El ojo misterioso

12º parte

               La voz de María se perdió en la lejanía y ya no podía entenderla cuando la plataforma se convertía en un disco y pudo levantarse mientras seguía descendiendo, pegada a la pared, sujeta por un anclaje de acero a una especie de polea silenciosa. Al ponerse en pie descubrió que había entrado por donde debía ser la salida. Era como una trampa ya que si alguien subía por ahí de pie, acabaría aplastado. Debía recordarlo si es que necesitaba volver a subir por ahí.

            En cualquier caso, el descenso continuó a velocidad estable, posiblemente a unos veinte kilómetros por hora y la estimación de la distancia que estaba recorriendo le hizo sentir un mareo. Se atrevió a asomarse y abajo seguían mostrándole el camino unas extrañas luces, como bombillas de tamaño de la cabeza del dedo meñique. Se preguntó cómo era posible que alguien estuviera tan loco como para construir eso tan lejos de la civilización. Aunque no tardó en darse cuenta de que eso siempre había estado ahí y que la única intervención del hombre había consistido en colocar el ascensor y las luces. El resto era una gruta natural. Una que misteriosamente no tenía agua dentro a pesar de descender en medio del océano pacífico.

            Después de unos cinco minutos de descenso la plataforma comenzó a frenar tan rápidamente como comenzó el descenso. Luis cayó de rodillas vencido por su propio peso hasta que la plataforma finalmente quedó detenida en medio de lo que parecía una ciudad subterránea totalmente iluminada. Sin embargo no se parecía a ninguna ciudad que hubiera conocido antes. La primera idea que le cruzó la mente fue la de una cultura alienígena viviendo al margen de la sociedad humana, pero en seguida se dio cuenta de que no era así. Aquella plataforma había sido creada para transportar a un humano a la superficie y para volver a bajarlo.

            Lo más sorprendente fue ver tantas luces. Las casas no eran como estaba acostumbrado a ver, allí las casas carecían de tejado. Eran como un panal de abejas. Las calles estaban desiertas y por algunas circulaba agua marina, la identificó fácilmente por su olor salado. Pero la sal podía ser la responsable de la creación de los muros de las casas ya que no parecían haberse puesto de forma ordenada. Tenía cierto sentido, podía ser que lo que había identificado como ciudad, en realidad era una formación natural provocada por varios flujos de agua marina que había ido socavando la roca y depositando sal a los lados durante miles de años.

            — ¿Qué lugar es este? —se preguntó.

            Bajó de la plataforma y en cuanto su peso liberó la plancha metálica, ésta volvió a subir como disparada hacia arriba.

            — Maldita sea, espero que no hayamos huido de Guatemala para entrar en Guatepeor.

            Siempre había querido decir esa frase y lamentó que el único testigo fuera él mismo, escuchando el eco lejano.

            A pesar de lo peligroso que parecía salir de aquel rellano artificial, se fijó en que las luces continuaban por el techo en una dirección que iluminaban tenuemente.

            — No tengo alternativa, aunque subiera no podríamos salir —susurró para si mismo—. Si pudiera volver claro.

            Siguió el angosto sendero de luz esquivando las bellas construcciones marítimas. Lo único que distinguía ese camino del resto era que allí había luz y no circulaba agua. Pensó en María, deseando que no se desesperara. Se preguntó si sería capaz de subir por si sola al conducto y en seguida se respondió a sí mismo que no, que se sentaría a esperar que él apareciera por la puerta… Aunque bien pensado, le había escuchado gritar como loco cuando la plataforma descendió y no había vuelto a tener noticias de él... Se regañó a sí mismo por intentar elucubrar qué haría ella cuando ni siquiera sabía lo que iba a hacer él y además no la conocía tanto como para predecir sus acciones.

            Interrumpió sus pensamientos cuando un tramo de las luces se interrumpió dejando a oscuras el camino y delante de él había un profundo charco de aguas negras. No tenía ni idea de la profundidad y no sabía si ahí había alguna clase de animal peligroso esperando que un incauto metiera el pie. Metió el izquierdo con precaución y tocó a escasos centímetros roca dura. Confiado dio otro paso más y su pie derecho de deslizó sobre el resbaladizo suelo haciéndole perder el equilibrio cayendo de espaldas al charco causando un gran chapoteo.

            Cuando se vio tumbado boca arriba metido en el agua, que no cubría más de medio metro en su punto más profundo, quiso reírse de si mismo aunque esta vez agradeció que María no hubiera sido testigo de su torpeza. Se habría puesto colorado como un tomate.

            Continuó avanzando por el lúgubre pasadizo y con cada paso se daba cuenta de que eso no había sido construido por el hombre sino por efecto de la erosión milenaria del agua. Alguien había descubierto esa gruta y la había aprovechado para crear su Batcueva particular. Además ese alguien había aprovechado para construirse una casita al otro extremo... Entonces recordó que la casa era la embajada americana, que eso no era el capricho de un rico. Habían metido demasiado dinero ahí como para ser una simple atracción turística de difícil acceso. Le costó trabajo imaginar a los científicos de pelo ensortijado y blanco subiendo a ese hueco del armario cada día. Aunque no era tan descabellado, al fin y al cabo tenían fama de locos. Pronto sabría con exactitud qué era ese lugar y si tendría algo que ver con la aparición de zombis en la isla. De momento no tenía por qué, aunque parecía obvio.

            Su paseo le llevó a una estructura construida por humanos. No humanos antiguos, humanos muy modernos porque era un edificio de hormigón con puerta metálica que, por suerte, se encontraba abierta ya que su cerradura exigía tarjeta para abrir. Al menos no pedía un escáner de retina, pensó intentando ser optimista.

            Había luz en su interior, luz de fluorescentes blancos que no tenía modo de saber cuánto tiempo llevaban encendidos. De lo que sí que no quería saber era del precio de la factura de la luz, si es que había estado encendida durante los años que parecía abandonado.

            Definitivamente aquello no era una base alenígena creada al margen de la sociedad, era un simple laboratorio científico americano. Los pasillos parecían de un hospital, las habitaciones tenían todas seguridad de tarjeta y la mayoría estaban cerradas. Habían numerado cada una con letras griegas y solo una de ellas estaba abierta, la delta. Entró en la habitación cuidadosamente, examinando las pistas que pudiera encontrar sobre lo que había ocurrido allí pero dentro no había nada y salió desanimado. Estaba seguro de que en ese complejo encontraría la causa de la infección que afectaba a todos los habitantes de la isla, ¿pero dónde?

            Continuó avanzando hacia la puerta de cristal que era el único sitio por donde podía continuar. Se asomó con cautela y descubrió en medio de la sala una estatua de color blanco de un científico, Richard Feynman según rezaba la inscripción, lo cual demostraba que aquello era un laboratorio. En el mismo cartel citaba la frase "En el fondo hay espacio de sobra". Si la infección salió de allí debía andar con cuidado, quizás debería ponerse una mascarilla para evitar respirar lo que quiera que fuese el agente patógeno.

            Desde esa sala salían unas escaleras ascendentes y otras descendentes. Como las que bajaban no tenían mucha luz no se atrevió a tomar ese camino. El silencio que allí reinaba unido al murmullo del agua circulando por la cueva no le tranquilizaba en absoluto.

            De pronto alguien le tocó en el hombro y pegó un grito histérico.

            — ¡Ah! —se apartó y apuntó con su arma. Al ver a María se tranquilizó y suspiró aliviado.

            — Menudo escondite hemos encontrado —opinó ella, silbando.

            — No te fíes, esto es un laboratorio. Bueno, es o era, no lo sé. Aún no he visto a nadie.

            — ¿Crees que la infección la causaron los americanos con sus experimentos? Normalmente explican así la aparición de zombis en las películas.

            — Tiene toda la pinta, ¿no crees?

            — Qué suerte que esté tan bien escondido, los franceses nunca lo encontrarán — dijo ella.

            Como si la hubieran escuchado, se oyeron voces con claro acento francés viniendo por el camino de la gruta.

            — ¿Qué? ¿Cómo se habrán enterado? —bufó Luis—. Bueno no es que sea muy difícil, si nos han seguido el rastro y se perdía en el armario.

            — Seis de junio de dos mil doce, un día como cualquier otro para morir —bromeó María, resignada.

            — No vamos a morir, tonta. Vamos arriba, seguro que podemos acabar con ellos desde las ventanas. No pueden venir muchos a la vez por esa plataforma. Como mucho serán dos o tres.

            — Y tú tienes un fusil y ellos dos o tres.

            — Tienes razón, tendremos que hacerles una emboscada. Sube tú y cuando me oigas amenazarles sales y les apuntas con tu arma. No tienen por qué saber que está descargada, veremos si funciona el truco.

            — ¿Estas seguro?

            —Vamos no hay tiempo que perder.

            Ella subió de dos en dos las escaleras sin saber exactamente que tenia que hacer cuando llegaran los soldados. Entró en el despacho que tenía ventana y se quedó petrificada por lo que vio allí.

           

 

 

            Luis salió del edificio y saltó uno de los muros de cristal salino que había junto a la puerta. Se agachó y esperó la llegada de los franceses. Los pasos llegaban muy deprisa y debían ser al menos tres soldados. Cuando llegaron a su posición salió de su escondite y les amenazó.

            — ¡Quietos cabrones! —rugió con todas sus fuerzas y apuntando a los tres nerviosamente con su fusil.

            Los soldados levantaron las manos y le miraron asustados.

            — Soltar las armas o abriré fuego —ordenó.

            Obedecieron y dejaron caer sus fusiles.

            — ¡Todas! —exclamó, al ver las granadas que llevaban en sus cinturones—. Con cuidado, no quiero sustos.

            — ¿Es usted el responsable de este complejo? —preguntó uno de ellos con marcado acento francés, pero muy buen castellano.

            — Retroceder, no me hagáis enfadar u os reviento.

            Los tres soldados dieron varios pasos atrás, dejando las armas a buena distancia. Luis saltó el muro de sal y recogió las bombas, se colgó al hombro los fusiles y miró un instante arriba.

            — Ya puedes bajar María —dijo.

            Pero en la ventana no vio a nadie.

            — ¿María?

            No hubo respuesta.

            — Maldita sea...

            — Venimos a negociar con usted —dijo el mismo soldado—. Hemos sabido de sus avances en ingeniería nanométrica y nos han enviado para sacarles de aquí y que nos muestren los resultados. Podrán continuar sus investigaciones en otro lugar más seguro. Aunque la isla está siendo descontaminada.

            — ¿Qué? —Luis estaba demasiado preocupado por María como para prestar atención a ese cerdo francés.

            — Estamos aquí para ayudarles. La isla está controlada, los infectados han sido erradicados casi por completo.

            — ¿Quién es usted? —le preguntó Luis, enojado.

            — Me llamo Raymond, sargento primero de las fuerzas armadas francesas.

            — Me refiero, quién te ha enviado —insistió Luis.

            — La armada francesa, por supuesto.

            — ¿Y qué sabe de mis experimentos? Se supone que nadie debería estar al tanto de ellos —improvisó.

            — Están trabajando desde hace dos años en un virus robótico. Nuestro país les ha contratado para confeccionar un arma microscópica basada en nanotecnología, capaz de infectar a una población y matar a los que considere blancos militares concretos. Supimos de la infección y mandaron tropas a recuperar los resultados de los cinco años de investigación.

            — ¿Supieron de la infección? Esos zombis son víctimas de un virus robótico —afirmó casi sin entender lo que decía.

            — ¿Zombis? —preguntó el soldado—. No son zombis, son infectados.

            — Son zombis, imbécil —puntualizó Luis—. Y si su afección surgió de estas instalaciones...

            Volvió a mirar hacia la ventana y María seguía sin estar ahí.

            — Ahora que sabe que venimos a ayudarle, ¿podemos bajar los brazos? —preguntó el francés.

            Luis dudó. Negó con la cabeza pero bajó el arma.

            — Por supuesto. Estoy harto de estar en esta maldita isla. Hay que subir, mi compañera está arriba y no sé qué le ha pasado.

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    carla (domingo, 10 junio 2012 01:57)

    :)

  • #6

    Jaime (viernes, 08 junio 2012 15:46)

    Poner más por favor.

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 07 junio 2012 23:26)

    Al final serán más partes de las que anuncié. Posiblemente alcance las 15 o puede que no. Tampoco quiero precipitarme contando demasiada información en poco espacio ni expandirme demasiado y llenar de paja el final.

  • #4

    yenny (jueves, 07 junio 2012 20:17)

    Esta en la mejor parte espero que este pronto la continuacion quiero saber de donde salio el virus y que paso con Maria.
    Saludos Tony cuidate....

  • #3

    x-zero (jueves, 07 junio 2012 05:39)

    muy buena cada ves mejor, esperando continuacion ;D

  • #2

    Lyubasha (miércoles, 06 junio 2012 13:56)

    ¡Qué capítulo tan interesante! Qué ganas tengo de leer el próximo para saber qué es lo que vio María y qué fue de ella.
    Un saludo.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 06 junio 2012 11:57)

    Comenta aquí tus impresiones o al menos tu prisa por leer la continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

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