El ojo misterioso

16ª parte

            Cuando salió del ascensor se encontró unas oficinas inaccesibles por un cierre electrónico que solo podían abrirse con tarjetas. María soltó un reniego por no poder entrar en ninguno de los cubículos y regresó al ascensor. Al volver se fijó que encima de la puerta se indicaba la planta donde estaba y dedujo que había pensado una estupidez. Pierre sabía exactamente dónde estaba.

            Su cuerpo sufrió un escalofrío de pánico al darse cuenta de ese detalle y aparecieron dos opciones en su mente. La primera, probar en otra planta para encontrar las muestras y la segunda regresar arriba y encontrarse con Pierre, que hasta ese momento había demostrado poca hostilidad hacia ella y quizás pudiera convencerle de que tenía prisa para ir al baño o algo parecido. No tardó ni un segundo en decidir que tenía que regresar. Era la única opción de mantenerse con vida ya que si seguía intentando esconderse él no tardaría mucho en encontrarla.

            Pulsó el botón más alto del panel y las puertas se cerraron. Trató de pensar alguna cosa que contarle, cualquier excusa, y que pudiera servir para desviar la atención de Pierre. Se regañó a sí misma otra vez por que su mente no estaba siendo coherente y lo único que hacía era darle ideas inútiles porque, sencillamente no tenía ideas útiles.

            Cuando el ascensor se detuvo en la planta más alta y se abrieron las puertas, se encontró a Pierre esperando, vestido con una nueva bata blanca, incluso peinado. Cuando no hablaba parecía que tenía una máscara de metal muy conseguida, pero totalmente artificial.

            — ¿Dónde has estado? Te dije que iría contigo.

            — Buscaba... Una ducha.

            — ¡Me recibes! —exclamó la voz de su oído izquierdo.

            María sonrió como cuando solía hacerlo ante situaciones en las que no sabía cómo reaccionar.

            — ¿Por qué me mientes? Estoy jugándome el pellejo por salvarte la vida y tú no haces más que mentirme. ¿Qué buscabas ahí abajo?

            — Vaya, parece que no estás sola. Avísame cuando puedas hablar —intervino el otro.

            — No te miento, no sé donde tienes las duchas.

            — Sabes qué, empiezo a sospechar que te mandan esos soldados a buscar los resultados de todos estos años de investigación.

            — No digas sandeces —se defendió ella—. ¿Entonces por qué querrían matarme?

            — No lo sé... Pero ya no voy a enseñarte las instalaciones, no me fío. Vamos sube, no pienso quitarte el ojo de encima.

            María suspiró aliviada. No esperaba que la acompañara, pero al menos no se había puesto violento todavía.

            — ¿Cuántos años llevas aquí? —preguntó mientras subía por la escalera.

            — Desde 1999... Dios,... Trece años de mi vida aquí... Juraría que fue ayer cuando subimos a ese barco y nos trajeron como si fuéramos los científicos más selectos y prometedores del mundo. Éramos diez cuando todo esto se fundó. Trajeron a más de cincuenta personas para supervisar los experimentos. Al principio pensábamos que estábamos haciendo algo grande, que íbamos a cambiar el mundo. La nanotecnología era algo así como hacer realidad los ideales de futuro, como si nos hubieran encomendado hacer coches voladores o pulseras para viajar en el tiempo. Teníamos todos los recursos necesarios y por aquel entonces ni se nos pasó por la cabeza que Estados Unidos nos dejaría tirados en la cuneta cuando más cerca estábamos de obtener resultados.

            — ¿Estados Unidos? —preguntó María.

            — Sí, nos informaron de que teníamos que dejar nuestras investigaciones que se había acabado el presupuesto y la mayoría acataron las órdenes, pero Spencer, Patricia, Larry y yo, nos quedamos. Teníamos tanto que descubrir, estábamos a punto de llegar a los resultados...

            — ¿Cómo es posible que no supieran dónde estaba la entrada si tanta gente había estado aquí?

            Pierre sonrió mientras la invitaba a entrar a la cocina y ésta entró y se sentó en la misma silla del día anterior, donde ya habían tomado su primer café. Pierre respondió mientras preparaba la cafetera.

            — No los dejamos marchar —explicó Pierre, triste—. Lo planeamos todo, les pusimos un virus de efecto retardado. Uno que respondía a las ondas de radio, a una señal concreta. Cuando estábamos los cuatro solos aquí abajo y dimos nuestras exigencias, amenazando a los Estados Unidos y Francia con desatar un virus terrible por la superficie de la tierra, activamos el virus para demostrar lo que podíamos hacer y murieron todos los infectados, lo que incluía a los que habían estado con ellos en la isla y los que habían estado en contacto con los que tenían el virus. Murieron cerca de dos mil personas...

            — Vaya —María no podía creer lo que estaba escuchando, estaba ante uno de los peores genocidas que el mundo había conocido.

            — No me siento orgulloso de ello, ¿sabes? Pero funcionó. El gobierno francés decidió financiarnos al ver los espectaculares resultados que habíamos obtenido. Querían que fuésemos sus nuevas bombas atómicas, unas bombas limpias que no dejan una tierra baldía y llena de basura radiactiva. Nos pagaron cinco años más de investigación.

            — Vaya —no supo responder ella, que extrañamente y tras haberle contado semejante secreto, ahora le veía más humano.

            — Crees que soy un monstruo, ¿verdad? —siseó entre dientes—. No me extraña, yo también creo que lo soy. No sé cuándo perdí mi humanidad...

            — No, no lo creo —discrepó ella, sinceramente—. Supongo que no es algo de lo que enorgullecerse... Pero todos cometemos errores.

            — ¿Ah sí? Qué errores puedes haber cometido tú que puedan compararse al mío.

           Buf, si yo te contara. Parezco una mosquita muerta pero he hecho de las mías.

            — ¿Has matado a tres mil personas?

            — No, que va. Pero algunas personas podrían pensar que mi peor error fue aún más sucio. Y sabes qué, también funcionó por un tiempo. Es algo que sabe nadie excepto los que estuvieron allí.

            — ¿Me lo vas a contar? —se interesó Pierre.

            — Con un café delante me sentiría menos sucia contándolo.

            Pierre sonrió por primera vez desde que le conocía. Su cara metálica se arrugó de forma grotesca pero no parecía tan peligroso, más bien alguien solitario que anhela un poco de compañía y que al fin la encuentra. Le sirvió el café y se sentó frente a ella en la mesa.

            — Tenía catorce años, vaya, una cría... Pero mi edad mental era muy superior, o al menos quiero pensar eso. Tenía... Cinco amigos y me sentía genial con todos ellos, bueno tenía muchos más, pero cinco de ellos me gustaban y dio la casualidad de que los cinco pensaron lo mismo en un plazo relativamente corto de tiempo. Todos menos uno me pidieron salir conmigo y precisamente el que no me lo pidió era el que más me gustaba. No lo hizo porque pensaba que era imposible que le dijera sí a él. Felipe era muy especial, no era nada soberbio, era muy gracioso y en aquel tiempo le consideraba el chico perfecto. Qué te voy a contar, sentía que era el único dueño de la llave de mi corazón. Bueno no me enrollo, el caso es que en mi quince cumpleaños decidí hacer un juego.

            María tomó un sorbo del café y arrugó la nariz.

            — Caramba, ¿haces malo el café para torturarme y que lo suelte todo? —rió de buena gana, avergonzada por lo que iba a confesar.

            — No pidas mucho, el café lleva más de cinco años caducado.

            — Ah, eso explica que sepa a rayos y centellas.

            — Sí, pero uno se acostumbra... Pero continúa por favor. ¿Qué juego? Me tienes en ascuas.

            — Invité a mis cinco amigos a un hotel y les hice... Bueno, les pedí...

            — Continúa... — Pierre la miraba intensamente y sus pupilas estaban tan dilatadas que ya casi ni se veían sus extraños iris rojos.

            — Es muy sucio, me da vergüenza contarlo.

            — No creo que supere mi secreto, vamos.

            — Está bien, está bien... Les propuse una competición. Se lo puse todo como una especie de juego de dioses griegos. Les hice coger un número de una bolsita y cada uno sacó el suyo.

            — ¿Pero qué juego era?

            — Era una tontería... De verdad no puedo contarlo, es muy embarazoso...

            — ¿Qué?

            — Tenían que entrar conmigo en la habitación, uno a uno y tenían que acostarse conmigo. Acababa de descubrir el placer sexual y estaba cansada de jugar sola, entiendes… Cosas de crías supongo. El juego consistía en que debían competir para ver quién era capaz de hacerme más feliz en la cama... Ya me entiendes...

            La cara de Pierre no varió en absoluto, solo los ojos, más abiertos de lo normal expresaban su sorpresa.

            — Esa misma cara pusieron todos, como si fueran a ir al averno por  convertirse en mis amantes por un día y pensé que ninguno aceptaría. Vamos, todos sabrían que otros se iban a acostar conmigo, con su pretendida novia. Supuse que dirían que no. Pero me sorprendieron... Todos entraron. Y no puedo decir que yo no quisiera, disfruté de cada uno de los cinco, pero el último fue el mejor. Felipe era especial para mí y cuando entró y me vio tumbada en la cama, esperándole, estuvo a punto de echarse atrás, lo vi en sus ojos. Pero no lo hizo, me... Bueno baste decir que su polvo fue el que me hizo llegar al orgasmo y ese día, le dije que sí. Claro ahora me doy cuenta de que él lo tenía más fácil ya que estaba cerca del clímax por los anteriores, cuando él llegó. Pero, ¿sabes qué? Ninguno de los otros se enfadó, al contrario, siguieron siendo tan amigos.

            María soltó un profundo suspiro y se sintió abrumada por que era la primera vez que contaba ese secreto y se sentía bien por haberlo hecho.

            — Vaya, lo cuento y me siento sucia como una puta... Pero —María se encogió de hombros—. Así comencé mi primer noviazgo y fue, el único que recuerdo con nostalgia. No sé si todo el mundo tiene experiencias así... Y la verdad no me importa. Es algo que hice, que en su día me pareció una gran idea y que recuerdo como un día prohibido, un día que recuerdo como algo insuperable. Algo que nunca podré repetir porque esa inocencia, esa forma de ver la vida tan de color de rosa, no la volveré a tener más.

            Pierre daba vueltas al café mirándola como hipnotizado.

            — Ya está, puedes decirlo, soy una guarra —invitó ella.

            — No, no —replicó él—. Buf,... Es un secreto vergonzoso, no hay duda... Tengo una hija de tu edad, me has recordado que cuando vine tenía tres años. Ahora tendrá dieciséis... Joder, te juro que si me entero de que hace algo así la encierro en casa hasta los dieciocho.

            — Por eso mis padres nunca se enteraron, de hecho, nadie lo sabe salvo ellos cinco.

            María tomó otro sorbo de ese veneno al que llamaban café y cuando volvió a mirar a Pierre se dio cuenta de que la miraba de otra manera. Algo que la asustó ya que acababa de darse cuenta de que ese hombre podía forzarla sexualmente si quisiera y leía el deseo desenfrenado en sus ojos. Quizás eligió mal el secreto que debía contar.

            — Vamos, te enseñaré el complejo —invitó, finalmente, inusitadamente cortés.

            Suspiró aliviada, había conseguido justo lo que quería, tenerle a sus pies.

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Teresa Cardenas (miércoles, 25 septiembre 2013 23:57)

    Estimado Antonio... Cuando publiques tu libro, por favor toma en cuanta Mexico tambien para su publicacion... Eres fenomenal!!! Gracias por entrar en mi mente cuando te leo.. ya me e leido casi todo y quiero mas.... Besos!!!

  • #6

    carla (lunes, 18 junio 2012 06:21)

    *-*

  • #5

    Lyubasha (sábado, 16 junio 2012 12:25)

    Qué interesante, espero el desenlace :D

  • #4

    naruto7 (sábado, 16 junio 2012 03:29)

    espero el final pronto

  • #3

    x-zero (viernes, 15 junio 2012 22:19)

    exelentee
    ;D
    espero el final

  • #2

    yenny (viernes, 15 junio 2012 17:54)

    Por fin se sabe la razon del virus y la epidemia, ahora solo queda el descenlace lo estare esperando con ansias.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 15 junio 2012 12:20)

    Prepárate para la última parte ya que llegará en los próximos días. No dudes en comentar el relato. Vete preparando una crítica larga porque escogeré las más elaboradas y sinceras para ponerlas en la contraportada, cuando publique esta historia en papel.

Animal es el que abandona a su mascota.

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