El ojo misterioso

7ª parte

            — ¡Qué demonios ha sido eso! — exclamó.

            Alguien le cayó encima y sintió pánico.

            — ¡Nooo! — gritó, aterrado.

            — Soy yo —se disculpó María—. Tengo miedo.

            Sus manos delicadas palparon su hombro y se sentó al lado. La absoluta oscuridad exacerbaba sus sentidos hasta el extremo de asustarse por cualquier cosa.

            Afinaron el oído y escucharon más sonidos misteriosos, un animal enorme resoplaba fuera y masticaba carne y huesos. Fuera lo que fuera, eran muy afortunados de que no hubiera reventado el escaparate.

            — ¿Tienes alguna luz? —preguntó él.

            — Tenía una linterna donde estaba antes —respondió la chica—. Pero no pienso dejarte encenderla.

            — No veo nada, tenemos que saber qué hay detrás de la puerta.

            — ¿Y que sepa que estamos aquí? —increpó entre susurros—. No, ni se te ocurra moverte.

            Para asegurarse de que le hacía caso le cogió del brazo y se quedó enganchada como una garrapata.

            Aunque no hubiera hecho eso habría hecho caso. Pero no quiso admitirlo porque le reconfortaba su calor y en aquel silencio era la primera vez que no se gritaban.

            La bestia siguió su festín sangriento y luego se marchó caminando. Por la frecuencia de las pisadas debía moverse a cuatro patas y arañaba el suelo como si tuviera uñas de cristal de roca.

            María temblaba y no sabía si por frío o por miedo o por ambas cosas. Luis también temblaba pero trataba de no hacerlo para transmitir una seguridad que no tenía.

 

            Despertó por la luz del sol que se filtraba entre las rejas. Tenía a María acurrucada a su lado y no había despertado. No quiso moverse porque recordó que no se llevaban muy bien durante el día… Y parecía un ángel en esa postura.

            Lo primero que le vino a la mente fue el monstruo de la noche, que con sus paseos nocturnos había hecho compañía a los zombis. Se moría de curiosidad por ver si seguían ahí fuera o como dijo María se habían dispersado.

            Intentó apartarse de ella sin que se diera cuenta pero al moverse abrió los ojos remolona y se los frotó.

            — Me quedé dormida —se disculpó—. Creí que sería incapaz con tanto miedo.

            — Yo también me dormí.

            Aprovechando que ella no estaba sobre su hombro se levantó y en seguida se arrepintió de hacerlo. Sus brazos estaban doloridos por el gran esfuerzo del día anterior y sus piernas tenían dentro afiladas agujas que le hicieron ver las estrellas al incorporarse.

            — ¡Ala! Qué agujetas.

            Ella siguió su ejemplo y también tuvo dificultades para ponerse en pie. Por instinto y sin pensar, él ofreció su mano y ella la usó para ponerse incorporarse.

            — Lo siento —se disculpó ella—. No debí insultarte ayer, estaba muy nerviosa y tenía un ataque de pánico...

            — Sí, fue un día muy duro para los dos.

            Luis no supo qué decir durante unos segundos. Por primera vez la miró como una chica normal y supo que no se habría perdonado si se hubiera rendido y la hubiera dejado caer la tarde anterior.

            — Hubiera caído contigo —confesó—. Puede que por un momento tuviera la tentación de soltarte pero en seguida me di cuenta de que prefería morir que tener que soportar verte devorada por esos monstruos.

            — No hables de ese tema, trato de olvidarlo...

            — Está bien, ¿qué hacemos ahora?

            María se dirigió a la puerta y descubrió un escenario dantesco. No quedaba ni un zombi, pero había restos de sangre y vísceras por todo el pasillo.

            — Dios mío —susurró.

            Luis se unió a ella y se quedó con los ojos como platos. No sabía si alegrarse porque no había zombis o asustarse más porque no sabían qué clase de monstruo podía ser peor que ellos.

            No había demasiado margen para el optimismo. Pero tener el aeropuerto despejado le animaba a salir de esa tienda y tratar de entrar en el avión, si es que no se había incendiado.

            — Voy a salir —dijo decidido—. Seguramente tendré que volver a subir por el baño... Espero que también pueda bajar y no queden zombis.

            — Te acompaño —se ofreció María—. Al menos hasta que bajes, Podrías necesitar mi ayuda para subir de nuevo.

            — Gracias... Pero no creo que sea necesario, ¿no crees? Quiero decir, te lo agradezco, pero no merece la pena que subas ahí arriba conmigo teniendo en cuenta que esos alambres aguantan tan poco peso.

            — Claro, tienes razón, además qué ayuda te voy a dar yo, que casi no puedo ayudarme a mí misma ahí arriba.

            — No me has entendido...

            — No sigas, claro que entiendo. Soy una carga.

            — Escucha —Luis suspiró, recordando lo fácil que era ofenderla y pensó bien lo que debía decir—. No es necesario que subas y estamos en una situación límite donde cualquier cosa que hagamos debemos pensarla muy bien antes de hacerla. ¿Qué ibas a hacer tú ahí arriba conmigo? Tenemos que ir por soportes separados y no me vas a poder ayudar a bajar porque los dos podemos echar abajo el soporte del baño. Luego, si me pasa algo, nadie te ayudará a bajar...

            — Ni a subir tampoco —rectificó ella—. Por eso quiero estar ahí arriba. Al menos podré moverme y salir de esta tienda.

            Luis comprendió. Era difícil tener fe en su regreso, dado que la tasa de muertes era de diez contra dos en un solo día ahí fuera. Pero ella tenía razón, había que ser realista. Si moría ahí abajo, ella no podría subir sola al falso techo. Sin embargo bajar lo tenía controlado.

            — Está bien, pero... ¿Qué tal si desayunamos antes? Vamos a necesitar energías.

            Ella sonrió y ambos empezaron a recorrer la tienda buscando comida. Desde luego tardarían meses en pasar hambre porque había una sección donde había embutidos, quesos, chocolates — que no eran baratos precisamente—. Había zumos, botellas de agua, y tanto licor que podían vender a toda una legión de supervivientes. Las posibilidades les llenaron de optimismo ya que esa solo era una de tantas tiendas que había intactas en la terminal del aeropuerto.

            Cada uno cargo con varias cosas y se reunieron en el mostrador. Empujaron la pesada caja registradora y al chocar contra el suelo se abrió y las monedas rodaron con libertad en todas direcciones.

            — Vaya, vaya —dijo Luis mientras se metía un puñado en cada bolsillo.

            — Deja eso, el dinero no nos ayudará en esta isla.

            — Oh, sí que lo hará. Mira esto.

            Cogió un euro del suelo y lo arrojó con fuerza a una vitrina de botellas de vino. La moneda hizo estallar en pedazos una de las botellas y María comprendió aunque no disimuló su disgusto por la suciedad que había desparramado.

            — Espero al menos que los zombis se distraigan recogiéndolas —bromeó, mordisqueando una barrita de chocolate.

 

 

            Cogieron una linterna y volvieron a subir al falso techo, que no fue tan difícil como en aquel baño. El mostrador era bastante alto y la banqueta del vendedor era fuerte y firme. Solo tuvo que tirar un poco de la mano de María y subió prácticamente sola, lo que festejó con una risa tonta sin comentar nada.

            Decidieron que no era seguro bajar por el baño de los chicos ya que tenía el soporte dañado y fueron al baño de las chicas.

            Allí incluso tenían un secador de manos para apoyar el pie e impulsarse cuando regresara. Cuando Luis estaba en el suelo la miró por última vez antes de su excursión. Ella le hizo un gesto de cabeza y le despidió con la palma de la mano abierta.

            — Buena suerte, trae buenas noticias.

            — Gracias,... Si no vuelvo en una hora... Dame por muerto y no trates de buscarme. Quédate ahí hasta que alguien venga a rescatart...

            — Por favor, ¿hasta muerto vas a darme instrucciones? —bromeó ella—. Vas a volver, así que deja de decir bobadas.

            Luis sonrió. Definitivamente María estaba más tranquila, pero seguía siendo la misma chica protestona de siempre.

            Abrió la puerta y se asomó con extrema cautela. Ahí fuera no había más que sangre y trozos de carne pegados a las paredes. ¿Y los zombis que ellos habían matado? Se suponía que estarían en medio de la puerta del baño de al lado. Lo más intrigante era que ni siquiera estaban los cadáveres de David y Juan. ¿Se habrían levantado? Todo eso tenía muy mala pinta, ¿y si realmente todo era parte del show? ¿Y si habían conseguido hacer los efectos especiales tan bien que parecía que todo fuera real? Era absolutamente imposible que no quedaran los restos de sus amigos a menos que se hubieran levantado ellos mismos. ¿Pero cómo podrían hacerlo con semejantes daños físicos?

            Caminó por el corto pasillo y asomó la cabeza a la terminal. Lo primero que le llamó la atención fueron las huellas negras sobre fondo blanco en el suelo encerado. Eran de un animal inmenso. Las huellas eran como de lobo y eran el doble de grandes que la palma de su mano. Esa bestia había corrido en todas direcciones excepto por los pasillos de los urinarios, lo que significaba que no pudo ser quien devorase sus cuerpos. Éstos debían haberse levantado por sí solos y no podía estar seguro si fue antes o después de que la bestia visitara a los otros caminantes. Debía tener los ojos muy abiertos porque podía haber más zombis ahí abajo, o algo mucho peor.

            Siguió avanzando hacia las escaleras mecánicas y como no había nadie por allí corrió por el amplio pasillo sin miedo a hacer ruido. Se fijó que había más tiendas, una de perfumes, otra de teléfonos móviles y ordenadores. En un recinto pequeño y protegido del falso techo vio una oficina de cambio de divisas. Junto a las escaleras había un bar con una nevera apagada llena de refrescos y bocadillos que no tenían buena pinta. Estaban todos llenos de moho negro. Ese detalle de dio una idea del tiempo que llevaba eso cerrado, seguramente más de un año. Era una suerte que el queso y el embutido que habían desayunado ganaran calidad y sabor con el tiempo, en lugar de estropearse.

            Finalmente se encaró a la boca del infierno, o al menos eso le pareció la tarde anterior cuando los cuatro iban a bajar a ver el avión. Ahora no había resplandores rojizos, simplemente estaba oscuro como la boca del lobo. Lo más esperanzador era que no se escuchaba nada por lo que seguramente estaba tan desierto como la planta de arriba.

            Encendió la linterna y alumbró abajo, pero no sirvió de mucho, sus ojos estaban demasiado habituados al sol de la planta de arriba y apenas distinguió objetos fuera del círculo de luz central.

            Descendió por las escaleras internándose en la penumbra y poco a poco fue distinguiendo cosas. Ahí abajo había multitud de sillas colocadas en torno a diversos locales de comida rápida. Había una pollería, una hamburguesería, una pizzería... y más allá estaban los controles del aeropuerto. Una valla de cristal en la que solo se podía pasar a través de unos arcos magnéticos que ahora estaban desiertos.

            El avión no estaba por ahí, por lo que dedujo que tendría que atravesar los controles de seguridad. Caminó hacia allá alumbrando nerviosamente a su alrededor. Había un pasillo muy definido en el que las mesas y sillas habían sido apartadas de forma caótica por donde seguramente habían entrado los zombis en tromba. No le gustaba la idea de pasar por esos arcos de seguridad ya que uno de ellos estaba destrozado como si hubiera pasado un tractor por encima. Imaginar una bestia tan grande haciendo esos destrozos en medio de esa oscuridad tan impenetrable no le animaba a continuar. ¿Y si se había quedado a dormir por allí? Después del festín que se había dado con los zombis no sería tan extraño.

            Se tranquilizó pensando que una criatura de ese tamaño debía respirar muy profundamente y le escucharía si estuviera por allí. Un segundo después se dio cuenta de que si era una criatura zombi, no tenía por qué respirar y el miedo volvió a debilitarle las piernas.

            Cruzó el arco de seguridad y antes de seguir avanzando examinó el exterior. Había varias casetas y se imaginó en ellas a los policías de seguridad que revisan el pasaporte. Más allá, al fin estaba la salida que en ese momento estaba cerrada con una persiana metálica que no dejaba entrar ni un hilo de luz.

            ¿Dónde estaba el avión? No podía estar muy lejos.

            A la derecha de la entrada al aeropuerto su luz captó algo voluminoso que le asustó. Su dedo apagó inmediatamente la linterna y analizó en su mente lo que había visto... No era más que un sellador de maletas, encendió la linterna y vio que allí estaba la máquina con los dos hierros verticales que envolvía las maletas en plástico. Suspiró aliviado y siguió buscando.

            — Tiene que estar en el otro lado, aquí está la salida que evidentemente no da a la pista de aterrizaje —se regañó a sí mismo.

            Se dio la vuelta y caminó hacia el otro lateral de la terminal donde se veían los puestos de facturación de maletas. Era un mostrador tan largo como que ocupaba toda la pared que tenía a la vista pero al final distinguió el morro de delfín del jet sobresaliendo sobre los mostradores.

            Esperanzado corrió hacia allí y alumbró con ansiedad al aparato. Estaba abollado pero los cristales de la cabina no se habían roto por el impacto. Se preguntó cómo era posible que no entrara luz por el boquete abierto y cuando alumbró a la pared derrumbada se dio cuenta del motivo de la oscuridad.

 

 

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Comentarios: 6
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 25 mayo 2012 23:36)

    Ya puedes comentar lo que te va pareciendo la historia.

  • #2

    carla (sábado, 26 mayo 2012 21:06)

    Soy la primera :) Va muy bien :D aunque esta parte fue, mas bien como un relleno a la historia :s pero espero la continuacion :D que sea prontito ;)

  • #3

    Lyubasha (domingo, 27 mayo 2012 01:41)

    Lo has dejado en la parte más interesante, qué ganas tengo de leer la continuación :D

  • #4

    naruto7 (domingo, 27 mayo 2012 02:02)

    ya quiero la continuacion ¡¡¡ esta muy buena y cuantas partes van hacer?

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 27 mayo 2012 08:54)

    Entre diez y doce... Ya veremos.

  • #6

    x-zero (lunes, 28 mayo 2012 00:52)

    e me hizo como que un poco aburridas esta parte, como relleno, pero va bien, salu2 (:

Animal es el que abandona a su mascota.

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