El investigador que interrogaba a las paredes

3ª parte

 

 

 

                Ángela bajó del coche negro con desconfianza. Era un garaje de pleno centro de Madrid, uno privado. Las lunas del vehículo eran opacas por lo que no pudo ver a dónde la habían llevado. Pero esos ridículos matones se olvidaron de cachearla y siguió la ruta en todo momento con el GPS de su Smartphone. Lo malo era que cuando supiera que estaba en peligro de verdad no tendría tiempo de pedir ayuda a nadie.

                Por eso examinó el garaje antes de salir del coche. Vio una mesa de herramientas, una puerta cerrada y había luz artificial a pesar de ser de día. Su móvil no tenía cobertura y no sabía cuánto habían descendido. Al menos dos pisos a juzgar por la larga bajada antes de detenerse.

                — No tiene nada que temer —indicó uno de los tipos hercúleos.

                Se fijó en ellos y lo distintos que eran a pesar de usar la misma talla extra grande de traje.

                El que tenía voz más amable era entre rubio y castaño, le recordaba a un tipo que solía salir en las películas de Clint Eastwood y que siempre hacía de malo. Debía ser la constitución de su rostro, donde una diminuta nariz pasaba desapercibida entre la enorme cantidad de músculos que podía contar. Sus ojos eran tan pequeños que no veía el blanco de sus córneas.

                El otro, de pelo negro y largo tenía nariz muy ancha, boca amplia pero labios finos. No le encontraba parecido a nadie aunque era el que resultaba más atractivo. Quizás por su voz cavernosa o que rebosaba masculinidad por los cuatro costados.

                Aprovechando que se sintió observado, se presentó.

                — Me llamo Héctor y él es Aquiles.

                — No podíais tener nombres más apropiados.

                — Eres heredera de un poderoso legado, somos tus guardianes y daremos la vida por ti si es necesario.

                El que habló era Aquiles, que la cogió del brazo llevándola hacia la puerta.

                — Me estáis asustando, ¿de qué manicomio habéis salido?

                — Sabemos lo de tus poderes —añadió Aquiles—. Y aun tienes muchos más que desconoces.

                — Nuestro maestro te eligió pero si osas faltarnos al respeto...

                Aquiles acalló a su compañero poniendo una mano sobre su hombro.

                — Discúlpale, aun no acepta la muerte de nuestro señor Alastor. Son muchos años a su servicio y aunque juramos obedecerle, va a ser duro para nosotros. Te ruego que no nos provoques.

                — Ya veo, así que os lo montabais los tres en la cama y ahora os falta la pieza de lego central —rió Ángela.

                Héctor la cogió por el cuello y la golpeó con el muro del garaje. No hizo ningún esfuerzo y ella notaba que su garganta estaba a punto de romperse. ¿Qué demonios le pasaba? Suponía que era muy fuerte.

                — ¡Héctor, para! —Urgió Aquiles.

                La soltó y cayó desde un metro de altura. En realidad no la había hecho daño pero se sintió herida en su orgullo y se concentró en él para vengarse. Imaginó su cabeza como aquella manzana e interpretó su intención con la mano en alto simulando que presionaba el aire.

                Héctor no se inmutó. ¿Qué le pasaba? ¿Allí dentro no tenía esos poderes?

                — Es inútil, necesitarás mucho más que un truco mental para hacernos daño aquí abajo —desengañó Aquiles.

                — Ya veo...

                — No nos pongamos violentos, somos del mismo bando —continuó el mismo.

                Echó un vistazo rápido a Héctor y seguía mirándola con odio.

                — Debes saber que tu imperio abarca la totalidad del planeta y únicamente puedes confiar en nosotros dos. Con el tiempo te irás dando cuenta.

                — ¿Tanto poder y tan pocos amigos?

                — Para empezar, vayamos a la sala de reuniones. Allí estaremos más cómodos y podré contártelo todo.

                — Un momento —protestó—. ¿Y si yo no quiero ocupar ese papel? No me apetece tener a una pandilla de mafiosos a mi cargo.

                Héctor miró a Aquiles desafiante.

                — Por supuesto, tendríamos que hacernos cargo nosotros —alegó—. Pero en tal caso...

                Puso cara de omitir alguna clase de amenaza.

                — Ya veo, sé demasiado.

                — Eres muy peligrosa para nuestra organización —se jactó Héctor—. Con mucho gusto te aplastaría como una hormiga.

                — Vamos, compañero, no te pongas brusco, sólo era una pregunta —apaciguó Aquiles.

                — Yo solamente respondía —barbotó Héctor.

                Ángela quería irse, esos tipos eran los seguidores del viejo al que mató en aquella nave industrial abandonada. La servirían como perrillos, lo que confirmaba la acusación de Lara, ella era Alastor. Ese condenado carcamal se le metió dentro igual que un parásito y por eso tenía todos esos poderes increíbles.

                Su verdadero problema no eran Hércules y Sansón, o como quiera que se llamaran. Lo que la angustiaba era si podría quitarse de encima esa ponzoña añeja.

                — Hércules, muéstrame tu madriguera —dijo, conciliadora.

                — Me llamo Aquiles, sígueme.

                — A mí todos esos nombres mitológicos me suenan igual —susurró.

                Pasó junto al moreno y le sonrió con picardía.

                — Buen chico, Sansón. Luego te doy un huesito.

                Aunque no reaccionó, pudo escuchar el gorgoteo de ira en su interior como una olla a presión. Cómo disfrutaba provocando, lo pasaría en grande con esos dos.

                En contra de lo que esperaba no subieron a las plantas superiores. La puerta daba a un ascensor que solo podía bajar.

                — Todas nuestras instalaciones son ultra secretas —explicó Aquiles—. Nunca le cuentes a nadie la ubicación de ninguna de ellas.

                — ¿Qué ocurriría si alguien descubre una?

                — Yo me ocupo —respondió Héctor.

                — ¿Eso qué significa? —Inquirió fastidiada.

                — Eres una asesina profesional, estoy seguro de que lo has entendido —respondió, arisco.

                — Tenemos cámaras dispersas por toda la instalación. Registra las caras nuevas y guarda los movimientos de cada uno en una base de datos.

                — ¿Pagáis a una empresa de seguridad?

                — Es el mismo programa que usa Estados Unidos en sus enclaves nucleares. Nadie sabe de nuestras instalaciones que no esté ahora aquí.

                — No te olvides de la hija —corrigió Héctor.

                — No me olvido... —dedicó una mirada de reproche a su compañero—. Sólo pensaba que era demasiado pronto para hablarle de ella.

                — Oh, qué misterio. Alastor tenía una hija.

                — Por favor vayamos a la sala de operaciones —la ignoró Aquiles—. Tú primero.

                El ascensor no era muy grande pero cabían los tres sin necesidad de invadir el espacio vital.

                Ángela se quedó asombrada de que hubiera cuarenta plantas.

                — Un consejo. Nunca pulses un botón trampa, sería lo último que hicieras.

                — ¿Cuáles son?

                — Hoy es 3 de octubre y vamos a la 7, hay que pulsar el 3 y luego el 10. A continuación pulsamos el 7.

                — ¿Cómo?

                — Día, mes y planta. El sistema admite dos fallos, al tercero la instalación detonaría un dispositivo de autodestrucción. El edificio se derrumba y no queda rastro.

                Ángela memorizó el sistema, tenía que admitir que era ingenioso.

                — Tengo que haceros una pregunta. ¿Por qué aceptáis mi mandato sabiendo que yo maté a vuestro querido maestro?

                — Ese era su deseo.

                — Vaya, ¿tanto le queríais?

                — Lo hacemos por lealtad —intervino Héctor.

                El ascensor se detuvo y salieron a un hall sin cuadros ni adornos. Los muros eran de hormigón y se veían varios accesos.

                — Tengo otra pregunta.

                — ¿Cuál? —invitó Aquiles.

                — ¿También vais juntos al baño?

                La garganta de Héctor volvió a rugir.

                — ¿Nunca os acostáis con mujeres? ¿Dormís justos?

                — Nuestra paciencia tiene un límite —advirtió Aquiles.

                — Pero por lealtad aguantáis lo que sea.

                Héctor echó una mirada furtiva a Aquiles. Estaba claro que de los dos, el rubiales era el más fuerte.

                Realmente interesante.

                — Adelante —invitó el que parecía más amable.

                La habitación a la que entraron era espaciosa, de unos cuarenta metros cuadrados. Las paredes estaban forradas de libros. Se fijó en que muchos de ellos eran tan viejos que daban la impresión de que superaban el milenio.

                En el centro tenían una mesa maciza, como un monolito negro, con textura de titanio. Alrededor un sofá rojo de cuero con botones

Incrustados.

                Se acomodó a distancia prudencial de ambos y dijo:

                — Quiero saberlo todo.

 

 

 

 

 

                Iban cuatro en el coche y casi todos hablaban a la vez. Antonio no conocía a ninguno y no sabía qué hacían allí. Circulaban a 80 entre un atasco, esquivando otros vehículos que también se dirigían al autopista.

                — No me gusta cómo está la situación en el centro —protestaba una mujer de unos cuarenta—. La epidemia se propaga como un incendio forestal.

                — No vayas tan deprisa —le dijo Timmy al conductor.

                — ¿Estás de coña? Mira lo que se nos echa encima.

                Antonio miró a donde señalaba y distinguió entre la neblina blanca a una multitud similar a lo que sería pasar frente a un estadio de fútbol después de un partido. Una espesa niebla de baja altura los había ocultado hasta ese momento.

                — Mierda... —susurró.

                Entonces vio que un monovolumen se acercaba por la derecha y se les metió delante justo cuando se incorporaban a la autopista. Le embistieron de lado y lo hicieron volcar. Ellos apenas sufrieron daño pero se fijó que en cuanto el coche quedó inmóvil los zombis sacaban a la fuerza a los ocupantes. Si hubieran ido un segundo más tarde los que habrían volcado serían ellos y los estarían devorando en su lugar.

 

 

                Se despertó con el ruido de las ruedas del avión chillando en el asfalto suizo. Brigitte le miraba con preocupación.

                — ¿Otra pesadilla de zombis? Vaya cara de espanto que tienes.

                — No consigo quitármelas de encima.

                — Yo tampoco, ayer soñé que me perseguían y uno de ellos me mordió en la barriga. Pobrecito mío, creí que no le vería nacer, pero mira ¿y la alegría de despertar y saber que solo fue un sueño?

                Los demás pasajeros ya se levantaban y sacaban sus bolsas de mano del compartimento superior.

                — No, si disfruto con estas pesadillas, me dan material para escribir. Pero saber que son cosas que podrían ocurrir de verdad siempre te deja una cosa en el estómago bastante desagradable.

                — ¿No te dijo Rebeca que unos vampiros están velando por evitar la pandemia?

                — ¿Es que te lo creíste? Sinceramente, no sé cuándo es verdad o mentira lo que me cuentan, yo me limito a escribirlo.

                — Pero los zombis de Tupana existen o existieron... ¿Quién te dice a ti que no volverán a aparecer en plena civilización?

                — Acabo de verlos, así que cambiemos de tema.

                — Justo cuando llego yo —dijo alguien desde el pasillo del avión, que cargaba una mochila con ambas manos por delante de las rodillas—. ¿De qué habláis?

                Aprovecharon que estaba detenido bloqueando el paso al resto de pasajeros para levantarse.

                — Nada, una pesadilla —replicó Antonio.

 

 

 

 

 

 

                Aquiles usó un mando a distancia y se desplegó el proyector de la curiosa mesa monolito y su haz de luz incidió en la única pared que no estaba cubierta de libros. Acto seguido apareció el viejo Alastor mirando hacia ellos. Era una imagen un tanto borrosa que evidenciaba que no fue filmada con la última tecnología de alta definición, debía ser una grabación muy antigua.

                — ¿Hablo ya? —Preguntó el viejo.

                — Sí, estamos grabando.

               Ejem... Estupendo. A ver cómo empiezo, es complicado... Ni siquiera sé si algún día usaré esta grabación. De acuerdo, la idea es que esto lo verá únicamente una persona, mi sucesor, si es que algún día es necesario. Pero eso ya debe saberlo si me está viendo, de acuerdo, ahora sí empiezo.

                Tomó aire y sonrió afable.

                — Hola, me llamo Alastor, sobre el año 300 después de Cristo mis investigaciones sobre la inmortalidad estaban en un callejón sin salida. A pesar de que el entrenamiento mental y mis habilidades alcanzaron y superaron a otros grandes maestros, yo quería más.

                »Mi red de espías dispersos por el mundo me hizo saber acerca del mito vampiro. Allá por el año trescientos después de Cristo existían multitud de leyendas sobre bebedores de sangre inmortales y sin alma. Monstruos asesinos que desafiaban las leyes naturales y civiles. Fui al origen de todas esas leyendas, al centro de Europa y aunque todos creían en esos seres oscuros, en realidad nadie había visto a ninguno. Según ellos estaban mezclados y pasaban desapercibidos hasta que cazaban protegidos por el manto nocturno.

                »Encontré una pista sobre un lugar levantado en lo más inhóspito de los Cárpatos, un castillo tan antiguo que no podía ser una construcción humana debido a su difícil acceso y el tamaño de sus bloques de piedra. Estoy hablando del año mil aproximadamente, lo estoy resumiendo mucho para no alargar esto más de la cuenta.

                »Lo mandé buscar por mis fieles sirvientes, Aquiles y Héctor. Ya en aquel año eran semidioses, como yo.

                Ángela los miró incrédula.

                — Hallaron el "Castillo de los vientos y las sombras" y después de recorrerlo de arriba a abajo, llegaron a la conclusión de que estaba deshabitado. No pude aceptar que tantos años de investigación acabaran en nada, de nodo que fui personalmente y me propuse averiguarlo todo sobre ese misterioso emplazamiento.

                — ¿Tenéis una almohada? —Preguntó Ángela—. Me está entrando un sueño...

                La ignoraron.

                La imagen de Alastor seguía hablando, ajena al descontento de su sucesora.

                — Y descubrí el hallazgo más importante de mi larga vida, encerrada en una celda en lo más profundo de las mazmorras había una mujer, casi una sombra... Una hermana. Su poder era más primitivo que el mío pero a su vez más fácil de transmitir. Descubrir que también en es este planeta existía una raza creada por la oscuridad primigenia me devolvió la ilusión por vivir. Le di mi sangre para hacerla más fuerte y poder aprender más de ella, en su estado la habría destruido con la luz de una antorcha. Confiar en ella fue un error ya que supuse que entraría en razón y me equivoqué, al ganar fuerza trató de matarme tratandonde dejarme seco. Pero yo era más fuerte y en cuanto me liberé hice lo que ella, la mordí y succioné la poca vida que le quedaba hasta que se volatilizó entre mis brazos como una sombra de humo. Su poder era irracional, noté cómo mi mente trataba de nublarse poseída por la asfixia de la sed más visceral... No quise perder ese tesoro y lo escupí casi todo, me dejé una pequeña cantidad dentro, lo justo para estudiarla, aprender de ella. Tanto me fascinó que pudiera transmitirse con tan solo beber de ese líquido que elegí a doce personas y les hice entrega de la mezcla de mi sangre con esa otra foránea de la Tierra. Tenía muchos enemigos, una especialmente peligrosa y necesitaba un ejército de inmortales capaces de destruir a sus seguidores.

                — Esa no puedo ser yo, no soy tan vieja —comentó Ángela, divertida.

                De nuevo fue ignorada.

                — Mis creaciones lograron una aplastante victoria en la legendaria batalla de Ragnarök. Pero ella sobrevivió... Más adelante, en una lucha, mató a casi todos los Hijos de las tinieblas... Esa mujer había sido mi primera discípula y su poder dejaba en ridículo al mío, invocaba al Sol y lenguas de fuego salían de su boca, podía crear un número de cobras infinito, el único animal de este planeta cuyo veneno puede matarme... Me juré a mí mismo que no descansaría hasta verla destruida.

                — ¿En serio hay alguien capaz de hacer todo eso? —Silbó Ángela.

                — Esa mujer es extremadamente peligrosa —aclaró Aquiles.

               Ja —Barruntó Héctor.

                — Ella es mi hija... —Siguió hablando el viejo, corroído por dentro, como si se empezara a arrepentir de sus propias palabras.

                — Ahí está, ella debe ser la otra que conoce todo esto —dedujo triunfal Ángela Dark.

                De nuevo la ignoraron.

                Entre tanto el viejo miraba al suelo.

                — Escúchame bien, seas quien seas, ya no te protege ese vínculo de sangre. Estás en peligro y lo estarás mientras ella viva. Debes encontrarla y destruirla, mis hombres te ayudarás a desarrollar todo tu potencial y con suerte descubrirás cosas nuevas. Acaba con ella o no vivirás muchos años, te lo advierto.

                Suspiró taciturno antes de volver a mirar a la cámara.

                — ¿Dónde puedo encontrarla? —Preguntó Ángela.

                — Hay un hombre que puede ayudarte —le respondió casualmente el viejo—, me ayudó hace unos días, la tuve en mis manos después de tanto tiempo buscándola... Y no pude matarla... Al contrario, algo cambió dentro de mí y llevo muriendo desde entonces. Estoy cansado, creo que es hora de pasar el testigo a alguien capaz de continuar mi misión. Busca a ese hombre, no será fácil conseguir que te ayude, pero estoy seguro de que sabrás persuadirlo. Es capaz de encontrar lo que sea interrogando a las paredes.

Comentarios: 5
  • #5

    yenny (martes, 15 abril 2014 18:10)

    Estoy de acuerdo con Jaime aunque revela un poco el pasado de Alastor también deja muchas incógnitas, espero que se revelen mas adelante o en otra historia.

  • #4

    Alfonso (martes, 15 abril 2014 06:38)

    ¡Continuación!

  • #3

    tony (lunes, 14 abril 2014 08:48)

    De hecho tengo una historia comenzada sobre ese castillo que se llamará como la describo aquí: "El castillo de los vientos y las sombras", ambientada hace mucho tiempo y es una especie de cuento oscuro. Pero ya habrá tiempo para eso.

  • #2

    Jaime (lunes, 14 abril 2014 07:30)

    Esperaba la continuación con ansias. Aunque se ha desvelado un poco el misterio de Alastor, se han abierto más enigmas sin resolver. Tony, espero que puedas hablar sobre el origen de las "oscuridades primigenias" que originaron a Alastor y al ser inmortal del castillo medieval. ¿Por qué habría de estar encerrado un ser maligno en dicho castillo? ¿Por qué decidió morir Alastor y pasar su poder a Ángela? Me imagino que la inmortalidad que adquirió tiene un precio que ya no estaba dispuesto a pagar.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 13 abril 2014 18:26)

    Escribe tus impresiones sobre este capítulo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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