El investigador que interrogaba a las paredes

26ª parte

Nota: Si quieres revivir los recuerdos de Antonio, y tienes tiempo de leer, no te pierdas: "La isla de los caminantes sin alma".

En la entrada principal no había demasiados zombis, sólo tres golpeaban la puerta de forma repetida y apenas sin fuerzas. Al abrirla de golpe cayeron de espaldas y se levantaron como resortes. Ángela tumbó a uno aplastándole la nariz con el talón de su bota, Jackson desencajó la mandíbula a otro de un puñetazo y Antonio empujó a un tercero con el fin de derribar a los que venían desde atrás corriendo.

Aprovecharon el desconcierto de los infectados para seguir a Jackson y éste se encaminó al norte, hacia el museo militar.

— Tenemos espadas y machetes suficientes para todos —iba diciendo mientras se alejaba de ellos por sus largas zancadas.

Antonio les siguió con dificultad, sus acompañantes estaban en plena forma y él contaba con veinte kilos de más. Cuando llegaron a la puerta del museo resoplaba como un oso mientras sus compañeros ni siquiera tenía la respiración agitada.

— Mierda, está cerrado —barbotó el gigante de color.

Las chicas se llevaron las manos a la cabeza mientras Antonio examinaba la puerta. Era de cristal y únicamente la cerraba un pestillo en la parte baja. Aunque se notaba que era bastante grueso y resistente Antonio resopló con suficiencia.

— He reventado cerrojos más gordos, ¡Apartaos!

Se alejó diez pasos y le obedecieron.

— No vas a poder, es cristal templado —desengañó Ángela.

— ¡Voy!

— Creo que hay alguien dentro —añadió Erika, justo antes de que arremetiera desde unos cinco metros como un tractor, con la pierna derecha por delante y reventando el cristal en millones de fragmentos.

— ¡Jesús! Qué animal —opinó Jackson, riéndose.

Cuando entraron vieron asomarse decenas de cabezas temerosas por detrás de paredes, bancos e incluso el mostrador de la entrada.

— ¿Han entrado los malos?—se escuchó el murmullo de una niña.

— Em... No se alarmen, no somos zombis —se apresuró a decir Antonio en inglés.

— ¿Y por qué demonios no habéis llamado a la puerta como seres civilizados? —se quejó un hombre—. Ahora este lugar ya no es seguro.

— Te dije que había gente —puntualizó Erika.

Antonio borró su sonrisa triunfal, avergonzado. Acababa de lograr la hazaña más salvaje que recordaba y su entusiasmo no lo compartía nadie salvo Jackson.

— No sé qué esperan aquí encerrados, las islas van a ser borradas del mapa, les sugiero que busquen una forma de escapar.

— No sabemos si lo de la bomba es verdad —replicó Lara—. Sólo es una posibilidad.

— Yo estoy con el grandullón —apoyó Jackson—. Los que se queden morirán. Vamos, cojan armas y larguémonos cagando leches.

Antonio agradeció que todos dejaran de mirarlo como si fuera un asesino en serie.

El museo estaba abarrotado de gente y cuando recorría sus pasillos se apartaban de él como si fuera un loco peligroso, o peor, un contagiado.

— ¡Aquí! —Vociferó Jackson.

Antonio echó a correr en su dirección.

— ¡Ya vienen, poner barricadas! —Se escuchó desde la entrada.

Los improvisados compañeros se reunieron donde las armas. Por desgracia otro grueso cristal les impedía cogerlas. Eran espadas de acero con muy poco filo. Al menos había  diez, pero las primeras parecían demasiado viejas.

— Joder, maldita seguridad —se quejó Sam.

— Antonio, todo tuyo.

— ¿Yo? Tú podrías hasta volcar la vitrina.

— Ya no tengo esa fuerza —replicó.

— ¿Pero tú te has visto? No serás Superman pero con esos brazos me podrías levantar a mí...

— ¡Queréis dejar de discutir gilipolleces y romper de una vez esa vitrina! —Explotó Ángela.

Antonio se sintió avergonzado.

— Ayúdame, no podré lanzar esa papelera solo.

Se acercó a un cilindro de granito pulido y entre Jackson y él lo elevaron sin problemas. A la de tres lo estrellaron contra el cristal y estalló en mil pedazos.

Cogieron una espada cada uno y las que sobraron las repartieron entre los más fuertes de los presentes.

Cuando regresaron a la entrada se encontraron una carnicería. Los zombis llegaban a cuenta gotas, atraídos por el estrépito de la puerta y les rechazaban con extintores, sillas y pivotes del museo. Cuando llegaron a la acción, despacharon con comodidad los tres zombis que llegaban en ese momento.

— Si queréis sobrevivir no podéis quedaros —indicó Antonio—. Pero no voy a obligaros, hacer lo que os dé la gana.

Los rostros llenos de  odio le hicieron dejar de insistir.

Salieron corriendo y algunos les siguieron. Aun así la mayoría se quedó montando una barricada en la puerta del museo con la esperanza de sobrevivir allí encerrados.

No podía reprocharles esa decisión, la mayoría eran personas de más de sesenta años o familias con hijos pequeños. Él tampoco se arriesgaría a salir en esas circunstancias.

Ángela aminoró el ritmo aprovechando que no se veía peligro con el fin de ponerse a su Altura.

— ¿A que sienta genial?

— ¿El qué? —jadeó—. Detesto correr.

— Destruir. No me digas que no te ha molado reventar la puerta y la vitrina.

— Son cosas que uno no puede hacer todos los días... La verdad es que sí.

— Se te veía en la cara, parecías un niño haciendo travesuras.

— Ya, bueno, supongo...

Jackson y sus compañeras frenaron casi en seco. Aun así les costó un par de segundos llegar hasta ellos.

Iba a preguntarles por qué se detenían pero la calle habló por sí sola. Centenares de infectados arremetían contra ellos a unos ciento cincuenta metros.

— Joder. Esto no es bueno —siseó Erika.

— ¡Malditas calles! — Protestó Jackson al ver que sólo podían retroceder.

— ¡Correr! —Gritó Samantha, que parecía la única que no quedó en shock.

Justo en ese momento llegaron los otros que les seguían y Antonio dio un respingo por el susto.

— ¡Vamos, retroceder! —Ordenó, aterrado.

— Dios santo... —Dijo un hombre canoso entre jadeos. Estaba exhausto lo mismo que los demás.

El grupo de infectados se encontraba a cincuenta metros escasos. Corrían como posesos.

Antonio y Ángela corrieron tras los tres soldados de Rodrigo. Antes de llegar al siguiente cruce se toparon con otra oleada de infectados furiosos que festejaron el encuentro con uno de los que les precedían dándose un festín con sus vísceras, el pobre diablo apenas tuvo tiempo de defenderse.

— Estamos rodeados —dijo Antonio—. Llama a Génesis, la necesitamos.

— No vendrá —desengañó Ángela—, dijo que debía ir a Edén, que nos las apañaríamos sin ella.

— Por aquí —bramó Jackson metiéndose en un jardín—. Hay gente en esa casa.

Corrió hasta la puerta y la golpeó pidiendo que abrieran. Tal y como era de suponer, no hicieron caso. Jackson miró a Antonio pero él se negó. No volvería a exponer a más supervivientes.

— Este es el momento de rezar —dijo Antonio, con las manos temblorosas sujetando el sable sin filo.

Del mismo modo que una roca es embestida en pleno acantilado por la bravura del mar, así fueron envueltos por las mareas humanas a la puerta de aquella casa, en medio de un jardín.

Los cinco se defendieron a espadazos lo mismo que si participaran en una batalla medieval. Pero los infectados heridos no caían, seguirían buscando sus cuerpos sin importarles la parte del cuerpo que perdían.

Antonio vio con terror cómo eran abatidos Jackson, Samantha y Ángela. Al ver que se les echaban encima decenas de zombis y otros tantos iban a por él se dio cuenta de que no volvería a ver a su mujer ni conocería a su hijo.

Entonces escuchó que Ángela chilló de dolor. Al llegar la horda hasta él atravesó el pecho de uno de ellos y le cayó encima buscando su cara. Lo mantuvo apartado y a su vez le sirvió de escudo contra el resto, que escuchaba sus dentelladas encima del primero formando una melé.

— ¡Ayudarme! — Gritó Ángela—. Cabrón deja de morderme.

Antonio sintió furia dentro de él. Trató de apartar al furioso infectado que pugnaba por morderle y como no podía porque tenía tres más encima le golpeó en la mejilla con un puñetazo que le desencajó el maxilar inferior. A continuación empezó a chorrear baba con sangre sobre su pecho y pudo usar su mano derecha para quitárselo de encima, empujando a todos hacia atrás. El esfuerzo fue tan grande que rugió como un oso y pudo levantarse. La aparente fragilidad del zombi que le atacó fue cono una inyección de adrenalina. Encaró a los que se le echaron encima a puñetazo limpio y cuando vio que caían fulminados al aplastar sus cráneos se envalentonó aún más y acudió al rescate de Ángela.

Génesis debía estar allí, esta vez dentro de él, de ahí sacaba su fuerza. Con esa convicción apartó la melé que estaba sobre su amiga y cayeron  a un lado.

Cuando vio que Ángela tenía una herida de mordisco en el hombro derecho y sangraba profusamente entró en shock y se quedó inmóvil. No había cura para esa enfermedad y ella estaba contagiada

La idea de que moriría fue nublando su mente y sus pulmones comenzaron a hiperventilar. Varios infectados treparon el revoltijo de cuerpos enmarañados y saltaron a por él con la boca abierta.

— ¡Hijos de puta!

Bramó tan fuerte que hasta el suelo tembló. Saltó sobre el montón de infectados y recibió al primero con la planta de su zapato en medio de la cara saltándole tres dientes. Al segundo le cogió la cabeza al vuelo y la estrelló contra la de un tercero que a punto estuvo de morderle en el hombro. Los cráneos crujieron y ambos cayeron inertes.

— ¡Os voy a reventar a todos! —Lejos de estar satisfecho saltó sobre un grupo que venía detrás y los tumbó bajo su peso.

Se levantó y lanzó puñetazos, patadas a todo lo que se acercara. Los zombis caían de dos en dos hasta que dejaron de acercarse. Aprovechando su desconcierto arremetió contra el grupo rezagado gritando un estertor de rabia tan fuerte que ningún infectado más le encaró. Comenzaron a huir atropelladamente y se quedó sólo con los que habían caído. Incluso los que volvían a levantarse le miraron con miedo y huyeron cono los demás.

Jackson, Sam y Erika estaban asombrados. Ángela seguía sujetando la sangre de su hombro con su fular y la palma de su mano.

Antonio se acercó con miedo.

— En el fondo me quieres, ¿no?

Los ojos del hombretón se humedecieron.

— Así es como debía acabar, nunca habrías dejado a tu mujer... No duraré mucho —tosió y salió sangre negruzca de su boca—. Hazme un favor...

— Lo que quieras —apenas tenía voz.

Ángela cogió su espada del suelo y se la puso en la mano.

— Mátame antes de que me vuelva como ellos.

Antonio la miró horrorizado.

— Te quiero, Antonio, has abierto mi corazón después de muchos años vacío. Concédeme que tú seas la última persona que vean mis ojos.


Comentarios: 12
  • #12

    CECILIA (jueves, 16 octubre 2014 21:58)

    Antonio no muere porque Genesis le otorgó un don especial, por eso ha sobrevivido a los ataques anteriores... excelente esta parte....

  • #11

    Jacques Lemont (martes, 14 octubre 2014 05:13)

    Continuación

  • #10

    Adrián (lunes, 13 octubre 2014 20:49)

    Continuación

  • #9

    Ariel (jueves, 09 octubre 2014 22:29)

    Por un momento me decepcione, al pensar que era un sueňo de Antonio, jeje estaba poseído por alguien, pensé que Jackson murió acá , no me molestaría que Angela muriera, pero seguro no será de una forma tan tonta

  • #8

    Yenny (jueves, 09 octubre 2014 21:33)

    También pensé en lo mismo que Jaime, creo que Antonio tiene anticuerpos contra la enfermedad porque ya fue infectado pero no sé si podrá salvar a Ángela, no me parece justo que muera cuando está comenzando a cambiar pero siendo realistas la vida no es justa.
    Siempre me gustó el personaje de Sam espero que no muera en la isla.

  • #7

    Chemo (jueves, 09 octubre 2014 06:35)

    Voto por la propuesta de Jaime de que Ángela no muera. Tony, puedes matar a Samanta, Érica o Jackson.

  • #6

    Alfonso (jueves, 09 octubre 2014)

    Aunque no he podido leer todas las historias pasadas, sí leí "La isla de los caminantes sin alma" y cncuerdo con el razonamiento de Jaime. Lo más probable es que Antonio (o Génesis) sane a Ángela y logren escapar con vida ya que cuentan con el apoyo celestial. Presiento que Jackson, Érica, Samanta o Lara morirán en la isla.

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 09 octubre 2014 00:02)

    Como siempre, estás muy bien informado de todas las historias anteriores. Por otra parte tener esa información ayudará a que entiendas mejor las siguientes aunque espero que desconocer esas partes o haberlas olvidado suponga una gran sorpresa y no desconcierto por no entender lo que pasa. Agradecería a los que están en este segundo lugar que me digan si están o no al tanto de todo o les de la impresión de que se están perdiendo algo importante.

  • #4

    Jaime (miércoles, 08 octubre 2014 21:43)

    Si no mal recuerdo, cuando Antonio viajó a la Polinesia Francesa, él se curó de la infección zombi gracias a la protección de Génesis, y desarrolló anticuerpos contra la epidemia. Me imagino que la clave está en la sangre de Antonio con la cual él puede curar a Ángela. No creo que Génesis haya despojado a Ángela de los poderes de la oscuridad y la haya arrumbado en esta isla para dejarla a su suerte; más bien es una prueba que Antonio y los demás deben superar para salir victoriosos por sí mismos.
    Espero que no se extienda mucho la pelea contra los zombis si no aporta mucho a la trama principal. En la siguiente parte veo dos opciones: o bien, los personajes huyen pronto de la isla, o bien llega el ejército de la Organización a destruir todo indicio de la epidemia.

  • #3

    Tony (miércoles, 08 octubre 2014 19:38)

    Pues sí, esta mal, seguro alguna corrección mal hecha de última hora (me moría de sueño). También hay otro error al final. Esta tarde cuando pueda, corrijo.

  • #2

    Yenny (miércoles, 08 octubre 2014 19:23)

    La última parte me hizo llorar, me dio mucha pena Ángela creo que si quería de verdad a Antonio y cambio por él.
    Quiero saber que hará Antonio, se me hará muy larga esta semana.
    En esta parte " justo antes de que arremetiera desde unos cinco metros como un tractor, con la para pierna derecha por delante y reventando el cristal " me parece que hay un error o soy yo la que no le encuentra un poco de sentido?

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 08 octubre 2014 00:25)

    Espero que no se os haga muy larga esta semana. Por favor, comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo