El parásito

1ª parte

Dicen que los que buscan encuentran.

Dicen que los que lloran serán consolados.

Dicen que los que quieren poder, y lo buscan, lo tendrán.

Lo que nadie dice es el precio que tienen que pagar.

 

 

            Esta es la historia de un joven llamado Jonás, que tenía casi todo para ser perfecto. Era guapo, pero entre sus amigos había uno que tenía más éxito con las chicas. Le gustaba el deporte, jugaba a toda clase de juegos, baloncesto, fútbol, practicaba artes marciales, pero siempre era segundo en todo, siempre tenía a uno que le superaba. Y lo peor de todo era que esa persona era su mejor amigo Pete.

            No era envidioso pero siempre que le superaba se sentía humillado. Cada día que entrenaba lo hacía con rabia, deseando superar a Pete en algún momento. Era más alto que él, tenía más músculo y cuanto más se preparaba, Pete siempre iba un paso por delante.

            Jonás no soportaba ver cómo la chica que le gustaba estaba con Pete y que todas las medallas de las competiciones a las que se presentaba, invariablemente eran de plata. Pete y él eran uña y carne y lo cierto es que siempre se apuntaban a lo mismo porque si no estuvieran juntos ni siquiera se molestarían. Era su mayor pasatiempo, competir juntos. Jugaban con el mismo equipo de fútbol y siempre elegían a Pete como delantero centro y él era quien le hacía los pases. Ganar los partidos era una cosa trivial para ellos, pero siempre era Pete el que estaba sobre los hombros de los demás, el que recibía todo tipo de cartas de admiradoras secretas. Él solo era su sombra.

            Y estaba harto.

            Sin embargo era leal a su amigo y no tenía motivos para odiarle. Simplemente le envidiaba y trataba de superarle cada día. Estaba seguro de que sin Pete, él no sería ni la mitad de esforzado en sus propósitos. Además de estar un paso por delante, le forzaba siempre a intentar superarle y eso, indirectamente, era el motivo por el que se superaba a sí mismo diariamente. Lo sabía y por eso aceptaba de buen grado el papel de número dos.

 

            Un hombre les había estado observando durante semanas sin que ambos se percatasen. Se trataba de un individuo delgado, con cara de drogadicto, ojeras pronunciadas y piel pálida, pero con una mirada penetrante que parecía leer los más recónditos pensamientos y deseos. Cuando Jonás abandonaba la pista de atletismo y se separó de Pete, el hombre le estaba esperando y se le acercó.

            - Hola Jonás - le dijo -. He estado observándote.

            - ¿Le conozco? - replicó -. Déjeme en paz.

            - Tengo algo que ofrecerte, algo que te hará mucho más fuerte, más ágil y mucho más listo de lo que ya eres.

            - No me interesan las drogas.

            - No, no, no - dijo el hombre -. Tengo lo que buscas, tú, el número dos, la sombra de tu amigo Pete. ¿Quieres dejar de serlo?

            - ¿Cómo podría? - preguntó.

            - Solo dime que sí, y te daré la fuerza que necesitas. Ojo, hablo de que puedas superar a tu amigo en todo y además, podrás leer su mente, ver cómo se siente al ser inferior a ti, porque el poder que te ofrezco es mucho mayor del que puedes imaginar.

            - ¿Qué clase de poder es ese? - preguntó Jonás, intrigado.

            El hombre cogió un bate de béisbol y se lo mostró. Sonriente, con un rápido rodillazo lo partió en dos pedazos. Jonás se quedó boquiabierto.

            - Y esto no es nada - añadió.

            El extraño, que llevaba una gabardina en pleno verano, cogió una pelota de baloncesto y la botó. Corrió hacia la canasta de la pista y saltó. Hizo un mate casi sin esforzarse, midiendo menos de un metro setenta. Jonás estaba asombrado. Él era más alto y apenas tocaba el aro. Por supuesto, Pete llegaba mejor ya que era más alto. Pero ni mucho menos podía meter los dedos en el aro ninguno de los dos. Ese extraño se colgó de él y no parecía haberle costado mucho.

            Botando la pelota, caminando hacia él, el hombre le pasó el balón y Jonás tuvo problemas para cogerlo pues iba fortísima hacia él.

            - Toda esta fuerza será tuya si la aceptas.

            - ¿Así sin más? ¿Qué quieres a cambio?

            - Nada. Solo acepta y te la daré.

            - Claro que quiero esa fuerza - dijo, entusiasmado.

            - Estupendo, esta noche mientras duermas, recibirás mi regalo.

            En cuanto perdió de vista al extraño individio Jonás dejó de creer que sería cierto. Le contó a Pete ese extraño encuentro y su amigo le dijo que no debería hablar con borrachos. Ambos se rieron de aquello y cuando Jonás estaba en su casa ya se había olvidado de aquel extraño episodio.

            Por la noche, mientras dormía, la ventana de su habitación se rompió en mil pedazos y el chico despertó bruscamente. Cuando vio lo que era se asustó y cogió la lámpara para defenderse. Se trataba de una especie de escolopendra gigante de color hueso. Se movía tan deprisa que incluso tirándole la lámpara falló. Corrió por la habitación pidiendo auxilio a sus padres pero el bicho logró deslizarse por el interior de su pijama y se metió reptando hasta alcanzar su cuello. Jonás no se movió por miedo a que le picase.

            Y le picó, sintió los fríos aguijones en el cuello, en las primeras vértebras. El dolor fue tan grande que no podía ni gritar, trató de sacárselo llevándose las manos a la espalda pero no podía alcanzarlo. Una tras otra, las patas de ese bicho repugnante estaban clavándose en su columna vertebral y se hundían hasta alcanzarle el hueso. El dolor era indescriptible. Después del hueso aún se hundían más hasta alcanzar la médula espinal.

            Al final el bicho se había quedado incrustado en su espalda y el dolor, paulatinamente, desapareció. Se llevó las manos atrás y lo tocó, era duro como una piedra, parecía una columna de hueso que sobresalía de su espalda.

            Su padre abrió la puerta y vio la ventana rota y a él apoyado contra la pared, en el suelo de la habitación.

            - Papá - dijo Jonás -, sácame esto de la espalda, llévame a un hospital.

            Sin embargo su padre no pareció escucharle, ni siquiera él pudo escucharse, creyó que se había quedado sordo.

            - ¿Qué ha pasado? - le preguntó, enojado.

            - He tenido una pesadilla - se escuchó decir a sí mismo, sin poder creer lo que oía.

            - Pues la ventana la tendrás compensar con tu paga semanal.

            Jonás se puso en pie y se precipitó hacia su padre. Éste no se apartó, le miró extrañado hasta que él le empujó contra la pared, con una fuerza sobrenatural y le miró sonriente.

            - ¿Qué demonios haces hijo? - preguntó su padre.

            - Corre, papa, no sé lo que estoy haciendo - le intentó gritar Jonás.

            - Tengo hambre - fue lo que realmente salió de su boca.

            Se inclinó sobre él y le clavó los dedos en el pecho, su padre gritó y luchó por quitárselo de encima pero tenía tanta fuerza que no pudo evitar que sus dedos penetraran entre sus costillas, alcanzando el corazón. De un fuerte tirón se lo arrancó y comenzó a devorarlo con ansiedad mientras su padre le miraba aterrorizado y Jonás no podía creer lo que sus manos y su boca estaban haciendo. Antes de que su padre muriera escuchó sus pensamientos de forma clara: "¿Qué te he hecho hijo, para que me hagas esto?"

            Había perdido el control de sus actos por completo. La impresión de lo que acababa de hacer le hizo perder el sentido.

Animal es el que abandona a su mascota.

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