El investigador que interrogaba a las paredes

10ª parte

                Dos horas más tarde Ángela volvió a visitar a Antonio. Éste se había dormido con la cabeza entre las rodillas mientras se las abrazaba sentado.

                — Tu mujer no se larga y está llamando demasiado la atención. Voy a dejarla entrar para que hables con ella pero como no se vaya inmediatamente voy a tener que hacerla daño.

                — ¿Sigue aquí? —Preguntó, angustiado.

                — Así es. Luego hablaremos de nuestros asuntos.

                Antonio no respondió por miedo a sus represalias con Brigitte. Esa mujer estaba respetando a su familia porque esperaba su colaboración. Si le ocurría decir que no... Quizás dejara de respetarla.

                En cuanto salió encontró en la puerta a la otra poli.

                — Déjala entrar.

                — Vamos, pasa —invitó Lara.

                Escuchó pasos lentos. Sin duda era Brigitte que debía estar cansadísima y muy preocupada.

                — Tenéis cinco minutos.

                En cuanto se vieron se abrazaron y estuvieron así hasta que cerraron la puerta.

                — Te dije que no era buena idea —susurró ella.

                — Y yo... Tengo que pedirte que te marches.

                — ¿Qué? No pienso irme sin ti.

                Antonio la abrazó con fuerza y sus ojos se llenaron de lágrimas.

                — No quiero que me esperes, cuando salga de la cárcel Charly tendrá cuarenta años y no tiene que saber que su padre está en la cárcel.

                — Voy a sacarte, buscaré un buen abogado.

                — En cuanto llegues a casa te darás cuenta de que tengo razón. Es el fin para mí y no quiero arruinaros la vida.

                — Tú siempre has dicho que eras inocente de lo que te acusaban.

                — No de todo. Pero he matado a una mujer, hay testigos... Estaba loca y era una asesina, aunque eso no me exculpará ya que no había pruebas.

                — Podemos alegar locura...

                Antonio se dio cuenta de que no lograría que se fuera a menos que cambiara de argumentos.

                — Hay algo más. Me han ofrecido un trato, pero dudo que pueda hacer lo que me piden.

                — ¿Qué quieren?

                — Tendría que ayudarles a encontrar a alguien.

                — ¿A quién? —La mirada de Brigitte se llenó de esperanza.

                — No puedo decírtelo, es confidencial. De hecho, si te cuento más cosas no te dejarían marchar. Por eso te pido que te vayas a casa, localiza a... ¿Cómo se llamaba? Elisa, tiene un bufete de abogados bastante bueno, háblale de mí, dile mi nombre antiguo, estoy seguro de que me recordará.

                — ¿Qué te darán a cambio de ayudarles? —Brigitte no parecía haber escuchado nada.

                — Limpiarán mi nombre, desbloquearán las cuentas, no tendré que volver a huir. Pero si no puedo hacer nada, me piden in imposible. Quiero contar con Elisa. Ella sabe la verdad.

                La cara de Brigitte no perdió el brillo en la mirada.

                — No sé quién es esa persona a la que debes encontrar, pero vas a encontrarla cueste lo que cueste, yo sé lo cabezota que puedes ser y nunca antes te has detenido por difícil que fuera tu búsqueda. Además no podemos seguir huyendo toda la vida.

                — Lo sé y lo voy a intentar, pero por favor haz lo que digo.

                — ¿Elisa? No voy a encontrarla solo por el nombre.

                — Su apellido era similar a Jurado pero no me acuerdo. Es muy famosa, la encontrarás en internet. Hace años que no sigo su pista, le pagué un millón de euros por defenderme, antes de cambiarme el nombre por Antonio Jurado.

                — Tranquilo, la buscaré. Pero tú concéntrate y encuentra a esa persona, no te distraigas porque quiero que seas tú la persona que me coja la mano durante el parto.

                — Te lo prometo... —Antonio sintió que se desgarraba por dentro al hacer esa promesa.

                Brigitte le besó y se puso en pie dispuesta a irse.

                — Espera, quiero hablar con Yuvén.

                — Está ahí fuera, no sé si le dejarán entrar.

                — Le dejarán. Pregúntalo.

                Ella asintió. Desde la puerta le lanzó un beso y se marchó. Fuera se encontró a la chica policía.

                — Quiere ver a Yuvén.

                — Eso tendré que consultarlo.

                — Dice que será sólo un momento. Tardarás más en consultarlo.

                La mujer se lo pensó.

                — Que pase, pero que no tarde.

                Hizo un gesto a Yuvén y este fue hacia ellas un tanto confuso.

                — Quiere hablar contigo —le dijo.

                — ¿En serio?

                — Date prisa y mucho cuidado con darle algo —advirtió Lara.

                — Sí, sí.

                Entró y se quedó a tres metros de Antonio. No quería meterse en líos.

                — Tengo que darte las gracias por todo, tú no tienes la culpa de esto así no te sientas culpable. Lo mejor que puedes hacer es olvidarte de mí y seguir tu vida. Eres un chico joven, con toda la vida por delante.

                — Pero cómo voy a encontrar a...

                Antonio se apresuró a cortarle.

                — No tienes que buscar fantasías inalcanzables. Te he estado utilizando, todo lo que te he dicho es mentira así que no vuelvas a mencionarlo con nadie o te encerrarán de nuevo. ¿entiendes?

                — ¿Todo es mentira? —Susurró, destrozado.

                — ¿Aun te fías de mí? Soy un puto criminal.

                Verle tan dolido le partió el corazón a Antonio.

                — Mi mujer te pagará por tu ayuda, no tenemos mucho pero no quiero que te quedes con las manos vacías.

                Yuvén se dirigió a la puerta completamente abatido.

                — Buen viaje, y... Lo siento chico.

                No respondió.

                Antonio escuchó cómo se alejaban y se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y cubriéndose la cara con las manos.

                En unos minutos había perdido la oportunidad de despedirse de su mujer y destrozado el corazón a un chico que vivía al borde de la cordura.

                Su lista de "trofeos" crecía.

 

 

 

                No tardó en hacer acto  de presencia Ángela. Se acercó directamente a la silla y volvió a sentarse con el revés hacia adelante. Apoyando los codos en el respaldo y se lo quedó mirando sonriendo.

                Antonio la miró a los ojos y esperó la fatídica pregunta.

                — ¿Y bien?

                Suspiró.

                — Te ayudaré, pero te advierto que no se dejará encontrar.

                — Eso es lo que quería escuchar.

 

 

 

 

                Durante el vuelo de regreso no podía dejar de morderse las uñas. Trataba de asimilar que Antonio admitiese que le  utilizaba para sus propios fines y que creía que estaba loco. No le hubiera afectado tanto si no fuera la única persona del mundo que parecía creerle. Debía aceptar que no tenía a nadie.

                — ¿Estás bien? —Preguntó Brigitte.

                — Sí, claro. Por supuesto.

                — No sé qué te habrá dicho pero por tu cara diría que ha confesado matar a toda tu familia.

                — No.

                — Era una broma, ¿qué te ha dicho?

                — No quiero hablar de eso.

                Brigitte le puso una mano en el hombro.

                — Seguramente no hablaba en serio.

                — ¿Tú también crees que estoy loco?

                — No te conozco lo suficiente, pero si me pregunta un juez por quién está más loco, apostaría por mi marido.

                Yuvén sonrió.

                — A veces es un poco burro y no tiene tacto pero suele tener buenas intenciones.

                Yuvén miró hacia la ventana.

                — ¿Estás mejor?

                — Sí.

                "Como si sus palabras pudieran borrarse de mi mente" —pensó. No estaba bien, y no creía que pudiera estarlo en mucho tiempo.

 

 

                No dijo nada más en todo el viaje. Quizás era lo mejor, nunca volvería a hablar con nadie.

                Una vez en Madrid Brigitte pidió al taxista que le llevara a su casa antes de ir a la suya. Parecía preocupada, quizás debía mostrar más apoyo en su situación difícil pero Antonio Jurado era veneno en su corazón. No quería volver a verlo, ni volvería a hablar de él. Trataría de sobreponerse e iría a trabajar una semana antes de que se terminaran sus vacaciones.

 

 

                Deshizo la maleta, se puso el pijama, se tumbó en el sillón y miró la televisión apagada como si hubiera algo.

                — Tengo que poner los pies en la tierra, Génesis solamente fue un sueño.

                Se durmió.

 

 

 

                Le despertó el teléfono móvil. Eran las cuatro de la mañana pero cuando vio el número se apresuró a cogerlo, emocionado.

                — ¿Quién eres? —Escuchó por el auricular. Su tono de voz le detuvo el corazón.

                — ¿Eres tú?

                — No me has respondido —insistió la voz del teléfono.

                — Esto debe ser un sueño, no eres real.

                — ¿De qué hablas? ¿Quién eres, de qué me conoces?

                — ¿No me recuerdas? Soy Yuvén, el chico del hospital que te invitó a fresas con nata en aquel restaurante.

                Hubo silencio al otro lado. Escuchó con deleite la respiración entrecortada y nerviosa de su contertulia.

                — ¿Qué quieres Yuvén?

                Su tono era tensa, ya no tenía esa ternura tan inocente en su voz.

                — Necesito verte.

                Otro silencio, en este se jugaba mucho.

                — ¿Cuándo? —Escuchó.

                — Cuanto antes.

                — ¿Para qué quieres verme?

                — Es importante para mí. No le diré a nadie dónde estás.

                — Apunta, calle Sepúlveda con Ermita del Santo. No vemos a las cinco, dentro de una hora.

                — Co... Cómo —balbuceó—. ¿Quieres verme a estas horas?

                — Para eso me llamaste, ¿no?

                — Sí claro, allí estaré.

                — Nos vemos en un rato.

                Y colgó.

                Yuvén tenía una sonrisa como nunca antes en su vida había sonreído.

 

 

 

                Se vistió igual que si fuera de marcha, seguramente querría tomar algo por ahí, lo hacía todo el mundo a esas horas. Llamó a un taxi y le dijeron que llegaría en quince minutos. Se cepilló los dientes, se afeitó los cuatro pelos que le salían de la barbilla, se vistió lo más moderno que podía y se sentó a esperar el taxi con ansiedad.

                "Al fin la encontré"—pensaba, pletórico—"Justo cuando lo creía imposible. Seguro que es una diosa, sabe cuándo estoy peor, me ha llamado porque sabía que me encontraba hundido."

                Sonó el timbre del telefonillo, el taxi estaba abajo.

 

 

 

                No dijo nada al taxista en todo el camino, excepto para indicarle la dirección. Éste le preguntó qué iba a hacer allí a esas horas y al no contestar le soltó una perorata de que tuviera cuidado porque había muchos gitanos y podían dejarle en calzoncillos.

                A él sólo le importaba encontrarse con Génesis y habría bajado al mismo infierno para encontrarla.

                Una vez en el cruce de ambas calles pagó y esperó a que se marchara el taxista.

                — ¿Quieres que espere por si no aparece tu cita?

                Le miró con fastidio, ¿cómo sabía que tenía una cita? No dijo nada.

                — Vale, ya me marcho, que yo sólo quería ayudar —cerró la ventanilla y se fue, al fin.

                Sabía que ella no aparecería si había testigos. Cuando se vio solo en medio de uno de los peores barrios de Madrid creyó que era el lugar perfecto. Eran las cinco menos un minuto de la mañana y no había un alma por las calles.

                Volvió a mirar el reloj, era la hora. Seguramente aparecería a su lado, de repente. Ella podía viajar en el tiempo de modo que sería puntual... Entonces se dio cuenta de que estaba loco, cualquiera que escuchara sus pensamientos lo pensaría sin el menor atisbo de duda. Pero si ella aparecía demostraría que se equivocaban y sabía que lo haría.

                Pasó el minuto y no apareció. ¿Por qué le hacía esperar?

                Su ansiedad fue en aumento a medida que transcurría el tiempo y los números se pisaban unos a otros en su teléfono móvil.

                Cuando eran las 5:09 A.M. Apareció una furgoneta negra que se detuvo en el semáforo estando en verde. En cuanto se paró se abrió la puerta lateral y salieron dos tipos llenos de tatuajes directos a por él.

                — No te resistas.

                Le apuntaban con pistolas, ambos encañonándole a la cabeza.

                Se lo llevaron dentro mientras su corazón latía a ciento cincuenta pulsaciones por minuto.

                "Génesis me salvará, ella me ha metido en esto...".

                Sin embargo, cuando le pusieron una capucha negra de cuero de olor nauseabundo comenzó a creer que estaba loco por aceptar una cita tan extraña.

                Hasta el taxista sabía que no podía pasar nada bueno.

                El vehículo circulaba a grandes velocidades haciendo derrapar sus neumáticos. Pensó llamar a la policía pero esos tipos seguían con él y ni le habían amordazado haciéndole sentar en la esquina derecha de atrás de la furgoneta.

                — ¿Qué queréis de mí?

                — Calla o te reviento.

                Se quedó paralizado con aquella respuesta tan seca. Se aferró a la promesa que le hicieron de que si no se movía, no le matarían, aunque luego recordó que no lo habían prometido nada.

 

                Trató de memorizar el camino. Pero al cuarto giro perdió la orientación. Podían seguir en Madrid o en Toledo o en Ávila. Al menos sabía que no habían callejeado lo suficiente como para rodear la capital.

                Cuando se detuvieron abrieron la puerta de atrás tan bruscamente que se cayó de espaldas y se golpeó la cabeza con un suelo de cemento. El impacto fue tan duro que perdió el sentido.

 

Comentarios: 6
  • #6

    Chemo (sábado, 07 junio 2014 19:05)

    Continuación

  • #5

    Alfonso (miércoles, 04 junio 2014 19:21)

    La historia está muy entretenida. Honestamente no se me había ocurrido pensar sobre la relación entre el prostíbulo y Génesis. Las hipótesis de Jaime y Yenny parecen muy válidas, aunque pienso que la llamada que recibió Yuvén fue de alguien aleatorio que aprovechó el momento de desconcierto para jugarle una mala pasada. Espero la siguiente parte con ansias.

  • #4

    yenny (miércoles, 04 junio 2014 18:34)

    Un poco corta esta parte.Me gusta la teoría de Jaime aunque lo primero que se me pasó por la cabeza es que podría ser gente de Ángela, o que el club está involucrado en tráfico de personas y crean que él reconoció a alguna chica y es un peligro, aunque prefiero la teoría de Jaime. Pobre Antonio tendrá que colaborar si quiere salir de este lío aunque no quiero que traicione a Génesis.
    Espero la siguiente parte para que se resuelvan estas dudas.

  • #3

    Tony (miércoles, 04 junio 2014 06:52)

    Muchas de tus dudas quedan resueltas en las dos proximas partes.
    A ver si consigo publicar la siguiente esta semana.

  • #2

    Jaime (miércoles, 04 junio 2014 06:04)

    Se me hizo muy corta esta parte. Entonces, ¿el número que se encontró Yuvén sí era de Génesis? Tal vez sea mi imaginación descabellada, pero a menos que Génesis sea omnisciente, la única explicación que encuentro es que Génesis está armando un nuevo ejército de Rosacruces para luchar en la guerra contra Ángela y sus secuaces, y ese número es el de su nueva Orden. Así pues, los secuestradores de Yuvén serían parte de este ejército y la cita en la Ermita era una prueba de fe. Si mi suposición es falsa, entonces ¿cómo se enteró Génesis que Yuvén llamó a ese número aparentemente aleatorio? Además, ella ni siquiera sabía quién le había llamado y en el puticlub no la conocían (al menos con ese nombre).

    Espero leer en la próxima parte sobre el encuentro de Yuvén con Génesis.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 04 junio 2014 00:03)

    Disculpar el retraso. Ya podéis comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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