El misterio del vagabundo

5ª parte

 

            Katie eligió el teléfono de Andrea y al tomar la decisión supo que ella merecía la muerte por tener demasiada suerte en la vida. Ni siquiera necesitaba el trabajo ya que su marido era un abogado de éxito y no le ponía pasión a su profesión periodística. La habían elegido por ser una manipuladora, por sonreír más al jefe, por aprovecharse de su suerte. Pero ella la pondría a prueba una vez más.

            — Hola Andrea —saludó al escuchar su voz—, felicidades por el trabajo, de verdad que me alegro.

            — Gracias —respondió —, creí que te lo podías haber tomado mal. Como siempre decías cuánto lo necesitabas...

            — Qué tontería, eres la única por la que me podría alegrar, te lo mereces.

           Oh, te quiero Katy.

            — ¿No piensas invitarme a tomar algo? Hay que celebrarlo.

           Oh, no puedo —replicó con tristeza—. Lo estoy celebrando con mi marido, sabes, me ha llevado a un restaurante hindú. Pero mañana si quieres...

            — No puedo — Katie se puso nerviosa y miró a Vicente. Éste la miraba con juguetona curiosidad. El muy cerdo disfrutaba como un niño de su juego macabro—. Mi vuelo de regreso sale mañana.

           Oh, qué pena —no parecía dispuesta a cambiar de planes.

            — Que te vaya bien —le deseó—, te dejo que cenes.

            El mendigo la miró extrañado cuando cortó la llamada y ella se quedó mirando al vacío.

            — No pienso ser cómplice de su muerte, no tengo ningún derecho de arruinar la vida de nadie.

            — Como quieras, lo siento mucho por ti.

            — Eres un asesino, no existe tal parca, está todo en tu cabeza y lo sabes perfectamente. Puede que me mates pero estaré esperando el día que mueras para verte pagar tus crímenes en el infierno.

            Vicente borró su sonrisa conciliadora y se puso en pie. Apuntó a su cabeza nerviosamente y jugó a que disparaba e imitaba el sonido del disparo con la boca.

            — Si te hubiera mentido,  ¿que crees que me detendría para matarte ahora?

            Katie no supo qué contestar.

            — ¿Sabes a dónde ha podido ir tu amiga? —preguntó.

            — Olvídate de ella, no pienso llevarte.

            — Entonces lo sabes... Eres una zorra, aun piensas en ello. Vamos dime dónde es...

            Katie se puso en pie nerviosa y Vicente  sonrió mostrando su dentadura, con cara de niño travieso. Jugó con la pistola haciendo círculos mientras hablaba.

            — Todo el mundo debería tener la oportunidad de luchar para salvarse. No me importa, llévame y yo me encargo.

            Katie se quedó mirando a los ojos al vagabundo y supo que tenía razón, debía luchar.

            Aprovechando que Vicente no la apuntaba directamente se abalanzó sobre él y le quitó la pistola con más facilidad de la que esperaba. Cuando la vio en su mano y Vicente alargó el brazo para quitársela de nuevo, ella le disparó tres balazos en el pecho. Mientras sus manos perdían fuerza y su mirada se apagaba Katie se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Él tenía razón, debía luchar por su vida. Y aunque fuera mentira que viera a la muerte, esa noche Vicente la encontró por tratar de burlarla.

 

            Limpió la pistola y, con mucha sangre fría, dejó el arma a su lado. Se aseguró de que no quedaba nada por allí de ella y se marchó con las piernas temblorosas. No era una asesina, había logrado escapar de un loco peligroso que habría matado cada año a una víctima al azar. Pero temía a la justicia y no quería que se pudieran encontrar pruebas que la inculparan.

            Cuando llegó a la avenida por la que vino sacó el teléfono móvil del bolso. Buscó a James y le llamó.

 

            Después de tres interminables tonos escuchó su voz preocupada.

            — ¡Katie! ¿Te encuentras bien?

            — Sí, he conseguido escapar...

            — ¿Dónde estás? —inquirió.

            — En la 102 con Addison Ave, tengo miedo.

            — Estaré allí en un minuto, tranquila.

            — El vagabundo...

            — Si te persigue busca a un policía.

            — Ha muerto —aclaró ella, incapaz de seguir ocultándolo.

           Buf, menos mal. Ya te veo.

            Justo delante le vio aparecer por la esquina de la calle y fue corriendo a su encuentro.

            Se abrazaron y al sentirse a salvo Katie rompió a llorar por la desesperación y frustración que había sentido esa noche.

            — ¿Qué pasó? —quiso saber él.

            — Me iba a matar como ya ha matado a decenas de personas... Aproveché un descuido y le quité la pistola, pero... Me la quiso quitar y le disparé hasta que no se movió más. He matado a un hombre, James... Soy una asesina.

            — Matar para defender tu vida no es delito, Katie. Tu conciencia debería estar tranquila.

            — Pues no lo está —gimoteó llorando sobre su hombro.

            —Voy a llamar a la policía, tengo que decirles que te he encontrado y estás bien. Aunque solo te busca un coche patrulla.

            — ¿Crees que me meteré en un lío? Acuérdate que escribí un artículo en el que anunciaba su muerte. Una parca que era mujer, como yo.

            — He visto cómo te secuestraba, nadie va a acusarte de nada.

            La chica permitió que llamara al 091 y mientras hablaba con ellos se dejó caer en la acera y sentada comenzó a darse cuenta de lo cerca que había estado de morir. Y no solo eso, también que Vicente tenía razón, al final fue capaz de matar con tal se salvarse ella misma.

            De pronto se sintió más fuerte y se le pasó el temblor. No era una chica tan indefensa al fin y al cabo.

 

            Mientras veía a James hablar, paseando por la acera, vio que al otro lado de la carretera una mujer vestida de negro la miraba inmóvil. Su pelo era liso y ocultaba su cara a modo de capucha. Su ropa era como un vertido de fiesta que la cubría de los tobillos hasta el escote, que dejaba ver su pálida piel.

            Se puso en pie para verla mejor pero en cuanto pestañeó desapareció como una alucinación.

            — ¿Estás bien? —inquirió James.

            — Juraría que la muerte ha venido para darme las gracias por acabar con el mendigo que la esquivaba.

            — ¿Cómo?

            — Eso o que ha venido a buscarme a mí —dedujo para sí misma.

            — Necesitas descansar —opinó James—. Ven a mi casa, está a diez minutos andando.

            — ¿Y la poli?

            — Ni siquiera te estaban buscando, los muy canallas no dan por desaparecida a una persona hasta que desaparece dos días.

            — Estará bien ver el agujero donde vives.

 

 

 

            Aquella noche la pasaron juntos y amanecieron desnudos y abrazados en la habitación de James. Les despertó un teléfono madrugador, el del chico, que sonó con insistencia a las ocho de la mañana.

            Cuando despertó a Katie le dijo que habían encontrado el cuerpo del vagabundo y que tenían que hacerles unas preguntas.

            — ¿Les dijiste mi nombre?

            — No tienes nada que ocultar, te defendiste.

            — Ellos no van a pensar lo mismo. Le pegué tres tiros.

            — Lo entenderán, estabas aterrada. Además si no te presentas será peor, entonces sí parecerá que estás ocultando algo.

            Entró en razón y se presentaron en la comisaría que le indicaron. Les hicieron esperar una hora junto a otros delincuentes esposados y finalmente les atendió un inspector de unos treinta años que parecía bastante hosco.

            — Por favor, su documentación.

            — Aquí tiene —ofreció James, servicial.

            Ella le imitó sacando la cartera de su bolso. El policía anotó sus nombres en un formulario impreso y luego les dedicó toda su atención.

            — Tenemos un cadáver acribillado en una vieja tienda y ustedes son las únicas pistas que tengo. Por favor no me digan que ha sido un mal entendido.

            — No, todo fue mi culpa —reconoció Katie, con lágrimas en los ojos—. Ayer por la mañana me pidieron en el trabajo una historia y se me ocurrió que un hombre de la calle podía tener la más interesante posible.

            Le contó lo sucedido con todo lujo de detalles, desde sus visiones la parca hasta su secuestro a última hora para matarla. Ni siquiera omitió la parte en la que le dio la oportunidad de salvarse si llamaba a alguien y se presentara en su lugar. Lo que sí evitó fue mencionar que cedió a la presión y llamó a Andrea.

            — De modo que fue en defensa propia —dedujo el inspector—. Valoro la sinceridad de las personas pero es el juez quien decide la inocencia.

            — Le juro que todo lo que ha dicho es cierto —apoyó James.

            — Mi trabajo no es creer a los sospechosos sino hacer el maldito informe para el fiscal.

            — ¿Podemos irnos? —Preguntó Katie.

            — ¿Sospechosos? —se ofendió el chico—. Yo ni siquiera estaba allí.

            — No es el primer vagabundo que aparece muerto por motivos xenófobos o por que hay quien les considera un desecho de la sociedad. Os recomiendo que no salgáis de la ciudad, no mientras se os requiera para la vista oral.

            — Pero debo irme —replicó—. Me he quedado sin trabajo y necesito regresar con mis padres.

            — Si sale del estado será considerada prófuga de la justicia.

            — Puedes quedarte en mi casa —ofreció James.

            — Gracias, no tengo otro sitio donde ir.

 

 

 

 

 

 

            La vista oral no fue hasta pasados tres meses. Katie había trabajado de camarera y James repartió pizzas para pagar el alquiler. Al principio se quedaron juntos por obligación pero después de acostarse a diario formalizaron su relación. Andrea invitó a cenar a todos sus compañeros de beca y Katie se arrepintió de haberla llamado. A ella le habría encantado que todos se alegraran si la fortuna la hubiera señalado como a su amiga.

 

            El juicio se prolongó casi un año y finalmente fue declarada culpable de homicidio con atenuante de defensa propia. No hubo cargos ni pena y quedó en libertad. Al fin podía regresar a casa de sus padres. Como había logrado cierta estabilidad con James, esa posibilidad ya no era una urgencia.

            Pero una noche fría, cuando había pasado justo un año después de la muerte de Vicente, regresando a casa del trabajo sintió que alguien la seguía. Vio claramente una sombra que iba a su lado, como si quien la seguía estuviera dos pasos por detrás. Se volvió y no había nadie. Cuando llegó a la casa de James vio la sombra justo a su espalda y esta vez entró precipitadamente cerrando de un portazo.

            Llegó tan asustada que no quiso ni mirar por la mirilla. Entonces recordó el secreto del mendigo al que mató. La muerte le acechaba una vez al año y sólo conseguía librarse de ella matando a alguien.

            — No puede ser —susurró—. Era él quién debía morir.

            Se escuchó un arañazo estridentemente en la puerta y se le puso la piel de gallina. Las palabras de Vicente se abrieron paso en su mente: La muerte era una mujer. Entonces entendió lo que nunca dijo, que se trataba de su esposa a la que él mató para esquivar su cita con el más allá la primera vez. La misma que vio ella cuando le mató.

            Con las manos temblorosas se asomó a la mirilla temiendo volver a encontrarla.

            — Vicente... —susurró al verle en pie frente a la puerta, mirándola fijamente.

            Se alejó dando dos pasos atrás. La figura oscura atravesó el umbral de su casa cruzando a través de la madera mientras susurraba: Ha llegado tu hora.

            Katie corrió a la cocina, cogió un cuchillo de cocina y se asomó al dormitorio donde estaba James, sólo había una manera de acabar con eso.

            Se sentó a su lado y le movió por el hombro para despertarle antes de hacerlo. Necesitaba despedirse.

            Vicente la miraba desde el umbral de la puerta con una sonrisa sardónica.

           Todos son capaces de matar cuando ven a la muerte mirarles a los ojos.

            James despertó y se la quedó mirando extrañado.

            — ¿Te ocurre algo?

            — Tengo que hacerlo —respondió mostrando el cuchillo y llorando desesperada—, no hay otro modo de acabar con esta pesadilla.

            Dicho eso elevó el acero y se cortó el cuello ella misma provocando una cascada de sangre sobre el confundido James.

            — ¡Noooo! —fue lo último que escuchó, al unísono entre el grito desesperado de Vicente y el desgarrado y dolido de James.

            Cayó sobre la cama con una expresión de paz por saber que con su muerte la parca ya no obligaría a nadie más a volver a asesinar.

 

 

 

 

 

FIN

Comentarios: 6
  • #6

    CECILIA (miércoles, 26 febrero 2014 20:53)

    apenas la pude leer, pero nuevamente te felicito Tony!!! no pude despegarme del montior hasta terminar de leerla...
    saludos y que tengas un excelente día. :)

  • #5

    Tony (sábado, 24 noviembre 2012 10:08)

    Gracias por tu felicitación Yenny. Yo también quisiera escribir más pero bueno, así cuando escribo lo hago con más ganas y el resultado merece la pena. Y no solo eso, encuentro más ideas por el camino y con ellas mejoran los trasfondos de los relatos que escribo.

  • #4

    carla (viernes, 23 noviembre 2012 06:13)

    O.O

  • #3

    Yenny (viernes, 23 noviembre 2012 04:32)

    Un final inesperado, pero bueno espero que puedas escribir mas seguido se extraña mucho tener historias que leer casi a diario.
    Pd. Felicidades por el matrimonio los mejores deseos para esta nueva etapa.

  • #2

    Jaime (jueves, 22 noviembre 2012 21:45)

    No es la mejor de tus historias, pero me ha gustado mucho. Espero que tengas más tiempo de escribir seguido.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 22 noviembre 2012 13:59)

    Lamento la tardanza y la ligera desviación con respecto al resultado de las votaciones. Pero tenéis que admitir que si me hubiera ceñido a lo que pedísteis, no tendría ningún interés.
    Ya es hora de que puntuéis el resultado.

Animal es el que abandona a su mascota.

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