El investigador que interrogaba a las paredes

8ª parte

 

 

 

            Yuvén abrió los ojos en una estación de tren. Temblaba tanto que le castañeteaban los dientes, pero no tenía frío. Se había quedado dormido cuando escapó de su padre después de verlo degollar a su hermana Teresa y dirigirse a su cuarto. Lo que iba diciendo era tan aterrador como lo que había hecho con su madre y su hermana:

            — No os crié para vivir en la calle. Lo siento mucho pero es lo mejor.

            Su mirada rota, las manos ensangrentadas temblando por los nervios, su clara determinación de acabar con todos le instó a salir corriendo y empujarle contra la pared con todas sus fuerzas. Sin mirar atrás se fue de casa corrió hasta la estación de metro y se montó en el primero que pasó. Cuando se sintió seguro, sin mirar dónde estaba, se bajó y se quedó en un banco meciéndose adelante y atrás sin saber qué hacer ni a donde ir.

            Un policía se asomó por un túnel y al verlo se dirigió hacia él.

            — ¿Qué te ocurre, chico? ¿Estás perdido?

            No respondió...

 

 

 

            Se despertó con nauseas al revivir aquel terrible momento, cuando su vida terminó y se encerró en su mundo. Un lugar donde no podía confiar en nadie y en cierto modo era feliz, sin que le gritaran por tonterías, sin tener que salir a la calle y enfrentarse a las miradas extrañas, sin más posesión que su pijama y su cuarto protegido por rejas, lejos de su padre.

            Hasta que llegó ella al hospital, no sabía su nombre, no parecía enterarse de nada, sólo se dejaba llevar y él creyó que había soportado alguna experiencia similar o incluso peor que él.

            Durante semanas se puso a su lado, ella mirando al infinito y él velando por ella.

            Un día ocurrió algo espantoso justo después de que esa chica tan hermosa le dijera con voz angelical que se marchara.

            Creyó que le odiaba, que como todos los demás ella le rechazaba así que se fue corriendo y se puso a llorar debajo de su cama, desesperado. Pico después algo atravesó la cristalera, destrozando incluso los gruesos barrotes externos y mató a todo el mundo en su planta. Lo cierto era que al verla viva lo primero que pensó fue que ella los mató. Pero luego vio la ventana y entendió que los barrotes no se curvan hacia dentro sin un impacto procedente del exterior. La policía no parecía haberse dado cuenta de ese detalle y cuando le hicieron declarar decidió romper su silencio para salvarla de las culpas.

            Al ser liberados el hospital psiquiátrico les rechazó a ambos y les trasladaron a Madrid. Les hicieron un estudio y él ya hablaba sin otro miedo que le separaran de ella de modo que le dieron el alta y trabajo.

            Miró el reloj tratando de olvidarse de todo eso. Eran las ocho de la mañana. ¡Hora de desayuno suizo!

 

            Se vistió rápidamente bajó las escaleras saltando de dos en dos y llegó al amplío comedor donde había muchas mesas y sillas vacías. A la izquierda, junto a un enorme cuadro de caballos, estaba la mesa rectangular con los desayunos para servir. Un chico vestido de cocinero entraba y salía trayendo bandejas con distintos panes.

            No era el primero en levantarse, delante de él había un matrimonio de unos sesenta años y dos chicas que no parecían suizas. Aplicando el oído supo que eran italianas y una de ellas le miró un par de veces sonriendo. Él le devolvió la sonrisa aunque no le gustaba. La chica tenía pelo castaño y ojos  muy pequeños. La nariz era normal pero con forma aguileña y era muy bajita.  En conjunto se veía simpática y se regañó a sí mismo pensando: "Ni que tú fueras gran cosa. Además aunque me gustara jamás reuniría valor para acercarme a hablar con ella."

            Y devolvió toda su atención a los deliciosos panes que olían como recién salidos del horno.

            Cuando eligió tres panecillos se alejó de las dos italianas y se puso junto a un gran ventanal.

            Se sirvió un zumo de naranja, batido de chocolate un plato con dos huevos fritos, varias lonchas de lacón, otras tantas de queso y unas tiras de bacón que olían deliciosas.

             Hizo dos bocadillos y el resto se lo comió él. Envolvió los emparedados en sendas servilletas y cuando iba a salir vio que entraban Antonio Jurado con su mujer.

            — ¡Yuvén! Ya sabía que estabas aquí —le saludó el grandullón, que esa mañana parecía más feliz que nunca.

            — Habla más bajo, no tienen que enterarse todos de que hemos llegado — le regaño su esposa.

            — Os subís dos bocadillos —mostró el muchacho.

            — No importa, así tenemos almuerzo. Guárdalos en el bolso, amor. Vamos chico, ¿te quedas con nosotros?

            — Bueno.

            No le hacía gracia ver comer a los demás pero observar a Antonio Jurado era todo un espectáculo. Con decir que Brigitte siempre le decía que su perrita podría sobrevivir con lo que se le caía mientras comía...

            Y la cantidad era otra cosa. Él se vio satisfecho con dos zumos y un bocadillo. Antonio se metió entre pecho y espalda tres bocadillos, uno de queso y bacón, otro de huevo y jamón, y un tercero de salami con kétchup. Para acompañar, un café con leche y dos terrones de azúcar, una jarra de zumo de naranja, y un bol sopero de cereales con leche.

            — Ag, creo que estoy repleto —dijo, frotándose la barriga.

            — ¿Tú no estabas a dieta?

            — Mujer, por un día que me la salte no pasa nada.

            Yuvén sonreía. Nunca antes conoció a nadie tan tragón. Brigitte se comió dos bocadillos y un café con leche que dejó a la mitad. Eso ya era mucho pero ella estaba embarazada, aunque su barriga todavía no superaba el volumen de la que se le quedó al investigador después de aquel desayuno.

            Cuando terminaron cogieron el tren para Zúrich. Apenas hablaron durante el trayecto y estaba harto de no poder hablar con él a solas, el día anterior no se separaron ni un momento de Brigitte y Madi y no funcionó la excusa de irse a ver la ciudad.

            Si quería hablar con él debía ser directo.

            — Antonio, ¿podemos hablar?

            — Claro, ¿qué ocurre?

            Tanto Brigitte como él le miraron intrigados.

            — Me da un poco de vergüenza hablar de ella con tu mujer delante.

            — ¿De quién?

            — Entiendo, ¿te importa amor?

            Se levantó y se alejaron de allí sin atender a las preguntas de la mujer, que terminó desistiendo al ver que la ignoraban.

 

 

            — ¿Tú puedes contactar con Génesis?

            — Cuando ella quiere.

           ¿Puedes preguntarle si se acuerda de mí o piensa volver a verme. Es que si no siente lo mismo que yo creo que debería tratar de olvidarla.

            — Espera, hablas de sentir... ¿Como pareja y eso?

            — Claro.

            Se sintió como un idiota diciendo eso ante la mirada incrédula de Antonio.

            — Vaya, pues no sé. A ver si me cuenta algo y te digo lo que sea.

            — Llámala ahora, no quiero esperar más. Siempre me das largas.

            — No creo que pueda, necesito vaciar mi mente y...

            — Inténtalo, por favor. Yo ya hice lo que tenía que hacer.

            — Está bien, pero no te prometo nada.

            — Sí, eso.

            Le miró atentamente, quería aprender a hacer lo que él hiciera. Antonio cerró los ojos y respiró hondo varias veces.

            — ¿Responde?

            — Déjame concentrarme, no es algo que dependa sólo de mí.

            — Perdona.

            Esperó impacientemente durante dos minutos y volvió a preguntar.

            —¿Ya?

            Antonio abrió los ojos enojado.

            — Por el amor de Dios déjame concentrarme.

            — Los médium no tardan tanto.

            — Yo no soy un pitoniso. De alguna manera puedo comunicarme con el más allá pero no es como encender el móvil y marcar un número. Vacío la mente y la llamo, si responde sentiré que su voz resuena a pesar de mis esfuerzos por no pensar en nada y ahora mismo mi mente está mostrándote retorciéndote de dolor como una bayeta de cocina.

            — ¿Por qué?

            — ¡Me estas interrumpiendo!

            Brigitte le miró enojada desde el otro lado del vagón.

            — Tony haz el favor...

            El aludido soltó un bufido y trató de serenarse.

            En ese momento sonó la musiquita de llegada a la estación y el tren se detuvo en un pueblito en medio de un precioso valle de abetos.

            — Perdona, no te interrumpiré más —se disculpó Yuvén, avergonzado.

            — No creo que funcione, en serio, déjame a mí cuando tenga un rato de tranquilidad.

            — Por favor, no me des más largas.

            Con un nuevo bufido suspiró y volvió a concentrarse.

            En su mente desfilaban multitud de imágenes caóticas. Debía destruirlas todas para dejar su cabeza despejada, en disposición de recibir mensajes del más allá.

            El enano que le apuñaló en su pesadilla se le acercó y le asestó de nuevo las puñaladas pero antes de sentir dolor lo expulsó de su mente con un empellón que lo catapultó a la nada.

            «Isis, necesito que me respondas, aquí hay un pesado que no me dejará en paz hasta que te transmita su mensaje.»

            «¿Qué dice Yuvén?»—Respondió de inmediato.

            «A ti, no sé qué le habrás hecho pero está enamorado y quiere saber si le correspondes.»

            «Dile que apenas nos conocemos».

            «Ni hablar, no se lo creería. Dime algo que sólo él y tú sepáis».

            No recibió nada durante unos instantes. Aprovechó a abrir los ojos, no necesitaba tenerlos cerrados mientras hablaba con ella.

            «Dile que me encantaron sus fresas con nata y azúcar. Que le quiero mucho porque parecía entenderme cuando estaba enferma, me enseñó el mundo después de haberlo olvidado todo sobre él. Pero no he venido a hablarte de él, tienes que saber una cosa y estás demasiado interesado cono para escucharme, tu mente se interpone en mi mensaje.»

            «¿Sobre lo de mis cuentas bancarias? —se anticipó él—. Bendito sea Dios, dime algo, aunque ya sé que no era una trampa.»

            «Escúchame, vacía tu mente, tienes que entenderme con claridad.»

            «Adelante, escucho».

            — ¿Estás hablando con ella? —Interrumpió Yuvén.

            Le miró sonriente para que le dejara en paz.

            — ¿Y qué ha dicho?

            «Es insistente, dile lo que te he contado y luego ya hablamos más tranquilos.»

            — Sí Yuvén, he hablado con ella. Dice que... Te quiere mucho y añadió que le gustaría ir a comer más fresas con nata y azúcar contigo, que la entendías muy estando enferma y... ¿Qué más? Ah ya, que puede que algún día os encontréis de nuevo.

            — ¿En serió?

            — Bueno no sé si empleó las mismas palabras.

            — ¿Cuándo?

            — ¿Eh? —Antonio quería volver a escucharla y no le escuchó.

            — Que cuándo será eso.

            — ¿Eso qué?

            — Lo de encontrarnos —se exasperó el chico.

            Antonio se dio cuenta de que no ella no le dijo nada de encontrarse con él y se mordió el labio, nervioso.

            — Es una forma de hablar, como quien dice "ya nos veremos".

            — Ah...

            — Vamos, si hay algo más te lo digo.

            — Gracias.

            Regresaron al asiento donde esperaba Brigitte y se sentaron sin decir nada.

            — ¿Todo bien?

            — Teníamos que hablar de honorarios —respondió evasivo.

            Brigitte asintió con la cabeza.

            Antonio suspiró y se concentró de nuevo.

            «Ahora podemos hablar».

            Pero ya no hubo más respuesta. Por más que se esforzó en vaciar su mente, sólo escuchaba el silencio.

            Mientras la pareja guardaba silencio Yuvén sonreía. Antonio le dijo justo lo que quería oír, que podría volver a verla. Ilusionado sacó su cartera y de entre sus billetes extrajo un recorte de periódico. Era un artículo que encontró un día en el periódico que regalaban a la entrada del metro. Había una foto de Génesis en la sección de contactos. Hasta ese momento lo interpretó como alguien que se parecía mucho y guardó el recorte para no olvidar su cara. Pero ahora entendía que era ella y que le estaba buscando a él.

 

 

            Llegaron a la estación de la embajada. Caminaron por unas calles muy céntricas que tenían una arquitectura muy típica de Suiza, tejados a dos aguas y paredes blancas sin balcón pero grandes ventanas. A Antonio le llamó la atención que todas parecían del mismo arquitecto y por ello la belleza de la ciudad era indiscutible, no como en Madrid que las viviendas en muchos sitios parecían una sucesión de cajas de cerillas de distintas marcas.

            Incluso los coches iban a cámara lenta, muy respetuosos entre ellos y con los peatones, que podían cruzar una calle y les dejaban pasar sin llamarles gilipollas por no usar paso de peatones.

            Otro detalle llamativo, las bicicletas. Cada acera de cualquier calle era de cuatro metros de ancho y dos ellos eran carriles bici. Sin darse cuenta caminaron por ahí y en cuestión de un minuto una señora de ochenta años les tocó el timbre pidiendo paso.

            — Me cachis en la mar —se asustó—. Si podía ser mi abuela y mira cómo va, menudas piernas tiene.

            — Calla, podría entenderte —Le regañó Brigitte mientras se apartaban y la dejaban pasar—. Esto es otra cultura —añadió—. Los países del Sur de Europa viven a doscientos años de distancia, en términos de educación.

            — Con lo fácil que sería hacer las cosas igual de bien... Así nos va, metidos en una crisis interminable —rezongó Antonio.

            — Tú no eres un ejemplo a seguir, precisamente —contestó su mujer, sonriendo.

            El aludido se rascó la cabeza, avergonzado. Pero un poco más adelante se quedó asombrado al ver un hecho insólito.

            — Mira eso —señaló a un señor que entraba a una tienda de electrodomésticos con su perro detrás.

            — Por favor, deja de comportarte como si vinieras de otro planeta, ¿qué pasa?

            — ¡Que ha entrado con su perro!

            — ¿Y qué tiene?

            — ¿Está permitido?

            — Claro, aquí los perros van al colegio. Están más educados que los niños.

            — No me lo creo —bufó Yuvén.

            — Es verdad —se limitó a decir Brigitte sin darle más importancia.

            Antonio y El muchacho se miraron asombrados.

            Poco más adelante llegaron al edificio consular y Antonio dijo:

            — Te imaginas a un profesor en un colegio de perros, ¿cuántos son dos y dos? Y el perro: "Cuatrou!"

            Y se partió de risa él solo ante la mirada asustada de Yuvén y la de aburrimiento de Brigitte.

            — Otro chiste malo y me pego un tiro —amenazó su esposa—. ¡No! Mejor te disparo a ti.

            — Mujer, qué poco sentido del humor.

            — Mira a tu amigo, le has traumatizado.

            Aquella afirmación sí que logró hacer reír al joven acompañante. Antonio miró hacia adelante y vio el edificio consular ante ellos.

            — Ya estamos.

            En cuanto el vigilante de la puerta le vio la cara, sacó su revólver y le apuntó a la cabeza.

            — Arriba las manos, no se resista o disparo.

            — ¿Qué pasa?, el chiste no era tan malo... —Creyó que bromeaba.

            — Un sólo movimiento y le vuelo los sesos —añadió, furioso—. Lara, le tengo, venir inmediatamente.

            El aviso del walkie talkie les hizo comprender que no era una broma. Se habían cumplido sus peores temores.

 

 

 

 

Comentarios: 10
  • #10

    Beto (sábado, 24 mayo 2014 18:17)

    Necesito leer la siguiente parte. No aguanto la larga espera.

  • #9

    Chemo (miércoles, 21 mayo 2014 18:34)

    Continuación

  • #8

    Ariel (miércoles, 21 mayo 2014 17:17)

    Muy buena esta parte, aunque me queda una duda era Génesis o Verónica, porque sonaba muy natural

  • #7

    yenny (miércoles, 21 mayo 2014 17:07)

    Espero que puedas subir la siguiente parte esta semana, siempre te quedas en la mejor parte.

  • #6

    Alfonso (miércoles, 21 mayo 2014 04:45)

    Por favor pon la siguiente parte antes de que termine la semana. Creo saber lo que va a pasar en la siguiente parte, espero no errar.

    Saludos

  • #5

    Tony (miércoles, 21 mayo 2014 00:20)

    El próximo capítulo será muy revelador. Espero poder subirlo antes del fin de semana para no haceros muy larga la espera.
    Estoy dejando pistas sobre lo que pasará más adelante, no son muy claras, pero así cuando se desvelen acontecimientos futuros y pasados los entenderéis mejor.

  • #4

    yenny (miércoles, 21 mayo 2014 00:05)

    Me conmovió la historia de Yuvén, pobre ha pasado por muchas cosas ojala pueda reencontrarse con Génesis.
    Estuvo muy divertida esta parte por el comportamiento de Antonio, nunca lo imaginé sorprendiéndose por cosas tan comunes :D.
    Ahora toca esperar otra semana a ver que pasa con Antonio y Lara, también para saber que le quiere decir Génesis, creo que quiere advertirle sobre Ángela.
    Gracias Tony por tomarte el tiempo de escribir, ojala pudieras hacerlo mas seguido pero no creo que te quede mucho tiempo con la familia, bendiciones cuídate.

  • #3

    Jaime (martes, 20 mayo 2014 22:38)

    Creo que ahora entiendo más la personalidad de Yuvén, con los traumas que se carga. Aunque no justifica que sea exasperante e infantil.

    Tal parece que Lara ya está trabajando para Ángela. Me sorprende cómo la policía puede localizar a una persona tan rápidamente: Antonio debería aprender a no dejar pistas sobre su paradero.

    Como siempre, el relato se queda en la mejor parte. Espero que en la siguiente parte Antonio tenga más tiempo para hablar con Génesis y que se reúnan todos los personajes de la historia.

    ¡CONTINUACIÓN!

  • #2

    melich (martes, 20 mayo 2014 19:31)

    emocionante!!!

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 20 mayo 2014 17:44)

    Si te ha gustado esta parte, coméntala. Y sino también.

Animal es el que abandona a su mascota.

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