El investigador que interrogaba a las paredes

9ª parte

 Le encerraron en una habitación sin ventanas. Por suerte a su mujer y a Yuvén les pidieron que se marcharan y que fueran buscando un buen abogado.

                No preguntó por qué lo detenían, lo sabía perfectamente, aunque dudaba si habrían incluido algún otro asesinato similar en su lista de delitos pendientes.

                Después de tres interminables horas entró un hombre de unos sesenta años que le resultó familiar.

                — Buenos días, me llamo Pablo Jurado. Llevamos tiempo tratando de detenerlo y hoy puedo decir que gracias a mi colaboradora le tengo donde yo quería.

                — ¿Puedo saber por qué delitos me buscan?

                — La lista te la dirán en el juicio, Avelino, sí créeme, sé lo que has hecho y vas a pagar cada día de tu condena y me aseguraré de que no te perdonen ni uno por buena conducta.

                — Usted no me conoce, yo no maté a esos hombres en aquella casa. Puede que de algún delito sí sea culpable pero le aseguro que siempre ha habido una razón.

                — Sí, claro, eres un santo.

                — ¡Le juro que es verdad!

                — A mí no me jures nada, que de tu caso se encargará Lara. Yo sólo venía a asegurarme de que eras tú, el que me robó el apellido.  No te creas que tu operación estética puede despistarme, nunca olvidaré tus ojos de niño asustado, en eso no has cambiado nada. Ni que volverás a escaparte tan fácilmente como la otra vez, hace veinte años.

                — Es inútil dialogar con usted, quiero llamar a mi abogado.

                — No, no lo harás. Antes quiere hablar contigo una agente del gobierno. Te recomiendo que seas sincero y sobre todo que no la cabrees. Buena suerte...

                Salió riéndose.

                Antonio miró la puerta con insistencia. Seguía tratando de comunicarse con Génesis, Verónica o quien quisiera decirle alguna forma se escapar. Pero el silencio en su mente era aterrador. Claro, ¿por qué iban a ayudarle si las había traicionado a las dos?

 

                A los pocos minutos entró otra mujer que le hizo parar el corazón. Ya conocía esas mallas negras y esa melena oscura. Era la asesina que secuestró a su mujer y que casi les mató en el pasado.

                — Cuanto tiempo sin vernos. Qué bien que te has desecho de esa antigualla de arma, no sabía si querías matarme a balazos o tirándomela a la cabeza.

                No respondió, se refería a su vieja Lemmat, nunca consiguió encontrar otra igual.

                Se sentó en la única silla de la habitación con las piernas abiertas y apoyando los codos en el respaldo.

                — He venido a negociar contigo. Tú tienes algo que yo quiero y yo tengo justo lo que tú deseas más que nada.

                — ¿Qué quieres de mí? ¿Qué le has hecho a mi mujer?

                — Oh, no te pongas así, esta vez no la he involucrado, por el amor de Dios, está embarazada. ¿Qué clase de persona crees que soy?

                — Una asesina sin escrúpulos.

                — Pero eso que quede entre nosotros —le guiñó un ojo sonriendo.

                Lo que más le fastidiaba de ella era que la condenada le resultaba terriblemente atractiva.

                — No tengo dinero, si es lo que quieres, me han bloqueado las cuentas.

                — ¿Crees que no lo sé? ¿Cómo pensabas que te he pillado? Pero no, el dinero que tu tienes no es ni calderilla comparado con lo que manejo ahora. Lo que yo quiero está ahí dentro.

                Apuntó a su cabeza como si su mano derecha fuera una pistola.

                — ¿Quieres mi cerebro?

                — No, que lo uses para mí.

                — ¿Cómo?

                — Necesito una información que por lo visto sólo tú puedes conseguir. Si lo haces te dejaré en libertad, recuperarás tus cuentas, tus delitos serán borrados de la base de datos de la policía española y americana y podrás ver crecer a tu hijo sin miedo a que la poli te trinque.

                — ¿En serio? No creo que le guste esa solución al inspector Jurado.

                — Ese carcamal se jubila en unos años. Me negué a traerlo, pero Lara se empeñó en que se lo debía. ¿Qué dices?

                — Por supuesto, ¿cuando empiezo?

                Ángela sonrió con picardía.

                — ¿Dónde está Génesis?

                El corazón de Antonio se detuvo y se quedó azul por la impresión.

                — No lo sé.

                — Ya, nadie lo sabe. Pero sé de buena tinta que una vez la encontraste. Quiero que vuelvas a usar esos extraños poderes que tienes y me digas dónde está.

                — ¿Para qué la quieres?

                — Eso no te importa.

                 No me fío de ti, ¿cómo sé que cumplirás tu palabra?

                — Lo siento, soy como Apple. No doy garantía de nada, simplemente lo tomas o lo dejas.

                — Entonces paso.

                — Te lo dejaré pensar hasta mañana.

                — Si digo que sí ¿me dejarás salir?

                — No lo has entendido —replicó sonriente y levantándose—. Si no me ayudas, nunca saldrás con vida de aquí. Pero no quería ponerme en lo peor, no me gusta amenazar a mis futuros amigos. Piénsatelo.

                Y se marchó. Su trasero era tan perfecto que se tuvo que reprender a sí mismo por mirarlo con la boca hecha agua.

 

 

 

                Brigitte no tenía ni idea a quien más preguntar, nadie en toda la embajada sabía dónde estaba su marido. Yuvén la seguía igual que un zombi y quería abofetearlo. Bastantes problemas tenía como para preocuparse de que ese chaval no se perdiera.

                Al fin encontró la sala de seguridad y fue hacia allí lo más rápido que le permitían sus piernas. Se le habían hinchado los tobillos por estar tanto tiempo de pie de un lado a otro.

                Llamó con los puños y habló en alemán para evitar confusiones.

                Exigió saber a dónde se habían llevado a su marido y el guardia que la atendió le pidió los datos. Aguantándose las ganas de estrangularlo por su evidente calma, le dijo todo lo que pedía.

                Según el ordenador no estaba registrada su entrada.

                Entonces se acercó una chica de pelo castaño que vestía con blusa blanca que traslucía un sostén blanco y unos tejanos. Sus botas color caqui llevaban tiras de cuero colgando.

                — ¿Es usted la esposa de Antonio Jurado? —habló en español.

                — Sí, por fin. ¿Dónde se han llevado a mi marido?

                — Vuelva a su casa, vamos a trasladarlo a Madrid en unas horas de modo que vaya contactando con un buen abogado, le va a hacer falta.

                — Dios mío, no puede ser, ¿qué ha hecho? ¿Por qué lo buscaban?

                — Es sospechoso de varios homicidios,  por no mencionar las veces que ha falsificado y utilizado documentos oficiales. Le pueden caer entre veinte y doscientos cincuenta años de cárcel.

                — ¿Qué?

                Yuvén la abrazó consternado.

                — ¿Puedo verlo? —Suplicó Brigitte, con lágrimas en los ojos.

                — Lo consultaré.

                — Gracias.

                Lara les pidió que se sentaran y se dirigió hacia el despachó del embajador, donde estaba Ángela. Aquello no le gustaba nada, le había encontrado al tipo más buscado por la policía internacional y su compañero Pablo sacó billetes de avión para expatriarlo cuanto antes. Pero Ángela parecía tener otros planes. No sabía qué más decirle a su mujer, sólo podía hacer una cosa y era buscar un abogado por si Ángela le dejaba en manos de la justicia. Pero por lo que sabía, no tenía intención de eso, si no cooperaba con lo que quiera que ella deseaba, le mataría. Además no dudaría en hacerlo.

                Pero las cosas estaban así desde su punto de vista y era lo que podía contar, "le trasladarían esa misma noche".

                Entró en el despacho y se encontró a Ángela sentada encima de la mesa rectangular, con las piernas cruzadas y haciendo carantoñas al embajador.

                — ¿Interrumpo algo?

                — Sí, pero pasa, ¿qué ocurre?

                El hombre la miraba avergonzado. Era bastante atractivo aunque pasaba con amplitud el medio siglo de vida. Sin embargo conocía muy bien el juego de Ángela, coqueteaba con todo el mundo incluso cuando estaba a punto de matarlo. Fernando, que así se llamaba el embajador, se quedó pálido al presentarse Ángela ante él y le dijo quién era.

                — ¿Podemos hablar?

                Su amiga la miró enojada.

                — ¿De qué se trata?

                — No creo que debamos tener público.

                — Recuerda lo que te he dicho — añadió melosa, terminando la conversación con ese hombre— te conviene mantenerme contenta.

                De un salto caminó hacia la puerta sin mirarla.

                — Espero que sea importante.

                Una vez fuera, a salvo de oídos de terceros, Lara se sinceró.

                — No sé lo que tramas con nuestro prisionero, pero creo que merezco que cuentes conmigo para saber a qué atenerme. Estoy cansada de jugar a dos bandas.

                — ¿Qué quieres saber?

                — Su mujer quiere verle. Y no sé qué decirle.

                — No puede ver a nadie.

                — ¿Por qué?

                — Tiene que pensar en el trato que le he ofrecido.

                — Si lo quieres en nuestro equipo te recomiendo que la dejes entrar. Debe creer que vas a respetar tu palabra.

                — ¿Tú no lo crees?

                Lara se quedó pensativa, se dio cuenta de que si lo negaba le estaría dando una pista de su propia inseguridad.

                — La cuestión es lo que él crea. ¿Qué puede pasar si se ven?

                — He dicho que no ¿Queda alguna duda al respecto?

                Ángela borró su sonrisa, signo de que su paciencia en ese tema se estaba agotando.

                — No, se lo diré a su mujer.

                Se dio media vuelta comprendiendo que nunca tendría valor para enfrentarse a ella. La idea de que pudiera matarla con un simple chasquido de dedos la aterraba.

 

 

 

 

                Antonio estaba sentado en el suelo mientras ataba cabos. Génesis dejó de hablarle cuando quiso advertirle de algo. Debió ver ese momento y vio el peligro que corría si seguía hablando con él.

                No podía reprocharle que lo abandonara. Puede que se mereciera morir por las veces que fue el causante de las desgracias de otras personas tan importantes para él.

                "Sé que puedes oírme. No te preocupes, no pienso entregarte."

                Rió de mala gana al darse cuenta de lo prepotente que sonaba eso. Como si él pudiera llegar a ella... Cuando nadie la amenazaba no quiso verle. Acudió aquella otra vez porque ella misma estaba interesada en ese encuentro... Sólo tenía una posibilidad y era que se repitiera su interés.

                "Lo que es seguro es que aunque te entregara como pide, ésta tía no me dejará escapar con vida."

 

 

 

                Yuvén jugaba con la cartera entre las manos cuando la mujer policía les dijo que no podían ver a Antonio. De nada le había servido su ayuda, ahora le encerrarían de por vida y se sentía culpable. Aunque no sabía que era un asesino prófugo. Era consciente de que huía de la poli, pero no le contó el motivo.

                Brigitte lloraba con impotencia ya sin saber qué hacer o a quién acudir. Cuando le ofrecía su hombro para desahogarse ella le empujaba furiosa. La pobre ya no sabía cómo desahogarse.

                ¿Y si llamaba a ese teléfono? Si era Génesis pudo poner ese mensaje para despistar a sus enemigos:  "Si necesitas compañía y te sientes solo, llámame". Seguro que se refería a momentos así. Si era ella quizás le ayudara a liberar a Antonio.

                — Tengo que llamar —decidió finalmente.

                Brigitte asintió sin decir nada.

                Se alejó de allí y sacó el móvil. Tuvo que activar las llamadas internacionales, aun sabiendo lo caras que eran.

                Seleccionó su número (que ya tenía guardado y memorizado en su tarjeta SIM). Pulsó el botón verde de llamada y escuchó los tonos al ritmo de su respiración.

                — Eclipse dos, dígame —respondió un hombre de voz tosca.

               Emm, puedo hablar con... Génesis.

                — ¿Con quién? No tengo ninguna chica con ese nombre.

                — Vale gracias.

                Cortó avergonzado. Aquello sonaba a un puticlub, no la encontraría allí. Era lógico, ¿cómo iba anunciarse de esa manera? Se sintió ridículo por pensarlo.

                — ¿A quién llamabas? —Brigitte estaba detrás de él.

                — A nadie...

                Al mirarla entendió que no era una pregunta de curiosidad sino de acusación.

                — Espera, no es lo que estás pensando, yo no tengo nada que ver con esto.

                — ¿Ah no?

                Maldita sea, no podía decirle que llamaba a una amiga y el número que creía tener era de un puticlub. Ni que esperaba que si hubiera sido ella les habría ayudado con sus superpoderes, igual que Catwoman o alguien similar.

                — Como me entere de que le han cogido por tu culpa...

                — Te lo juro, no fui yo. Esperaba que ella nos pudiera ayudar, eso es todo.

                — ¿La chica que te gusta?

                La mirada de la mujer se enterneció.

                — ¿No te lo ha cogido?

                — No... Creo que me dio mal el número.

               Ahh.

                Brigitte miró al suelo, regresando a sus propios problemas.

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Elmo (domingo, 01 junio 2014 20:59)

    Continuación

  • #6

    Alfonso (sábado, 31 mayo 2014 23:39)

    Todavía no aparecen Génesis o Verónica. Pienso que Antonio recibirá alguna ayuda sobrenatural en el siguiente capítulo. Ojalá la próxima semana tengamos la continuación.

  • #5

    yenny (miércoles, 28 mayo 2014 17:11)

    ¿Ahora que hará Antonio? No creo que traicione a Génesis pero está en un buen problema.
    Jaime creo que deberías leer del principio esta historia otra vez, no recuerdo en que parte se menciona el anuncio y dice que Yuvén lo guarda porque la foto le recordaba mucho a ella aunque no creía que era ella.
    Siguiente parte pronto por favor.

  • #4

    Jaime (lunes, 26 mayo 2014 23:50)

    Gracias por la contestación, Tony. Creo que ya voy atando cabos en la historia. Tal vez si describieses brevemente cómo Yuvén encontró el recorte en un periódico y por qué le llamó la atención se entendería mejor esta parte, ya que parece que el número salió de la nada, de ahí la confusión. Por cierto, el anuncio "Si necesitas compañía y te sientes solo, llámame" no fue obviamente escrito por Génesis. Yuvén saca conclusiones peores que las de un crío de diez años.

    Tony, creo que haces un buen trabajo con tus historias y deberías de promocionar tu trabajo en alguna editorial pequeña. Pensar que hay infinidad de bodrios exitosos como la «saga de Crepúsculo» con una difusión impactante. Por ejemplo, podrías comenzar al menos en un mercado pequeño, digamos publicando regularmente en un periódico o revista local.

  • #3

    Tony (lunes, 26 mayo 2014 04:55)

    Todos esos años Pablo nunca supo que Avelino era Antonio Jurado. Lara tenía toda la información que Alastor (Ángela) le dio y la utilizó para encontrarlo, ya que Ángela tampoco sabía su nueva identidad (y que no se dice en este relato de forma directa).
    La única forma de identificarlo era obligándolo a presentarse para reactivar sus cuentas.
    Pablo no podía hacerlo antes porque no sabía que tuviera cuentas allí no con qué nombre. Era una de las bazas con las que Alastor lo tuvo coaccionado durante años.
    En cuanto a Yuvén, no se menciona nada del recorte hasta ahora ya que como cuento en este capítulo fue un día de trabajo cualquiera en el metro, leyendo el periódico, cuando lo encontró.
    No puedo decir más pero se nota que estás al tanto de todo Jaime. Quizás debería haber explicado mejor todo esto en el capítulo en lugar de esperar que el lector lo entienda atando cabos.
    Gracias Jaime, intentaré dar más información en adelante.

  • #2

    Jaime (lunes, 26 mayo 2014 01:07)

    Después de leer este fragmento de la historia, me quedó la sensación de que Antonio fue apresado muy fácilmente. Realmente su aprehensión se debió a que la policía sabía que Antonio tenía que reactivar sus cuentas en Zúrich, y aprovecharon para cogerle. Pablo Jurado podría haber cancelado las cuentas bancarias de Antonio hace mucho tiempo, ¿por qué hasta ahora?

    Por otra parte, no recuerdo haber leído que alguien le haya dado algún número telefónico a Yuvén ni por qué. Si alguien me refresca la memoria de cuándo pasó esto se los agradeceré.

    Presiento que en la próxima parte Génesis o Verónica saldrán a escena para ayudar a Antonio.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 25 mayo 2014 18:02)

    Puedes comentar aquí lo que quieras.

Animal es el que abandona a su mascota.

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