Entre la tumba y el ataúd

14ª parte

            Alastor acababa de decirle que tenía que elegir entre Génesis y su mujer y eso no le gustaba nada. Intentó no odiar a ese viejo pero ahora su mente solo quería destruirle hasta no dejar ni las cenizas. Ese anciano había hecho suficiente daño al mundo, debía pagar… Pero, ¿cómo? Ni siquiera Génesis, la única que podía ayudarle, quería acabar con él.

            - Le doy hasta las doce de la noche - insistió Alastor -. ¿Lo ha entendido?

            - Por supuesto - replicó Antonio conteniendo su ira y sus ganas de golpear a ese viejo hasta destrozarse los nudillos.

            Alastor señaló su cabeza con fastidio.

            - No sé qué ha hecho, ni qué ha planeado, pero no funcionará. No me la juegue o su mujer morirá.

            Le entregó un aparato electrónico cuadrado. Parecía un antiguo beeper.

            - Pulse ese botón cuando la tenga justo al lado - instruyó Alastor -. Hágalo y le dejaré libre. No volveremos a molestarle ni a usted ni a su mujer durante una temporada.

            - ¿Y qué hay de eso de que iba a ser de su familia? - le acusó Antonio, enojado-. Creí que si cumplía las órdenes sería parte de ella.

            Alastor sonrió complacido.

            - Hemos limpiado sus huellas, la justicia ha cerrado todos sus casos. No queremos que tenga problemas cuando vuelva a casa, podríamos volver a necesitarlo. Créame, ya es de mi familia. Como intente joderme de cualquier modo, acabaré con usted y todos sus seres queridos como cucarachas. Pero si consigue complacerme será afortunado en la vida, es cuestión de que elija su camino.

            - Entiendo - replicó Antonio.

            - Puede irse - concedió Alastor.

 

 

            Antonio salió del coche y al ponerse en pie las rodillas le sostuvieron con dificultad. La sensación de plenitud y pureza espiritual había desaparecido de un plumazo.  Examinó el aparato que le había entregado y al verse alejar el coche con Alastor y sus dos guardaespaldas sintió ganas de estrellar el aparato contra el suelo y pisarlo hasta no dejar nada reconocible. Pero no lo hizo, de ese aparato dependía la vida de su mujer. Miró el reloj, eran las dos de la tarde. Le seguía temblando todo el cuerpo. No podía volver a la gruta con ese cacharro en la mano. No podía traicionar a Génesis, pero mucho menos podía desobedecer a Alastor. Él tardaría más de diez horas en llegar a su casa y no podía prevenirla por teléfono, no le creería. Además, temía que si lo hacía, Alastor la encontraría igualmente. Y por otro lado, saber que su vida dependía de que Génesis se le apareciera esa noche, era como esperar que no se matara caminando hacia un barranco. Ella no vendría porque sabía de sobra que sería una trampa.

            - Dios... ¿qué puedo hacer? - preguntó, mirando al cielo.

            Estaba tan confundido que no volvió al santuario. Paseó por las calles de Lourdes viendo figuras, parándose en cada tienda a mirar sin comprar nada. No sabía a dónde ir y caminar le hacía sentir que estaba haciendo algo cuando en realidad estaba en un callejón sin salida. Génesis no hablaba con él porque él no se lo permitía. Cerró su mente para evitar que le dijera cosas y que con su voz le terminara convenciendo de que todo iba a salir bien. Pero nada iba bien, estaba entre la tumba y el ataúd. Ni un camino ni otro tenían un buen final. ¿Cómo iba a entregar a Génesis? Y si no lo hacía, ¿Cómo se perdonaría que mataran a su mujer por su culpa? Aun así había un camino intermedio que era intentar entregar a Génesis y que ésta no quisiera caer en la trampa y la habría entregado y su mujer moriría, cosa que era peor que las otras dos opciones. Y la cuarta opción parecía completamente imposible, salvar a ambas.

            Cuando estaba en una tienda muy sencilla vio que tenían figuritas muy pequeñas, como figuras de ajedrez y otras de diez centímetros de alto. Mientras pensaba en lo difícil que sería ese día para él vio que una estatuilla le miraba desde lo alto de su estante. Una sin pintar, blanca, con pie de madera. Esa era la figura más bonita que había visto en Lourdes. La cogió sin dudarlo y pagó. Tenía un botón en la base y al pulsarlo sonaba la melodía que se escuchaba en el pueblo cada pocas horas, por las campanas de la catedral. Una música en la que no se había fijado hasta que escuchó esa melodía.

            Se guardó la figura y fue a la plaza donde había aparcado el coche. Dejó la figurita y un instante antes de cerrar el maletero la miró y dijo:

            - No puedo entregarte. Mejor me voy, tengo muy pocas horas para avisar a mi mujer.

            «No te vayas» - pidió Génesis, rompiendo la resistencia de su mente, tan fuerte que hubiera jurado que la había escuchado con sus oídos como si la estatuilla pudiera hablar.

            - ¿Por qué? - preguntó.

            «No temas por mí, no puede hacerme daño.»

            - Tienes que ayudarme a matarlo. Nunca descansará hasta que acabe contigo.

            «Sus intenciones no son buenas, pero no tiene ningún poder sobre mí»

            - Tiene poder sobre muchas cosas y temo que pueda hacerte daño.

            «No es tan sencillo. Tengo que estar.»

            - ¿Qué? - preguntó, estupefacto.

            «Ya he prolongado demasiado este encuentro.»

            - No pienso dejarte a su merced - replicó Antonio enojado. Recordó que ya había pasado por una situación similar, cuando conoció a Brigitte, y detestaba pasar de nuevo por lo mismo. Estaba claro que tenía que dejar de investigar casos paranormales si quería llevar una vida normal con ella.

            «No lo harás, no te dejará marchar aunque si me entregas demostrarás mucha fidelidad y te perdonará la vida a ti y a tu mujer. Vuelve a la gruta y reza hasta el anochecer, pídele a Dios que no nos abandone.»

            Antonio había estado hablando con ella como si la estatuilla pudiera hablar. Un viandante le miraba con extrañeza y al mirarle, Antonio se puso colorado de vergüenza, seguramente pensaba que estaba loco. Al menos esperaba que ese hombre no supiera español.

            Cerró el maletero y se dirigió de nuevo hacia la gruta. Pasó junto a varios restaurantes, sintió un apetito voraz, llevaba casi veinticuatro horas sin probar bocado pero no comería nada hasta que todo eso se resolviera.

            Cuando estaba a unos cien metros de distancia hubo una fuerte explosión a su espalda. Todos los vecinos miraron hacia atrás y Antonio volvió la cabeza, horrorizado. Su coche estaba envuelto en llamas y no parecía que hubiera nadie herido. Por suerte estaba aparcado en medio del parking y no había ni coches cerca. Varios de los más cercanos estaban con las alarmas encendidas.

            - Mi coche... - susurró, aterrado.

            «Si te hubieras marchado ahora estarías muerto» -explicó Génesis-. «Ninguno de los dos podemos escapar a nuestro destino esta noche.»

            - Ese cabrón ha querido matarme - dedujo, casi sin habla.

            Vuelve a la gruta, tienes que liberarte del odio, no puedes estar así para cuando llegue la hora.

            - ¡Era mi coche! - exclamó, haciendo que todos los que miraban le dedicaran una mirada.

            - Bueno, como si fuera mi coche - corrigió, sonriendo, nervioso. No quería que la policía francesa le tuviera entretenido todo el día para tomar sus datos.

            Se alejó de allí mientras se escuchaban sirenas lejanas acercándose a su vehículo. Volvió a pasar por la misma tienda donde encontró la figurita de la Virgen y compró otra igual ya que estaba claro que la primera no estaría en muy buenas condiciones. Se la guardó en la chaqueta y siguió caminando. Se preguntó si después de utilizarle para encontrar a Génesis, Alastor acabaría con él. No podía saberlo pero su única esperanza era no salirse del trato.

            Ya no podría volver a conducir esa maravilla de vehículo, podía comprar otro igual pero ya no sería el mismo que compró con Brigitte. Su odio por Alastor no hacía más que aumentar y sabía que eso no le ayudaría en nada. Debía borrar todo sentimiento oscuro y maligno, sino ella nunca se le aparecería... Pero saber que Alastor trataría de acabar con ella no ayudaba en absoluto. Deseaba que ella no pudiera aparecerse.

            Una vez llegó a la gruta volvió a arrodillarse a pesar de que el dolor de sus rodillas era insoportable. Al menos ya no le dolían las heridas de bala, pensó para intentar justificarse. Levantó los brazos y se puso a rezar en silencio un nuevo rosario.

            Con el dolor, el odio fue desapareciendo hasta que sus rodillas parecían estar clavadas en una cama de faquir. Se hizo tan intenso que tuvo que apoyar las manos en el suelo. Trató de ponerse de pie y lo consiguió sin mucha dificultad, se subió el pantalón de vestir, que tenía manchado de sangre, y vio que tenía las dos rodillas moradas y ensangrentadas. La misma tela del pantalón le hacía muchísimo daño pero no iba a ir al médico por eso. Siguió rezando sentado esperando que Dios le mandara un mensaje tranquilizador.

            Pasó toda la tarde esperando alguna revelación algún signo divino pero no tuvo nada. Recordó la otra ocasión en la que tuvo que elegir entre la vida de Brigitte y Verónica y ya entonces eligió salvar a la que después sería su esposa. Aquella ocasión todo ocurrió en estado de vigila, en pleno sueño donde cualquier cosa era posible. Ahora era la vida real y no ocurrirían cosas milagrosas. Al menos no lo creía posible.

            - Todo tiene que empeorar todavía, antes de empezar a mejorar - recordó lo que predijo Verónica -. Genial, solo necesitaba saber que las cosas pueden ir peor... ¿O perder mi coche es lo peor que podía pasar?

            La angustia de saber que no tenía modo de moverse y que podía estar muerto le impedían pensar con claridad. La figurita que había comprado le apretaba el pecho y le hacía sentir miedo por lo que estaba a punto de ocurrir. ¿Qué quería decir Génesis con que ninguno podía escapar de su destino? Ella sí que podía, bastaba con que no acudiera. Él no era nada, no significaba nada para ella. No debería arriesgarse por un humano más.

            La gruta fue vaciándose de gente poco a poco. Algo que no era tan extraño ya que el día anterior también estaba casi vacía a las diez de la noche. Pero algo no era igual, Antonio no respiraba esa paz ambiental y había muchas menos personas. ¿Acaso ella les mandaba marcharse para protegerlos de Alastor?

            Cuando llegaron las once y media se había quedado completamente solo.

            - ¿Vas a venir, no es cierto? - preguntó, asustado.

            No hubo respuesta pero alguien se movió tras él.

            Se sorprendió y miró hacia atrás.

            - ¿Ana? - preguntó, sobrecogido.

            Era una chica joven que vestía blusa blanca, vaqueros claros y su larga melena negra caía en cascada sobre sus hombros. Solo había un detalle que no era igual que Ana, llevaba un crucifico de madera en el pecho y un rosario blanco en la mano derecha. La pernera del pantalón baquero tenía unas bonitas flores amarillas bordadas y llevaba unas sandalias tan abiertas que parecía caminar descalza.

            - ¿Querrías que fuera ella? - preguntó con la misma voz que había escuchado anteriormente en su corazón.

            - Oh, Dios - Antonio cerró los ojos y le dio la espalda, enojado consigo mismo.

            - No he venido por ti, aunque no pienses que no me importa tu destino. Alastor no descansará hasta que tenga lo que quiere y ya ha hecho bastante daño a los míos. Estoy acostumbrada a que todos den la vida por mí. Mi hijo se dejó crucificar porque no quiso que yo fuera la que diera la vida por la humanidad. Dios solo necesitaba un cordero y yo me ofrecí. Pero él me lo impidió. Mis amigos siempre han protegido mi secreto de los incrédulos y hasta la iglesia Católica ha terminando haciéndome un hueco en su lista de santos en el lugar más privilegiado. Tantas personas buenas han tenido que morir por mi culpa...

            - ¿Vas a hacer que todo sea inútil? - preguntó Antonio enojado.

            - Inútil no, no me arrepiento de nada y Dios ha premiado a los que se han mantenido fieles a mí como si fueran fieles a él. Pero esta vez es distinto.

            - ¿No puedes usar todo ese poder que tienes contra tu padre?

            - Jamás. Puede que la ambición y el odio hayan corrompido su corazón. Pero es mi padre y le quiero a pesar de su maldad.

            - Ya lo intentaste una vez, cuando le pusiste delante de la cobra - explicó Antonio.

            Ella sonrió y caminó a su alrededor hasta sentarse a su lado.

            - Mi marido estaba muerto. Necesitaba saber cómo resucitarlo y solo él conocía ese secreto. Fue lo único que nunca quiso enseñarme. Nunca pretendí destruirle.

            Antonio tragó saliva. Sacó el chisme del botoncito del bolsillo y se lo mostró.

            - ¿Qué pasará si pulso el botón? - preguntó.

            - Lo inevitable - respondió ella, sonriente.

            Antonio lo dejó caer al suelo y se puso en pie.

            - ¿Inevitable? - dijo, levantado el pie -. Yo diría que puedo destrozarlo.

            Ella le miró extrañada y se agachó para recoger el aparato. En cuanto lo tuvo en la mano pulsó el botón.

 

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 11 septiembre 2011 11:42)

    Seguro que ya sabes cómo va a terminar. Vamos, te invito a que pongas tu suposición.

  • #2

    x-zero (domingo, 11 septiembre 2011 22:03)

    o.O inmprecionante, la mejor historia de todas que has hecho hasta ahora, felicidades

    ..salu2 ;)

  • #3

    Tomberi (martes, 13 septiembre 2011 07:40)

    Oye, eres muy bueno en esto...

Animal es el que abandona a su mascota.

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