El ojo misterioso

10ª parte

 

            Los soldados franceses comenzaron a trepar al techo y notaron como la estructura entera sufría por el peso del militar francés que ni siquiera se quitó la mochila para subir. Luis se asomó y le vio hacer equilibrios entre los cables mientras comentaba cosas en francés.

            Inexplicablemente la estructura dañada resistió y continuó avanzando con el fusil de asalto colgado del hombro.

            Luis se puso en pie y esperó a que se acercara. Mientras tanto otro soldado subía tras el primero, que ya estaba tan cerca que le escuchaba respirar agitadamente como un caballo.

            Se escuchó un gran estrépito cuando los dos cables decían basta. El falso techo del baño de los chicos se vino abajo y escucharon los gemidos de dolor e incertidumbre de los que recibieron el peso de los hierros y el cuerpo del soldado que estaba trepando.

            Luis aprovechó la distracción del que aun estaba arriba y salió de su escondite agarrando su arma.

           Arrebuar —se burló mientras le empujaba con el pie en el pecho y el soldado perdió el equilibrio cayendo de espaldas sobre un panel de corcho.

            Se hundió como si le engullera el agua de una piscina. Luis tuvo la habilidad de cogerle  el fusil y sacárselo por el hombro antes de caer.

            — ¿Qué demonios haces? —le regañó María—. Ahora nos dispararán sin preguntar.

            — Prefiero que disparen y pueda responder a su fuego a que disparen como a un condenado a muerte.

            — ¿Y ahora qué, Rambo?, estamos encerrados aquí.

            — Por eso tenemos que salir ya —replicó—. Antes de que esto se llene de soldados.

            María le miró aterrada.

            — ¿Por donde?

            — Vamos levanta, no sé por donde pero no podemos quedarnos aquí, vamos hacia los siguientes baños.

            Ella obedeció asustada sin protestar. Avanzaron por la estructura mientras las voces de los soldados se silenciaban ante el grito de alguien con autoridad.

            — Tenemos tiempo hasta que se organicen mejor —susurró para si mismo Luis.

            — ¿Qué has dicho?

            — Que tendremos algo de tiempo antes de que se organicen.

            — ¿Tiempo para qué?

            — Para huir del aeropuerto.

            Avanzaron sin cuidarse de hacer ruido en el techo, al fin y al cabo ya sabían que estaban ahí, y llegaron a un recodo donde solo podían continuar por un pasillo entre enormes conductos de aire acondicionado.

            — Pasa, rápido, voy a ganar algo de tiempo —Luis apuntó a los anclajes de los soportes y abrió fuego, arrancándolos dos de ellos. La estructura que servía de paso se tambaleó y Luis sonrió satisfecho, si alguien ponía el pie en esos hierros daría con los huesos en el suelo. Además cortaría el paso a los que vinieran detrás.

            Continuaron mientras levantaban los paneles buscando un lugar seguro para bajar.

            Cuando al fin encontraron otro aseo se llevaron la sorpresa de encontrar a un militar sentado en el váter.

            — Quieto, no te muevas —amenazó Luis desde arriba.

 

 

 

            Dejaron atado al soldado en el mismo retrete y le quitaron el uniforme para que, según la idea de María, no tuviera prisa por salir a buscar ayuda si lograba soltarse. Él se puso el pantalón del soldado en la cintura y ella la chaqueta.

            Corrieron por el pasillo y en el exterior había dos soldados que miraban hasta debajo de los bancos de la terminal. Era un enorme hall donde podían ser vistos prácticamente desde las escaleras mecánicas.

            — Mierda no podemos salir —se quejó Luis en un susurro.

            — Y a dónde pensabas ir —inquirió ella, poco conforme con esa idea.

            — Fíjate —señaló Luis—. Allí hay otra puerta de embarque, solo tenemos que cruzarla y saltar a la pista de aterrizaje.

            — ¿Y luego qué?

            — Pues correr y rezar porque no tenemos otra salida.

            — Yo creo que es mejor salir por las ventanas de nuestro refugio, solo tenían un par de postigos y...

            — ¿Quieres que subamos otra vez ahí arriba? Ya estamos aquí.

            — Nos dispararán en cuanto salgamos a la vista y no sabemos si es necesaria una llave para abrir la puerta de embarque. Y apostaría que así es.

            Luis tragó saliva. Ella tenía razón, si había una forma peor de morir que siendo devorado vivo, era morir como un estúpido. Se imaginó corriendo hasta la puerta y encontrándola cerrada. La siguiente imagen era que morían acribillados.

            — Tienes razón, no hay alternativa.

            Dieron media vuelta y subieron al falso techo con la esperanza de que aun no estuviera plagado de soldados. María no tuvo tantas dificultades en subir, se estaba convirtiendo en una experta.

            Lo único malo era que tenían que pasar por el estrechamiento y Luis había disparado al hormigón que sujetaba los cables de ese soporte.

            — Mala idea, saldremos por otra tienda —sugirió viéndose a si mismo caer en su propia trampa.

            Bajo el primer soporte que encontraron había un comercio de juguetes, libros y recuerdos. Por desgracia no tenía ventanas.

            Avanzaron un poco más y vieron un restaurante. Este sí tenía grandes ventanales con unas preciosas vistas al mar.

            — Aquí, deprisa —urgió Luis.

            Ayudó a María a bajar sobre una mesa y luego fue él. Mientras bajaba ella se peleó con los postigos de una ventana y no fue capaz de moverlos.

            — ¿Cómo se abre esto? —protestaba ella.

            — Déjame probar.

            Luis se encontró una extraña palanca con una cerradura que estaba echada. No se veia modo de mover eso y palpó con los dedos el mecanismo a ver si se movía.

            — Vamos, ya están subiendo —metió prisa María.

            Prueba de ello era que el techo se empezó a tambalear.

            — Esto no tiene que ser tan difícil —se animó a si mismo.

            Su dedo pasó por una zona que cedió a su paso y comprendió cómo abrirlo.

            — ¡Ya está! —exclamó orgulloso.

            — ¿Ya está abierta? Por fin...

            — No, no, ya entiendo cómo funciona.

            — ¿Que? Eres tonto, ¡Date prisa!

            Luis hundió ese mecanismo con el dedo y luego tiró hacia arriba. Pero llevaba tanto tiempo si abrirse que no se movió ni un milímetro.

            — Maldita sea, está enganchado.

            Se escuchó un estrépito tremendo seguido de gritos y maldiciones con acento francés, el techo había caído y por el golpe sordo supieron que al menos habían caído dos soldados. Seguramente esos se habrían roto algún hueso y con suerte el resto tendría que ayudarles a salir de allí. Pero el techo siguió moviéndose y los ruidos de pisadas se acercaron incluso más allá de la trampa.

            — Mierda han encontrado un modo de seguir... — se desanimó Luis —. Alcánzame un tenedor de alguna mesa, hay que abrir esto como sea.

            Ella le alcanzó uno y Luis pudo presionar con más fuerza y con ese punto de anclaje pudo tirar hacia arriba con mucha más efectividad. Finalmente el cerrojo salió de su prisión. Solo faltaba el del otro lado. Afortunadamente éste tenía una palanca que hacía lo que él consiguió con el tenedor, al parecer el otro lado estaba roto y por eso era tan difícil sacarlo. Sin problemas subió el otro pestillo y al fin pudieron abrir la ventana.

            — Está muy alto, vamos te ayudaré a bajar.

            María se asomó y vio que, efectivamente había algo más de dos metros de altura y abajo había rocas marinas. Una mala caída y se romperían algo o incluso podían matarse.

            — Tú primero —pidió ella.

            — No, tú no podrás ayudarme a bajar. Yo te sujetaré por las manos y solo tendrás que caer un metro. Ya veré cómo me las apaño yo para bajar.

            Ella no estaba convencida en absoluto. Sin embargo no quería morir como si fuera una rata, bajo una lluvia de balas así que no protestó más y se dejó caer con los pies por delante mientras Luis la cogía fuertemente las muñecas. Con un gran esfuerzo de ambos, quedó suspendida a menos de un metro y Luis la soltó.

            María no tuvo problemas para llegar al suelo ya que cayó en una superficie plana. Luis se deslizó por la pared, sosteniéndose en el borde de la ventana y se dejó caer mientras miraba abajo. Sus pies no cayeron en terreno firme sino sobre una superficie resbaladiza que le hizo caer de rodillas. Por suerte María le sostuvo un poco y gracias a eso no terminó cayendo al pequeño barranco que había más abajo, con enormes olas golpeando las rocas.

            — Gracias —murmuró—. Ya estamos en paz, me has salvado la vida.

            — ¿Y ahora qué hacemos? —inquirió ella.

            — No lo sé, tendremos que... Buscar alguna lancha, robársela a esos soldados.

            — ¿Estás loco? Nos matarán...

            — ¿No has visto Star Wars? —preguntó él, sonriente.

            — No, ni pienso verla.

            — Bueno, en ella Luke y Han Solo se disfrazan de soldados imperiales para escapar de la Estrella de la muerte.

            — ¿En serio? —le miró escéptica pero luego cambió a una expresión pensativa—. Oh, no suena tan mal...

            — Solo necesitamos dos uniformes franceses —remató Luis.

            — Claro, podemos ir a la tienda de la esquina y comprarlos —se burló María.

            — Vamos, admite que mis ideas nos han mantenido vivos hasta ahora. Además… —se desató el pantalón y señaló la chaqueta de ella—. Ya tenemos uno. Déjame la chaqueta que me lo voy a poner.

            María no parecía  muy conforme con que fuera él pero no protestó porque no le hubiera quedado bien, seguro que era demasiado grande. Pero no le dio la razón.

            — Perdona pero si fuera por ti ya estaríamos hechos unos coladores ahí arriba, si es que llegamos a ir a esa puerta de embarque.

            — Bueno vale, tú también has contribuido, ¿podemos irnos y dejar de discutir?

            Ella aceptó, él terminó de vestirse y tiró al mar su propia ropa después de sacar del bolsillo el móvil que había robado y algunas monedas. Bordearon el acantilado buscando el extremo de la terminal del aeropuerto. Por suerte la vegetación en esa zona era muy alta y pudieron avanzar entre cañas de bambú que superaban su estatura. El suelo era un entramado de raíces duras que les permitió moverse con facilidad hacia lo que ellos suponían que sería el campamento francés.

            Lo que no esperaban era encontrarse de lleno con un grupo de zombis que parecían caminar si rumbo fijo. Al verles aparecer entre los bambúes, éstos se lanzaron a por ellos con sus horribles manos por delante y buscando devorarles como leones a un antílope.

            El instinto de Luis le hizo disparar a los primeros, lo que sirvió para llamar la atención del resto. María le apoyó con su propio fusil de asalto pero estaba tan asustada que vació su cargador para aniquilar a un solo zombi y luego no supo qué hacer.

            — Vamos corre —apremió Luis, que se vio frustrado por que las balas parecían no hacer daño a esas cosas.

            — ¿Cómo pudieron detener a tantos zombis esos franceses? —protestó María.

            — Tenían bombas y mejores armas.

            Volvieron a internarse en la espesura de los bambúes y por suerte los zombis no eran tan rápidos cuando tenían que sortear tantos troncos. Corrieron con tantas ganas que terminaron apareciendo en la playa en cuestión de minutos.

            Lo que sus ojos contemplaron fue el paisaje más hermoso que habían visto en su vida. Una enorme playa de arenas finas y blancas invitaban a bañarse en un agua cristalina, azul como el cielo. A juzgar por la claridad del agua, no había profundidad hasta mucho más allá de la costa. Las pequeñas olas lamían la orilla con delicadeza y a su espalda solo había un muro de bambúes con algunas palmeras de más de cinco metros de alto.

            — Vaya, esto es precioso, no me importaría quedarme a vivir en un sitio así —se dejó embriagar Luis por la belleza de la naturaleza.

            — Si no fuera por los zombis y los soldados —reprochó María—. ¿A dónde vamos ahora?

            — Tenemos que... —Luis negó con la cabeza—. ¿Qué haces con el fusil? ¿No te quedaste sin munición?

            — Sí.

            — Déjalo ahí, nos va a retrasar.

            — Pero los soldados no saben que está descargado.

            Luis resopló, estaba demasiado agotado, demasiado nervioso como para pensar en que debían encontrar un modo de salir de esa isla y sus ideas se habían secado. No tenía ni idea de qué más hacer.

            — No puedo decidirlo yo todo —protestó—. ¿Tú qué harías?

            — Me escondería en un lugar seguro hasta que esos soldados no nos busquen más. No tiene sentido enfrentarnos a ellos.

            — ¿Qué lugar seguro? Aquí no hay lugares seguros.

            — No lo sé... Tengo miedo, estoy cansada de huir y... —María comenzó a llorar, desesperada.

            Luis se arrimó a ella y la abrazó para tratar de consolarla. Ella se abrazó a él y cayeron de rodillas en la arena mientras se desahogaban.

            Los zombis irrumpieron desde los bambúes, lo que les obligó a dejar de consolarse mutuamente. Luis cogió de la mano a María y tiró de ella en dirección contraria al acantilado del restaurante ya que por allí no habría salida. Aunque también sabían que en la dirección que habían tomado iban directos al campamento francés.

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    carla (sábado, 02 junio 2012 18:35)

    :D

  • #6

    x-zero (sábado, 02 junio 2012 17:58)

    continuaciooooooooooon! ;D

  • #5

    naruto7 (sábado, 02 junio 2012 03:09)

    por favor pon la continuación

  • #4

    Bellabel (viernes, 01 junio 2012 17:41)

    Quiero la continuación...

  • #3

    Huevo zen (viernes, 01 junio 2012 17:35)

    Por favor, poned la continuación.

  • #2

    yenny (viernes, 01 junio 2012 17:20)

    Continuacion por favor :)

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 01 junio 2012 13:35)

    Estamos en la recta final de la historia. No dejes de pedir la continuación para meterme prisa.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo