El ojo misterioso

6ª parte

            Luis la dejó sola recorriendo la estructura por donde era transitable. Era casi imposible llegar a todos los rincones por culpa los enormes conductos de aire acondicionado. Pudo encontrar la tienda donde David consiguió los palos de golf fácilmente porque tenía un panel levantado. Había poca luz y un calor asfixiante ahí arriba, por no mencionar las cucarachas que dormitaban en algunas esquinas oscuras. Moverse agarrándose a los alambres cada dos pasos le había llenado las manos de suciedad negra y ya tenía los dedos doloridos de tanto forzarlos con ese alambre tan áspero.

            Decidió no explorar más, recordar por qué estaba levantado ese panel le hizo sentir terriblemente culpable, ahora estarían vivos los cuatro si hubieran subido al techo en lugar de pensar que podían enfrentarse a esa amenaza a lo bruto. Aunque por alguna razón en aquel momento la idea de enfrentarse a los zombis les pareció la más acertada. Un error, un exceso de confianza les había reducido a la mitad. Los más fuertes de su pequeño grupo estaban muertos y apenas habían mermado el número de zombis.

            Bien pensado, ese enfrentamiento no difería mucho de las guerras del mundo, al principio parecen justificadas y al final solo queda un inaceptable número de pérdidas, sufrimiento y al final todos coinciden que lo mejor hubiera sido evitarla.

            Al examinar la tienda pensó que allí estarían seguros ya que el cristal de la puerta tenía más de un centímetro de grosor y al otro lado había una reja metálica. Además había comida y muchísima bebida, más de la que podría beber en toda su vida.

 

            Regresó hasta donde estaba María y la encontró en la misma posición que tenía cuando la perdió de vista, sentada en el soporte de cemento de una viga metálica.

            — He encontrado un lugar seguro, hay comida y bebida. Ven conmigo.

            — Aquí estoy bien —respondió con voz temblorosa.

            — Vamos, aquí no podemos ni tumbarnos —razonó.

            — ¿Por qué quieres tumbarte conmigo? Crees que como soy la última chica voy a acostarme contigo, ¿no? Aléjate de mi, cerdo.

            Definitivamente había perdido la cabeza, pensó Luis. Optó por morderse la lengua porque no había elegido bien la frase y estaba claro que cualquier cosa que dijera podía tener mil malas interpretaciones.

            — ¿Cómo te llamas? —se interesó como si no hubiera escuchado sus insultos.

            — María —respondió, con timidez—. ¿Y tú?

            — Luis —replicó—, creo que no estábamos muy atentos en la presentación del programa.

            — No es ningún programa —replicó ella, enojada—. Esos hijos de puta nos han pegado las lentillas para saber qué hacemos y dónde estamos. No para hacer un concurso. Sabes, tengo un amigo que tiene una serpiente, no sé qué especie... Una vez al mes compra un ratón y lo mete vivo en la urna para que su mascota se divierta. Una vez me enseñó su última compra, un laberinto para ratones. Estaba muy orgulloso cuando me dijo que encontraba más divertido soltar la rata en la entrada para que cuando creyera que había escapado acabara en la panza de su culebra.

            — Qué cruel —opinó Luis.

            — Eso es lo que están haciendo con nosotros. No pienso moverme de aquí —decidió María—, prefiero morir de hambre que servir de alimento a esos monstruos.

            — El sitio que he visto es seguro...

            — Ya estoy segura aquí, gracias. Vete tú si quieres.

            — Vamos, no podrás dormir aquí —insistió Luis.

            — Déjame en paz —se obstinó ella.

            — Está bien, está bien, voy a investigar por ahí pero si cambias de idea dímelo.

            — ¿Por qué no te refugias tú en ese sitio tan seguro?

            Luis no respondió. Si lo hubiera hecho la gritado que él también estaba asustado y lamentaba mucho no haber muerto en lugar de David, para que ella estuviera más contenta. Pero no dijo nada porque no quería que la única superviviente le odiara con todas sus fuerzas.

            — Creo que podemos llegar al avión y sacar a los pilotos y azafatas —cambió de tema—. Ellos tienen que saber qué es lo que pasa aquí,

            — Haz lo que te dé la gana, yo no pienso moverme de aquí —su obstinación puso punto y final a la conversación.

            Luis suspiró y decidió prescindir de ella dado que tampoco le serviría de gran ayuda teniendo en cuenta que casi mueren los dos por intentar salvarla.

            Se alejó esquivando alambres y dirigiéndose a lo que debían se las escaleras mecánicas y cuando pensó que había llegado, calculando la distancia mentalmente, levantó un panel con cuidado de no hacer ruido.

            Lo único que vio fue el suelo encerado. Al asomarse, exponiendo la cabeza vio las escaleras a unos cinco metros hacia la derecha. Lo malo era que había docenas de zombis deambulando por la terminal como perdidos y sin rumbo. En cuanto pusiera el pie abajo sería hombre muerto. Instintivamente sus manos se aferraron con más fuerza a los soportes metálicos.

            Era un suicidio saltar al pasillo sin un modo rápido de volver arriba, el único lugar seguro de esa maldita isla. No se imaginaba a esos zombis haciendo equilibrios y sorteando cables. Lo primero que pensó fue construirse una escalera de cuerda pero dudaba mucho que esas tiendas tuvieran alguna. Y eso sin plantearse que no podía atarla al soporte ya que si los zombis se colgaban de ella toda la estructura podía venirse abajo.

            Otra posibilidad era buscar un lugar como el baño, donde solo tuviera que poner una silla para subir y desde arriba poder derribarla. Pero la idea requería lugares muy concretos donde los zombis podrían cortarle el paso. Se ciñó en lo que debía concentrarse y trató de encontrar un modo de bajar cerca de las escaleras mecánicas y luego subir de forma precipitada.

            — El baño de señoras —dedujo.

            Si esperaba un tiempo los zombis comenzarían a dispersarse, los que había visto ahí abajo estaban buscando sin rumbo fijo. Además, él necesitaba descansar, sentarse y tomarse un trago.

            Volvió hacia la tienda que había encontrado y antes de bajar se dio cuenta de que ya no escuchaba los sollozos de María.

            Fue hasta donde la había visto por última vez, lo que le llevó un gran esfuerzo y bastante tiempo, y encontró la esquina de hormigón vacía.

            — Dónde se habrá metido —susurró mientras se sentía como un mono trepando ramas, con los dedos doloridos y cansados mientras se sujetaba a los alambres.

            No iba a ponerse a buscarla. Regresó a la tienda de licores y se dejó caer sobre un mostrador. Se quedó sentado junto a tres hermosas botellas de vino y cerró los ojos imaginando lo bien que le sentarían.

             ¿Dónde has estado?

            Era la voz de María que estaba en pie tras él.

            — Veo que viniste —se alegró.

            — No tenía dónde ir.

            — ¿Cómo bajaste?

            — La gravedad ayudó bastante. Lo difícil es subir.

            Luis se quedó sin preguntas y llegó ese incómodo silencio en el que dos desconocidos no saben qué decir.

            — No me has contestado —le regañó María.

            — No fui muy lejos, estamos como en una jaula. Es agotador ir por ese techo, agarrándote a los alambres con los dedos y...

            — Ya sé lo difícil que es —cortó ella de mal humor—. Quiero saber qué viste.

            Luis decidió que no le caía bien esa chica. Se preguntó por qué no pudo salvarse Eva, que al menos era fácil hablar con ella. En seguida se arrepintió de pensar eso ya que visualizó el modo tan horrible en que había muerto y no le deseaba nada parecido ni a su peor enemigo.

            — Solo fui a ver si podía bajar cerca de las escaleras mecánicas. Los zombis se han dispersado por todo el aeropuerto.

            — No puede ser —replicó ella.

            — Lo he visto hace un rato...

            — Mira ahí fuera —volvió a cortarle ella.

            Luis se puso de pie y se acercó a la puerta de cristal. Se hacía de noche y casi no se veía nada aunque al acercarse escuchó que muchas manos trataban de arrancar los barrotes metálicos que protegían la entrada. Se asomó al escaparate y pudo ver que más de veinte zombis estaban llamando a la puerta con tal desesperación que hasta se golpeaban entre ellos, pero ninguno se quejaba si recibía un golpe.

            — Tienes razón, ahora están todos aquí.

            — Y eso es bueno —completó ella—. Mientras yo me exhibo por aquí, tú tendrás el pasillo despejado para tratar de llegar a ese avión. Porque esa era la idea, ¿no?

            — ¿No te importa quedarte sola? —inquirió.

            Ella le miró sonriente negando con la cabeza.

            — Claro yo soy la asustada, no tú que eres el que tiene que salir.

            — Sí, bueno vale, no puedo salir ahora está muy oscuro, estoy destrozado y además necesito un plan de fuga. ¿Dónde me escondo si tengo que correr?

            — Pues vuelves al baño y subes por donde antes.

            — Me gustaría comer algo antes, necesito reponer fuerzas.

            — Bueno... —replicó ella fingiendo indiferencia—. Pero mañana puede que se dispersen.

            Luis puso los ojos en blanco.

            — He dicho que mañana.

            Se acercó a la primera botella de whisky y la abrió con rabia, como si imaginase que era el cuello de María.

            Sin mirarla le pegó un lingotazo pero la válvula de seguridad solo le dio unas gotas. Aun así disfrutó del calor que se extendía por su estómago y se dejó caer en la pared.

            — Genial me ha tocado el borracho de grupo.

            — ¡No soy un borracho! —explotó, harto de los comentarios envenenados—. Y te voy a decir una cosa guapa, te he salvado la vida, he podido morir por tu culpa, he aguantado tus insultos y aun estás viva. Considéralo una advertencia, una amenaza o como te dé la reverenda gana, pero olvídate de mí y no me provoques más. Yo también he tenido un día terrible, ¿sabes?

            — Qué grosero —susurró, asustada.

            Luis estaba demasiado cansado para hacerle más caso, dio un largo sorbo de su botella, quizás demasiado largo justo para llevar la contraria, y se quedó profundamente dormido apoyado en la pared.

 

 

            Cuando abrió los ojos estaba todo tan oscuro que tuvo un ataque de pánico. El miedo le duró el tiempo que tardó en recordar que estaban a salvo en una tienda del aeropuerto.

            — ¿María?

            Un gemido somnoliento le respondió.

            — Nada, solo quería saber que seguías ahí.

            — ¿A dónde iba a ir?

            — No lo sé —respondió, sintiéndose mal—. Quiero pedirte perdón por haberte gritado así antes.

            — Ajá...— fue su contestación.

            — No me lo tengas en cuenta...

            — A lo mejor no estoy enfadada contigo por eso —respondió ella—. A lo mejor cuando estaba a punto de caerme a esos zombis horribles alguien me gritó que subiera mis malditas piernas, como si fuera tan estúpida de no subirlas porque no me daba la gana. ¿Sabes qué pensé? Este cabrón va a soltarme si no las subo un poco más... Y ya las estaba intentando subir, ni siquiera sé cómo conseguí que alcanzaras una. Pero lo peor es que tengo la certeza de que si no me hubieras alcanzado, me habrías soltado.

            Luis se quedó callado, al principio pensando que había sido muy brusco pero luego sin saber por qué se estaba sintiendo culpable.  Esas cosas le recordaban por qué a veces adoraba su soltería, las mujeres eran el misterio más inescrutable de la naturaleza.

            — ¿Estás enfadada por algo que no hice? Eso es absurdo... Es como si te enfadas con un portero de fútbol que detiene un penalti con la punta de los dedos y salva a su equipo por los pelos.

            — Los hombres nunca entendéis nada... —se limitó a responder ella, con voz triste.

            Luis negó con la cabeza pidiendo al cielo un milagro que le permitiera entenderse con esa chiflada.

 

 

            Se le cerraron los ojos y perdió la noción del tiempo hasta que escucharon un fortísimo golpe en el escaparate. Al principio creyó que era una pesadilla pero al abrir los ojos el golpe se repitió y esta vez fue tan violento que las botellas temblaron chocando una con otras.

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Comentarios: 8
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 22 mayo 2012 23:21)

    Por algún error de código la parte anterior se cortó antes de tiempo. No os preocupéis, he puesto aquí lo que se cortó de la otra parte.

    Dejar vuestras impresiones aquí. Tengo que decir que de momento, solo he creado el escenario de la historia que tenía en mente y ésta apenas ha comenzado.

  • #2

    melich (miércoles, 23 mayo 2012 01:58)

    buenisima la historia que conste que siempre te he leido aunque no comente nada

  • #3

    naruto7 (miércoles, 23 mayo 2012 07:09)

    te felicito esta muy buena la historia espero la continuacion pronto

  • #4

    Lyubasha (miércoles, 23 mayo 2012 10:41)

    Cada vez está más interesante, qué ganas tengo de leer la continuación.

  • #5

    x-zero (jueves, 24 mayo 2012 00:48)

    va genial

  • #6

    Bellabel. (jueves, 24 mayo 2012 22:21)

    Esta increible y cada vez se pone mejor, ya quiero leer la continuación.

  • #7

    carla (jueves, 24 mayo 2012 22:57)

    Va genial :D la continuacion! La continuacion! La continuacion! La continuacion! :D

  • #8

    David (jueves, 02 enero 2014 16:08)

    Que gustoso es leer historias completas :D ...esta buena. voy leyendo esta mientras espero las continuaciones del crucero princess

Animal es el que abandona a su mascota.

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