El ojo misterioso

2ª parte

                El autobús les llevó a un aeropuerto privado donde un jet de lujo estaba preparado para salir.  Los asientos eran tan confortables que hasta podían poner los pies el alto, había bar gratuito y las azafatas pasaban cada cinco minutos ofreciendo bebidas, comida o periódicos en cualquier idioma.

            Luis pidió una botella de whisky que prefirió guardar por si lo necesitaba. Era apenas un trago de doscientos cincuenta mililitros así que le podía servir para festejar su salida exitosa, si es que ganaba.

            Lo único malo de tanto lujo era que tenía cerca a uno de los concursantes, a su derecha, y éste se había bebido cuatro, se había quedado dormido con la cabeza hacia arriba y roncaba tan fuerte que no dejaba dormir a nadie más.

            El vuelo duró doce horas hasta que aterrizaron en alguna parte del Pacífico. Aunque festejaron el aterrizaje con aplausos entusiastas el capitán les avisó que solo estaban repostando. Les dijo que podían levantarse y estirar las piernas mientras llenaban los tanques de combustible pero no podían bajar ya que estaban en un aeropuerto militar y tenían apenas media hora para repostar y continuar el vuelo.

            —Tras el reportaje despegaremos hasta destino —continuó el capitán—. Recomiendo que estiren las piernas y coman o beban algo en nuestro bar ya que aún falta bastante tiempo para llegar. Aunque no será un vuelo tan largo como el que acabamos de completar.

            El capitán era un tipo alto de pelo engominado que en cuanto les puso al día de la situación regresó a la cabina de pilotaje y se encerró en ella.

            Luis hizo caso a su recomendación y se quitó el cinturón. Aquellos asientos eran tan cómodos que durante esas horas no había necesitado levantarse ni para ir al baño. Pero al ponerse en pie decidió que necesitaba vaciar su vejiga inmediatamente.

            Se encontró a varias chicas haciendo cola en uno de los baños mientras otro estaba vacío. Pensó que no aguantaría así que fue al vacío y descubrió el motivo de que no hubiera nadie cuando ya tenía el pantalón bajado. Alguna chica se había quitado la compresa, empapada en sangre y la había tirado en el retrete atascándolo. Encima habían orinado varias personas y el urinario estaba lleno hasta la mitad. A pesar de todo no podía aguantar y lo hizo encima y mientras lo hacía recordó que su ojo tenía una cámara. Miró inmediatamente a otro lado para que no saliera esa asquerosidad, no quería que la usaran para ridiculizarle delante de todo el mundo.

            —No podía aguantar —se justificó, avergonzado mientras el orín casi alcanzaba el borde del inodoro. Al pulsar el botón, hubo una succión mínima pero al menos el nivel descendió de nuevo hasta la mitad.

            Se preguntó quién habría sido la chica que tuvo la genial idea de dejar ahí su compresa… Pero desde luego no sería él quien se pusiera a investigarlo.

            Se dirigió a la barra de bar del avión y se encontró el estrecho recinto abarrotado. Tuvo el instinto de volver a su asiento pero la perspectiva de tener por delante tantas horas de vuelo le hizo cambiar de idea y se metió entre sus compañeros de concurso.

            Todos estaban enfrascados en conversaciones en grupos de dos y tres personas y para llegar a la barra tuvo que interrumpir a todos ellos para llegar hasta la azafata que atendía en el bar.

            Así escuchó cómo las chicas intentaban intimar exhibiendo falsas sonrisas con los chicos más guapos del concurso. Ellos, sintiéndose importantes repetían la palabra "yo" en cada una de sus frases.

            —Dame un whisky con hielo —pidió a la azafata, que tenía rasgos orientales y era muy guapa.  Ésta le dio su copa sin mirarle siquiera.

            —Gracias —cogió el vaso y dio un profundo sorbo que despertó su garganta e hizo hervir su estómago de inmediato.

            Al darse la vuelta tuvo que volver a interrumpir a todos para conseguir salir de ese lugar y fue a tomarse su trago de pie junto a su asiento. Se hubiera quedado si los demás chicos fueran de su edad, pero todos parecían veinte añeros y los temas de los que hablaban le parecían infantiles desde hacía más de diez años.

            Cuando llegó a su asiento alguien le habló.

            —Ahogando las penas —dijo una voz femenina a su espalda.

            —Simplemente me gusta el sabor, no soy ningún alcohólico —se defendió.

            —No pretendía llamarte borracho —se disculpó la mujer—. Era una forma de romper el hielo.

            —Vaya, disculpa, desde que me dejó mi esposa me siento culpable cada vez que bebo un trago.

            — ¿Te dejó por la bebida?

            Luis se sintió estúpido por haber mentido en algo tan trivial como su estado civil. Nunca se había casado, ni siquiera había estado cerca de conseguirlo, pero le pareció que mejoraba su imagen hablar como un divorciado. Prefirió no continuar la mentira y respondió.

            —No recuerdo tu nombre —inquirió Luis a modo de pregunta.

            —Soy Eva González, la friki de los ordenadores.

            —Yo también soy informático, soy Luis.

            Eva seguía sentada a pesar del vuelo tan largo y no parecía incómoda.

            —Qué suerte hemos tenido, ¿eh? —dijo sonriente la chica.

            —La suerte sería si es que ganamos el concurso —puntualizó Luis, señalando con el dedo índice al cielo a modo de listillo.

            —Te ofrezco un pacto —respondió Eva—. Nunca te rías de mi y tendrás mi apoyo incondicional.

            —Reírme de ti... —Luis pensó que estaba loca—. ¿Por qué iba a reírme?

            —Por que la gente lo hace. Soy una friki —sonrió con tristeza—. A veces digo cosas que suenan raras, cosas que no parecen normales. Se burlan y cuando lo hacen me gustaría que la tierra me tragase.

            Eva no era guapa, tenía la cara redonda, llena de granos y sus ojos tristones y pequeños que parecían sendos cristales cuando se emocionó y estos se humedecieron.

            —Si te digo la verdad, a veces digo cosas poco apropiadas —quiso hacerla sentir mejor—. Así que no voy a burlarme de ti.

            —¿En serio?

            —No, lo digo para quedar bien, soy absolutamente perfecto.

            —Ah —Eva se quedo seria.

            —Es broma, ¿lo ves? Soy un desastre, a veces creo que digo lo correcto y casi siempre me arrepiento de abrir la boca.

            —Que tonto —rió ella de buena gana—. Nos llevaremos bien.

            —Al menos ya he hablado con alguien, este viaje ha dejado de ser tan incomodo —replicó él.

            Eva no supo qué decir.

            —Sí, es que me cuesta entablar conversaciones con desconocidos y luego me cuesta retener a los amigos. Pero contigo ha sido fácil, claro tú me hablaste primero.

            —Yo no tengo ese problema —añadió ella—. Pero me alegro de que te ahorrara el esfuerzo de hablar conmigo. No sabía que fuera tan difícil para ti abrirte a la gente.

            —Claro es obvio. Voy a sentarme y ver algo porque seguro que te estoy aburriendo.

            —Que va, me gusta que me cuenten cosas, la gente me agrada. Detesto los viajes en los que viajo sola porque es difícil que un desconocido mantenga conversaciones agradables. A veces se me quedan mirando como si pensaran que soy una Friki, "Dios, qué horror, esta tía me está hablando y no la conozco de nada". Es bastante incómodo, la verdad… Vamos exactamente la misma cara que estás poniendo tú.

            —Bueno... —Luis sonrió, esperando que esa mueca disimulara lo obvio.

            Iba a sentarse sin decir nada más cuando ella le interrumpió.

            — ¿Has visto la última de Sherlock Holmes? —inquirió.

            —No, vi la del zoológico en casa, la verdad es bastante sosa.

            —La de Misión imposible 4 no estuvo mal, aunque solo por ver a Tom Cruise... —sonrió como una tonta—. Qué bien le están sentando los añitos.

            —Hacía tiempo que no me cruzaba con alguien que idolatrara a ese hombre.

            —Tampoco te pases, solo me parece muy guapo.

            —Creo que veré la de Liam Neeson, esa de que secuestran a su hija en París. Ya la he visto pero me gustó bastante.

            —Puede que la vea yo también...

            — ¿No vas a estirar las piernas? —se extrañó él—. Son muchas horas sentados.

            —Ya me he levantado y he ido al baño. Prefiero no meter nada en mi estómago durante el vuelo, tiendo a vomitar, a parte de eso no hay mucho que hacer.

            —Como quieras.

            Sin más conversación se sentó, se puso los cascos y eligió la película.

            «Dios qué pesada —pensó—. Pensé que no me dejaría sentar.»

            Después de veinte minutos el capitán volvió a salir de la cabina y pidió a todos que regresaran a los asientos que iban a despegar.

            Algunos estaban borrachos pues reían como hienas ante cualquier estupidez. Aun así volvieron a sus asientos cuando sintieron que los motores habían arrancado.

            Luis abrió la ventanilla para ver lo que ocurría fuera del aparato y vio que estaban retirando de la pista el camión de combustible. Más allá había helechos enormes y palmeras medio secas. El resto era un desierto de asfalto con líneas dibujadas que parecía no tener fin. Buscó algo, cualquier letrero que pudiera indicarle dónde estaban realmente, pero el vehículo de combustible era lo único que había y no podía ver al conductor.

            —Les habla el capitán Pablo Morales —se escuchó por megafonía—. Les informo que estamos saliendo de Buenos Aires y que la duración estimada a destino será de diez horas cuarenta y cinco minutos.

            Luis parpadeó varias veces sin poder creer lo que oía. ¿Diez horas? Les habían dicho que no sería tanto, aunque no recordaba exactamente cuánto.

            El avión cogió velocidad y elevó el morro aplastándolos contra el respaldo del asiento. La ventanilla mostraba cómo el terreno de ahí abajo se alejaba reduciendo los detalles poco a poco. Los caminos se convirtieron en líneas, las casas en cajitas de cerillas, las personas en hormigas... El aparato tembló en el ascenso y poco a poco fue enderezándose hasta que casi estaba horizontal. La luz de los cinturones de seguridad se apagó acompañada por un sonido característico.

            Luis se había mareado, el whisky parecía haber cobrado vida y le hacía arder la boca del estómago como queriendo salir.

            Cerró los ojos y apoyó la cabeza junto a la ventanilla respirando directamente la corriente del aire acondicionado. Los pulmones le refrescaron y poco a poco se sintió mejor.

            Cuando pensó que ya podía abrir los ojos notó que los oídos se le taponaban y sintió un dolor agudo en ellos.

            —Tripulación, a cabina de control —se escuchó por megafonía.

            Abrió los ojos con curiosidad y vio que las dos azafatas atravesaban el pasillo central entre risas por alguna broma comentada entre ellas. No le pasó desapercibida la morena de rasgos asiáticos, que tenía un cuerpo escandaloso. La otra estaba demasiado delgada aunque estaba claro que ambas jugaban en otra liga. Para tener opciones con cualquiera de ellas tenía que tener dinero, cuerpo y labia y él no tenía ninguna de las tres cosas.

            —Seguro que van a hablar del cambio de planes —escuchó decir a Eva—. Han cambiado el destino.

            —No creo —replicó él.

            — ¿Que qué? —preguntó el que tenían justo a la izquierda, el que se había pasado el primer vuelo dormido y roncando como un hipopótamo.

            —Nada, antes dijeron que seria un vuelo de cuatro horas y ahora han dicho que son diez.

           Quillo, también ma chocao mazo —replicó el chico.

            —Ahora le preguntamos a alguna —añadió Luis pensando en la azafata morena.

            —No dijeron cuatro horas —agregó la mujer de sesenta años, sentada delante del chico de la izquierda—. Dijeron que sería más corto y es cierto, el otro duró doce horas. Siempre tienen reuniones al comienzo de cada ruta, necesitan conocer el horario de las comidas y los turnos de descanso.

            — ¿Ha sido azafata? —preguntó Luis.

            —No, he viajado mucho, eso es todo.

            —Jo que suerte —añadió el chico de al lado—. En mi vida había salido de España.

            Ninguno siguió la conversación y dado que esa mujer les había sacado de dudas Luis perdió interés de preguntar a la azafata.

            El anterior vuelo fue eterno porque no había dormido nada pero ahora se moría de sueño y se durmió en cuanto apoyó la cabeza entre el reposacabezas y la ventana.

            Le despertaron con el carrito de la comida. Colocaron una bandeja delante de él con cajitas que parecían regalos. Había pedido carne y cuando abrió la caja más grande y vio lasaña pensó que se habían equivocado.

            Aún así tenía tanta hambre que se la comió en dos minutos mientras entendía que la carne era la pasta rojiza del interior y no estaba tan mal... Para ser comida de avión, claro.

            Aprovechando que las azafatas andaban por allí preguntando si querían algo más pidió una botellita más de Whisky, así podía compartirla cuando ganara el premio.

            Si el primer vuelo le pareció eterno el segundo fue un infierno, le dolían los pies, los oídos, el trasero, ahora ya no podía dormir porque se había hartado de hacerlo y según su reloj aún faltaban dos horas. Ya habían comido dos veces y el masaje del asiento ya no le ayudaba en absoluto.

            Se levantó y fue al baño, esta vez al que iban todos, ya que solo había una persona esperando y podía aguantar.

            —Vaya viajecito —dijo la chica que esperaba—. No he podido dormir ni una hora.

            Era Laura, la primera que se presentó cuando iban a salir de viaje, algo que ahora parecía muy lejano en el tiempo. La más atractiva de todas las chicas según sus gustos.

           Buf, tengo los pies como pelotas de fútbol y casi no puedo oír —exageró un poco Luis, intentando entablar una conversación.

            —Debe ser horrible volar con más de treinta años —apoyó ella con una sonrisa piadosa.

            «Bonita forma de llamarme viejo» —pensó frustrado.

            Sin cruzar más palabras con esa chica esperaron sus respectivos turnos y luego volvió a su asiento.

            El tiempo restante de vuelo se pasó muy rápido ya que les sirvieron un desayuno ligero y cuando terminaron de recoger todo el capitán anunció el final del viaje.

            —Vuelvan a sus asientos y asegúrense de que sus cinturones están correctamente abrochados. La temperatura en destino es de treinta y cinco grados. Hora local: Las doce y treinta y cinco del medio día. Les recomendamos que vayan recogiendo sus objetos personales y no se olviden nada dentro del avión.

 

 

 

 

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 14 mayo 2012 16:04)

    Puedes escribir aquí tus comentarios sobre el relato.

  • #2

    Alfonso Vela (lunes, 14 mayo 2012 19:00)

    Me pregunto si la historia tendrá relación alguna con relatos anteriores, en particular con la isla de los zombis.

  • #3

    Bellabel (martes, 15 mayo 2012 18:25)

    Va muy bien, espero con ansías la próxima parte.:)

Animal es el que abandona a su mascota.

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