El ojo misterioso

15ª parte

            — ¿Qué me ha inyectado?

            — Un modificador del FOXO3A. Bueno, nunca lo he probado en humanos pero los ratones en los que probamos fueron todo un éxito. Confía en mí.

            Ella sonrió asustada. ¿Lo había probado en ratones? Claro, ahora podía estar más tranquila. ¿Desde cuando ella parecía un ratón? Quería gritarle más, golpearle con fuerza, pero tenía más miedo a que se pusiera violento que al virus que llevaba dentro.

            — No pienso quedarme aquí toda mi vida para que compruebe si funciona. ¿Entiende eso?

            — No puedes salir —habló sin sentimientos—, no te dejaré marchar. ¿No quedó claro antes?

            Cualquier otra persona que le hubiera hablado de ese modo se habría ganado un sonoro bofetón pero ese hombre, al que ni siquiera había preguntado su nombre, la aterraba. Le había visto matar sin el menor remordimiento y ahora estaba demostrando que estaba totalmente loco.

            — Al menos entenderás que no es algo con lo que pueda estar conforme —trató de ocultar su pánico, aunque la voz le tembló.

            El científico se volvió hacia la puerta al escuchar una alarma.  La miró con desconfianza y luego salió.

            — Disculpa, tenemos invitados. Esos soldados no entienden cuando no son bien recibidos. Voy a tener que dejárselo claro.

            Salió y cerró la puerta tras él echando la llave desde fuera.

            — Un momento —suplicó ella—. ¿Cómo te llamas?

            Su raptor se quedó paralizado y al cabo de unos segundos respondió.

            — Ya tendremos tiempo para las presentaciones formales.

            Cuando escuchó que se marchaba, María se regañó a sí misma.

            — ¿Cómo te llamas? ¿Qué me importara a mí? Quiero salir de aquí, quiero volver a casa, Dios por favor —comenzó a sollozar—, sácame de este infierno.

            Se acurrucó en una esquina de la cama abrazada a sus rodillas y rompió a llorar desesperadamente.

 

 

            Los soldados iban vestidos de negro, como si eso fuera a suponer alguna diferencia. Los observó mientras se esperaban unos a otros a la entrada del complejo. Siempre había pensado que nunca encontrarían esa entrada, durante los más de quince años que llevaba trabajando allí, nadie había sospechado lo más mínimo. Era el escondite perfecto. Ahora estaba bajando un grupo de soldados cargados hasta los topes con armas, algunos con lanzallamas, con gafas de visión nocturna y mochilas con muchas más cosas que no podía ver.

            Cuando parecía que el grupo estaba completo avanzaron en hilera de a dos por el pasadizo, cubriendo todos los frentes, apuntando cada uno a un ángulo diferente.

            — No saldréis con vida de aquí —amenazó en un susurro que se escuchó como un eco por toda la gruta.

            Cayó como una sombra, dando un brinco de más de tres metros de alto y cayó en medio del grupo. Estrelló los cráneos de dos de los soldados y la sangre salpicó al resto, que no se atrevió a dispararle por miedo a dar a sus compañeros. Así pudo eliminar a cinco de ellos antes de que uno le golpeara con la culata de su fusil. Le clavó un cuchillo en el abdomen, pero éste apenas penetró en su piel endurecida.

            — ¡Abrir fuego! —ordenó el que debía estar al mando.

            Todos los demás cargaron sus armas y apretaron los gatillos provocando un estruendo ensordecedor que hizo temblar hasta los cimientos de la caverna. El científico saltó y se agazapó entre los muros de cristal. Los soldados se acribillaron entre ellos y solo quedaron en pie tres. Al verlos confundidos por lo que habían hecho, aprovechó para correr a por ellos pero uno de ellos reaccionó a tiempo para disparar un chorro de fuego que le envolvió por completo.

 

 

 

            María dio una patada a la puerta. Ésta parecía de madera hueca y debería poder abrirse con un poco de fuerza bruta. La primera no fue suficientemente fuerte, pero la segunda fue con todas sus fuerzas y el cerrojo saltó en pedazos.

            Suspiró aliviada ya que aún se escuchaban disparos a lo lejos, lo que significaba que el científico chiflado estaba jugando con los franceses. Fue directa a la habitación de Luis y cuando abrió la puerta se lo encontró en la cama, con la cara destrozada. Se había ensañado con él ese loco... Entonces vio los globos oculares fuera de su sitio por la brutal paliza.

            — El ojo misterioso —recordó ella.

            Luis aún debía tener el suyo, pensó en buscarlo entre sus restos, ya que ella había logrado sacarse el suyo mientras estaban en la terminal del aeropuerto y lo había pisado para asegurarse de que nadie podía ver lo que estaba pasando.

            Ahora quería que todo el mundo lo viera, que supieran dónde estaba. Pero era inútil buscar entre tanta carne... Y aunque lo encontrara, seguramente estaría roto.

            — Espero que al menos me estén escuchando — dijo, recordando que también tenían un implante auditivo —. Me llamo María y soy la última superviviente del programa "El ojo misterioso". Si alguien me escucha, por favor, sáquenme de este infierno. Les juro que no les denunciaré por haberme traído a esta pesadilla... Haré lo que me pidan.

            Estaba desesperada y no sabía qué otra cosa hacer, nunca imaginó que hablarles tuviera ningún resultado.

            — María — dijo una voz, como de auricular, en su oído izquierdo—. Nos alegramos de que estés aún con vida. No teníamos planeado que ocurriera todo lo que os ha pasado. Necesitamos que hagas algo en ese complejo donde estás. ¿Puedes moverte con libertad?

            — No por mucho tiempo, el responsable de todo esto habrá terminado ya con los soldados. Volverá... Y no piensa dejarme escapar. ¿Por qué no me han dicho nada antes? ¿Han visto todo lo que ha ocurrido?

            — ¿Qué pasó con tu "misterious eye"? Creíamos que estabas muerta.

            — ¿Mi qué?

            — Tu lentilla.

            — Me la quité hace tiempo, ¿qué querían que hiciera? Estaba asustada.

            — Está bien, intentaremos ayudarte de todos modos. Trata de localizar los cuadernos de notas de los profesionales que trabajaron allí.

            — ¿Para qué? ¿Qué pretenden hacer con eso?

            — Si quieres salir con vida de allí, debes hacernos caso. ¡De prisa!

            — ¿Me darán mi premio si lo consigo?

            Hubo un silencio en el auricular.

            — Te prometo que si sacas esos documentos de allí, serás asquerosamente rica.

            — Eso suena muy bien, pero no creo que consiga salir de aquí. Ese científico está loco y es muy peligroso, si me ve hurgando entre sus papeles me puedo dar por muerta.

            — Jamás te dejará salir de allí con vida, más vale que no te lo vuelvas a encontrar —dijo la voz de su oído.

            — Genial, más presión. Como si no estuviera lo suficientemente nerviosa ya...

            Fue corriendo al despacho donde se encontró con él la tarde anterior y encontró un diario sobre la mesa. Lo hojeó y vio que tenía anotaciones y fórmulas escritas. Pero algunas de ellas se referían a compuestos numerados que no parecían estar por allí.

            — Ya tengo su diario —gritó, entusiasmada, pero hace referencia a unas cosas...

            — ¿Las muestras?, no me digas que tiene muestras.

            — Supongo, he visto que tiene una clasificación de "Nanomáquinas", y aquí dice una lista de referencias y sus nombres clave. Al lado pone una pequeña descripción. Pero no aparece la fórmula, solo un número de muestra. Y aquí no hay muestras.

            — Estupendo, guarda ese libro y busca las muestras, es imperativo que las traigas contigo.

            — ¿Qué? Debe haber cincuenta o más. Como si fuera tan fácil, ¿se ha vuelto loco? Ni siquiera sé dónde están.

            — Pues date prisa en encontrarlas.

            María resopló desesperada. Salió corriendo del despacho y bajó, esperando que las escaleras oscuras del piso inferior dieran al laboratorio. Bajó las escaleras de dos en dos y cuando llegó al pasillo donde estaba la estatua de Richard Phillips Feynman ya estaba allí el científico, que la vio bajar con su cuaderno en la mano y tenía los ojos abiertos como platos, por la sorpresa. Tenía la bata médica medio quemada pero él parecía intacto. Se podían ver los músculos de su brazo izquierdo y el hombro y se quedó asombrada porque parecía hecho de una aleación de acero. Sus manos estaban rojas y tenían restos de carne, seguramente humanos.

            — ¿Dónde crees que vas? —preguntó con amabilidad.

            — Oh, Dios —se asustó ella, que dudó si seguir corriendo para huir de él o quedarse a hablar, como parecía querer su "amigo del oído".

            — ¿Estás asustada? —indagó él.

            — No, solo es que no sé ni cómo te llamas, quería saber algo más de ti por eso cogí tu diario... Espero que no te importe. Alguien tan brillante como tú... quizás no quiera que la gente le haga tantas preguntas.

            El científico entrecerró los ojos y no respondió. Estaba tan lleno de sangre que su aspecto era terrorífico. Olía a restos humanos muertos y ella parecía ser la única que podía captar ese hedor.

           ¿Pu... Puedo ver el resto del complejo? Si he de pasar aquí tanto tiempo, me gustaría saber dónde voy a vivir.

            — Me llamo Pierre —dijo el científico, limpiándose la mano de sangre y vísceras y luego ofreciéndosela a ella, igualmente asquerosa y sucia.

            — Si no te importa... —respondió ella, asqueada—. No suelo tocar a nadie con las manos llenas de sangre.

            — Oh, disculpa. Si tienes la amabilidad de esperar un momento me asearé para enseñarte las instalaciones. No quiero que te pierdas... Por cierto, no me importa responder preguntas — mantuvo la mano extendida —. ¿Puedes devolverme eso? No es un diario que quiera perder, ¿entiendes? No apunto ahí mis líos amorosos ni cosas así, es un diario de trabajo. No tienes ni idea del valor que tiene.

            — Claro, Pierre —aceptó ella, contenta de que no desconfiara de ella.

            — No se lo des, lo esconderá para que no vuelvas a verlo — le ordenó la voz de su oído —. No se te ocurra dárselo.

            "Cabrón, ven tú a buscarlo, si no se lo doy me destrozará..." —pensó ella, sin dejar de sonreír.

            — Toma, toma, si solo quería ver tu nombre. Me llamo...

            — María —se adelantó Pierre—. Tu amigo me preguntó por lo que te había hecho antes de ponerse violento.

            — ¿Violento? —ella quiso echarle en cara que él era el único violento, pero era consciente de lo poco que valdría su vida si le enojaba—. Vaya a cambiarse, le espero aquí con... su amigo Feynman.

            El científico miró la estatua y luego a ella.

            — Nunca he sabido quién es. Dicen que es un escritor de libros de física y química y que fue el primero en mencionar la nanotecnología. Supongo que merece esa estatua... Pero seguro que no tenía ni idea de hasta dónde se podía llegar...

            — Claro, algún día el mundo reconocerá todos sus descubrimientos y progresos —sonrió ella—. Me refiero a los de usted, claro, usted tendrá sus estatuas en futuros laboratorios, estoy segura.

            — No me interesa el reconocimiento del mundo —bufó Pierre—. Espere aquí, voy a cambiarme de ropa.

            — No me moveré... Se lo prometo.

            En un abrir y cerrar de ojos, el científico desapareció de su vista y María se preguntó si no sería un fantasma. Se movía tan deprisa que le costaba trabajo seguirlo.

            — Vamos, corre, busca las muestras —ordenó la voz de su oído.

            — ¿Qué? Me ha quitado el diario. Me matará si me ve por ahí sola.

            — Tienes que arriesgarte.

            — ¿Por qué?

            — Porque él no te sacará de la isla, nosotros sí. ¡Vamos!

            — Está bien...

            Se dio la vuelta y se encaró con las escaleras que bajaban. Recordó la advertencia de Pierre, que no quería que se perdiera y deseó que ahí abajo no hubiera tantos recovecos como para no saber regresar.

            Bajó los escalones y a medida que lo hacía las luces se fueron encendiendo gracias a unos sensores de proximidad, lo que agradeció sinceramente. En la planta de abajo se topó con un ascensor y se metió corriendo. Le dio al botón de cerrar puertas y entonces entendió por qué le había dicho eso el científico loco... Había veintisiete plantas.

            — Joder —se quejó.

            Temiendo que Pierre la alcanzara pulsó el botón de la planta más baja. El ascensor se movió rápidamente y sintió nauseas al descender a gran velocidad. Estaba claro que a lo que Pierre se refería era a que no quería perderla de vista porque una vez abajo, sería difícil encontrarla.

            — ¿Dónde estás? la señal se está debilitando —escuchó por el auricular.

            — Estoy bajando como me has ordenado, idiota —respondió.

            — Está bien, si se corta, estaremos a la espera. Recuerda, saca todas las muestras que puedas del complejo y te sacaremos de la isla.

            — No hace falta que me lo recuerdes.

            — Ten cuidado —fue lo último que escuchó.

            — Tampoco necesitaba que me recordaras eso.

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Teresa Cardenas (jueves, 26 septiembre 2013 00:01)

    Dear: Antonio... No creo ser merecedora de estar en tu contra portada, ni es esa mi idea, solo reiterarte mi admiracion... Asi... WoW!!!! Eres espectacularmente fenomenal!! Gracias por brindarme tus escrituras y mas por plasmarlas y hacer que en mi mente cobren vida... Tienes este talento tan despierto, que siento que estoy dentro de tus letras... Abrazos!!!

  • #6

    x-zero (jueves, 14 junio 2012 20:31)

    va exelente

  • #5

    carla (jueves, 14 junio 2012 07:04)

    /o/ sangreeeeee!!!! VA SUPER la historia!! Continuacion! CONTINUACION!!!!!!!!!!! :D

  • #4

    Carmen (miércoles, 13 junio 2012 17:30)

    Esperando la parte siguiente...

  • #3

    Bellabel (miércoles, 13 junio 2012 17:29)

    Muy interesante y cada vez se va mejor, espero la continuación.

  • #2

    naruto7 (miércoles, 13 junio 2012 10:06)

    muy buena la historia espero la continuacion

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 13 junio 2012 09:32)

    Parece que va a ser más larga de lo esperado. No pierdas ocasión de comentar y pedir continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

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