Entre la tumba y el ataúd

13ª parte

Bernadette
Bernadette

 

            Cerró el libro y volvió a mirar hacia la estatua. Cada vez que la miraba se quedaba decepcionado, era tan artificial... Pero supuso que era mejor así, de lo contrario los fieles podrían idolatrar un ídolo de piedra y esa representación debía ser solo eso, una invitación a que la gente la imaginara allí hace más de ciento cincuenta años.

            - Wow - pensó, casi en voz alta -. Ciento cincuenta años y Bernadette está como si nada. ¿Cómo puede haber gente que dude de la existencia de Dios con una prueba así?

            «Eso no es una prueba de Dios» - explicó la voz de Génesis, en su corazón -. Los cultos se apoyan en sucesos inexplicables para justificar a Dios y, aunque impresione a algunos, no prueban nada. Dios no es un suceso científico que haya que demostrar, no necesita que la sabana santa sea real ni que los milagros de Jesús fueran reales, ni siquiera de que Jesús haya resucitado.»

            - Vaya - pensó, intrigado.

            «Ni siquiera mis apariciones y milagros demuestran la existencia de Dios porque la mayor prueba de que existe es su inmenso poder, la vida, las leyes de la física tan precisas, cómo funciona el universo sin desmoronarse, cómo funciona el cuerpo humano y el de cualquier forma de vida, desde los peces hasta los insectos, desde las briznas de césped hasta las grandes secuoyas. Creer que los milagros demuestran que existe es como querer demostrar que un plato de cocina es de un maestro gourmet por los defectos que tiene.»

            - ¿Crees que los milagros son anomalías? - preguntó.

            «¿Sabes cuántas personas me han visto y no han dicho nada al mundo? Son muchas más de las que dijeron haberme visto, mintiendo. Nunca he venido a la gente para que hablen a los demás, mi intención era llevarme a Bernadette, enseñarla todas las cosas que le enseñé y hacerla una de las mías, nunca quise que lo revelara al mundo. Que la iglesia católica se interpusiera entre nosotras es algo que no tenía planeado. Le dije que no le contara nada a nadie, pero los planes de Dios me sorprendieron incluso a mí. Quiso que Lourdes fuera mi lugar especial donde la gente pudiera acudir para pedirle socorro espiritual o físico y las cosas cambiaron.»

            - ¿Insinúas que Dios te utilizó para fortalecer la iglesia Católica? - inquirió.

            «Dicho así suena como lo que hace Alastor, como una especie de ser maligno que entreteje sus propios hilos con las acciones de los demás. No, él no me utilizó, si alguien utiliza a alguien soy yo, que tengo la libertad de entrar y salir del cielo como una niña malcriada que hace lo que le da la gana. Él siempre justifica mis acciones y las convierte en obras de arte celestiales. Sola no sería más que mi hermana Neftis. Dios es como un artista que me deja total libertad, como un pintor excepcional que coge el dibujo de un niño y lo convierte en obra de arte o, para que lo veas más como algo actual, como una famosa que posa ante un fotógrafo y éste la retoca tanto que parece que ha fotografiado a una diosa y no a una mujer real. Aunque aquí se me venera como si fuera más importante que Jesús, debes saber que sin él solo sería unos huesos olvidados en un ataúd.»

            - Fue horrible cómo te mató tu propio hijo -alegó Antonio, recordando cómo Horus le cortaba la cabeza para poder condenar a Seth.

            «Un hijo me mató, pero mi otro hijo me dio la vida eterna. Es un equilibrio que para Dios tiene todo el sentido, como que el hombre se condenó por una mujer y se salvó por otra. Como que todos nosotros vinimos del futuro y comenzamos el cambio del hombre en el pasado. Porque a Dios le encantan los círculos ya que no sabes dónde empiezan ni donde acaban, tal y como es él»

            - ¿Por una mujer se condenó el hombre? - preguntó Antonio.

            «Cuando llegamos, ostentando poder, los hombres querían matarnos. Temían nuestro poder y armas. Pero una mujer fue la que se acercó a nosotros y se sometió primero, atraída por nuestros trajes, deseosa de que la aceptáramos. Al ver que no la atacábamos y compartíamos nuestros tesoros con ella, poco a poco los hombres y resto de mujeres se acercaron a nosotros perdiéndonos el miedo. Así empezó todo. Si llego a saber cómo se comportarían mis hermanos o mi padre... Bueno, ¿qué podía saber? Todo estaba planeado por Dios. Las cosas nunca son como nosotros las hubiéramos hecho. Muchos querrían seguir en el paraíso, pero muchos otros disfrutan de unas comodidades que nunca habría alcanzado el hombre sin nuestra llegada. Las personas que han muerto por las guerras son muchas, pero habrían muerto igualmente si no hubiéramos venido ofreciendo al hombre la capacidad de curarse de cientos de enfermedades y protegerse de todos sus enemigos naturales. Es difícil valorar qué habría sido mejor o peor.»

            Antonio estaba fascinado porque estaba hablando con una mujer real, con sus propias preocupaciones y con sus propios errores del pasado. No era la perfecta mujer que siempre da lecciones, que siempre pide rezar.

            - Me gustaría poder llegar a verte algún día -dijo -. Quisiera ver tu rostro al menos para saber cómo eres.

            «Antes de que te vayas de Lourdes, me verás» - prometió.

            - Te tomo la palabra.

            «Pero tendrás que hacer lo que yo te diga. Hay que limpiar tu cuerpo de esa negrura y de paso limpiar tu alma. Tienes demasiados pecados que te impiden abrir los ojos espirituales. Ve al vía crucis de lo alto de este monte. Quiero que pidas perdón por todo con todo tu corazón y hagas lo que sientas que debes hacer para perdonarte a ti mismo. Luego confiésate para que sepas que Dios también te perdona.»

            - Creí que bastaba pedir perdón en el corazón - dijo Antonio.

            «Ni una cosa ni otra basta. Lo único que te limpia de verdad es pedir perdón y no volver a pecar. Así es cómo las personas consiguen perdonarse entre ellas, si pegas una bofetada a tu primo, le pides perdón y le vuelves a pegar un minuto después, no cuentes con que te deje sus juguetes. Dios no es una excepción. Por eso debes ir y perdonarte a ti mismo primero, es lo más importante para cambiar por dentro, y después puedes pedir perdón a quien has hecho daño.»

            Estaba claro que se refería al daño que le hacía en el alma haber apuñalado a Verónica, su mejor amiga. Ahora no la echaba de menos porque estaba hablando con otra amiga muy especial, pero nunca dejaría de culparse a sí mismo de aquel error fatal. No podía comprender por qué ella seguía cuidándole y previniendo contra los males, pero cada vez que la escuchaba su corazón se desgarraba un poquito porque si no fuera por aquel terrible error, ella seguiría con vida.

            - Va a ser difícil que pueda perdonarme - sentenció.

 

           

            Aquel vía crucis era a través de una arboleda que subía por un camino que tenía figuras representativas de lo que debió ser el camino de Jesús con la cruz, ascendiendo hacia su muerte. Era un parque temático muy bien hecho en el que la gente subía por grupos. Él no sabía rezar eso así que se unió a una familia y rezó con ellos hasta que llegó a una estación donde había una escalera de piedra en la que había tres mujeres en distintos niveles.            

            Había un cartel que decía "La escala santa". Leyó las instrucciones, intrigado. Había que rezar tres ave Marías por cada escalón como penitencia de sus pecados. Mientras observaba vio que una de las mujeres subía un escalón sin ponerse de pie.

            - ¿Qué demonios? - se preguntó -. Esto parece una buena forma de castigarme.

            Se arrodilló en el primer escalón y se puso a rezar tres veces el Ave María. La piedra estaba mojada y tenía las rodillas doloridas por la noche anterior. Apenas terminó el primer rezo ya no podía aguantar más. Pero no se levantó, el dolor estaba siendo superior a sus fuerzas y aguantó porque, como decía Génesis, tenía mucho que perdonarse a sí mismo. Aguantó porque tenía mucho que castigarse si es que quería llegar a conseguirlo.

            «Si no puedes reza solo una vez el ave María» - recomendó ella.

            - ¿Y qué rezó ella para que no le doliera mi puñalada? - replicó él conteniendo las ganas de llorar, soportando el tiempo de cada rezo.

            Terminó las tres primeras y subió al siguiente escalón. Las rodillas le dolían tanto que sintió un calambre en cuanto tocó de nuevo la fría y húmeda piedra. El dolor se hizo terrible y empezó a temblar sin poder evitarlo. Apenas acababa de empezar, pues le quedaban unos veinte escalones y ya le parecía estar haciendo un esfuerzo heroico. Admiró a las mujeres de delante porque aguantaban tanto en un mismo escalón y al mismo tiempo deseó que subieran más rápido para que él también pudiera subir más rápido.

            Cuando logró llegar a la mitad, el dolor era tan intenso que no podía evitar llorar. Sentía que las lágrimas empapaban sus mejillas y seguía aguantando por que tenía que demostrar a Verónica lo mucho que sentía haberla intentado matar. En todo ese tiempo no escuchó ninguna voz, solo rezaba y con cada escalón pensaba que nada que hiciera podría borrar sus errores pero eso ayudaría.

            Al fin llegó al último escalón y se puso de pie con las rodillas totalmente hinchadas. Incluso se había hecho roces en una de ellas pero no quería ni mirarla. Podía caminar, pero si tenía que volver a clavar las rodillas en el suelo, aunque fuera en un colchón pensó que se desmayaría de dolor. Volvió a mirar las escaleras y se sintió tremendamente realizado. Lo había logrado y nunca hubiera imaginado lo dura que era aquella ascensión si no la hubiera hecho. Detrás venían cinco personas y deseó que Dios les diera las fuerzas necesarias para completar esa terrible penitencia.

            - ¿De qué ha servido eso? - preguntó algo triste -. Ahora he pagado con dolor pero no he corregido mi error.

            «Nunca se corrige una falta y eso es lo hace nuestros errores tan graves. Por mucho que le pidas perdón a alguien y nunca vuelvas a hacerle daño, siempre queda la marca. ¿No conoces la historia del niño y el padre que estaban discutiendo todo el día?»

            - No me suena - dijo Antonio.

            «Era una familia y padre e hijo se gritaban continuamente, luego se disculpaban y volvían a llevarse bien pero a los pocos minutos volvían a discutir. Ellos estaban acostumbrados pero su madre no podía soportarlo y un día se llevó a su hijo a la valla del jardín y le dio un martillo y una caja de clavos. Le dijo que los clavara todos en una tabla de la valla y el chico, que la respetaba muchísimo, obedeció sin saber lo que pretendía. Cuando terminó, ella contempló lo que había hecho y sonrió. Le dijo que ahora debía sacar todos esos clavos y volver a meterlos en la caja. El chico le preguntó por qué y su madre respondió que ya se lo explicaría más tarde. Obedeció y después de dos horas le devolvió su caja de clavos. Ella le llevó al jardín y le enseñó la tabla sobre la que había hecho eso. "Mira hijo, cuando discutes con tu padre estás clavando uno de esos clavos en su corazón y el mío. Aunque luego pidas perdón, sacando el clavo, aún queda el agujero y eso nunca conseguirás borrarlo". Dicho eso se acercó a la valla y dio una patada sin demasiada fuerza a una de las tablas que no tenían agujeros. Esta resistió. Luego le dio otra patada a la que había agujereado y esta se partió sin resistencia alguna. "Estás minando nuestra resistencia y cuando haya dificultades económicas o tú necesites nuestro apoyo... no tendremos fuerzas para resistir y no podremos ni querremos ayudarte". Desde ese día, el chico no volvió a alzar la voz a su padre.»

            - Vaya, qué bonita historia -opinó-. El caso es que me suena haberla escuchado antes.

            «Ahora, ¿Ya te has perdonado?, ¿o necesitas más castigos? »

            - No, no, creo que ha sido suficiente con eso. Voy a andar cojeando varias semanas por subir esas escaleras, creo que es suficiente penitencia.

            Entonces ve y confiésate. Es necesario para que asimiles que ya no te culpas tú ni te culpa Dios. Y no te preocupes por Verónica, ella nunca te culpó.

           

 

            Cuando fue a los confesionarios, se encontró frente al sacerdote sin haber pensado que tendría que reconocer ante un hombre que había hecho cosas que la justicia humana no perdonaba así como así. Se dio cuenta tarde ya que estaba frente a él, cara a cara, y ni siquiera se había ocultado tras el típico madero con agujeros.

            - Quiero confesar mis pecados - dijo con timidez -. Verá, he cometido errores imperdonables.

            - Dios lo perdona todo, hijo mío - replicó el sacerdote, que debía tener unos cuarenta años y le miraba con aburrimiento.

            - He matado a una mujer que quería matarme con una guadaña - confesó primero.

            El sacerdote le miró sorprendido.

            - He apuñalado a una chica indefensa - siguió admitiendo, como si las palabras fueran un inmenso clavo que estaba sacando de su corazón -. La intenté matar pensando que hacía un bien al mundo... Pero estaba equivocado. Lamento muchísimo haber hecho eso... No, no... Existe justificación...

            Le estaba costando tanto decir aquello que le salieron lágrimas involuntarias y se quedó sin voz.

            El sacerdote le miraba horrorizado.

            - No te preocupes, hijo mío - dijo con tono de suficiencia -. Dios perdona los pecados cuando te arrepientes de corazón y es evidente que tú te arrepientes.

            - Gracias, padre.

            - Pídele a la Santísima Virgen que te acompañe a lo largo de tu vida, reza cinco padres nuestros y acude hoy a la eucaristía y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre del hijo y del Espíritu Santo.

            Antonio suspiró y sonrió al sacerdote repitiéndole la gratitud. Se sentía como si le hubieran quitado una tonelada de encima.

            Al salir del edificio de confesiones miró al cielo y pensó que era más azul que nunca. Se sentía tan ligero que creía poder volar.

            - Verónica, espero que me perdones - dijo en voz baja.

            «Espero que tú te hayas perdonado» - replicó ella -. «Porque yo ya lo había hecho hace tiempo.»

            - Ya has oído al cura - añadió él, refiriéndose a Génesis -. Por decreto de la Iglesia católica tendrás que acompañarme toda mi vida.

            Sonrió, estaba feliz, pletórico. Tenía que cumplir las penitencias y lo hizo. Se arrodilló frente a la gruta y rezó los padres nuestros. Luego fue a la catedral de encima y asistió a una misa en español. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan lleno de luz como cuando comulgó y sintió deslizarse la ostia sagrada por su garganta. Era una sensación nueva para él y lo único que debía hacer para conservar ese sentimiento era no volver a equivocarse más.

            Cuando salió de la catedral vio algo que le puso en alerta. Los dos gorilas de Alastor le estaban esperando.

            - Acompáñenos - le ordenaron, ariscos.

            - ¿Qué queréis? Casi la he encontrado - se defendió.

            No pudo resistirse y le cogieron por los brazos fuera del recinto del Santuario. Afuera, esperaba Alastor en un Mercedes negro. Le metieron en el vehículo y se encontró con él, a apenas diez centímetros de distancia. Pensó que había pasado una eternidad desde que le vio por última vez. Antes era solo un viejo chiflado con demasiados alardes de grandeza, ahora que sabía lo que podía hacer le tenía miedo y mucho más respeto.

            - Veo que ha logrado sacar de su cuerpo mi esencia vital - dijo, enojado.

            - Es la única forma de llegar a ella - dijo, temeroso -. Me ha prometido que se dejará ver antes de que me vaya.

            - Estupendo - sonrió Alastor -. Entonces ha estado muy ocupado a pesar de que se ha pasado los días mirando a una estatua y torturándose inútilmente.

            - Usted sabe que no estaba solo - replicó Antonio.

            - Solo he escuchado cómo hablaba solo. Sus voces están ahí, de alguna manera ha dividido su mente para que sus poderes sobrenaturales afloren. No hay nadie más ahí dentro. Hasta ahora me ha asombrado su capacidad de hacer cosas como adivinar el futuro, pero le doy hasta esta noche para encontrar a Génesis. Si no lo hace, tendremos que encontrar a su mujer y hacerle pagar su error. ¿He sido suficientemente claro?

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Comentarios: 3
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 10 septiembre 2011 11:43)

    Esta es la peor parte, cuando hay que meter el hacha y dejar la historia en vilo hasta mañana. Si has visto algo que no cuadre o quieres decir algo, es tu turno.

  • #2

    x-zero (domingo, 11 septiembre 2011 02:01)

    otro error mas :), ctrl+f y pega esto ´´Pero tendrás que hacer lo que yo te diga´´ sin comillas y en ese mismo parrafo el error es que no hiciste el efecto de letra cuando genesis habla

    salu2 y sigue asi :)

  • #3

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 11 septiembre 2011 09:06)

    Gracias, X-zero, acabo de corregirlo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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