestida para la ocasión... gracias por el cumplido.

            - Veo que estás más animada.

            - Bueno, alguien me llamó esta mañana y me dijo que me quería -dijo ella, sonriente.

            - No entiendo cómo no te suena el teléfono a todas horas con gente diciéndote que te adora. Eres preciosa.

            - Déjate ya de cumplidos, lo único que ha cambiado es que ahora soy feliz. El otro día iba casi igual, solo que sin la minifalda.

            - ¿Eres feliz? -dijo Pedro-. ¿Por mí?

            - Ajá -movió la cabeza en gesto afirmativo, moviendo graciosamente su flequillo oscuro y sus pendientes de aros grandes.

            - Pero no podemos...

            - Lo sé -dijo ella con aire melancólico-. Pero que alguien como tú, que ama tanto a su novia, se sienta tan atraído por mí es el halago más grande que había escuchado nunca. Eres un cielo, Pedro. Últimamente me sentía como una escoria que todo el mundo evitaba. Es horrible que, cuando estás tan triste y abatida, todos huyan como si tuvieras la peste pero cuando eres feliz todos quieren invitarte y estar contigo. Solo los verdaderos amigos se quedan para todo, pero a veces te pones a contarles tus penas y ni te escuchan.

            - Es cierto, la gente se arrima a los que pueden aportar alegría. A los tristes nadie les hace caso.

            - Bueno, tú sí me hiciste caso.

            - En realidad -dijo Pedro-, fuiste tú la que me llamó la atención al pedirme las servilletas. Antes de eso ni siquiera sabía que estabas ahí.          

            - Llevamos meses tomando café juntos ¿nunca me habías visto hasta ese día?

            - ¿Meses? -Pedro no podía creerlo.

            - Ajá -asintió ella.

            - Lo siento, pero no. Supongo que no miro mucho a mi alrededor.

            - Durante meses te he observado, sé que no fumas, que siempre bajas acompañado a tomar café y no lo pasas muy bien cuando comes con tus compañeros de trabajo. Pones una curiosa cara de aburrimiento que me hace gracia. Cuando estos se ponen a fumar en la puerta de la oficina, que está al lado de la cafetería, tú te escabulles y subes porque no soportas el olor a tabaco.

            - Bueno, es que son unos pesados, siempre hablan de política. Critican a los que no tienen sus ideas, me tienen harto con el papa, cada vez que abre a boca ya están ellos criticándole y hablando de los Borgia.

            - ¿Eres católico? -preguntó ella con curiosidad.

            - Ellos también lo son, aunque renieguen de ello.

            - ¿Vas a misa y todo eso?

            - No, no... bueno, hace años que no piso una iglesia. Estoy más con el evangelio y la Biblia que con las autoridades eclesiásticas, pero bueno, me parece que el Papa lo está haciendo bien criticando el aborto, las guerras, la pena de muerte...

            - Bastaba con decir no -interrumpió ella.

            - Bueno, si y no.

            - No quiero hablar de religión. Solo es para conocerte mejor. Yo también creo en Dios pero no rezo salvo cuando estoy en un apuro. Siento que no le interesan los problemas de alguien como yo. Tiene problemas más importantes que resolver.

            - Yo creo que siempre tiene tiempo para ayudarnos -añadió Pedro-. Cuando nos acordamos de pedirle algo, claro. Si le hablas, él te responde. Si buscas su ayuda, siempre te la da.

            - Oh, bueno. Eso es muy interesante pero esto empieza a parecer una charla con un testigo de Jehová.

            Pedro se rascó la cabeza, avergonzado.

            - Lo siento, si quieres habla de eso -se disculpó ella.

            - No, no... a veces me enrollo más de la cuenta. Mi novia siempre me bromea con eso.

            - Es gracioso que lo hagas - dijo ella, sonriente.

            - Me alegro de que lo veas así. ¿Nos sentamos? Tengo un hambre canina.

            Verónica dejó que Pedro le abriera la puerta y susurró un sensual "gracias" cuando la dejó entrar. Al menos cualquier palabra que saliera de su boca le parecía sensual a Pedro. Era tan bonita, con su sonrisa sincera y esos ojos azules cobalto que tenía, que sentía que el tiempo se le estaba escapando de las manos y quería ralentizarlo para no tener que despedirse de ella.

            Cuando se sentaron a la mesa sonó un teléfono móvil. El de Pedro. El clásico sonido de una canción romántica que delataba la llamada de su novia, Belén. Normalmente se alegraba de escuchar su llamada pero en esa ocasión fue como si sonara el despertador y tuviera que salir de un bonito sueño para ir a trabajar.

            - ¿No vas a cogerlo?

            - No le dije que vendría a comer contigo.

            - Eso complica las cosas -dijo Verónica, seria-. ¿No tendrás intención de aprovechare de mí?

            Pedro miró el teléfono con seriedad. No podía cogerlo, tendría que mentirla y eso se lo notaría ella en cuanto abriera la boca, pero si no contestaba podía ser peor. Se arrepintió de no haberle contado que iría a comer con Verónica. Pero, ¿cómo iba a decirle que necesitaba volver a verla para aclarar las cosas?

            - Ponlo en silencio y déjalo estar. Luego le dices cualquier cosa, como que no lo escuchaste -aconsejó ella.

            Pedro asintió, no sonaba tan mal, dicho por ella.

            - Eso me hacía el capullo de mi novio cuando yo le llamaba -agregó ella, enojada-. Aunque sospeché algo, nunca pensé que me estaba engañando y tú, técnicamente no estás engañando a nadie.

            - Tienes razón -aceptó Pedro. Puso el teléfono en silencio y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

            El camarero se acercó a ellos y pidieron dos platos del menú del día. Ella pidió ensalada con bistec de ternera y él unos espaguetis a la boloñesa con pollo asado con patatas. Para beber ella sugirió un vinito y él aceptó.

            - Nunca tomo alcohol -reconoció Pedro-. Pero haré una excepción.

            - No bebes alcohol, no fumas, no sales de juerga con tus amigotes, aunque lo compensas cuidándote bien -había pedido tantas cosas que ella estaba sorprendida-... menuda joya de chico tengo delante.¿Alguna vez te has drogado?

            - No, tampoco he probado la droga ni en la mili ni en la universidad -otra vez se arrepintió de dar tantos detalles.

            - Fascinante -dijo ella-. Al menos deduzco que no eres virgen.

            - Deduces bien.

            - No hay que ser una lumbreras para saberlo, ¿no?

            - Como te dije, nos va muy bien a Belén y a mí.

            - Al parecer, no tan bien si estás aquí -añadió Verónica.

            Dicho eso la conversación se congeló. El camarero trajo los primeros platos y se pusieron a comer. Pedro se manchó los labios con el tomate de los espaguetis y se limpiaba cada vez que comía. Ella comió la lechuga de la ensalada y dejó los tomates y cebolla.

            - Quizás sea un error que nos veamos -dijo él, cuando terminó su primer plato.

            - Es un error -apoyó ella.

            - ¿Entonces crees que no deberíamos vernos más? -la voz de Pedro encerraba miedo.

            - Definitivamente no "deberíamos" vernos más.

            Pedro asintió con tristeza sin advertir el énfasis que ella le había dado a la palabra "deberíamos".

            - Mi madre siempre me decía que no siempre hago lo que debo -añadió ella-. ¿Tú sí?

            - Si te sigo viendo,... Aunque no estemos haciendo nada malo ahora, sé que terminaríamos haciéndolo y ahora es cuando estamos decidiendo si seguir adelante. En cierto modo cuando alguien planea clavarte un cuchillo por la espalda sigue siendo tan malo como cuando lo está haciendo, ¿no crees? Al menos yo así lo siento.

            - Quieres dejar de verme, ¿no es así? -dedujo Verónica volviendo a mostrar tristeza.

            - No. Quiero verte, quiero darnos una oportunidad. Creo que tenemos una conexión especial tú y yo, y sé que si no te veo me moriré por dentro. Quiero estar contigo, quiero todo contigo... La cuestión es que no debo. Hemos tenido la mala suerte de encontrarnos en un mal momento. Si no tuviera novia, bebería los vientos por ti.

            - Estoy dispuesta a aceptar lo que tú digas -dijo ella-. Siento por ti lo mismo, y si hubiera estado con mi ex ahora, estoy segura de que no cambiaría nada lo que siento por ti. Cuando conoces a un chico, y es un desconocido, que te va resultando simpático a medida que lo conoces. Luego le coges confianza y si te gusta sales con él. Contigo ha sido como si todo eso hubiera llegado de golpe.

            - Como si nos conociéramos desde que nos cruzamos la primera palabra -añadió Pedro.

            Ella suspiró y se sujetó la mejilla con la mano. No hicieron falta más palabras. Las manos de Pedro y Verónica se unieron y ambos se dejaron embriagar por el calor de sus dedos jugueteando entre ellos.

            - Lo que no disculpa el hecho de que cuando te digo que te quiero estoy traicionando a otra persona que también quiero. Ojala pudiera cortar con ella pero no puedo, la quiero, tenemos demasiados recuerdos juntos, tantos planes... ¿no podíamos mudarnos a Arabia donde los hombres pueden casarse con dos mujeres?

            - Si fuera el caso -añadió Verónica-. Yo seguiría con mi ex y puede que contigo. Aunque también puede que nunca nos hubiéramos conocido.

            - Ojala todo fuera más fácil -terminó diciendo Pedro.

            El camarero retiró los platos y Verónica dijo un tímido "gracias".

            - Podemos intentar dejar de vernos -dijo Pedro-. Ver a otras personas, volver a nuestras vidas... Si necesitas algo me llamas. Procuraré llevar el teléfono hasta en la ducha...

            - No, no, Pedro -dijo ella-. Si no nos vamos a ver, no puede haber llamadas.

            - Claro, claro...

            El camarero trajo el segundo plato y ambos comieron sin decir nada más, asimilando el hecho de que podía ser la última vez que se vieran. El corazón de Pedro bullía con un fuego como no había sentido nunca. Era una mezcla de miedo de perder de vista a Verónica y no volver a verla más y miedo a que Belén se enterara de esa cita y de esa conversación. Miedo a perderlo todo y desearlo todo sabiendo que era imposible e insostenible esa situación.

            Cuando terminaron les trajeron el postre y ninguno de los dos abrió la boca. A pesar del silencio no había tirantez entre ellos. Estar con ella era agradable aunque solo la viera comer. Eso hacía más difícil la decisión de dejar de verla.

            Terminaron el postre y se levantaron.

            - Supongo que esto es un adiós -dijo ella, apenada.

            - Supongo...-aceptó Pedro de mala gana-. Pero si crees que necesitas volver a verme, llámame. Por favor...

            En esas palabras Pedro le quiso decir "por favor no hagas ninguna tontería, antes llámame que lo dejaré todo por ti". Pero no se atrevió a decirlo porque creyó que ella lo entendía.

            - Lo haré. Lo mismo te digo.

            - No te preocupes... -dijo él.

            Pedro quería decirle que seguramente no soportaría dos días sin llamarla pero se mordió la lengua, consciente de que cuando estaba con Belén sus sentimientos por Verónica se diluían un poco. Sabía que podía olvidar a Verónica si dejaba de pensar en ella dos semanas. Lo realmente difícil era dejar de pensar en ella ni siquiera un minuto.

            - Adiós, entonces - susurró ella.

            - Adiós...

 

 

            El día de navidad Pedro lo pasó con Belén y sus padres, sus hermanos y, a pesar de que nada había cambiado desde el año anterior, y era la segunda navidad que estaba con Belén, Pedro era completamente infeliz. Todos le notaron esa melancolía, especialmente Belén que ahora ya no le preguntaba qué le pasaba porque nunca contestaba.

            De camino a su casa Belén le habló sin tapujos mientras iban en el coche.

            - ¿Que diablos te pasa? -le dijo enojada-. Y no me digas que nada, porque llevas unos días que casi ni comes, ni me hablas, ni me coges el teléfono en el trabajo.

            - Tenemos mucho trabajo, eso es todo -Pedro le dijo la única verdad que podía contarle.

            - Yo también y no estoy como un alma en pena -insistió Belén-. Háblame, Pedro. Siempre me lo has contado todo pero ahora estás ocultándome algo, lo noto. ¿Qué pasa? ¿Es que quieres dejarme? Si lo vas a hacer...

            - ¡No, no, no! -replicó Pedro con demasiado énfasis -. ¿Cómo voy a querer dejarte?

            - Pues cuéntame lo que te pasa.

            Pedro apretó el volante con fuerza. En su interior quería contarle todo lo que había pasado, que Verónica estaba metida en su cabeza como una bacteria y no podía sacarla... que no podía ni quería. Le echaba tanto de menos que no se sentía a gusto en ninguna parte. Habían conseguido estar sin verse tres días y le parecían una eternidad.

            Si le contaba eso a Belén, sería ella quien terminara con él. Le destrozaría la navidad para toda la vida y, a pesar de sus sentimientos tan fuertes por Verónica, aún amaba a Belén. No quería hacerle ningún daño.

            Pero lo cierto era que ya se lo estaba haciendo con su silencio.

            - Belén -comenzó Pedro-. Te quiero... ¿no te basta con saber eso?

            - Oh, vaya. Te lo agradezco. Lo dices como si me estuvieras haciendo un favor.

            - Escúchame -dijo Pedro-. Lo que ocurre no te lo puedo contar por ahora, es algo que se solucionará por sí solo con el tiempo. Después te lo contaré, ¿te parece?

            - ¿Por qué no me lo cuentas ahora y así sufrimos los dos?

            - No podrías entenderlo.

            - Lo intentaré, no soy tonta.

            - Ya lo sé, por eso no lo entenderías -Pedro se mordió la lengua.

            - ¿Hay otra? Ya sé que hay otra, pero no voy a ponértelo fácil. Dímelo tú.

            Que lo supiera no era un alivio para él. Solo le obligaba a sincerarse antes de que ella pensara cosas que no habían pasado.

            - En realidad no hay nadie... Pero volví a ver a Verónica.

            - ¿A quién? -ella frunció el ceño.

            - A la chica que llamó por teléfono.

            Belén se puso blanca. De repente, lo entendió todo.

            - No pienses lo que no es -se intentó adelantar Pedro a sus deducciones-. No soportaba la idea de haberla dejado destrozada. Creía que había hecho leña del árbol caído y que en lugar de ayudarla le había pisoteado los sentimientos. Ojala supiera cómo hacerla feliz.

            - ¿Me has engañado? - dijo Belén con la voz entrecortada.

            - Bueno, te mentí, te dije que no la había vuelto a ver y en realidad la vi una sola vez más.

            Belén dejó de mirarle y las lágrimas corrieron por sus mejillas.

            - Solo quise decirle lo maravillosa que era y que aun amándote tanto a ti, había conseguido que sintiera algo irracional por ella. Era para animarla, al principio, pero luego me di cuenta de que... me hubiera gustado... que hubiera dado todo por ella si no estuviera contigo. Entre los dos decidimos dejar de vernos y tratar de olvidarnos el uno del otro. No nos hemos vuelto a ver.

            - Pero la tienes metida en la cabeza todo el día -dijo Belén, sin dejar de llorar-. Lo veo en tus ojos, siempre estás pensando en ella. Y lo peor es que sé que luchas contra tu corazón y tratas de olvidarla.

            - Te amo, Belén. Eso es lo único que debes tener en cuenta. Conseguiré quitármela de la cabeza, te lo prometo.

            - No te creo. Da la vuelta.

            - ¿Qué? -Pedro no podía creer lo que había oído.

            - He dicho que des la vuelta y me lleves a casa de mis padres. Me quedaré allí hasta que decidas a quién echas más de menos. A mí o a ella. No quiero pasar contigo ni un minuto más si no estás totalmente conmigo.

            Pedro sintió ganas de llorar. Ahora sí que la había fastidiado, sabía que no debía contárselo, pero con Belén era imposible guardar secretos. Con las manos temblorosas buscó una salida que le permitiera dar la vuelta, sintiendo que su corazón se desgarraba. Quería convencer a Belén de que volvieran a casa pero no sabia con qué argumentos la convencería.

            - Allí puedes dar la vuelta -urgió ella.

            - Mujer, esto es una estupidez, tus padres se van a enterar de todo.

            - Ellos ya lo sabían, les dije que sabía que me estabas engañando.

            - Eso no es cierto.

            - ¡¿No me mentiste?!

            - Bueno sí, pero eso no es engañar -se defendió Pedro.

            - Viste a otra mujer y si al menos me hubieras dicho que fue por debilidad, o por un revolcón, al menos tendría un pase. Pero me estás diciendo que estás enamorado de ella hasta las cejas y eso es mucho peor que engañarme. Quiero ir a casa de mis padres ahora mismo. ¡Da la vuelta ya!

            En su furia, Belén tiró bruscamente del volante cuando pasaban por la salida y el coche viró tan fuerte que Pedro perdió el control del vehículo y el coche comenzó a dar vueltas de campana sobre el asfalto hasta estrellarse contra un quita miedos. No quedó un hierro en su sitio. No saltó el airbag de ninguno de los dos y los cristales les destrozaron la cara y les hizo cortes por todo el cuerpo.

            Cuando la ambulancia llegó estaban los dos muertos, desangrados.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo