El parásito

5ª parte

 

            Abrieron la alcantarilla más cercana al campus universitario, o al menos la primera que encontraron. El olor ahí abajo era nauseabundo, aunque el hecho de que no fuera olor a heces les animó ya que parecía que había animales muertos ahí abajo, a juzgar por el hedor.

            Habían cogido la linterna que tenía Pete en el coche y descendieron por los escalones de hierro hasta el suelo húmedo de la alcantarilla. Era un borde de apenas treinta centímetros y al lado corría el agua sucia sin apenas ruido. No había nada a la vista en ninguna de las dos direcciones de modo que eligieron una, aleatoriamente.

            Jill iba tan pegada a Pete que a veces le empujaba y le hizo pisar el canal de agua enfangada. Había telarañas llenas de una cosa pringosa y marrón que colgaban del techo que debían esquivar para que no se quedaran pegadas en sus ropas. Jill no pudo soportar el hedor y se tapó la nariz.

            - Nunca pensé que pisaría un lugar tan horrible - dijo ella.

            - No es el sitio a donde llevaría a una chica en mi primera cita.

            - Esto no es una cita - replicó Jill.

            - Era broma, mujer.

            Continuaron caminando por los pasillos y llegaron a una bifurcación. Pete sacó las llaves e hizo una cruz raspando en una pared, la del camino que iban a seguir. Si tenían que explorar todos esos túneles, tendrían que marcar por dónde habían pasado ya.

            El hedor a descomposición se intensificaba a cada paso que daban. Alumbraba al suelo casi todo el rato por si veía escolopendras pero las únicas criaturas que vieron, y no eran pocas, eran ingentes cantidades de cucarachas. Desde las más pequeñas hasta las que superaban el tamaño de un pulgar. Por suerte se apartaban a su paso y no tenían que pisarlas.

            - Creo que nos acercamos - especuló él -. Empieza a oler tan mal que me cuesta respirar.

            - Dímelo a mí - dijo Jill, con la camiseta sobre la nariz.

            La búsqueda fue larga y aburrida, ninguno dijo nada y pasaron una hora, dos horas, tres, y el nido no aparecía. ¿Se habían equivocado de zona?

            En cualquier caso se dieron por vencidos y salieron de allí desanimados. Tanto esfuerzo no había servido para nada.

            - Déjame invitarte a un café. Al menos no tendrás que recordar nuestro paseo por la alcantarilla de este día.

            - No, estoy cansada, me voy a casa.

            - Vamos, es sábado, no seas aguafiestas.

            - Está bien - aceptó de mala gana -. Pero tengo que cambiarme, ducharme... y seguro que tú también. ¿Quedamos a las nueve en mi casa?

            - Estupendo, a las nueve nos vemos.

            Cada uno fue en una dirección del metro, él tenía que ir a recoger su coche de la facultad para poder irse a casa.

 

            En el encuentro Jill se puso una chaqueta para protegerse del fresco de la noche y Pete llegó con el pelo mojado, chaqueta de cuero negra y jeans de color azul oscuro. Condujo hasta una cafetería cercana y aparcó por allí. Sin embargo ella se quedó pensativa en el coche, sin salir.

            - ¿Estás preocupada? - preguntó él.

            - Me da miedo ir a verlo al hospital. Sé que está en coma y que aunque le despertaran tendría que estar meses en cama. Podría quedarse paralítico y no podría verlo sin llorar.

            Pete sonrió, mirando al infinito.

            - Si yo me quedo paralítico... me suicido. No podría soportarlo.

            - Ya, es justo lo que necesitaba oír en este momento - le recriminó ella.

            - Perdona, es que solo pensarlo... Espero que se ponga bien, ¿eh? Pero si ha de salir mal de ésta, sería mejor que no saliera.

            - ¡Por Dios! - gritó Jill, enojada.

            - ¡Qué! Es justo lo que todo el mundo pensaría. Hasta tú tienes que estar de acuerdo.

            - ¡No! ¿Estás chiflado? - le regañó.

            - Venga, mujer, pasarte la vida en una silla de ruedas no es vida. Eres una carga para todo el mundo.

            - Cállate - ordenó Jill, enojada.

            - No me digas que no estás de acuerdo.

            - ¡Por supuesto que no! - gritó -. Le amo, ¿entiendes? No podría desear su muerte ni aunque estuviera sufriendo. Cuando quieres a alguien no piensas en su calidad de vida, sino en disfrutar todo el tiempo posible a su lado. Cualquiera puede acostumbrarse a vivir en una silla de ruedas, es cuestión de rediseñar el modo en que vas a vivir. Por que no puedas jugar al baloncesto no se termina el mundo.

            - Venga ya, no es solo eso.

            - ¿Sabes? - preguntó ella -. Llévame a casa, no es una buena idea haber quedado contigo.

            - Te estás enfadando porque te gusto. Porque sabes que ahora Jonás no es más que un vegetal y siempre me has mirado con ojitos.

            - ¿Qué? - Jill empezó a asustarse.

            - Vamos, no lo discutas. Has quedado conmigo para olvidarte de la pesadilla, para darnos un revolcón.

            Ella se puso en alerta. Ese no era Pete, al menos, no el que ella conocía.

            - ¿Puedes quitarte la chaqueta?

            - ¿Por qué?

            - Quiero ver tu espalda.

            Pete la miró escandalizado.

            - ¿Por qué? - repitió, arisco.

            - Siempre has sido pretencioso pero siempre he pensado que tenías buen corazón. No has dicho una sola cosa que demuestre que sientes algo por nadie. Eres como Jonás antes de que pudiera revelarse contra la criatura.

            - No tengo nada en la espalda - dijo Pete.

            - Quítate la chaqueta - ordenó ella.

            Aquella orden hizo que Pete golpeara el volante y arrancara el coche. Jill quiso salir pero no se había quitado el cinturón y cuando lo hizo ya estaban en movimiento.

            - ¿Qué haces? - preguntó, asustada -. ¿A dónde me llevas?

            - Voy a darte lo que buscas. Quieres ver el nido, ¿verdad?

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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