El investigador que interrogaba a las paredes

28ª parte

 

 

 

            Por las caras serias de Sam y Erika supo que estaban de acuerdo con la encerrona. Debieron hablarlo cuando él no escuchaba.

            — Lo siento, pero he hecho una promesa —respondió.

            — Y yo no quiero hacerte daño —rugió con voz ronca el gigante negro con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.

            Antonio notó el frío acero rozando su garganta y devolvió la mirada al supuesto amigo con ojos retadores.

            — No lo harás, sólo yo puedo pilotar la avioneta.

            — Lo que quieres hacer es un suicidio. Y no pienso arriesgar nuestras vidas por un maldito zombi que ya me caía mal antes de serlo.

            — Le prometí...

            — ¿Tú no escuchas nunca? —Gritó Erika, exasperada—. Ella misma te pidió que la mataras, ni siquiera la escuchaste a ella.

            — No puedo abandonarla...

            — Pues yo te prometo Erika que este cabrón va a sacarnos de aquí ahora o le rebano el pescuezo lo mismo que a un pescado. Por mucho menos he liquidado a otros hijos de puta, antes de alistarme en el ejército cuando vivía en el Bronx.

            — No hace falta que me amenaces, podemos hablar —se quejó.

            — Con lo cabezón que eres, sí es necesario –bramó Jackson—. Siéntate y pilota.

            Les miró asustado, no era un farol. Jackson no aceptaría una nueva negativa por su parte y no quiso provocarle más.

            — Quizás tengáis razón no se puede hacer nada más por ella –reconoció, consternado.

            — Vaya, te ha costado entenderlo. Me alegro de que sepas razonar después de todo —protestó Jackson. 

            — Ni siquiera me trató bien, no se merece que arriesgue mi vida por ella.

            — Nuestras vidas —puntualizó Samantha.

            — De acuerdo, vámonos –aceptó finalmente.

            Se dejó caer en el asiento y encendió de nuevo el aparato. Revisó los instrumentos y Jackson dio una palmada de victoria a Erika con su mano libre.

            Antonio aprovechó la distracción para saltar sobre él y descargar el puño en su pómulo derecho. Le pilló tan de sorpresa que no le vio venir y se golpeó con un apoya brazos del asiento de atrás en la cabeza y cayó inconsciente en el pasillo del aparato.

            — En situaciones de pánico lo primero que hace la gente es huir sin mirar atrás –murmuró Antonio mientras se frotaba los nudillos de la mano derecha—. Es totalmente normal entre los cobardes no afrontar las situaciones cuando se ponen complicadas —añadió mientras Sam y Erika trataban se reanimar a Jackson.

            Las esquivó sin tocarlas, tenía muy claro que no podía confiar en ellas.

            — Estás loco —susurró Sam con la voz temblorosa.

            — Jackson, despierta grandullón... Por favor... 

            Erika lloraba y le echo una mirada de reproche.

            — No nos hagas esto —suplicó—. Sabes que si no nos vamos ahora seguramente moriremos ahí fuera. Es un milagro que no estemos todos infectados ya.

            — No encontrarás médicos vivos en los hospitales —añadió Samantha—, sólo infección y muerte.

            —¿No te has fijado en las calles? Hay muchos infectados, pero la gran mayoría se refugian en sus casas encerrados, temerosos… Esperanzados con que llegue el séptimo de caballería y los rescate de este infierno o pongan en cuarentena a todos los infectados. Todas las casas que intentamos abrir estaban ocupadas y fueron muchas. La única que no estaba fue donde dejamos a Ángela.

            —¿Y eso que diferencia supone?

            —El hospital debe tener un núcleo de refugiados, médicos, enfermeras y seguramente están investigando para encontrar la cura de esa infección. No la encontrarán a menos que done mi sangre. A cambio sólo les pediré una dosis de suero. Lo llevaré para aplicárselo a Ángela y si no mejora, no vamos.

            —No te creo.

            —No miento,… bueno lo cierto es que confío tanto en ese suero que sé que una simple dosis la curará.

            —Déjale –dijo Erika, hastiada—. Se va a ir le digas lo que le digas. No he conocido a nadie más cabezota en mi vida.

            Las escuchó con un nudo en la garganta. Quería escucharlas, tomar los mandos del avión y escapar de aquel infierno. Puede que fuera mucho más sencillo si llevaba su sangre a un hospital de Europa donde tenían libertad para trabajar sin presión. Encontrar médicos allí era tan difícil como que éstos quisieran quedarse a fin de lograr la cura. Y no todos tendrían conocimiento a fin de extraer un suero válido de su sangre. Puede que ni siquiera hubiera especialistas antes incluso de comenzar la masacre.

            Pero no podía irse. Ya había fallado muchas veces a otras personas a las que quería, no añadiría a Ángela a esa lista.

            — Podéis esperarme aquí, no os pido que vengáis conmigo. Pero tampoco me pidáis que no haga lo que tengo que hacer.

            Miró a un lado de la cabina y vio un compartimento lleno de papeles. Los sacó todos y encontró un viejo mapa grasiento.

            — Lo siento, esta promesa tengo que cumplirla. 

            Sin volver la vista atrás se dirigió a la puerta de la aeronave y salió de un salto. 

            Desplegó el mapa y vio las islas en apenas treinta centímetros de papel agujerado, descolorido y maltratado por el tiempo. No le costó mucho encontrar el hospital de Hamilton, aproximadamente en el centro de la isla, calle Devon Spring Road. Era un enorme edificio en V con diversos pasadizos que intercomunicaban una edificación con otra.

            Escuchó pasos tras él y vio que Samantha corría a alcanzarle.

            — Si crees que voy a volver, ahórrate la saliva –la advirtió.

            Igualmente le alcanzó. En aquellas pistas de varios kilómetros cuadrados jamás habría conseguido huir de ella, que corría como el viento.

            — Ya lo sé, estúpido cabezota. Ni un terremoto con un huracán te disuadiría de algo cuando se te mete en la cabeza.

            — ¿Por qué vienes entonces?

            — Porque voy a ayudarte, ¿no es obvio?

            — Es mejor que regreses —Insistió—. No quiero exponer tu vida...

            — La expones por no pilotar esa avioneta ahora —le cortó muy enfadada—. Si te matan ahí, morimos todos. 

            — Ya sabía que venías a convencerme. 

            — No nos hagas esto...

            — Ibais a matarme. ¿Lo has olvidado? No os debo nada. Ángela me salvó la vida, no puedo abandonarla.

            — También te manipuló todo lo que quiso —añadió Sam, contrariada.

            — Pero ha cambiado.

            — ¡Nosotros también! 

            — No pienso echarme atrás de modo que regresa a la avioneta. Si tardo demasiado buscaros otro medio de transporte. 

            Siguió caminando con paso decidido y Sam no regresó. Continuó a su lado sin decir una palabra, lo cual agradeció. Aunque hubiera preferido ir solo.

 

 

 

 

            Lara rompió la ventana de una casa tras cerciorarse de que no la ocupaba nadie, y entró con la punta del sable en alto.

            Encontró el teléfono en una mesita y suspiró aliviada. Al descolgar escuchó línea y eso la hizo sonreír.

            Marcó un número tan largo que tuvo que pensar en voz alta para no perderse al teclearlo.

            El auricular le dio tono de llamada y al tercero descolgaron sin responder.

            — Soy Lara Emmerich, estoy en Bermudas y se ha desatado un infierno.

            — Explíquese —replicó la voz cascada de un hombre que superaba con generosidad los sesenta años.

            — Rodrigo, nos trajo para encontrarle. Ha liberado varias muestras de no sé qué laboratorios y las calles se han llenado de zombis y monstruos. Por favor envíe a alguien a sacarme de aquí.

            — ¿Estás ahora con el vampiro?

            — No, señor, ha muerto. Ha aparecido Ángela Dark con un poder diferente al suyo... Lo fulminó con una lengua de fuego.

            — ¿Ángela? Es imposible, ella no...

            — Creo que sufrió una posesión de Génesis. 

            — Malditas... Parece que han llegado a un acuerdo. Lo que daría por que alguien me trajera a esas dos desgraciadas muertas y decapitadas.

            — ¿Vendría a buscarme si le entrego la cabeza de Ángela Dark?

            — No sabes lo que dices, no eres rival.

            — ¿Cuanto tardaría en mandarme un helicóptero o un avión?

            — Si me estás engañando lo pagarás con tu vida.

            — Recójame en la explanada del Forth Saint Catherine, le estaré esperando con la cabeza de Ángela en una bolsa.

            Le cortó, no tenía por qué saber que la habían mordido, que era un zombi amarrado con cuerdas y que sabía dónde la  tenían escondida. 

            Sonrió pagada de sí misma mientras se dirigía a la calle. Trataba de imaginar la cara de ese patán cuando regresara con su vacuna y encontrara a esa bastarda decapitada.

 

            La separaban unos treinta metros de la casa donde les vio esconderla. La puerta colgaba de sus bisagras con la cerradura arrancada de su alojamiento. Ese animal no sabía que los cristales se rompían más fácilmente que las puertas. Sonrió al entender que disfrutaba demostrando lo fuerte que era... Qué infantil. No, se dio  cuenta de que no era eso. Lo hacía por desahogarse...

            Recordó la escena en la que eran alcanzados por aquella oleada de zombis. Ella les seguía de tan atrás que se libró de aquello por pura suerte. Supuso que todos habrían muerto cuando Antonio soltó un berrido y vio que varios zombis caían de espaldas seguidos de aquella mole de grasa y músculos. Nunca vio a nadie tan cabreado y sonrió al recordar que hasta los zombis se amedrentaron ante sus embestidas. Jamás imaginó que esos descerebrados tendrían un ápice de sentido de supervivencia.

            Movió los armarios que habían colocado en la entrada del sótano y encaró el umbral con la respiración agitada.

            Abrió la puerta con la espada por delante. Alastor estaría complacido en cuanto la viera con la bolsa chorreando sangre, eso le daba valor, su vida dependía de esa cabeza.

            Dentro no se veía nada. Tampoco escuchó ningún ruido. Se preguntó si Ángela habría logrado librarse de las ataduras o si estaría echada en el suelo, sumisa, esperando que alguien le diera la deseada muerte.

            Buscó algún interruptor de luz tanteando la pared interior. Encontró uno y lo pulsó. 

            — Mierda —susurró cuando lo intentó varias veces sin resultado alguno.

            Recordó que alguien decía que no le gustaría estar en el lugar de quien entrara ahí. Ella les escuchó desde fuera de la casa pero no se asomó a ver qué hacían. 

            No debía bajar a oscuras. Cerró la puerta amedrentada y examinó la vivienda en busca de cerillas, velas o alguna linterna.

            — ¿Cómo podía creer que la curaría con un simple suero? 

            Recordó las epidemias de gripe A y la aviar, donde se probaba muchos tipos de vacunas y sueros de personas que las superaban y el resultado nunca era 100% efectivo. Ninguna enfermedad mortal podía curarse llegado a cierto nivel, excepto si el paciente y sus defensas podían vencerla por sí solos.

            Encontró un mechero en un cajón que daba una generosa llama amarilla. 

            Hasta que no la encendió no se dio cuenta de lo tarde que era. Apenas entraba luz del exterior. El reloj de la casa marcaba las once y media.

            — Tengo que darme prisa —susurró.

            Regresó al sótano abrió la puerta con sutileza. Si podía evitarlo debía conseguir que no la escuchara entrar.

            Alumbró la escalera con el mechero. Despejado. Avanzó lentamente evitando hacer ruido con sus zapatos náuticos de color negro. La suela de goma blanca hizo bien su trabajo y no se escuchó ni ella misma.

            Abajo, en medio del sótano, encontró a Ángela mirándola con los ojos negros y las pupilas casi blancas. No vio el menor resquicio de humanidad en ellos y eso la envalentonó.

            — Así termina nuestra historia juntas, la justicia acaba alcanzando a todos.

            Como era de esperar, Ángela no contestó. Seguía mirándola con esa rabia propia de un animal salvaje y hambriento.

            Cogió el sable con las dos manos y sin pensarlo dos veces lo subió sobre su cabeza a fin de coger impulso y se clavó la punta en el techo.

            — ¡Maldita sea!

            «Me ganaré tu confianza» —recordó de repente la voz de Ángela cuando volvió a mirarla a los ojos, mientras intentaba sin éxito arrancar la hoja de acero de la viga del techo.

            «Ángela ha cambiado» —recordó la voz de Antonio. ¿O no eran recuerdos? Seguramente la voz de su conciencia hacía lo que podía para conseguir que la perdonara. 

            — He pasado humillaciones públicas por tu maldita culpa, no te atrevas a creer que mereces mi piedad. Has intentado matarme tantas veces que no las recuerdo todas, eres una maldita hija de puta y por una vez tu cabeza va a servir para algo bueno, sacarme de este infierno.

            Con toda su rabia arrancó el sable del techo haciendo saltar astillas, polvo y pintura. Volvió a mirar su cuello y al hacerlo vio que mostraba una extraña mueca es su rostro... ¿Sonreía? Subió de nuevo el sable, dispuesta a borrar para siempre esa caricatura burlona y Ángela cerró los ojos de los que salieron sendos ríos de lágrimas.

 

            — ¡Joder! —Gritó, bajando el arma con todas sus fuerzas y soltando el sable a mitad de camino, estrellándolo contra una pequeña vinacoteca que tenía justo en frente. 

            Se quedó acuclillada a su lado llorando frustrada por su falta de valor.

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Chemo (lunes, 20 octubre 2014 20:04)

    No quiero que Ángela muera. Espero la continuación con ansias.

  • #6

    Alfonso (domingo, 19 octubre 2014 01:07)

    Dos partes en una semana. Tal parece que todos los personajes se están súbitamente volviendo compasivos. Aunque todos tenemos algo de humanidad en nosotros, concuerdo con Jaime en que en momentos de tensión el instinto de supervivencia puede más que la compasión, en especial cuando la vida propia corre peligro. Tambi{en creo que los sentimientos encontrados de Lara se deben a que Génesis está actuando como la conciencia de Lara.

  • #5

    Yenny (viernes, 17 octubre 2014 18:13)

    Quiero pensar que apesar de todo el daño que le causó Ángela todavía Lara guarda un poco de compasión y todavía está a tiempo de cambiar, no me gustaría que sea como Rodrigo y pueda asesinar sin remordimientos a cualquiera.

  • #4

    Tony (viernes, 17 octubre 2014 07:20)

    Van al avion en busca de un mapa ya que no saben dónde encuentra el hospital.
    Lara aún no mata a Ángela... Tiene una pequeña crisis. Por muchas ganas de venganza que tengamos, somos humanos y Lara tiene sentimientos encontrados que son los que la están haciendo dudar.

  • #3

    Jaime (viernes, 17 octubre 2014 06:17)

    Me alegra haber podido leer dos partes en una semana. Seguramente Génesis eligió a Antonio por su bondad y su extremada tozudez. Para crear la vacuna se necesitan los anticuerpos de Antonio y muestras de zombis vivos, así que dudo que se pueda crear la vacuna en Europa. No entiendo es por qué guió Antonio a Jackson y los demás al aeropuerto si no pensaba dejar la isla. Hubiera sido más lógico ir al hospital directamente y que sus acompañantes lo esperasen en el aeropuerto, o que tomasen un barco para huir.

    No me esperaba que Lara estuviese en contacto directo con Alastor todo este tiempo; pensaba que Rodrigo actuaba como intermediario entre Alastor y ella. Lara es una policía veterana poseída por la venganza y el odio hacia Ángela. Por lo tanto, me parece que la acción de Lara de perdonar la vida a Ángela no concuerda con su forma de pensar. A menos que Génesis haya influido en sus pensamientos para hacerla dudar en el momento final...

    Una corrección: El lugar de encuentro con Alastor debería ser "Fort Saint Catherine" mas no "Forth Saint Catherine". Ojalá que Antonio llegue prontamente al hospital de Hamilton y encuentren la cura para posteriormente combatir las fuerzas de Alastor y/o la Organización.

  • #2

    Yenny (viernes, 17 octubre 2014 05:11)

    Que feliz estoy dos partes en una semana parece navidad jeje.
    Ahora comentando la historia me sorprende que Lara este trabajando para Alastor (me parece que es él quien contesta el telèfono)
    Ángela lloró será que todavía no es un zombi o su cuerpo esta generando anticuerpos contra la enfermedad porque lo de la vacuna lo veo poco posible Lara tiene razón tarda mucho tiempo hacer una vacuna que realmente funcione.
    Espero que aparezca Génesis es un poco cruel dejarlos con ese problema solos.
    Mi pronóstico es que cuando llegue Alastor a la isla va a aparecer Génesis a enfrentarlo y ahora que recuerdo que es de Fausta?

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 17 octubre 2014 00:25)

    Estoy al día de modo que podéis comentar lo que queráis. Ahora sí puede que influya, positiva o negativamente cada uno de vuestros comentarios.

Animal es el que abandona a su mascota.

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