Entre la tumba y el ataúd

12ª parte

            Cruzó por debajo de la gruta y se sintió resguardado por la montaña que cubría su cabeza del rocío nocturno. Fue acariciando con los dedos de la mano izquierda la suave roca, finamente pulida por los innumerables visitantes que pasaban sus manos por allí. La piedra era fría y estaba húmeda. Llegó a la roca donde estaba la estatua, dos metros más arriba, y miró hacia ella. Esa parte de la piedra estaba regada por un incesante hilillo de agua. La imagen de la Virgen miraba al cielo y no le pareció nada bonita. Era una figura hecha sin ningún cuidado, no tenía el menor parecido a Ana, su hermana gemela. Se imaginó a Ana con esas ropas blancas y sonrió al darse cuenta de cómo el escultor había escondido las curvas de las caderas y el contorno de los pechos de la aparición. Estaba claro que la iglesia no quería que sus fieles vieran a la virgen tal y como debió aparecerse, cualquier mujer bien proporcionada inducía al pecado, había que esconder sus formas.

            Salió de la gruta y se sentó en un banco cercano. ¿Qué hacía exactamente en ese lugar? No tenía la más remota idea pero se sintió distinto a todos aquellos visitantes. Seguramente era el único de los que estaba allí que no buscaba un milagro, que solo quería verla a ella, que había acudido para encontrarse allí con esa mujer que tanta gente idolatraba casi como a una diosa.

            «Génesis» - habló con ella por primera vez -. «Si estás ahí y me estás escuchando, estoy aquí para verte. Si no apareces, si no vienes, voy a esperar todo el tiempo que sea necesario. Solo te lo digo para que lo sepas. Aunque seguro que ya lo sabes».

            Era absurdo esperar que alguien se sentara a su lado. No tenía ninguna fe de que acudiera. Si sabía lo que le convenía, no debía aparecer. Alastor estaría al acecho. Pero quería escuchar algo, notar alguna llamada en su corazón, su voz quizás, como escuchaba a Verónica.

            «Hace mucho frío, debería abrigarme mejor»- se dijo, tiritando.

            Su chaqueta no era muy gruesa y la camisa era de algodón fino. El frío le penetraba hasta los huesos y temblaba incontrolablemente. Miró el reloj y solo eran las dos de la madrugada. Aún así seguía sin marcharse la gente, aún había una veintena de personas a su alrededor en completo silencio. Algunas no habían cambiado su postura de rodillas en más de cinco horas, lo que le llenaba de admiración. Al principio pensaba que eran los típicos a los que les gusta que la gente les mire, poniéndose a la vista de toda la gente que pasaba pero poco a poco se iba dando cuenta de que se habrían arrodillado estando solos.

            «Si has venido con el corazón entregado, arrodíllate junto a esas personas» - sintió una voz tierna y joven en su corazón. No era Verónica de eso estaba seguro.

            « ¿Arrodillarme ante tantas personas?» - pensó, asustado.

            «Arrodíllate ante Dios y pide perdón con todo tu corazón.»

            No sin bastante vergüenza, dado que hacía años que no pisaba una iglesia, se levantó y se arrodilló en el suelo mojado. Al mirar hacia arriba las gotas frías del rocío golpeaban su rostro. Ahora ya no temblaba de frío sino de emoción porque había sentido su voz. Había acudido a la cita y solo quedaba hacer exactamente lo que ella le pidiera.

            «Quiero que reces un rosario arrodillado.»

            - «Lo siento, no me lo sé, no puedo rezarlo» -protestó sin hablar.

            «Tienes manos y tienes diez dedos. Reza pidiendo por los enfermos que vienen buscando un milagro.»

            Antonio comprendió. Solo debía rezar un padre nuestro, diez avemarías y un gloria cinco veces seguidas. Las palabras se juntaron en su mente y lo hicieron sin sentido alguno. Pensó que lo hacía para que las personas que iban allí encontraran el milagro que buscaban.

            Cuando llevaba tres misterios, volvió a sentir su voz.

            «Eso que haces no es distinto a estar ahí arrodillado mirando la roca. Tienes que sentir cada palabra como si fuera tuya, no le estás hablando a una piedra, hablas con Dios y conmigo.»

            - Dios te salve... María - vocalizó en voz baja Antonio y parpadeó varias veces, sobrecogido -. Dios te salve... No, no voy a rezar por los visitantes de esta gruta, voy a rezar por ti, porque no quiero que te pase nada y quiero que Dios te salve de Alastor.

            «No te preocupes por mí, yo ya he superado mi tiempo de merecer.»

            A pesar de todo Antonio rezó por ella poniendo especial intención en aquellas frases que decían que Dios la bendecía a ella y a su hijo.

            - ¿Puedo preguntarte una cosa? - se atrevió a interrumpirse.

            «Pues claro que puedes» - dijo ella con su voz dulce. Antonio sentía que su corazón se hinchaba de paz y alegría con aquella voz. La de Verónica era una voz hermosa pero la de Génesis parecía capaz de estimular cada fibra de su ser haciéndole sentir una paz indescriptible y un amor difícil de describir por ella y cuanto le rodeaba.

            - ¿Eres la madre de Jesús? - se atrevió a preguntar -. ¿En verdad eres la Virgen María?

            «Eso es. Dios se fijó en mi corazón, cuando aún vivía, siendo Isis. Se dio cuenta de que no había rencor ni odio aún por mi peor enemigo. Se quedó prendado de la belleza de mi espíritu y me resucitó en el lecho de mi muerte. Desde entonces he estado con vosotros desde el cielo, he enviado mensajes a las criaturas más humildes para que la gente como tú y otros con la mente abierta entiendan que la única forma de llegar a Dios es amando a los demás y desechando el rencor y el odio.»        

            - ¿Tú diste a luz a Jesucristo? - insistió.

            «Es difícil que lo comprendas, las personas que Dios envía son como hermanas. María y yo somos una sola porque Dios está en nosotras. María nació limpia de pecado porque me envió de vuelta al mundo cuando ya estaba con Él, cuando mis pecados ya estaban limpios. Por eso quiso que yo fuera su madre. Durante años volví a tener carne y a ser mortal hasta que nuestro señor decidió llevarme de vuelta al cielo sin morir. Por eso mi nombre verdadero no es María, ni siquiera Génesis, Isis, Minerva o Atenea. Yo soy la Inmaculada Concepción y así se me conoce en el cielo.»

            Una de las mujeres que estaba allí se levantó y pasó por delante de él. Al verle mirarla ella le sonrió con cordialidad. En ese momento Antonio estaba teniendo una revelación y nadie más se estaba dando cuenta.

            - ¿Cómo puedo matar a Alastor? - preguntó, aprovechando que la escuchaba con tanta claridad.

            «¿Matarlo? - preguntó ella, horrorizada -. No has entendido nada de lo que te he dicho» - replicó ella -. «Probablemente sí sea posible, pero no te ayudaré.»

            - El quiere matarte a ti - replicó, contrariado.

            «No puedo ayudarte, el odio y el rencor no deberían corroer tu corazón. Debes aprender a perdonar.»

            - ¿Cómo? -dijo en voz alta. Una mujer se volvió y le hizo callar con un dedo en la boca -. Te recuerdo que mi mujer cree que estoy muerto por su culpa, por sus amenazas. O te entrego a él o nos mata a mí y a Brigitte. Es defensa propia, así de sencillo.

            Terminó de hablar en sus pensamientos para no asustar a los allí presentes.

            «Si esas son tus intenciones, lo lamento. Tienes un gran corazón y no me gustaría que te condenaras por ese odio.»

            Antonio no comprendía nada. ¿No se suponía que ella le ayudaría a matar a Alastor?

            - Al menos, ¿cómo puedo conseguir que Alastor me deje en paz? - preguntó él sin hablar en voz alta.

            «Debes protegerte de él. Tienes que limpiar tu corazón de su mancha y entonces ya no podrá manipularte nunca más.»

            - ¿Cómo puedo hacer eso?

            «Haz lo que yo te diga estos días que estés conmigo.»

            Aunque no estaba muy convencido, al sentir su respuesta tuvo la extraña certeza de que todo iría bien. Siguió rezando, tratando de comprender cada frase que decía y llegó a la frase de "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores". Se detuvo y suspiró emocionado porque a pesar del frío, la humedad ambiental, el dolor intenso de sus rodillas en contacto con el suelo de piedra, se sentía feliz. Entendió por qué Verónica no había querido que llevara a Brigitte allí, con ella jamás habría podido estar hasta las tres de la mañana en un lugar tan frío e incómodo. Antes de la noche ya habrían buscado un hotel, se habrían ido a cenar a un restaurante y seguramente habrían hecho el amor antes de dormir. Sería también feliz de otra manera, pero nunca se habría encontrado con ella. Sentía que con el dolor de sus rodillas estaba arrancando de su alma sus propias debilidades, que con el frío había aprendido que el calor del amor de Dios era mejor ropa que una buena manta.

            Cerró los ojos y siguió rezando. No quería romper la magia del momento, sentía que su cuerpo estaba rodeado de una energía tan agradable y cálida que nada le afectaba y el dolor era prácticamente una molestia sin importancia. Hubiera jurado que la gente que le veía podría ver un resplandor manando de su piel. Aunque sin abrir los ojos se dio cuenta de que todos los que seguían allí estaban sintiendo lo mismo que él, todos eran una fuente de luz radiante en aquella oscura noche en la gruta de Massabielle.

            Siguió orando hasta que terminó el tercer rosario completo y sin darse cuenta, abrió los ojos y miró hacia la gruta.

            - Me quedaré aquí toda la noche - pensó -. Rezaré hasta que se haga de día.

            «No, quiero que descanses -corrigió ella-. Mañana será un día especial para ti y debes tener fuerzas para aguantar.»

            Antonio se resistió a hacerle caso. No quería alejarse de allí.

            - No pienso irme, la gente que sigue aquí se marchará, te quedarás sola.

            «Voy a ir contigo a donde vayas, no estoy ligada a este lugar.»

            Con cierto recelo, se levantó y notó que sus rodillas ardían como si tuviera fuego en ellas. No le dolían, se recobraron como si hubieran estado protegidas por un objeto mullido.

            Al salir del santuario vio que no quedaba ni un solo hotel abierto. Eran las cuatro de la mañana y las calles estaban desiertas. Todas las estructuras mastodónticas que rodeaban la gruta se veían menos imponentes cuando la gente no llenaba sus recovecos. Con todo aquello vacío casi podía palpar la presencia de Dios en el silencio y la soledad, en la majestuosidad de los templos levantados alrededor de la gruta. Aunque sabía que Dios estaba en todas partes, sentía que ese lugar del mundo era el más adecuado para acercarse e intimar con él. Puede que fuera por las inmensas montañas que le rodeaban, o por el susurro continuo del Gave. Era una armonía natural tan maravillosa que hubiera preferido quedarse en aquella gruta, rezando toda la noche sin descansar.

            Llegó hasta su coche y arrancó el motor. En todo el camino hasta allí se había quedado frío y volvía a tiritar. Se cubrió con una manta que tenía en el maletero y bajó el respaldo del asiento. Cuando el aire del interior del coche estaba caliente, apagó el motor y se quedó completamente dormido.

 

 

            Cuando despertó estaba congelado y tiritando. Había soñado con Génesis, estaba seguro de que había pasado toda la noche con él aunque no recordaba ni un solo mensaje. Arrancó el motor y trató de calentarse como pudo. Los dientes le castañeaban descontroladamente. Cuando al fin comenzó a estar menos tembloroso movió el coche a un lugar más alejado, fuera de la zona mariana, donde había un gran parking casi vacío y, por lo visto, era gratuito por lo que no tendría que preocuparse de ir a poner tickets cada dos horas.

            Salió y paseó por las calles de los puestos donde vendían de todo. Desde rosarios de mil colores hasta figuritas de todos los tamaños. A pesar de que no le interesaban esas cosas pensó que podría ser bonito llevarse una figurita de recuerdo. Claro una que fuera bonita de verdad y no como las que abundaban, que tenían los labios pintados en la barbilla o los ojos mirando al cielo pintados en la frente. Las más grandes estaban más detalladas pero sus rostros eran orondos y feos, además, todas tenían esa característica forma de obelisco como si fuera una piedra retocada y no una mujer, la que se había aparecido. Compró un libro con la historia de las apariciones y cuando regresó a la gruta se puso a leerlo hasta que lo terminó en menos de una hora.

            Entre sus páginas descubrió detalles que le hicieron sonreír. Tal y como le había dicho, se presentó con el misterioso nombre de "La inmaculada concepción". La iglesia pensó que era una señal o un guiño porque llevaban años planteándose si regalarle ese título a la madre de Dios.  Como si ella no lo fuera desde el día que nació, pensó.

            Otra de las cosas que le llamó la atención fue Bernadette, la niña que la vio. A pesar de pasarse la vida enferma, nunca perdió la fe y lo más misterioso de todo era que al morir la enterraron. Varios años después la desenterraron para la canonización y la encontraron como si estuviera dormida. Volvieron a enterrarla hasta dos veces más y siempre estaba igual. Sus ropas estaban húmedas y deterioradas y su cuerpo seguía puro.  Finalmente se la llevaron a una iglesia cerca de París donde se le hicieron pruebas de todo tipo. Los médicos descubrieron, fascinados que su sangre seguía líquida y su hígado estaba completamente intacto. Ante semejante milagro no dudaron en exponer su cuerpo a la vista de todos los visitantes en una urna de cristal donde que por lo visto aún podían ver todos los visitantes.

            Lo que más le fascinó de Bernadette era su asombroso parecido a Isis y su historia. Fue una persona tan humilde y buena que bien podía haberse hecho pasar por ella.

            - Tendré que hacerle una visita - se dijo, fascinado-. Pero después de estar aquí unos días más. No quiero irme mientras Alastor pueda controlar todo lo que hago.

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Comentarios: 4
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 09 septiembre 2011 11:36)

    Espero que no echéis de menos a otros personajes a los que les gusta más la acción porque aún quedan unas cuantas partes para terminar esta historia. ¿Se te está haciendo larga o empiezas a desear que nunca se acabe?

  • #2

    x-zero (viernes, 09 septiembre 2011 18:15)

    esta bien, solo que pienso que le estas poniendo algo de relleno y te estas desviando del tema principal (alastor) pero pues tu eres el escritor, tu decides :)

    salu2

  • #3

    yenny (viernes, 09 septiembre 2011 18:37)

    Esta bien no trates de resumirla por querer hacerla mas corta puedes malograrla no importa si faltan muchas parte mientras esten bien detalladas y esten igual de interesantes no aburren.
    Cuidate Tony y sigue asi.

  • #4

    lulu (viernes, 02 diciembre 2011 14:57)

    Pues yo empiezo a desear que nunca se acabe. Es la mejor de la página y era difícil, sigue así, eres un hacha.

Antonio J. Fernández del Campo

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Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página: <http://tonyjfc.jimdo.com/> en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Con el tiempo y los ánimos de sus lectores más fieles se decidió a publicar su primer libro. Cayó enfermo y el nuevo tiempo del que dispuso lo dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar una de sus obras de la serie “Relatos olvidados”. A sus cuarenta y cinco años decide hacer realidad su sueño al publicar “El ángel que desafió al Diablo”.
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo.

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