El investigador que interrogaba a las paredes

4º parte

 

            Les recibió la madrina de Brigitte, que tenía una sonrisa bonachona en un rostro redondeado y sonrosado. No sabía apenas español por lo que Antonio y Yuvén sólo la entendieron cuando les saludó y preguntó qué tal el viaje. Sin embargo su ahijada la entendía perfectamente debido al parecido del suizo con el alemán y fueron todo el trayecto hasta el hotel soltando tacos y riéndose —o al menos eso le parecía a Antonio cuando escuchaba a su mujer parlotear en alemán—. Yuvén miraba soñador por la ventanilla del coche así que no tuvo reparos en echar una cabezadita durante el trayecto del aeropuerto de Zúrich al pueblo de Mady, Regensdorf.

            Despertó cuando pararon al lado de un hotel que hubiera sido lujoso en los tiempos que Casablanca se estrenó en el cine. Aunque la piedra de la fachada se mantenía blanca y muy cuidada, no conseguía disimular que tenía más de cincuenta años. Su nombre era Hotel Best Western Trend.

            — Mady dice que por qué no hemos traído a Thai —preguntó Brigitte—, que aquí admiten perros.

            — Su billete costaba casi lo mismo que el nuestro... Y total por tres días...

            — Y que podemos ir a su casa, tiene sitio también para tu amigo.

            — No, no, no quiero molestar demasiado.

            — Ella estaría encantada.

            — Ya tenemos la reserva amor, nos quedamos.

            Brigitte se lo explicó a su madrina no sin mostrar un tanto de resentimiento y echarle un par de miradas asesinas. Tan enojada parecía que por un momento pensó que se iría con ella cuando se alejaron.

            — Vamos a dar un paseo, vete subiendo las cosas.

            — Qué maja la suiza —opinó Yuvén—, ¿no? Nos habría salido gratis la residencia.

            — No te preocupes por eso, tus gastos están cubiertos. Es mejor que estemos lejos de conocidos, no podemos dar facilidades.

            — ¿A quién? —Preguntó el chico.

            — A nadie, a todos. Ni fiarnos de nuestras sombras. Vamos, tenemos que preparar el plan.

            Entraron en el hotel de cuatro estrellas y desaparecieron en el interior.

 

 

 

 

            Ángela soltó una sonora carcajada cuando Héctor apagó el proyector. Tardó un par de segundos en recuperar la compostura.

            — ¿Me habéis traído para esta mierda? —Logró decir, secándose las lágrimas con las manos.

            — No le encuentro la gracia —respondió muy serio Aquiles.

            — Soy la nueva jefa de la organización clandestina más poderosa del mundo y en lugar de decirme los contactos que tenemos y la pasta que manejamos ¿me soltáis ere rollo macabeo?... Vamos a llevarnos bien chicos. Ponerme el casete uno, el de la guita. Ya sabéis...

            — Nosotros manejamos el dinero y los contactos, el jefe no se involucraba —respondió Aquiles—. Como mucho nos preguntaba o aconsejaba. Si él quería abrir un laboratorio que investigara cualquier cosa que se le ocurriera, nosotros nos encargábamos de llevar a cabo las gestiones.

            — Así podía echarnos la culpa si algo salía mal —aclaró Héctor.

            Ángela buscó en un bolsillo y sacó un pañuelo de papel. Se secó la cara, pues la risa la había hecho llorar, y luego se lo ofreció al gigante moreno.

            — Vamos, deja de gimotear. A partir de ahora quiero ver las cuentas, conocer a todos los contactos, sus puntos débiles o su precio, el nombre de nuestros enemigos y lo cerca que están de descubrirnos... No quiero cuentos.

            — No conviene ignorar la amenaza —advirtió Aquiles.

            — ¿Por qué tendríamos que temer a esa mujer?

            — El maestro lo ha explicado claramente.

            — Y tú me dijiste que es un vegetal.

            — Desapareció cuando él murió — insistió Hector—. Si viniera ahora podría destruirnos.

            — No sabe dónde estamos. ¿Quién se lo va a decir?

            — Ya nos ha encontrado antes y no habríamos sobrevivido si nuestro señor Alastor no hubiera usado su vínculo fraternal con ella —barbotó Héctor—. No estás aquí porque necesitáramos ayuda en nuestros negocios, ya tenemos gente que lo hace, te necesitamos para destruirla antes de que recupere su poder, si es que aún no lo ha recuperado.

            Ángela entendió de repente, por su actitud, el motivo por el que la estuvieron siguiendo desde que mató a Alastor y sobre todo por qué la querían allí. Tenían miedo y era la única persona en el mundo capaz de protegerlos.

            — ¿Dónde puedo encontrar al chiflado ese que lo encuentra todo?

            — Empiezas a remar en equipo —respondió Aquiles, sonriente.

 

 

 

 

            Repasaron el plan tres veces hasta que Yuvén no necesitó preguntar los detalles. Memorizó todos los datos legales de Antonio Jurado y mientras los repetía en voz alta cruzaba los dedos para que fuera según lo previsto y no hubiera sorpresas. Si todo iba bien, dependía totalmente de la buena fe de Yuvén, ya que podía acceder a todas sus cuentas y vender sus propiedades si le traicionaba... Y lo haría si descubría que podían caerle cuarenta años de cárcel si todo iba mal.

            — Ahora esperemos que el plan salga bien.

            — Una pregunta, ¿por qué no lo hace usted? —Preguntó el chico—. No se creerán que tengo cuarenta años.

            — Nadie se fijará en la fecha de nacimiento.

            — ¿Tengo que hacerme pasar por algún muerto?

            — No digas tonterías, Antonio Jurado soy yo así que si no cuela la mentira te conviene no aparentar los 40 años.

            — También es delito suplantar a otras personas.

            — Creí que querías hacerlo —se enojó Antonio—. Ya te dije que era arriesgado para ti, así que si te ibas a echar atrás debiste decirlo antes y me había ahorrado tu billete y tu habitación de hotel.

            — Estoy muy nervioso, no sabía dónde me estaba metiendo.

            — Voy a entrar contigo, ¿de acuerdo? Como otro cliente. Si algo va mal no dejaré que te caigan las culpas.

            — Entonces, ¿para que voy?

            Antonio se llevó las manos a la cara, frustrado y bufó.

            — Tienes razón, no puedo meterte en ese lío. Iré yo sólo y que sea lo que Dios quiera.

            Le quitó todos los papeles y los guardó en la maleta. El chico se quedó con cara de asustado.

            — No pasa nada, hombre. Estás en tu derecho de negarte, debí contártelo antes de viajar pero no me fiaba que pudieras contarle a alguien que vendría a Suiza.

            — ¿A quién?

            — A nadie. ¿No lo entiendes? Me he fiado de ti, un error que no volveré a cometer en el futuro. Hasta mañana.

            Sin decir nada más se marchó de la habitación.

            Yuvén seguía encogido sobre sus hombros, avergonzado. En su cabeza repetía una y otra vez: No debí venir.

 

 

 

            "Genial, ¿ahora qué?" —Se preguntaba Antonio de camino a su cuarto. Miró el reloj y eran las doce y media de la noche.

            Entró en su habitación y le sorprendió encontrarla a oscuras. Buscó a Brigitte pero no estaba ni en la cama ni el baño.

            — Qué manera de parlotear —bufó, suponiendo que seguiría charlando con su madrina de paseo por la orilla del río.

 

 

 

 

 

            Despertó después de varias horas, miró el reloj y alumbró al otro lado de la cama. Estaba vacío y eran las cuatro de la mañana.

            — ¿Amor?

            No hubo respuesta, la habitación se encontraba a oscuras.

            — No puede ser que sigan hablando... Con lo que ella duerme desde que está embarazada no aguantaría ni hasta la una.

            Se levantó, aun agotado. Se puso el pantalón vaquero negro, sacó una camisa de algodón pima, una de sus favoritas por ser de Perú. Se calzó sin perder la esperanza de que Brigitte aparecería en cualquier momento.

            — ¿Dónde se habrá metido?

            Agarró el móvil y la llamó. Las llamadas fuera de España eran carísimas, pero la situación lo requería.

            — "Kennzeichnung Telefon augeschaltet ist oder aus der Deckung" —escuchó la mecanizada voz de una mujer.

            — ¿Qué?

            No entendía ni jota de alemán pero esa no era Brigitte y debía ser un mensaje de indisponibilidad o algo así como red incorrecta. Ojalá entendiera algo, ya llevaba tiempo escuchándola hablar y seguía siendo incapaz de entender nada que no fuera un saludo o alguna que otra frase socorrida.

            Salió de su cuarto y bajó a recepción a preguntar. Como era lógico no había nadie a esas horas.

            Tampoco estaba abierta la puerta de modo que no sabía cómo salir de ahí. Primero pensó que tenía que buscar una manera de abrir pero al asomarse fuera y no ver a nadie supuso que Brigitte trató de entrar tarde y al encontrar el hotel cerrado se iría a dormir a casa de su madrina.

            Iba a subir a su cuarto cuando recordó que había guardado en la memoria del móvil el número de la madrina. Lo buscó y justo en el momento que le iba a dar al botón de marcado se lo pensó mejor. ¿Iba a llamar a las cuatro y media?

            — No dormiré tranquilo si no llamo.

            Decidido pulsó el botón verde.

            Escuchó los pulsos telefónicos largos y finalmente saltó un buzón de voz con un hombre hablando en suizo y luego un pitido.

            — Soy Tony, espero que Brigitte esté bien y con ustedes, llámenme para confirmarlo, por favor, no importa la hora.

            Y cortó.

            Eso no le dejó en absoluto tranquilo.

            Entonces salió de una habitación una mujer de unos sesenta años en bata.

            — Hallo, Was wollen Sie?

            — No hablo suizo —negó Antonio.

            — Ah, es usted el espaniol. ¿Puedo ayudarle en algo?

            — Necesito salir un momento, mi mujer no ha regresado y estoy preocupado.

            — No se puede. Se cierra a la una y media.

            — ¿Y si ha llegado más tarde?

            — Usted llama a la timbre —respondió—, yo abro.

            — ¿Y no ha venido nadie pidiendo que abra?

            — Hoy no.

            Antonio se quedó pálido y cerró los ojos. La imagen de su mujer embarazada siendo asaltada por unos desalmados y abandonada en un callejón le dejó sin aire en los pulmones.

            — Tendrá que hacer una excepción, tengo que salir a buscarla.

            La mujer renegó en suizo y fue incapaz de entender una palabra.

           Bitte —suplicó, usando su poco vocabulario y que creía recordar que significaba "por favor".

            — Necesitará más abrigo —aconsejó la mujer. Volvió a su cuarto y regresó con un plumón largo con cuello de espesa lana virgen.

            — Gracias... Danke.

            — Tenga cuidado, en noche salen maleantes.

            Más preocupación, pero agradeció el consejo con una sonrisa. Debía reconocer que no tenía previsto que hiciera tanto frío y era de gran ayuda aquel abrigo. También aumentó su temor ya que su mujer llevaba muchas horas ahí fuera y no iba demasiado abrigada.

            En cuanto puso el pie en la calle y el viento golpeó su cara le dejó la nariz insensible. Inconscientemente se cubrió el rostro con la capucha y subió la cremallera hasta la barbilla.

            ¿A cuántos grados estaban? Seguramente a —10º C. Estando ya a la salida del invierno, casi en primavera, su cuerpo no estaba preparado para semejante frío.

            — Tengo que moverme y entraré en calor —se dijo.

            Las calles estaban pobremente iluminadas y no encontró un alma, ni humana ni animal. En su casa, a esas horas, se cruzaría con gatos en cada esquina. Ahí no había ni cucarachas.

            Por si fuera poco, se estaba levantando neblina y su mente empezó a jugarle malas pasadas. Veía sombras observándole detrás de cada rincón, tan sigilosas que cuando las miraba ya no estaban ahí.

            Fue hacia el río y caminó por el tétrico paseo. El agua estaba congelada por lo que se sentía aun más frío por allí.

            — Dios mío, por favor, que se fuera con su madrina a dormir, que no les haya pasado nada.

            Escuchó unas pisadas detrás de él. Fue un ruido muy leve, casi imposible de distiguir de su imaginación. Se volvió rápidamente y esta vez vio claramente la sombra de su perseguidor desapareciendo tras una esquina de la calle más cercana.

            Su corazón se detuvo, fuera quien fuese era demasiado rápido.

            ¿O fue una mala pasada de su imaginación?

            Prefirió pensar lo segundo, no podía ser algo sobrenatural, ya había tenido suficientes experiencias así para tres vidas y siempre porque él las buscó.

            — Joder, no sé ni dónde buscar.

            Siguió caminando, más por quedarse tranquilo de no encontrarla que por desear hacerlo.

            De nuevo las pisadas.

            Se volvió tan rápido que esta vez sorprendió a su perseguidor antes de moverse. Estaba a treinta metros y tuvo que parpadear para estar seguro de ver bien. Era un hombrecillo de poco más de un metro de alto del que solo veía su silueta redondeada. O estaba muy gordo o llevaba mucha ropa. Fijándose mejor se dio cuenta de que iba encorvado. Caminaba hacia él moviendo deprisa sus piernas y parecía no importarle que lo hubiera visto.

            Él hizo lo mismo, se dirigió a la primera salida del camino del río y regresó a las callejuelas del pueblo. Miró hacia atrás y no le seguía. Suspiró y dio la vuelta dispuesto a regresar al camino. Se planteó si no debió hacer caso a la dueña del hotel.

            Alguien le cortó el paso súbitamente con un objeto en la mano. Era hombre chato, de unos cincuenta años, y le amenazaba con una navaja suiza multiusos.

            Gib mir alles was du hast.

            — No soy de aquí, no te entiendo —respondió con la voz temblorosa.

            — ¡Gib mir alles!

            — ¡No te entiendo!

            Levantó las manos por si le pedía que hiciera eso.

            El tipo saló como un felino sobre él y le clavó su arma varias veces en el abdomen. Sintió el helado filo rompiendo las paredes de su estómago y cayó arrodillado mientras el individuo le abría la chaqueta y le registraba sin ningún cuidado. Cuando no encontró nada de valor le golpeó en la cara y se marchó dejándolo en el frio suelo de la pequeña ciudad.

            Entonces vio una luz cegadora.

 

           

Comentarios: 5
  • #5

    Ariel (domingo, 27 abril 2014 13:48)

    Que continuación, creo que Antonio pasará de esta, ojalá aparezca Verónica, si Antonio superó tantas otras cosas sería difícil que muera ahora, aunque sería un final inesperado.

  • #4

    Alfonso (lunes, 21 abril 2014 20:18)

    Qué tal Tony:

    Me gustó esta parte. Yo también opino que aparezca Verónica en la cuarta parte.

    Por cierto, yo creo que Antonio Jurado tiene más concimeitno del alemán que la mayoría de tus lectores juntos. ¡Al menos yo ni siquiera sabía como decir gracias u hola en alemán hasta que leí tu historia!

  • #3

    yenny (lunes, 21 abril 2014 19:01)

    Noooo, quiero saber que va a pasar con Antonio me dio pena, aunque no creo que muera se acabaría la historia.
    Quiero que aparezca Verónica hace tiempo que no sale, espero que puedas subir la siguiente parte pronto :)

  • #2

    Jaime (domingo, 20 abril 2014 01:47)

    Tal parece que todo le ha salido mal al pobre Antonio Jurado. Ya tiene bastante tiempo que él no conversa con Verónica o con Génesis. Tengo la sospecha de que en la siguiente parte alguna de estas dos entidades irá a socorrerlo.

    Por otra parte, Yuvén me parece un personaje soso y sin carácter. Me gustaría que durante el transcurso de la historia se volviese más proactivo o que Génesis se le apareciese y le ayude a cambiar su personalidad.

    Espero la siguiente entrega con ansias; ojalá no se demore más de una semana.

    Saludos

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 19 abril 2014 22:08)

    Ya puedes comentar este nuevo capítulo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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