El ojo misterioso

11ª parte

 

            Durante unos segundos corrieron por salvar sus vidas, pero Luis sabía que iban directos a una muerte inmediata. Y más si aparecían en el campamento de los franceses seguidos por una horda de zombis...

            — Una horda... —pensó en voz alta—. Eso es, somos una horda de infectados.

            Miró atrás un momento y no vio a los torpes seguidores que se habían quedado atrás.

            — Espera María, cambio de planes.

            Se detuvo sin soltarla, obligándola a detenerse.

            — ¿Por qué te detienes?

            — Somos una horda... Eso es lo que seremos para ellos.

            — No te sigo —protestó María.

            — ¿Recuerdas que los zombis tienen muy mala memoria?

            — Sí.

            — Ahora los franceses se han dispersado, no esperan un ataque a lo bestia.

            — Se acercan, habla más deprisa.

            — Hay que rodear el campamento y disparar en el perímetro, eso atraerá a los zombis desde todas las direcciones —urgió.

            — ¿Estás loco? ¿Y qué haremos nosotros? Nos veremos atrapados entre dos frentes.

            — No ha problema — dijo sonriente—. Veremos la pelea desde la playita, tomando un buen baño.

            — No está mal... —María sonrió—. ¿Ves? Ahora sí estas pensando con acierto, vamos.

            — Hay rodear el campamento, por aquí.

            Siguieron corriendo directos hacia la playa de los franceses justo cuando vieron llegar a uno de los zombis. Debían seguirlos un centenar atraídos por los disparos en su corto enfrentamiento.

            La esperanza de que su plan era coherente les hizo correr con más energía y no tardaron en ver las tiendas de campaña de los soldados.

            — Aquí —señaló al cielo con su fusil de asalto y disparó una sola bala.

            El eco recorrió toda la isla y algunos soldados señalaron hacia ellos.

            — Corre, corre — urgió arrastrando por la mano a María que ya casi no podía con su alma.

            Bordearon el campamento internándose entre los bambúes y palmeras para no ser vistos y Luis volvió a abrir fuego hacia el cielo.

            Su jugada habría sido perfecta si los zombis siempre hubieran estado atrás, pero se toparon con uno que iba derecho a por ellos y tuvo que dispararle a bulto para que no le cayera encima.

            — Esto no está funcionando listillo —reprochó María cuando el zombi quedó atrás y se unieron a la fiesta varios más que les salieron al frente.

            Luis se detuvo un instante al constatar que ella estaba en lo cierto. Ningún zombi irrumpió en el campamento, todos les seguían a ellos por la espesura y por si fuera poco los soldados estaban empezando a disparar a los matorrales. Por suerte no veían su posición aunque había tantos zombis a su alrededor que parecía que la masa vegetal de la isla había cobrado vida.

            — Tenemos que seguir —bufó Luis indeciso—. Tenemos que bordearlo y seguir con el plan, aun no nos han visto.

            La lluvia de balas procedente del campamento militar no abatió a nadie, pero los zombis comenzaron a cambiar la dirección de sus zancadas y encararon a os franceses, que no esperaban un ataque tan disperso y numeroso.

            — Corre, ahora son ellos el blanco —gritó Luis triunfal—. Vamos, vamos.

            — No puedo más,... —balbuceó ella sin apenas voz—. Estoy muy cansada...

            — No puedo llevarte en brazos y aquí nos van a merendar los zombis.

            — Hago lo que puedo —decía ella mientras caminaba a duras penas tras él.

            Lograron continuar mientras el campamento se convertía en un campo de batalla. Pronto volvieron a escuchar las bombas y los disparos atronaron en toda la isla. Algunos zombis empezaban a cruzarse en su camino y pronto eran demasiados para esquivarlos.

            — No podemos continuar hay demasiados —dijo Luis, deteniéndose.

            María aprovechó su indecisión para coger aire y descansar mientras él miraba a todas direcciones.

            — Por aquí no veo a nadie —añadió tirando de ella hacia el interior de la isla, alejándose de la playa y los disparos.

            Los bambúes se acabaron antes de lo que pensaban y aparecieron en medio de una población donde salían zombis de cada casa. El clamor de la batalla era tan fuerte que sólo los que pasaban más cerca dudaban si atacarles a ellos a seguir al ruido de la lejanía.

            En el poblado durarían poco de modo que buscaron refugio en una de las casas más seguras que vieron, una que tenía jardín privado y hasta cámaras de seguridad. Ya saldrían cuando los zombis fueran aniquilados y las calles fueran transitables.

            Cerraron la puerta tras ellos y ambos cayeron al suelo rendidos por el cansancio. Mientras recuperaban el aliento se fijaron en el lugar donde estaban. Parecía una oficina militar donde había en el amplio pasillo una lujosa bandera americana con ribetes dorados y tela pesada.

            —La embajada americana —dedujo Luis.

            — Mientras no sea la francesa estamos bien —renegó María.

            Descansaron unos segundos y Luis se sintió con fuerzas para investigar aquella mansión. No creía que hubiera supervivientes pero sí era muy posible que hubiera algún zombi.

            — Mira esto —señalo María al ver un catálogo turístico en el suelo tal lleno de polvo que casi no podía leerse.

            — ¿Qué es? —Luis se acercó a ver.

            María se agachó a recogerlo con cierto asco, preguntándose si aquel papel medio podrido podía contestarles alguna pregunta. Lo sacudió para quitarle el polvo y lo leyó.

            — "Ven y disfruta del paraíso. Tenemos playa, tenemos Sol, tenemos los brazos abiertos, ven a Tupana y disfruta del paraíso.", está en inglés —aclaró ella.

            — Muy textual eso de los brazos abiertos, pero se olvidaron añadir que también con la boca abierta —se mofó Luis.

            — Me cuesta creer que esto fuera hace un tiempo un lugar para veranear —ignoró el chiste María.

            — Pues no se puede negar que es bonita, al menos debía serlo antes de que se llenara de zombis.

            — Fíjate, esto está hecho una pocilga —valoró ella mirando a su alrededor.

            — Deberíamos buscar un lugar donde escondernos y descansar —contestó él.

            — No perdamos tiempo.

            Se pusieron en pie y comenzaron a inspeccionar la casa desde la planta baja. Estaba llena de despachos y salas de espera donde encontraron restos humanos como huesos, calaveras, o restos putrefactos que aun apestaban. Las ventanas estaban destrozadas y la puerta ni siquiera existía. El edificio era prácticamente imposible de defender.

            Probaron suerte en la segunda planta y lo que vieron era igual de descorazonador. Parecía que ese lugar había sido arrasado por el pillaje repetido de los primeros supervivientes. No había nada útil que pudieran aprovechar.

            — Oh, cielos —dijo María al mirar por la ventana.

            Luis se acercó a mirar y vio que un grupo de soldados franceses entraba en la población, reforzados con una tanqueta que disparaba a los zombis que salían a su camino. Serían como cincuenta soldados y estaban armados hasta los dientes.

            — Mierda, y yo que pensaba que los zombis les mantendrían ocupados —renegó Luis.

            El sargento hizo unos gestos con la mano y los soldados se desplegaron en grupos de cinco que comenzaron a meterse en las casas. Uno de los grupos entró en la embajada mientras el resto se dispersaba por otras zonas.

            Corrieron a esconderse donde fuera posible, pero las puertas de las habitaciones habían sido quitadas y no quedaba nada de mobiliario. Entonces vieron un armario empotrado que ocupaba toda una pared. Tenía multitud de estantes, cajones y varias puertas blancas, como de plástico duro. Dos de ellas eran tan grandes que podían entrar dos personas. Sin pensarlo se metieron dentro y cerraron la puerta, esperando que los soldados pasaran de largo y no se les ocurriera mirar dentro.

            Cuando cerraron las puertas se encendió una lucecita del techo y el suelo cedió un centímetro, como si hubieran activado algo. 

            — ¿Qué diablos? —renegó María.

            — Parece que ya no se mueve, calla, que llegan.

            — Apaga esa luz, nos verán.

            — Está cerrado a cal y canto, además es de día, no se verá desde fuera. Silencio.

            Los soldados caminaron por el pasillo y uno de ellos se quedó en su habitación mirando el extraño armario. Ambos dejaron de respirar mientras rogaban a un Dios en el que no creían para que les ayudara en ese momento tan crítico.

             Regardez, voici quelques pistes —dijo, el soldado.

            El otro fue hacia él y ambos entraron.

            — Juste aller à la garde—robe —añadió el otro.

           Il ya quelqu'un dans.

            — Saben que estamos aquí —siseó María, temblando.

            Los soldados se acercaron a la puerta con suma lentitud, apuntando con sus armas y quedaron frente a ellos mientras hacían gestos para coordinarse y que uno abriera y el otro le cubriera.

            El primero cogió el pomo de la puerta y abrió de golpe.

            María cerró los ojos esperando su ejecución inmediata pero algo extraño había sucedido. Su puerta no se había movido.

           Ici on ne —escucharon la voz de uno de ellos.

            Sin decir nada más se marcharon y María y Luis pidieron respirar tranquilos.

            — ¿Qué dijeron? —se interesó Luis.

            — Nada, siguieron nuestras huellas en el polvo y al abrir dijeron que no había nadie, no tiene sentido.

            — No creía en milagros pero esto tiene toda la pinta de ser uno, voy a empezar a ser creyente.

            Intentaron abrir la puerta pero esta no se movió, parecía que se habían quedado encerrados.

            — Esto ya no parece tanto milagro —indicó ella.

            — Esto es increíble de todas las casas de la isla, de todos los armarios tuvimos que escoger este, ¿Qué clase de gente pone luces y trampas…

            — Te recuerdo que estamos en la  embajada americana —interrumpió ella.

            Palparon las paredes pero nada parecía moverse, estaban encerrados en una caja de hormigón. Hasta que miraron arriba y vieron un hueco en la parte izquierda.

            Luis palpó con el brazo y notó que había una corriente de aire en el hueco.

            — No puede ser que tengamos que salir por ahí.

            — ¿Qué?

            — Déjame ver si puedo entrar y llego a algún sitio.

            — Claro, todo tuyo, yo ahí no entro ni loca.

            — ¿Me ayudas?

            María colocó sus manos juntas y Luis se subió para meterse por el conducto.

            — Esto parece un conducto de aire acondicionado —dijo.

            — Mira a ver si puedes salir y me abres —pidió María.

            Luis trepó hasta que tuvo los dos pies metidos en el conducto. Reptó como pudo, avanzando centímetro a centímetro.

            — No sé si podré volver —se quejó.

            — ¿Qué ves?

            — Hay luces como si fuera lo más normal reptar por aquí. Esto es de lo más extraño, María.

            — ¿Con todas las cosas que hemos visto en esta isla crees que un túnel estrecho es raro?

            — Tienes que admitir que no es normal —protestó Luis—. ¡No me jodas!

            La voz de Luis cambió de tono repentinamente.

            — ¿Qué has visto? —se preocupó ella.

            — Esto sí que no es normal —su voz se escuchaba temblorosa.

            — ¿Quieres decir qué estás viendo?

            — Joder aquí se acaba el túnel. Hay un agujero tremendo aquí y las luces siguen  bajando hasta el puto infierno.

            — Tiene que haber una salida —insistió María.

            — Me estoy moviendo, esto se hunde —protestó él a voz en grito.

            El suelo sobre el que estaba había comenzado a descender aceleradamente como si fuera en caída libre y Luis se aferró al borde como si eso le pudiera salvar del impacto al llegar abajo. Sin embargo hubo un momento que la velocidad se mantuvo constante, aunque había tanta que las luces parecían una línea continua frente a él. Cuanto más bajaba más tenía la certeza de que nunca volvería a salir de ese agujero a menos que hubiera otra salida igual de extravagante.

 

 

Comentarios: 6
  • #6

    tonyjfc (jueves, 07 junio 2012 07:56)

    Pues sí, debe ser el único visitante que hay en la página desde Japón. Significa "Por favor, poner más".

  • #5

    x-zero. (jueves, 07 junio 2012 05:26)

    que onda con el comentario de abajo..

  • #4

    鋼の錬金術師 (miércoles, 06 junio 2012 18:22)

    続きを入れてください

  • #3

    carla (martes, 05 junio 2012 04:11)

    Aaaaaah!!! O.o lo dejaste en la mejor parte -_- malooooo D:
    Espero no tardes mucho para subir la continuacion, por favooooooor :D

  • #2

    Lyubasha (lunes, 04 junio 2012 12:30)

    Me encanta esta parte del relato, cada vez está más interesante. Un saludo.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 04 junio 2012 10:06)

    Puedes escribir aquí tus comentarios.

Antonio J. Fernández del Campo

Relatos olvidados

El mundo está lleno de misterios y secretos. Algunos tan grandes que necesitan ser silenciados (o puestos en duda a la luz pública) con el fin de no causar alarma social. ¿Podemos asegurar aquello que observamos? Incluso lo que nos cuentan lo dudamos. En definitiva, sólo creemos en algo si lo confirmamos con nuestros propios sentidos… Y a veces incluso dudamos de nosotros mismos. 

¿Cuántas cosas son reales de las que nos cuentan los periódicos? ¿Qué nos ocultan? La "verdad" es demasiado dura para que la sociedad la acepte. 

Ocurren sucesos dramáticos, impactantes, difíciles de creer y ya es hora de que alguien se atreva a contarlos.

 

Listado completo

1 - El ángel que desafió al Diablo

2 - No cuentes secretos ante un espejo

3 - Antonio Jurado: Detective paranormal

4 - El olor de la sangre

5 - Los misterios de Isis

6 - Los caminantes de ojos negros

7 - Sombras sin dueño

8 - Relatos olvidados y archivados

9 - Los grises

10- Tierra de dragones

11- Raíces en el infierno

12- La última guardia

 

La publicación los libros está pendiente de una última revisión. Los relatos ya estan escritos y estarán disponibles aproximadamente cada dos meses.

Estos relatos los escribes tú

Muchas gracias a todas las personas que me han confiado sus historias reales, con las cuales he podido construir algunos de estos relatos.

 

Si quieres contactar conmigo por email para que escriba un relato de algo que te ocurrió a ti, escríbeme a esta dirección:

 

 

tonyjfc@yahoo.es

¿Te gusta esta página?

Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página: <http://tonyjfc.jimdo.com/> en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Con el tiempo y los ánimos de sus lectores más fieles se decidió a publicar su primer libro. Cayó enfermo y el nuevo tiempo del que dispuso lo dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar una de sus obras de la serie “Relatos olvidados”. A sus cuarenta y cinco años decide hacer realidad su sueño al publicar “El ángel que desafió al Diablo”.
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo.

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo