El parásito

2ª parte

            Despertó en el interior de una alcantarilla. Jonás entendió que podía dormir mientras esa cosa campaba a sus anchas por cualquier sitio. Vio, a sus pies, el cuerpo sin vida de su padre y junto a él había una veintena de cadáveres en distintos estados de descomposición. No podía haberlos matado él, no en una sola noche. Se fijó en que uno de los cadáveres era el individuo que le había abordado el día anterior. Estaba claro que terminaría como él en unos días y, lo que era peor, lo presenciaría todo sin poder hacer nada. Ese monstruo se alimentaba de corazones ya que todos los que estaban allí tirados como basura tenían un hueco sangrante en el pecho.

            De un salto, salió de su oscuro agujero y con una mano levantó la tapa y la colocó lentamente, evitando llamar la atención con el ruido. Podía manejarla como si fuera la tapa de una lata de conservas, como si no pesara nada. Tenía una fuerza tan grande que ni siquiera era consciente de ello. Las farolas parecían de papel de plata, que de una simple patada podía doblarlas. Los coches parecían de cartón, las distancias eran confusas porque se desplazaba a grandes zancadas, como un gigantesco saltamontes. Era alucinante, pero también terrible porque no controlaba ni siquiera sus propios pestañeos, era como ver una película en primera persona.

            Cuando reconoció la dirección quiso detenerse. Estaba acercándose a la casa de Jill, su novia. Saltaba de tejado en tejado y reconoció su casa en la distancia.

            - No, no vayas, detente - gritaba en su interior.

            La cosa que le dominaba le hizo sonreír, parecía ansiosa por llegar y devorar el corazón de su novia.

            Fue tal la impresión de imaginar lo que esa cosa pensaba hacer con ella, que se desmayó.

 

            Abrió los ojos y vio a Jill, recostada a su lado. Estaban en la facultad, era de día y estaban en el jardín. Aquello le resultaba familiar, debía ser un recuerdo aunque lo estaba viviendo como si fuera real.

            - ¿Crees que algún día se podrán crear clones? - le peguntó él, mirando al cielo.

            - Seguramente sí, ya lo han hecho con ovejas - respondió ella, mirándole a él a los ojos -. ¿Por qué?

            - Imagínate que me muero, bueno que me estoy muriendo. Y que llega un científico y te dice que es capaz de clonarme tal cual estoy y transferir mi mente al cuerpo clonado antes de morir. ¿Aceptarías?

            - Uy, seguro que sería un proceso muy caro.

            - ¿Y si es gratis? Lo paga la beca de la universidad de Massachusetts - dijo él, con voz grave solemne.

            - No sé, puede que la mente se transfiriera pero no estaría segura de que tú siguieras siendo tú. Aunque antes que perderte, creo que aceptaría. ¿Por qué me preguntas esto? Nunca te han atraído los dilemas científicos.

            Jonás sonrió satisfecho y la besó en la frente.

            - Este mundo está lleno de sorpresas, no sabemos hasta dónde llegará la ciencia algún día - respondió.

            Ella le abrazó con fuerza y suspiró. Pudo sentir el calor de la piel de su rostro sobre su pecho y se sintió feliz. Aquello parecía tan real que dudaba que la muerte de su padre fuera real. ¿Había sido una pesadilla?

            - Me pregunto cómo puedes estar tan tranquilo - escuchó a Jill -. Ayer mataron a tu padre y hoy ni siquiera estás triste.

            Jonás se sorprendió al oír eso. Quiso llevarse las manos a la espalda para buscar al monstruo que se le había pegado pero no hizo nada.

            - Mi padre ya no va a volver - se escuchó decir -. La vida sigue y no gano nada pensando en él.

            - Pero tienes que desahogarte, es terrible que no llores su pérdida. Vas a... echarle de menos y la mejor forma de superarlo es hablando de ello.

            Jonás quería gritar, Jill no tenía ni idea de lo que ocurría, pensaba que era él con quien hablaba pero se trataba de una mente clonada. Un ser sin sentimientos que no echaría de menos a su padre porque era un monstruo sin sentimientos. Y lo que era peor, seguramente tenía intención de acabar con ella también. Quiso decirle que se marchara que le dejara, que era un peligro para ella y todos sus conocidos. Que mirara en su espalda y le ayudara a arrancarse esa cosa repugnante, aún a costa de su vida.

            - Estoy contigo y te amo por ese corazón tuyo, tan grande que tienes - replicó su cuerpo, sonriendo.

            Sintió que sus jugos gástricos se activaban al pensar en su corazón. Ese monstruo pensaba hacerle lo mismo a Jill. No podía permitirlo, tenía que luchar... Ahora lo entendía. Cuando ese misterioso hombre se le acercó a ofrecerle el poder tenía cara angustiada como si algo, dentro de él estuviera luchando con todas sus fuerzas para liberarse. Por esa razón estaba demacrado, tenía ojeras tan profundas y necesitaba cambiar de huésped cuanto antes. Ese monstruo no podía controlar eternamente a sus víctimas.

            "Devuélveme mi cuerpo" - intentó gritar.

            Se concentró en la mano derecha. Debía conseguir moverla, aunque solo fuera cerrarla. Se imaginó a sí mismo cerrándola con fuerza, visualizó dedo a dedo moviéndose bajo sus órdenes y sintió algo de esperanza cuando los músculos del antebrazo se tensaron ligeramente. Sin embargo sus dedos seguían deslizándose por el cabello de Jill.

            - Ey, colega - escuchó una voz distante que le resultaba conocida. Era Pete -. Vente a echar unas canastas.

            - Genial - dijo Jill, entusiasmada -. Así liberarás algo de tu energía. Te noto tenso.

            - Está bien - aceptó como si lo hiciera por ella.

            Se acercaron a la pista de baloncesto y Jill se sentó en la grada de cemento a verlos jugar. Siempre lo hacía, se había enamorado de él viéndole jugar. Le encantaba verles enfrentarse a pesar de que nunca conseguía ganar a su amigo.

            - Hoy si quieres te doy ventaja de cinco puntos - sugirió Pete, sonriente.

            - No te hagas el macho, que esta vez te voy a machacar - replicó Jonás, con convicción.

            - Ja, ja, ja, cuándo aprenderás a ser menos fanfarrón. Sabes que nunca podrás ganarme - replicó Pete.

            Echaron a suertes quien empezaba con la pelota con el juego piedra papel tijera y ganó Pete.

            - Acostúmbrate, colega, yo siempre gano.

            Al menos no estaba devorando corazones por ahí, esa cosa seguía siendo él. Una versión diferente que no podía controlar, pero era él al fin y al cabo. Nadie podía notar nada porque no había nada que notar.

            - Vamos quítate la chaqueta - ordenó despectivamente Pete.

            - Esto va a durar poco. Veinticinco puntos te los meto antes de sudar - replicó su clon mental.

            Pete botó la pelota con la agilidad habitual. Él ni siquiera se acercó a intentar quitársela, le dejó moverse por el campo con libertad hasta que saltó y trató de tirar. En ese momento hizo un rápido movimiento y en un abrir y cerrar de ojos, había taponado a Pete y era él quien llevaba la pelota por el campo, botándola con chulería.

            - Qué salto, ¿cómo lo has hecho? - preguntó Pete, asombrado.

            - Te haces viejo, colega - replicó, satisfecho.

            Pete intentó quitársela en un rápido movimiento de mano y Jonás le esquivó en el último momento, corrió hacia la canasta botando la pelota y saltó sin apenas esfuerzo, haciendo mate espectacular. Para desesperar más a su amigo, se quedó colgado del aro unos segundos y le miró desde allí, sonriente.

            Estaba pletórico, nunca antes había ganado a su amigo y nunca había conseguido sorprenderle. Siempre pensó que cuando lo hiciera Pete se enojaría, pero su amigo estaba sonriendo. Parecía feliz porque al fin tenía un rival digno de él.

            - No sé qué te ha pasado, pero me gusta - dijo -. Va a ser emocionante.

            - Ánimo Jonás - gritó Jill desde la grada.

            El partido fue intenso en cuanto a dureza física. Pete perdía la pelota a pesar de todos sus esfuerzos y nunca le dejó tirar. Siempre saltaba un poco más alto que él y le quitaba el balón de sus manos y aquello comenzó a agotar la paciencia de su amigo cuando el partido iba diez a cero. Sí, iba a humillarle, le dejaría a cero para que supiera lo que era la derrota más desagradable. Tenían una norma entre ellos, si en una partida de lo que fuera, uno de los dos quedaba a cero, estaría obligado a bañarse en la fuente de la entrada de la facultad. Nunca habían llegado a tanto porque él no solía quedar a cero aunque a veces estuvo cerca. Esta vez le humillaría y esa idea le hizo sentirse feliz, por primera, vez de tener esa cosa pegada a la espalda.

            Canasta a canasta, la paciencia de Pete se agotaba y cuando iban diecinueve a cero, intentó adentrarse en la canasta usando toda la fuerza de su cuerpo contra él para hacerle caer. Estaba realmente enfadado y Jonás disfrutaba con ello. En el encontronazo Jonás cayó al suelo y rodó de espaldas sobre ese bicho que tenía clavado en su columna. Aquel golpe debilitó su férreo control y notó que la criatura que dominaba su mente chilló como una rata quemada. Esperanzado por haberla aplastado trató de moverse por sí mismo y notó que sus miembros al fin respondían. Se llevó una mano a la parte de atrás de su espalda y tocó al bicho donde parecía haberse lastimado, justo a la altura de la cadera. Notó que el impacto contra el suelo había roto una de sus patas y posiblemente eso le hizo perder el control.    

            "Ayúdame Pete" - quiso decir -. "Tengo una cosa clavada en..."

            Su boca no estaba hablando. Pete le ofreció la mano y él la aceptó para levantarse.  Su mano derecha seguía obedeciendo al monstruo y su izquierda era lo único que podía controlar, aunque no demasiado, solo podía moverla cuando se esforzaba, pero si no lo hacía, seguía moviéndola la criatura que le dominaba.

            - Nos ponemos serios ¿eh? - dijo Jonás, maldiciéndose por que no había recuperado el control de nada.

            - Puede que me ganes algún día, pero no será hoy - retó Pete, enfadado.

            Se puso en pie y botó la pelota con calma, fuera de la línea de tres puntos y de espaldas a Pete. Este le cubría férreamente y no parecía dispuesto a dejarle tirar sin hacerle problemas.

            Dio dos rápidas zancadas a la derecha, amagó y dio una zancada a la izquierda mientras Pete saltaba donde él ya no estaba. Tiró y la pelota se metió limpiamente por la canasta, dejando a Pete derrumbado por su aplastante derrota.

            - ¿Qué te has tomado? - le preguntó -. Has estado mucho más rápido, mucho más inteligente... ¿Es alguna bebida energética nueva?

            - Eres un manta y me he cansado de dejarme ganar - reconoció Jonás.

            Dicho eso se fue hacia Jill, que estaba festejando su victoria con vítores y aplausos.

            - Has estado genial - dijo mientras le cogía la mano izquierda.

            Notó su calor y su contacto le dio esperanzas. Apretó con fuerza su delicada mano y trató de que se diera cuenta de que algo raro estaba pasando.

            - Ay, me haces daño - exclamó, dándole una palmada en el pecho.

            - Lo siento dijo, soltándola. Estoy un poco tenso por lo de mi padre, vamos a un sitio solitario, quiero celebrar esto a lo grande.

            Si Jill hubiera seguido con la mirada a su mano izquierda sabría que algo raro le estaba pasando. La tenía contraída y con todas sus fuerzas como la única forma de expresar el grito que Jonás estaba profiriendo en su interior. Esa cosa tenía hambre y estaba a punto de matar a su novia en cuanto tuvieran intimidad. Podía sentir cómo se retorcía de placer. Al parecer, cuando se lastimaba necesitaba alimentarse con urgencia, los corazones le devolvían su fuerza y se regeneraba. Lo veía en su poseída mente.

            Se dirigían a su coche y se vio a sí mismo planeando llevarla a un lugar sin testigos, lejos de la ciudad. Jill confiaba ciegamente en él y no sabía que se dirigía directamente a la muerte.

 

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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