El investigador que interrogaba a las paredes

13ª parte

                Los hombres de Ángela les acompañaron en su visita al viejo caserón donde vivía la gitana adivina. Eran unos tipos a los que ya conocía de hacía años, cuando estuvo encerrado en la casa de Alastor mientras le estudiaban y decidía qué hacer con él. Estaba claro que Ángela tenía alguna relación con ese loco de atar.

                En todo ese tiempo pensaba que eran algo así como robots, de hecho no habían cambiado nada. Aunque mucha gente no cambiaba en esos años. Lo cierto era que apenas hablaban cuando él estaba delante y eso agudizó la impresión de que eran máquinas.

                — Vamos —ordenó Ángela al aparcar en la puerta—. Vosotros os quedáis, no quiero intimidar a esa mujer.

                En el viaje de vuelta le había contado todo lo que sabía de la adivina excepto la parte en la que discutieron. No necesitaban saber que ya le ayudó una vez a encontrar a Génesis ya que evidenciaría que le había mentido.

                Cuando se bajaron del coche y estaban lo suficientemente lejos Antonio le dijo a la agente:

                — Creí que necesitabas a tus guardaespaldas. Se nota que eres una mujer con recursos.

                — ¿Eso crees que son?

                — ¿No? ¿Entonces?

                — Son mi... Brazo burocrático, por así decirlo. A veces compensa no llamar demasiado la atención  y ellos son realmente buenos en su trabajo.

                — Más bien parecen tus matones.

                — Eso tiene gracia — rio Ángela—. Aunque no lo entenderías.

                Llegaron a la puerta de la gitana y llamaron al timbre. Esperaron mientras Antonio se mordía los labios por el nerviosismo. No tenía muy claro el plan pero sabía que Fausta no le ayudaría casi  con un 99% de posibilidades. En cualquier caso sabía que era la única persona a la que podía acudir.

                La puerta se abrió al girar el pomo. Las escaleras que había antes ya no estaban y cruzaron un pasillo sin ventanas ni luz hasta lo que parecía una sala ampliada de adivinación. Ya no estaba la vieja mesa camilla redonda con mantel de terciopelo rojo, ni las sillas del siglo pasado. Ahora en el fondo había unas banquetas de madera y una mesa oval de cristal.

                Fausta les esperaba. Antonio supo de inmediato que sabía perfectamente que iría a visitarla a pesar de no haberla avisado. En su mirada de odio había bastante satisfacción y temió incluso saludarla.

                — Vaya, vaya, así que es usted la adivina —dijo Ángela.

                Fausta sonrió al mirarla. Se puso en pie y le ofreció su mano.

                — La imaginé bastante más vieja —añadió la agente, burlona.

                — Creí que te quedó claro que no volvería a trabajar para ti —La ignoró Fausta mirando a Antonio con mucho rencor.

                — Técnicamente te he recomendado. Deberías alegrarte de que traiga una clienta tan importante.

                — No necesito a tus contactos.

                — Estoy empezando a aburrirme de esta conversación —intervino Ángela—. Él asegura que tú puedes saber cosas. Dime que no hemos perdido el tiempo viniendo a verte.

                — Sé quién eres —respondió la bruja, retadora mientras se sentaba—. No pienso ayudar a un ser podrido como tú.

                — ¿Qué me has llamado?

                — No eres sorda.

                — Espera Fausta —reprendió Antonio—, no es buena idea tratar así a tus clientes. Ella ha venido de buenas maneras y...

                Ángela cerró los puños y en ambiente se enrareció. Antonio creyó que la luz del día se volvía pálida y se dio cuenta de que esa sombra surgía del interior de la mujer de negro.

                — ¿Vas a matarme? Nadie podrá encontrar a Génesis salvo yo —se burló la gitana.

                Ángela sonrió y se apaciguó.

                — Nunca entenderé vuestros extraños cerebros —dijo—. No tienen nada especial y sin embargo sabéis cosas que nadie os ha contado.

                — La adivinación no se hace con el cerebro, tonta del culo —replicó Fausta.

                — Me estás hartando, háblame con respeto.

                — Voy a darte una pista sobre lo que buscas —añadió Fausta—. No importa lo que hagas, dentro de una semana estarás criando malvas, como yo.

                — Nadie me destruirá —Ángela soltó un bufido—. Menuda adivina de mierda.

                — Sí, podrías sobrevivir... Pero tu presunción, ambición y orgullo te llevarás a tu propia destrucción.

                Ángela levantó el puño furiosa y Fausta voló contra el techo de su casa. El impacto dejó una mancha de sangre por el descomunal golpe de su cabeza contra el hormigón.

                Antonio casi cayó de espaldas, aterrado por lo que había visto y sobre todo por su crueldad.

                — Así aprenderás —musitó Ángela.

                Dicho eso se marchó por la puerta a buen ritmo, enojada.

                — Antonio... —murmuró la bruja, apenas sin voz desde el suelo.

                sorprendido de que siguiera con vida, se acercó a ella para socorrerla.

                — Mi bolso...

                Señaló la mesa y él se apresuró a alcanzárselo.

                Ella metió la mano y sacó una agenda.

                — Rodrigo, búscalo...

                Ángela ya estaba fuera y le llamó con desprecio.

                — ¡Sal de una vez!

                — ¿Quién es ese Rodrigo?

                — Él es... El único que puede salvarte.

                Fausta se dejó caer inerte. Le tomó el pulso en el cuello y al no sentirlo se alarmó.

                — ¡Sal de ahí ahora mismo o tiraré la casa contigo adentro!

                Escuchó la voz enojada de Ángela.

                — ¿Piensa derrumbarla?

                Su primer impulso fue salir corriendo pero miró atrás y se detuvo al ver que la gitana trataba de levantarse... ¿No estaba muerta?

                — Mierda...

                Corrió hacia ella y la ayudó a ponerse en pie pero Fausta le arreó un bofetón y le miró con odio.

                — Maldito el día que naciste.

                La soltó contrariado. ¿Así le agradecía su ayuda?

                Se dio la vuelta y se fue corriendo por el pasillo. Cuando llegó junto a Ángela ésta parecía un cadáver, sus cuencas oculares estaban oscurecidas y mantenía el puño en alto. Apenas puso un pie fuera lo bajó y escuchó un estruendo detrás de él. Varios fragmentos de cemento le golpearon la espalda. Por miedo no miró atrás y siguió corriendo hasta sentirse a salvo de los cascotes.

                — Eso ha sido innecesario —manifestó el tipo rubio.

                Antonio le miró, no esperaba que ninguno de los dos tuviera sentimientos.

                — Yo decido lo que hago, no tú, Aquiles.

                Se metieron en el coche y Héctor tuvo que ayudarla a entrar. ¿qué le pasaba? Se había puesto enferma de repente.

                Volvió la cabeza atrás y vio la casa reducida a escombros. No quedaban dos ladrillos en su sitio... Fausta no pudo sobrevivir a eso y aun le costaba creer que Ángela derribara la casa sin tocarla.

                — ¡Vamos! —Inquirió desde el coche.

                El miedo a que su enojo se extendiera hacia él hizo que se volviera y se metiera junto a ella. Héctor se acomodó en el asiento del copiloto.

                Al cerrar la puerta le dio la sensación de que se había quedado ciego. El tintado de los cristales era tan oscuro que tardó un par de segundos en ver lo que había fuera.

                — Estoy cansada —escuchó la débil voz de Ángela junto a él.

                — No debiste matarla, esa mujer sabe cosas que...

                — Sabía demasiado —le cortó.

                — Ahora me lo plantearé dos veces antes de llevarte a nadie que conozca.

                — Tú sabrás lo que tienes que hacer para conseguir tu libertad.

                — Nunca seré libre de ti, ¿verdad?

                — No te hagas la víctima, sabes perfectamente que tu atormentado espíritu agradece la muerte de esa gitana.

                —No me conoces,...

                —Jamás había conocido a nadie que escuchara tanto a su conciencia —siguió hablando Ángela, como si no le hubiera escuchado—, y que además le hiciera tan poco caso. Sigue así y nos llevaremos bien.

                Antonio no respondió. El coche se puso en marcha y durante un buen tramo escuchó la respiración débil de Ángela.

                De repente sintió una suave mano en el muslo que se deleitaba acariciando su pierna.

                — ¿Qué haces?

                — Lo que llevas deseando desde que me has puesto los ojos encima.

                La mano alcanzó su entrepierna y dio un respingo en el asiento.

                — ¡Déjame, estoy casado!

                — Y yo no he tenido sexo desde hace meses. Vamos, ¿no irás a hacer caso a tu conciencia ahora? Será un ratito...

                Su voz melosa le desquiciaba, esa mujer le ponía a mil, hasta sin luz.

                — Deja ya de tocarme, no soy de tu propiedad.

                Sin embargo no apartó su mano por miedo a que se enfadar con él.

                — Sí que lo eres.

                Escuchó que se quitaba la ropa y luego le bajó los pantalones...

                Su pene estaba como una piedra, en el fondo ella tenía razón, cuando la veía se forzaba a mirar a otro lado por lo mucho que le atraía, que con las mallas de licra negra que solía llevar daba poco trabajo a su imaginación.

                Tragó saliva cuando se subió sobre él mientras se llamaba a sí mismo cobarde por no oponer más resistencia.

 

 

 

 

                Yuvén llegó a su casa triste pero cuanto más lo pensaba más se daba cuenta de que ese había sido el día más alucinante de su vida. No solamente vió con sus propios ojos a su diosa sino que la había tocado. Además le confesó que nadie la conocía mejor que él, ni siquiera Antonio Jurado. Y el hecho de que reconoció su nombre significaba que éste no le había mentido, quizás la última vez, pero también era cierto que se puso un poco pesado suplicando que hablara con ella. También él hubiera mentido en una situación similar. Por alguna razón lo había hecho, quizás para que no tirara su vida a la basura tratando de encontrarla.

 

 

                Durante la noche soñó con Génesis, salían de paseo por playa cogidos de la mano y ella le decía cosas sobre lo que harían en el futuro. Lamentó mucho olvidar la conversación. Se preguntó si los sueños así podrían hacerse realidad o sólo eran la forma de calmar su necesitada alma.

                Pero cuando se duchaba recordó su despedida. Ella no sentía nada por él y le dijo claramente que nunca volviera. No comprendía por qué la muerte de su padre suponía una diferencia tan drástica en su vida, si lo hubiera sabido no se lo habría recordado.

                Miró el reloj pero sus ojos no miraron la hora, sólo la fecha. Aun le quedaban seis días de vacaciones...

                Al ver su maleta en medio de su habitación recordó que dentro estaba el pasaporte falso que le pidió Brigitte. Buscó en el lateral y ahí estaba.

                Cogió el móvil y la llamó... Se dio cuenta demasiado tarde que eran las ocho de la mañana.

                — Yuvén, ¿qué pasa? —Respondió de inmediato.

                — Con esto de los móviles ya no tenemos que decir quien somos...—respondió nervioso—. Tengo el pasaporte, ¿cuándo nos vemos para dártelo?

                — Creo que ya no será necesario. Le han concedido libertad condicional a Antonio.

                — ¿En serio? Pero no le acusaban de...

                — Por lo visto no hay pruebas incriminatorias, está libre Yuvén.

                — Aún le tienen que juzgar, ¿no?

                — Sí pero es inocente hasta que se demuestre lo contrario y no pueden demostrar nada después de tantos años.

                Yuvén sonrió mucho más tranquilo. Quería hablar con él, contarle todo lo que había pasado y que entendía por qué le dijo aquello tan duro.

                — Pásame con él, por favor, quiero felicitarle.

                — No, no está aquí.

                — Y ¿dónde puedo localizarle?

                — Llámale al móvil, se fue con un agente del gobierno con un caso súper secreto, ni siquiera sé dónde está.

                — Entonces igual no quiere que le moleste.

                — Como quieras, por cierto, no se te ocurra usar el pasaporte falso, podrías...

                — ...Meterme en un buen lío, lo sé.

                — Gracias Yuvén, hasta otro día.

                — Que le vaya bien el parto.

                — Ay madre, tengo unas ganas de que salga... Cada vez que subo escaleras me tira del útero no te imaginas cuánto, y duele. Pero no quiero aburrirte con mis cosas.

                — No lo hace, es bonito tener un hijo. Uno tiende a pensar que nunca será padre y se hace un mundo pensando en las horas que hay que dedicarle a un bebé, lo mucho que te condicionará la vida... Aunque me gustaría tener hijos algún día.

                — Claro que los tendrás.

                — No lo creo.

                — ¿Por qué dices eso? Eres muy joven, mira a Antonio, se casó a los treinta y cinco.

                — Ya pero... No quiero aburrirla con mis cosas.

                — Yuvén, cuéntame lo quieras que estoy de baja y necesito distraerme.

                — Nada, nada,... Sólo era que la mujer de la que le he hablado me ha dicho que me olvide de ella y que no vuelva a intentar verla.

                — Oh —se lamentó.

                — Yo creo que me quiere, no puede haber olvidado esos años en el hospital...

                — ¿Qué? ¿Y tú te quedas así? ¿Ella te quiere?

                — No lo sé.

                — Pues no tires la toalla hasta que lo sepas. Hazme caso.

                — ¿Cree que debo volver con ella y preguntárselo?

                — Cuelga el teléfono y vete corriendo, no seas bobo.

                — Eso... Eso pienso hacer.

                — Así se habla, ten confianza, buena suerte.

                — Muchas gracias, ya le contaré.

                Y colgó emocionado. Se sentía como si hubiera roto un muro en su mente.

                Jugó con el móvil entre las manos mientras su corazón latía tan fuerte que parecía que se había propuesto salir de su pecho. ¿Pero qué demonios le contado a la mujer de Antonio? Se sentía culpable por traicionar la confianza de Génesis, pero a la vez estaba decidido a seguir su consejo. Si dejaba pasar un segundo más podría perder la pista para siempre.

                Seleccionó su número en la agenda del móvil y llamó.

                El tono de llamada tardó una eternidad en escucharse. Esperó la voz de Julián y preparó una frase segura y decidida: "Hola, soy Yuvén, que tal, ¿puedo hablar con Calypso?". Ella le dijo que si sabía de algo que pudiera amenazarla la llamara, y eso era un asunto vital para ambos, si es que le quería.

                Pero nadie cogió el teléfono.

                ¿Se habían marchado?

                — ¿Cómo se quitaba eso? —Se preguntó. Quizás Julián reconoció su número y por eso no lo cogió, mejor lo ocultaba, por si acaso.

                Buscó entre las opciones del aparato y finalmente encontró "identificar llamada". La desactivó y volvió a llamar.

                Obtuvo el mismo resultado.

                Desesperado llamó de nuevo y al fin cogieron el teléfono.

                Era Génesis.

                — ¿Qué pasa Yuvén?

                — Eh... ¿Cómo sabías que era yo?

                — Nadie más es tan pesado —replicó, jocosa—. ¿Qué ocurre?

                — Tengo que verte.

                — Pero qué pasa.

                — No puedo, voy y te lo cuento.

                — ¿A dónde? Ya no estoy en Eclipse.

                — ¿Entonces cómo has cogido el teléfono?

                — Porque hemos desviado las llamadas. No creo que podamos encontrarnos, no es seguro. ¿Qué tienes?

                Yuvén necesitaba verla, podía hablar con ella por teléfono pero no era igual, quería mirarla a los ojos por última vez.

                — Por favor, iré donde sea.

                Esta vez fue ella la que guardó silencio. Yuvén no respiró, contuvo el aliento porque sabía que si se negaba no volvería a verla.

                — ¿Por qué eres siempre tan pesado?

                — Supongo que soy así.

                — Ya veo. ¿Le has contado a alguien que me has visto?

                — A nadie.

                — Está bien, ¿quedamos en la plaza de Callao a las doce?

                Miró el reloj, faltaban tres horas.

                — ¡Estupendo!

                — Asegúrate de que no te sigue nadie —indicó ella—. Aunque lo sospeches trata de despistar a quien sea. ¿Entiendes?

                — ¿Por qué me iban a seguir?

                — Dime que lo has entendido.

                — Sí, sí.

                — Repítelo.

                Yuvén se sintió estúpido ante ese examen pero por ella haría cualquier cosa.

                — Que si sospecho que alguien me sigue me asegure de que no es así antes de ir a la cita.

                — Muy bien, espero que lo que tengas que decirme sea importante.

                — ¿Sobre qué?

                — ¿Me preguntas a mí?  Tú me has llamado. Tienes algo que decirme, ¿no?

                — Ah, sí, claro. Es muy importante.

                — Intenta ser puntual.

                Le colgó y Yuvén se quedó frío.

                — Información importante...

                Se preguntó qué clase de noticias esperaba. Para él era imposible seguir viviendo mientras no supiera si ella le quería o no, pero sospechaba que se enfadaría cuando se enterara del motivo de tanta urgencia.

Comentarios: 8
  • #8

    Everardo García Luna (martes, 01 julio 2014 05:27)

    Me encanta este historia. Espero la continuación.

  • #7

    yenny (viernes, 27 junio 2014 19:14)

    Los comentarios de Chemo me alegran el día son muy divertido :)
    Pobre Antonio espero que esa infidelidad no le cause problemas, espero que aparezca pronto Rodrigo aunque quiero a Samantha ojalá aparezca en las próximas partes.
    ¿Fausta murió o se pudo salvar? no me parece justo que la asesinen tan rápido.

  • #6

    Tony (jueves, 26 junio 2014 23:40)

    No tardarás en saber que fue de Calypso.

  • #5

    Chemo (jueves, 26 junio 2014)

    Ayer fui al bar Eclipse 2 y no pude dar con el paradero ni de Calipso ni de Génesis. Probablemente ya se había fugado por culpa del mentecato de Yuvén.

    Tony, yo sé que tú conoces dónde se esconde Calipso. Escribe en la siguiente parte su número de teléfono privado para quitarle de encima a Yuvén.

  • #4

    Alfonso (jueves, 26 junio 2014 18:11)

    Presiento que la bruja no está muerta. Si sabía que iba a morir, no se hubiera quedado en su casa a esperar felizmente a Ángela y Antonio. Lo más probable es que Antonio haga caso de la bruja y busque a Rodrigo, junto con Ángela. Ojalá y Génesis recapacite y ayude a Antonio de una buena vez.

    Espero que todos los personajes de la historia se reúnan muy pronto...

  • #3

    Kika Rica (miércoles, 25 junio 2014 06:59)

    Este relato es la hostia. Espero la continuación.

  • #2

    Jaime (miércoles, 25 junio 2014 06:53)

    Sigo sin comprender cómo es que la Génesis de antes de despedirse de Yuvén en el hospital cuando ésta despertó del coma es tan diferente a la Génesis actual. Ojalá y algún día se explique esto.

    Me surgió una duda. En la conversación de Génesis con Yuvén ésta le contesta "Porque hemos desviado las llamadas". ¿Eso quiere decir que hay alguien más ayudando a Génesis? Tal vez uno de los tíos del bar o un técnico que sepa desviar las llamadas. Pienso que el bar es una fachada del ejército de Génesis.

    La trama de la historia se está poniendo interesante. Lo malo es que se han abierto demasiadas interrogantes (muchas de ellas aparentemente contradictorias) y no se ha resuelto ninguna duda planteada con anterioridad.

    Mi predicción del siguiente capítulo es que al enterarse Génesis de la importantísima noticia de Yuvén, ésta se desespera de él y lo manda a una misión suicida. Además, Ángela busca a Rodrigo quien le cuenta un oscuro secreto de Alastor. ¿Qué opinais vosotros?

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 24 junio 2014 23:42)

    Puedes comentar lo que quieras.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo