El parásito

3ª parte

            Los pensamientos de Jonás eran lo único que podía controlar y la monstruosa imagen reflejada de ellos, era lo que le hacía saber cómo pensaba el monstruo. Era como una versión maligna de su propia forma de pensar. Compartían los recuerdos y mientras el bicho controlaba casi todo su cuerpo, él solo podía imponerse ante el manejo de la mano izquierda. El bicho no se sentía a gusto en el coche, era una postura que le incomodaba porque todo el peso del cuerpo se apoyaba sobre él. Puede que su cuerpo fuera más fuerte pero esa cosa no lo era tanto.

            No podía permitir que cumpliera sus objetivos de modo que empleó todas sus fuerzas en incomodarlo, apoyando la mano izquierda en el volante y empujando hacia atrás, para aplastar aún más al parásito. Al principio parecía que no servía de mucho pero poco a poco, cuanto más empujaba, más daño le hacía y más liberaba su cuerpo para poder dominarlo. Siguió empujando y sintió que la mano derecha también empezaba a responder. Con ambos brazos presionó su espalda con mucha más fuerza y el bicho comenzó a chillar en su cabeza. Podía intentar aplastarlo pero se estrellarían porque ahora ya no solo sufría la criatura, sino también él. Sentía como si se le clavaran en la espalda una veintena de clavos.

            El dolor le devolvió el control completo, pero debía mantener la presión contra su espalda para que esa cosa no volviera a dominarlo. Frenó el coche junto al arcén y gimiendo de dolor, por el esfuerzo de sus brazos, miró hacia Jill, colorado y sudoroso. Los coches pasaron a su lado a toda velocidad, haciendo sonar sus cláxons e insultándoles.

            - ¿Qué te pasa? - preguntó ella, inocentemente.

            - Sal del coche - ordenó.

            - ¿Qué? - se escandalizó ella -. Estamos en medio de la autopista.

            - Llama a un taxi, pero vete. Estás en peligro.

            - ¿Alguien te sigue?

            - ¡No! - gritó, exasperado -. Yo soy el peligro, tienes que irte, aléjate de mí.

            - Me estas asustando, ¿qué te pasa?

            - No puedo decírtelo... es una larga historia y no hay tiempo. No sé cuánto voy a aguantar.

            - ¿Qué piensas hacer?

            - Lo único que podría salvarte - dijo, teniendo claro que debía estrellar el coche con él dentro para destruir esa criatura.

            - No me gusta cómo me miras. ¿Piensas hacer una estupidez?

            - Maldita sea, sal del coche ahora - empezaba a perder la paciencia.

            Tenía que presionar contra su espalda y sentir que se le clavaban las patas del bicho en el organismo, liberando así levemente la columna vertebral. Era un dolor terrible y esa cosa luchaba por aferrarse a su médula y recuperar el control. Sentía sus patas cortas moviéndose, hurgando en su carne, tratando de clavarse en sus vértebras, para lograr conectar de nuevo con la columna. Era como si le estuviera masticando lentamente. En cualquier momento lo conseguiría y ella estaría perdida.

            - No vas a suicidarte - se empecinó Jill -. No pienso moverme de aquí.

            - Idiota, estúpida, no lo entiendes, no soy yo el que tiene que morir, es... una cosa que... tienes que salir, hazme caso amor mío - consiguió serenarse -. Sé que no vas a comprender lo que está a punto de pasar, pero créeme, es lo mejor que podría pasar. Mi padre murió porque una especie de escolopendra gigante entró en mi habitación y se me clavó en la espalda. La estoy aplastando ahora con mis brazos cuanto puedo pero solo consigo liberar sus patas de mis nervios, no la voy a poder matar así. Si la dejo controlarme, te matará, te hará pensar que soy yo, y cuando más confiada estés te arrancará el corazón. Por favor, Jill, no preguntes nada más y sal del coche.

            La chica no parecía creerle pero por el tono angustiado y dolorido de su novio no pudo dudar de él. Acercó la mano al cuello de su chaqueta y lo separó del asiento para ver lo que tenía detrás. Lo que vio le hizo parar el corazón del susto. Era la cabeza de un insecto. Sus espeluznantes ojos negros la miraban con imperturbable frialdad. Su cuerpo alargado se perdía tras la espalda de Jonás y solo podía ver una de sus patas, que estaba clavada en su espalda y se veía que intentaba clavarla más pero la presión del asiento se lo impedía.

            - Vamos, vete - rogó Jonás.

            - Te amo - dijo Jill, con lágrimas en los ojos -. No puedo dejar que te mates.

            - No me mato, amor mío, doy la vida por salvar la tuya. Yo ya estoy muerto. Por favor, no me quedan muchas fuerzas, vete.

            - No pienso bajarme del coche - replicó ella, obstinada.

            Jonás la miró con una expresión de impotencia.

            - No puedes salvarme. Tienes que bajar, mataré esta cosa y no podrá matar a más gente. Créeme, he visto su nido y era horrible. Al que se clavó por última vez le vi como si le hubiera chupado el alma. Y sus otras víctimas las tiene amontonadas como si las coleccionara.

            - O como si tuviera una prole que alimentar - dedujo ella asombrada-. ¿Viste crías?

            - No, no vi nada, era horrible. Cuando lo vi perdí el sentido y desperté junto a ti. Es muy listo, utiliza mis recuerdos y es prácticamente igual que yo. Hasta se permitió el lujo de preguntarte si le querrías igual a él que a mí, si fuera un clon con mis recuerdos, sabiendo que me estaba muriendo y escuchándolo todo. Quería hacerme sufrir física y mentalmente.

            - Dios mío, ¿por eso me hiciste esa pregunta absurda?

            - Claro, ¿desde cuando me ha dado a mí por pensar cosas tan profundas? - protestó Jonás, gimiendo de dolor y con las manos temblorosas.

            - Lo siento, contesté que sí y debió dolerte. No sabía lo que estaba pasando.

            - Ahora lo sabes, hazme caso y sal del coche. No aguantaré mucho más.

            Ella urgó en su bolso y seguía sin obedecerle.

            - No es momento de maquillarse - se enojó él.

            - Tenía aquí unas tijeras que siempre llevo encima. Nunca se sabe cuándo pueden hacer falta, ¿sabes lo molesto que es que se te rompa una uña y tenerla así todo el día? - parecía que ya no le preocupaba la situación y desde luego, no parecía dispuesta a salir.

            - ¿Para qué quieres...

            - No pienso dejar que este repugnante bicho te mate - respondió ella, con rostro decidido.

            Al fin las encontró, unas tijeras de unos diez centímetros de largo. Se las puso en los dedos y le miró, sonriente.

            - No te va a doler a ti.

            Se acercó a él, separó el cuello de su chaqueta universitaria y con una mano agarró la pata que intentaba clavarse y la sujetó mientras con la otra mano usaba las tijeras para cortársela.

            La criatura chilló de dolor y del corte manó sangre roja, probablemente era de Jonás.

            - No sigas, no sigas, me está matando, me está clavando sus patas - suplicó su novio.

            - Bueno, entonces tendremos que mandarle que se esté quieta - resolvió Jill, agarrando la cabeza de la criatura entre sus tijeras y empleando todas sus fuerzas para cortarla.

            - Aaaaahhhhgggg - se quejaba Jonás -. ¡Hazlo rápido!

            Clac.

            La cabeza saltó de su lugar y rebotó en el techo, manchando todo de sangre oscura. Aunque su cuerpo medía casi un metro, su cabeza no era tan grande. Era plana y redondeada y tenía el diámetro de una bombilla.

            - Ya está, puedes dejar de apretar. El bicho está muerto.

            Jonás no podía creerlo y se fue relajando poco a poco. Las patas aún se movían pero no con fuerza ni coordinación. Se estaban debilitando. Cuando estaba seguro de que podía descansar, se dejó caer sobre el volante y suspiró aliviado. Entonces se puso a llorar.

            - Quítate la chaqueta - ordenó ella -. Voy a sacártelo.

            Jonás obedeció. Con mucha debilidad se quitó una manga y luego la otra. Al quedar el bicho al descubierto Jill tuvo ganas de vomitar. Era parecido a una escolopendra pero tenía patas como los cangrejos, ninguna con tenazas, la cubierta de su cuerpo era dura y era de color rojo oscuro. Seguía moviéndose por instinto pero poco a poco estaba deteniendose.

            - Voy a sacarte las patas clavadas, ¿Preparado?

            Agarró una de ellas y tiró hacia fuera. Jonás gritó de dolor.

            - Espera, espera. Llévame a un hospital. He sentido un calambre en la columna, puedes dejarme paralítico.

            - Sí, no me atrevo a continuar – se rindió ella.

            Jill bajó del coche y se fue hacia la otra puerta. Empujó a su novio hacia el otro asiento y éste, a duras penas podía moverse.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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