El investigador que interrogaba a las paredes

2ª parte

 

                Ángela miraba el mando de la televisión con estupor. Lo primero que pensó fue que la calidad de los materiales era cada día más precaria, pero tardó un segundo en recordar que ya lo había tratado mal antes y resistió golpes peores.

                — Esto es nuevo —susurró.

                Desde su último trabajo le estaban pasando "cosas raras". Aparte, esos dos tipos de negro la vigilaban día y noche y no sabía si eran polis o agentes de alguna organización secreta. Pensó matarlos aunque tenía la extraña convicción de que estaban ahí de guardaespaldas. Como no la molestaban lo dejó correr... Pero era absurdo, en su sano juicio mataría a cualquiera que la hiciera sospechar que la seguía. Con esos cuerpos hercúleos le inspiraban dos cosas: confianza y una morbosa y sucia fuente de fantasías sexuales.

                También estaba experimentando cambios en su aspecto físico. Sus uñas eran tan fuertes que podía rallar cristal con ellas, su pelo, que antes estaba sembrado de canas dispersas, ya no tenía líneas blancas. Sus patas de gallo, sempiternas y crecientes desaparecieron y su piel era fuerte hasta el punto de dudaba que un cuchillo pudiera atravesarla. Sólo conseguía dañarse con sus propias uñas... y la herida sanaba en un abrir y cerrar de ojos.

                Todo eso sin mencionar el mensaje que le dio Lara la última vez que la vio en el hospital antes de ser condenada a cuarenta años de prisión sin revisión de condena por unos asesinatos que no había cometido Lara sino ella. No tenía ni idea de quién pudo volcar la situación para limpiar su nombre por completo aunque sospechaba que esos dos tipos de negro tenían algo que ver.

                La llamó "Alastor", recordó la última vez que vio a su amiga. Al principio se lo tomó como un delirio, después se fue dando cuenta de que podía tener razón.

                Cambió algunos hábitos, no comía, no dormía, no sufría cansancio y a veces se sentía tan ligera que creía que podría volar.

                — ¿Y ahora la súper fuerza? —Se preguntaba mientras miraba el mando.

                Se concentró imaginando cómo se reparaba milagrosamente por si también tenía ese poder. Pero hubo un fogonazo y se quedó con los ojos como platos al ver que el mando había estallado en su mano.

                — Mierda, tendré que comprar otro.

                En realidad nunca veía la televisión y el disgusto se le pasó al mirar a una manzana que tenía en la mesilla del salón, apenas necesitó un segundo para hacerla explotar de la misma manera.

                Empezaba a disfrutar de todo eso.

 

 

 

 

 

 

                Cogió un autobús a la cárcel de Alcalá Meco, pretendía despistar a sus seguidores pero no perdió de vista a los tipos de negro que la siguieron con un cochazo del mismo color. Un día se acercaría y les preguntaría qué buscaban. Pero ahora necesitaba saber lo que había averiguado Lara sobre ese Alastor.

 

 

 

 

 

 

                La hicieron esperar unos minutos y finalmente su antigua compañera de fatigas (y también vieja enemiga) apareció con cara de pocos amigos al otro lado de la mampara antibalas.

                — Veo que comes bien —bromeó.

                Lara no respondió.

                —Tuve que dispararte, o no hubiera llegado a...

                — Escúchame, perra —amenazó Lara con puro odio—, pienso matarte en cuanto salga de aquí.

                — Tranquila, he venido a aclarar las cosas.

                — No tengo nada que decirte.

                — Quiero hacerte muchas preguntas.

                Lara no respondió, la miró desafiante.

                ¿Qué hacía? No podía contarle que estaba teniendo habilidades increíbles pero si no, ¿cómo sacaría el tema?

                — ¿Me llamaste Alastor? —inquirió sin preámbulos.

                — ¿Eso hice?

                — ¿Qué te hizo pensar tal cosa?

                — Me secuestraron antes de encontrarnos, pude escapar aprovechando que me dejaron sola. Iba a contártelo pero tenías mucha prisa. ¡Me disparaste sin darme la menor opción!

                Esos hijos de puta la soltaron para que ella la matara.

                — ¿Qué ibas a contarme?

                — Te quería advertir, pero si está muerto el viejo y es muy tarde.

                — ¿Exactamente a qué te refieres?

                — Lo sabes perfectamente. ¡Ya hemos terminado! — Avisó Lara al carcelero.

                Se levantó dispuesta a irse pero Ángela se concentró en ella como en aquella manzana y no necesitó mucha concentración para que Lara cayera de rodillas llevándose las manos a la cabeza.

                — Siéntate, no acabaremos hasta que yo lo diga —susurró degustando su nuevo poder.

                Lara se volvió a mirarla y al hacerlo y verla con el puño en alto, apretando el aire con sus dedos se dio cuenta de que el dolor se lo provocaba Ángela mostrando una sonrisa de satisfacción.

                — Hija de puta... No deberías haber recibido su poder...

                — Por suerte, sólo yo lo tengo. ¿Te das cuenta? Puedo hacer lo que quiera. Vamos, cuéntame lo que sabes.

                Dos líneas de sangre brotaron de los orificios nasales de la presa, puso los ojos en blanco y cayó inconsciente.

                — Lara —Ángela se levantó.  Al principio se asustó, había cámaras que lo grababan todo, la culparían a ella... Pero no tardó en darse cuenta de que nadie lo creería. Un cristal de 10 cm de ancho las separaban.

                — ¡Que venga alguien! Se ha desmayado.

                Entró un guardia en la sala de visitas con la porra en la mano. Al ver a Lara fue directo a ella y le tomó el pulso poniendo los dedos en su cuello.

                — Mandar una ambulancia —miró a Ángela esperando alguna explicación.

                — Estábamos hablando y se fue al suelo. Le sangra la nariz, ha debido tener un derrame cerebral.

                — Márchese. Deje antes sus datos por si hay que interrogarla.

                — Le juro que ni la he tocado —se defendió, aunque era obvio.

                "Santiago, van en camino" —se escuchó por la radio.

                Ángela aprovechó para irse ya que la ignoraron mientras otros llegaban y se ponían al corriente de lo que había pasado.

                Al salir vio a los tipos de negro aparcados a veinte metros, mirándola con sus gafas de sol desde el interior del coche.

                — Estoy harta —musitó.

                Caminó, decidida a preguntarles qué querían se ella. Si se ponían violentos les reventaría como sandías.

                Esperaba una fuga precipitada pero al llegar junto al coche la miraban sin pudor alguno, desde sus gafas de sol.

                — Abran el cristal —ordenó, golpeando con los nudillos.

                Obedecieron.

                — ¿Por qué me seguís? Darme una sola excusa y llamo a la policía.

                — No será necesario —uno de ellos sacó una placa y se la mostró. Era del servicio secreto.

                — Sois esbirros de...

                — No se altere, señorita, suba atrás y se lo contaremos todo — intervino el otro, que tenía voz más humana. El primero resonaba como un gigante de color, procedente del Congo.

                — ¿Cómo sé que sois de fiar?

                — Aun vives —respondió el "amable".

                Tenían razón, la llevaban siguiendo casi una semana y si hubieran querido matarla al menos lo habrían intentado.

                — Veamos vuestra madriguera—respondió con media sonrisa mientras se metía en el asiento de atrás.

 

 

 

 

 

 

                — Otra vez taladrando —se quejó Brigitte—. Es horrible, los vecinos no me dejan dormir.

                — Hablaré con ellos — aceptó Antonio a regañadientes.

                Tenían derecho legal a hacerlo antes de las nueve de la noche y eran las tres. En España era tan sagrada la hora de la siesta como la de dormir, pero la ley no pensaba lo mismo. Trataría de ser amable y les pediría que taladraran a otras horas.

 

 

 

 

                Fue como hablar con un árbol, la respuesta fue: "Tengo que terminar esto hoy". Y no pudo decir nada más.

                Reprimiendo las ganas de soltar una patada a la puerta y echarla abajo suspiró. Al escuchar el taladro apenas un par de segundos después apretó los puños y los dientes. Pero no podía hacer nada, no hasta las nueve de la noche que era cuando le amparaba la ley.

                Volvió a casa enojado.

                Le preguntó a su mujer si le apetecía hacer un viaje a Suiza.

                — Ni hablar, ni tampoco deberías ir tú.

                — Pues ven conmigo —insistió—, necesito tu dominio de idiomas.

                — He leído que no es recomendable volar en el embarazo.

                — Podemos visitar a tu madrina, vive allí, ¿no?

                — Eso sí, tengo ganas de verla.

                — Entonces genial, billete para tres.

                Brigitte se lo quedó mirando extrañada.

                — Nuestra albondiguilla aun no paga el viaje.

                — Viene un amigo, Yuvén.

                — ¿En serio?¿Aceptó tu plan? Debe está loco para hacer lo que planeas.

                — Bueno... Mejor no menciones esa palabra en su presencia. Tiene un historial de psiquiátricos.

                — Ah.

                Antonio tuvo serias dudas de si debió contarle eso o no. Imaginó lo que estaría imaginando (que Yuvén era un loco peligroso) y se apresuró a explicarse.

                — Es un buen chico, cuando era pequeño su padre mató en su presencia a su madre y su hermana y no habló durante años. Se recuperó milagrosamente al conocer a Génesis, la chica...

                — Ah ya, la otra loca.

                — Ella no estaba... —se lo pensó mejor—.  Bueno sí.

                — Genial, espero que al menos no se contagie la locura a nuestro hijo.

 

 

                Hospedaron a Thai en un hotel para perros y Antonio dedicó el día siguiente a preparar el viaje y los papeles que necesitarían en Suiza. Contactó con Juan Bosco, su falsificador de documentos legales, y le pidió un pasaporte con el nombre de Antonio Jurado y la foto de Yuvén.  La tarifa había subido, Bosco le exigió mil euros en lugar de los quinientos acostumbrados.

 

Normalmente hubiera regateado pero tenía prisa por cerrar el trato.

 

 

 

 

                Cuando llegaron a la terminar 3 del aeropuerto Madrid Barajas se encontraron con el chico y Brigitte fue bastante amable.

                — Encantada de conocerte, no me dijiste que era tan joven.

                — No preguntaste —se defendió Antonio—. Yuvén, esta es mi mujer Brigitte.

                Ella le dio dos besos aunque él joven se quedó mudo.

                — Vamos deprisa, que llegamos tarde —urgió Antonio para darle tiempo a asimilar la situación.

                Él había sido como él en su pubertad, ante una mujer guapa se quedaba en blanco sin saber qué decir de modo que le ignoró por si así ella no le daba más importancia.

                Cuando llegaron a la cola de la facturación de maletas hicieron recuento de documentación.

                — ¿Tu pasaporte? ¿Lo has traído? —Preguntó Brigitte al chico.

                Yuvén agachó la cabeza sin responder.

                — ¿Le dijiste que lo trajera? —Inquirió molesta.

                — Claro, ¿lo tienes?

                Yuvén le miró avergonzado.

                — ¿No?

                — Genial —protestó Brigitte.

                — Joder tío, ¿te lo dije, no?

                — Nunca he salido de España, me lo pediste ayer por la tarde y no me diste tiempo de decirte que no tengo.

                — El DNI sí lo tienes, ¿No?

                — Claro.

                — Esperemos que cuele, si te preguntan diles que pensabas que Suiza era de la UE, ¿entendido?

                Brigitte soltó una carcajada.

                — ¿Qué te hace tanta gracia?

                — Suponiendo que convencéis a los policías españoles, nunca podrá volver. El DNI español no vale en Suiza. Olvidarlo, me vuelvo para casa.

                — Espera mujer, nosotros sí podemos ir. Lo siento Yuvén, toma cincuenta euros.

                — Era una broma, ¡claro que tengo! —Replicó el chico.

                El joven se partía de risa por las caras de póker de Antonio y su mujer.

                — Os lo habéis creído, ¡no puedo creerlo! Ja, ja, ja, ja.

                Lo sacó del bolsillo interior de la chaqueta y se lo dio a ella, que era la que llevaba impresos los billetes.

                — Qué gracioso el chico —siseó la mujer, con una sonrisa de pocos amigos.

                Aquella broma no le gustó nada a Antonio. No se parecían tanto a él después de todo.

 

 

 

 

                Durante el corto vuelo Yuvén desapareció del planeta al estar sentado a dos filas de Antonio y Brigitte.

                — Exactamente qué pretendéis hacer —inquirió la mujer entre susurros para que nadie pudiera escucharles.

               Yuvén se hará pasar por mí.

                — Pero si consigue completar la gestión, ¿no podría quitarte todo el dinero? ¿Tanto confías en él?

                — Él va a reactivar las cuentas online. Pero no conoce las claves.

                — Y si las cambia —siguió razonando Brigitte.

                — No lo creo, hará lo que le pida.

                — ¿En serio puedes confiar en alguien así?

                — No. Pero si es una trampa y me presento, me detendrán. Es un riesgo que hay que correr y, además, ese dinero ya no está a mi alcance así que prefiero que lo tenga él a que se lo queden los sacacuartos de los bancos.

                — Supongo que tienes razón.

 

 

                Fueron apenas dos horas desde que se sentaron hasta que el aparato aterrizó en territorio suizo.

Comentarios: 8
  • #8

    Alfonso (lunes, 07 abril 2014 19:42)

    Me he quedado enganchado en mi asiento. Ya que no he leído todas las historias anteriores hay porciones que tal vez no entiendo muy bien. Espero la continuación pronto.

  • #7

    yenny (lunes, 07 abril 2014 18:16)

    Jeje que cruel Tony, gracias por el consejo lo he escuchado mucho no se si es cierto pero por las dudas mejor ni las toco.
    Ojala se pueda esta semana la tercera parte.

  • #6

    Tony (lunes, 07 abril 2014 17:46)

    No te las arranques que se multiplican jejeje. Procuraré tener la tercera parte durante esta semana.

  • #5

    yenny (lunes, 07 abril 2014 16:40)

    Hey Tony cuidado que yo tengo veinti pocos y el cabello negro azabache y solo tengo 2 canas ( juro que no mas) y las tengo desde que recuerdo y mucho menos tengo pata de gallo.
    Esa descripción podría encajar en una mujer de mínimo unos 30 hasta un poco mas.
    Aunque entiendo que tengas que dar esa descripción para que se note un cambio, en una mujer joven no se nota mucho.
    Esa era mi única observación por lo demás me gusta la historia por favor continuación pronto.

  • #4

    Tony (domingo, 06 abril 2014 21:34)

    Apenas un par de años después. Las canas son normales incluso a los veinti pocos años en personas con pelo negro azabache. Y las mujeres siempre se ven patas de gallo.
    Gracias Yenny por analizar esos detalles que nadie más se fijaría. Me haces sentir que merece la pena dedicarles algo más de tiempo a las descripciones.

  • #3

    yenny (domingo, 06 abril 2014 21:13)

    ¿Cuánto tiempo pasó de Ángel vengativo a esta historia?, me parece que acá describes a Angela un poco mayor y no me parece que hubieran pasado tantos años entre ambas historias, si me equivoco corrígeme Tony.

  • #2

    Jaime (domingo, 06 abril 2014 01:48)

    Tengo curiosidad de saber si Alastor en realidad ha muerto o de alguna forma reencarnará en Ángela. Espero con ansias la siguiente parte.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 06 abril 2014 00:38)

    Espero seguir este ritmo. A vosotros se os hará largo pero para mí es una heroicidad publicar una parte por semana.

Animal es el que abandona a su mascota.

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