Entre la tumba y el ataúd

11ª parte

            Lourdes se encontraba a más de seiscientos kilómetros de distancia. A la media hora de salir se acordó de que no había desayunado y Verónica le dijo que convenía que no comiera nada en todo el tiempo que estuviera allí. El ayuno, a parte de ser una forma de perder peso, despejaba el alma y hacía más fácil la comunicación con entidades espirituales. Aquello no le gustó mucho al investigador y se detuvo en un centro comercial que encontró por el camino para tomar su café y un gran donut de chocolate. Pensó que si iba a ser su última comida en dos días, lo mejor era darse un buen capricho.

            Después continuó el viaje y pronto comenzó a entrarle sueño. Se puso música y mientras conducía dejaba reposar su brazo derecho sobre sus piernas porque el dolor de sus heridas empezaba a ser bastante fuerte. Necesitaba una cama y descansar, se preguntó si no sería demasiado pronto para ponerse manos a la obra. No llevaba ni doscientos kilómetros cuando se le cerraban los ojos. Se detuvo en un área de descanso, bajó el asiento y durmió. Pensaba dormir unos minutos pero no despertó hasta las ocho de la tarde. Aun así seguía agotado.

            Condujo hasta Huesca y decidió pernoctar allí, ya no podía más. Buscó un hotel y se hospedó allí. En cuanto apoyó la cabeza en la almohada se quedó como un tronco.

            Se despertó pronto y se sentía con fuerzas renovadas. El camino hasta Francia aún sería largo pero era mucho más divertido que el aburrido recorrido hasta allí, que habían sido autopistas rectas. Ahora tenía que recorrer valles entre encrespadas montañas que parecían acariciar el cielo. Sintió deseos de bajarse del coche a hacer fotografías de los espectaculares paisajes pirenaicos. Había pueblos a cientos de metros de altura, en lugares que parecía imposible llegar.

            - Me pregunto.... - se dijo, esperando una respuesta de Verónica, mientras conducía-. Si se puede matar a Alastor. Pensaba que Génesis, Isis, o como se llame, había conseguido encontrar el modo pero por lo que me dices, Alastor pudo curarse de la picadura de cobra.

            «El esposo de Isis murió y su otro hermano fue asesinado por su hijo. Hay una forma de matarlos, sí, pero es casi imposible debido a que sus poderes son demasiado grandes como para que puedas hacérselo. No vas a poder matar a Alastor aunque pudieras vivir mil años y Génesis te contara todos sus puntos débiles. Por otro lado no es esa la finalidad de este viaje, ahora solo importa que Génesis se fije en ti y se te manifieste. Claro que es probable que no lo haga, diría que es casi imposible para una persona normal. Miles de peregrinos acuden a Lourdes con la misma esperanza y todos se van sin haber visto nada. Muchos otros acuden para curarse de alguna enfermedad terminal y vuelven a sus casas sin ver milagros. Hay demasiada creencia en que se producen curaciones milagrosas y en realidad es pura estadística que de un millón de enfermos terminales, uno o dos se curen milagrosamente.»

            - Entonces, ¿la gente no se cura en Lourdes? Pensé que el agua de la fuente tenía más efectividad, la verdad.

            «Lourdes es un lugar especial. Y si vas esperando algún milagro, me temo que te decepcionará. No vamos para que tú veas. Vamos a que ella te vea a ti.»

            - Vaya por Dios - replicó -. Eso no suena nada bien, odio las situaciones que no puedo controlar.

            El camino por carreteras escarpadas murió cuando llegaron al túnel que conectaba los dos países. Un trayecto angustioso porque no sabía cuántos millones de toneladas había sobre su cabeza y parecía un camino interminable directo a las entrañas del infierno.

            - ¿El pecado original fue obedecer a Alastor? - preguntó Antonio, recordando la historia que le contó Verónica el día anterior.

            «El primer pecado del hombre fue la soberbia. Alastor fue como la serpiente que les abrió los ojos. Se dieron cuenta de su poder y quisieron ser como él de poderosos. No se puede culpar a ese primer hombre de todos los males del mundo ya que es algo con lo que el hombre actual está acostumbrado a vivir. Una familia se comienza a desmoronar cuando uno de sus miembros se considera superior al resto. La soberbia acabó con el paraíso, y es la razón por la que el hombre nunca podrá volver a ese lugar, que en realidad es un estado de ser y bienestar y no un sitio físico.»

            - Vaya, no pensé que fuera ese precisamente el pecado más importante.

            «Lo es porque la soberbia invita a entrar a todos los demás. Las relaciones entre hombre y mujer solo pueden funcionar cuando no tienen una persona que sea superior a la otra.»

            Aquello le trajo bonitos recuerdos y algunos amargos. Cuando estaba con Brigitte, en los meses que estuvieron juntos, habían estado celebrando cada mes, desde que se casaron en las Vegas y lo hicieron con verdadera pasión. Pero el cuarto mes, poco antes del caso de la mano negra, él le prometió ir a comer a un sitio muy especial y cuando llegó el día le dijo que tenía que pasar antes por correos porque tenía un paquete que recoger. Se entretuvieron en casa y cuando fueron a salir él le dijo que ya no llegaban a correos. Ella se lo tomó muy mal y le dijo que no le importaba nada esa porquería de paquete. Como se enojó, ya no quiso salir a comer y estuvo todo el día enfadada sin explicarle por qué. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que su enfado fue por que había sido muy egoísta. Cuando le dijo lo del paquete ella entendió que le importaba más el paquete que celebrar su cuarto mes y así era, parecía más entusiasmado por lo que tenía que recoger que por la celebración de la boda.

            Pensar en ella hizo que instintivamente bajara la velocidad del vehículo. Cada minuto que pasaba se estaba alejando más y más y Brigitte seguía pensando que estaba muerto. Su corazón empezó a bombear con dificultad y se sintió tan mal que tuvo que salirse al arcén y apoyar la cabeza contra el volante. No le dolían las heridas, echaba de menos a su mujer. Se estaba metiendo en un nuevo lío que podía matarle y ni siquiera había intentado decirle que estaba vivo.  ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no daba la vuelta y se lo decía? Si ella se negaba a creerle, ya saldría a la calle algún día. Pero no tenía excusa, si volvía una semana más tarde y le decía que no había ido cuando había podido, a lo mejor no le perdonaría nunca. Si un comentario tan sencillo le dolió profundamente, como en su cuarto mes de matrimonio, cuánto más le dolería saber que podía haber ido mucho antes y no fue porque no quiso.

            «Tienes que seguir adelante» - animó Verónica -. «Sabes que Alastor te vigila y si vuelves con ella podría hacerle cualquier cosa.»

            - Él se mete en la mente de la gente - protestó él -. ¿Cómo sé que no te está imitando?

            Porque no puede imitar lo que sientes cuando yo te hablo - replicó Verónica -. «Si no quieres confiar en mí, al menos sé razonable. Si soy Alastor, no te conviene volver por vuestro bien, y si soy Verónica soy de fiar y tienes que hacerme caso.»

            - Maldito bastardo... - insultó -. Creo que nunca voy a ser libre, nunca me dejará en paz. ¿Cómo puedo desafiar a una persona tan poderosa?

            «Encontrando a Génesis» - repitió Verónica.

            - ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Quieres que encuentre a la Virgen de las apariciones, a una mujer que no ha sido vista con vida desde hace miles de años. ¿Cómo voy a hacer que se fije en mí? Los niños que la han visto eran puros de corazón, eran inocentes y ni siquiera la estaban buscando, por no mencionar que han muerto de viejos o están a punto. Necesito encontrarla con desesperación y no soy puro ni lo seré nunca.

            «Te estás olvidando de un detalle, Antonio. Yo te ayudaré a encontrarla y eso es como decir que quiere ser encontrada por ti.»

            - ¿Y por qué harías eso? Sabes que Alastor intentará acabar con ella y no quiero que le haga daño.

            «¿Por qué?» - Inquirió Verónica -. «Es lo único que te impide volver a retomar tu vida.»         

            - Génesis no es estúpida. No se ha aparecido a todos los que la buscan año tras año en esa gruta, personas que no tenían malas intenciones. ¿Por qué habría de acudir a mí?

            Verónica no respondió. Sus dudas eran razonables y ella no se las despejaba. ¿Acaso ni siquiera Dios podía saber cómo se resolvería ese lío?

            - Quiero volver con mi mujer, ayúdame a evitar que Alastor nos haga daño. No pienso traicionar a esa diosa.

            «Entiendo perfectamente cómo te sientes»- habló, al fin Verónica -. «A veces te oculto cosas y lo cierto es que no es Alastor el único que quiere que la encuentres. ¿Por qué crees que estoy contigo desde hace meses? ¿Por que me gustó que me clavaras ese cuchillo? No... Ella me ha enviado.»

            - Creí que te envió Jesús - replicó, confuso.

            «No importa quién me dio el mensaje. Importa hacia dónde vaya tu corazón y el tuyo es bueno y tiene intenciones rectas.»

            - Yo no lo creo - renegó.

            «Escúchate, te niegas a encontrarla porque la van a hacer daño. Al menos eso es lo que tú piensas, pero conoces de sobra el poder de Dios. Alastor se siente poderoso y cree que puede desafiar a quien sea. Para él Dios no es más que un mito, pero Génesis lo está contemplando. Te pido que sigas adelante y confíes en mí, confíes en Dios y cuando te encuentres con ella, también confíes en ella.»

            - ¿En serio querrá encontrarse conmigo? - preguntó.

            «Las cosas se torcerán mucho antes de empezar a mejorar. Pero el camino que tienes por delante es necesario que lo recorras para evitar un mal mucho mayor. Puede que te arrepientas de haberla buscado, pero recuerda mis palabras: No hay otro camino.»

            Antonio agarró la llave de contacto y puso el coche en marcha. Con precaución se unió a la circulación y continuó el camino.

            Durante el trayecto no volvió a hablar con Verónica. Llegó a un pueblo llamado Oloron de S'aint Marie, después a Pau donde encontró el primer cartel de Lourdes. A pesar de ello no volvió a ver señalizaciones hacia allí en una veintena de kilómetros hasta que llegó a un enorme no le pareció un lugar especial. Eran casas separadas por un profundo valle que para cruzar el rio tuvo que alcanzar un puente. El pueblo dejaba de ser un lugar rural corriente y se sorprendió por que estuvo rodeado de tiendas religiosas, puestos con todo tipo de figuras de la Virgen y las calles adornadas con tiras fiesteras que recorrían todas esas calles. El río Gave dividía la mitad ajena a la Virgen de todo el merchandising relativo a las apariciones. Vio una señal para llegar a la la gruta de Massabielle y no tuvo problemas para llegar a través de lo que parecía un parque temático de la Virgen María.

            Aparcó el coche en una cuesta, junto al santuario, justo al lado de unos aseos que fue a probar en cuanto se bajó del coche, y se fijó que tenía que pagar por cada hora hasta las siete de la tarde. Por suerte ya eran las ocho así que no tuvo que hacer nada. Había un par de autobuses enormes aparcados por allí y vio que la gente entraba y salía del lugar en masa. Allí debía haber miles de peregrinos. Al entrar en el recinto lo primero que le llamó la atención fue la inmensa corona dorada que estaba situada sobre una de las capillas. Más arriba había una catedral y más abajo, una plaza gigantesca donde había unos jardines con flores entorno a una bella figura blanca del tamaño de una persona, al imagen de la Virgen.

            Ver aquello le dejó sobrecogido. La gente hablaba en diversos idiomas y a pesar de la multitud se sintió fuera de lugar y solo. Todos iban y venían en grupos, algunos llevaban enfermos en sillas de ruedas, otros se habían comprado pañuelos donde especificaban qué grupo era el suyo, para no perderse.

            Entre aquel caos de fieles peregrinos Antonio siguió las indicaciones de la gruta y tuvo que bordear el río Gave hasta una especie de capilla al aire libre donde la figura de la Virgen miraba al cielo, sobre lo alto de una peña. Estaba a más de tres metros de altura y a sus pies pasaba un río de gente que cruzaba con reverencia, besando la roca, pasando por detrás de un altar de piedra. Había tres hileras de bancos blancos muy juntas y un poco más atrás una última hilera donde se sentaban aquellos que querían orar con sus familiares en silla de ruedas. Había casi un centenar de personas orando en silencio. Se fijó en una monja muy guapa que estaba sentada en el suelo, muy lejos de la gruta, apoyada contra el murito que limitaba la capilla de la gruta con el río.

            Ahí se quedó él, esperando instrucciones de su amiga del más allá. Al principio se quedó de pie, apoyado contra el murete del río, luego se sentó como la monja y después de dos horas de espera, finalmente se decidió a acercarse a los últimos bancos. Se habían hecho las diez de la noche y lo único que quería hacer era sentarse en a seguir esperando.

            Esperaba cualquier manifestación, que una mujer tan bonita como Ana se sentara a su lado y le dijera que le había estado esperando. Estaba ansioso por conocer a Génesis y no importaba que pasara un minuto o una hora. La espera iba a merecer la pena, estaba seguro.

            Cuando el reloj marcaba las doce de la noche se quedó asombrado al ver que la capilla de la gruta seguía llena de gente. Muchos habían llegado cuando él y permanecían allí arrodillados mirando al cielo y con un rosario en la mano. Otros iban y venían, la mayoría hacía cola para pasar por delante de la gruta y besar la piedra sobre la que reposaba la estatua de la Virgen.

            «Es increíble»- pensó -. «Llevo aquí cuatro horas, no tengo habitación de hotel y ya es imposible que la consiga y sigo sin ver nada en absoluto pero... no quiero irme. Nunca me había sentido tan bien en un lugar.»

            No esperaba respuesta de Verónica y no le contestó. Parecía que aquello era una prueba de paciencia, al principio, pero ahora entendía que estaba allí porque no quería marcharse. Al principio le fascinaba el paso de la gente. Habría visto pasar miles de personas en todo ese tiempo y aún a esas horas la gente pasaba por delante de la gruta y besaba la piedra aunque ya no había esperas interminables. En ocasiones la gente hablaba gritándose unos a otros y pensaba que esos no sabían respetar el silencio de un lugar sagrado. Se levantó y pensó que sería buena idea hacer como el resto de la gente. Esa sería su manera de decir hola a Génesis. Se le hacía raro nombrarla así en aquel sitio. Allí era María.

 

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 07 septiembre 2011 12:58)

    La historia ya se está definiendo pero aún le falta concretarse mucho más. No dudes en poner aquí tus comentarioss.

  • #2

    yenny (miércoles, 07 septiembre 2011 18:59)

    Esta muy interesante y no creo que se ofenda ninguna creencia ni nada asi es solo una historia.
    Sigue asi Tony espero la siguiente parte.

  • #3

    lulu (viernes, 02 diciembre 2011 14:40)

    Está super interesante. Voy corriendo a seguir leyendo. Eres un gran escritor Tony

Animal es el que abandona a su mascota.

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