Entre la tumba y el ataúd

15ª parte

            - ¡No! ¿Qué haces? - exclamó Antonio, enojado.

            Antonio trató de impedírselo tratando de quitárselo de las manos pero ya era tarde.

            - No podemos alargar más nuestro destino. Confía en mí y confía en Dios.

            - Nunca pretendí pulsarlo - replicó, negando con la cabeza -. Debí romperlo antes.

            - Tienes que ser fuerte, Antonio. Aún verás cosas muy injustas pero debes seguir los consejos de Verónica. No vuelvas a desobedecerla, de ello dependen tantas cosas... Cuando tengas que elegir a quién buscar primero, no me escojas a mí. Debes salvarla a ella.

            - ¿De qué estás hablando?

            - Yo estaré bien...

            Génesis estaba llorando lo que dejó sin palabras al investigador. No sabía si arrodillarse frente a ella para consolarla o sentarse a su lado. Ni siquiera sabía por qué estaba tan triste. Quiso saber qué era lo que veía en el futuro pero Verónica no le decía nada desde el día anterior.

            - Dame la mano Antonio - pidió.

            Se volvió a sentar y extendió su mano ante ella. Génesis la cogió con delicadeza y la envolvió con sus dos manos. Eran frías pero suaves como la seda más fina. Se sintió muy honrado de que ella se dignara a tocarlo, para él era casi como tocar a Dios.

            - Tengo poder para otorgarte un solo don antes de que él llegue. ¿Cual querrías tener?

            - ¿Un don? -preguntó, sorprendido y asustado-. ¿Qué dones puedo pedir?

            - El poder de Dios es infinito. Pide una sola cosa.

            Justo en ese momento escucharon pasos por la entrada del santuario. Miraron hacia allí y vieron que Alastor y sus dos guardaespaldas se aproximaban con paso firme y rápido.

            - ¿No vas a escapar? - preguntó, impaciente, Antonio.

            - No puedo. Vamos, di algo.

            - No, no sé qué pedir.

            - ¿Qué es lo que más te gustaría? - insistió ella.

            - Que pudiera protegerte de él  - respondió Antonio, desesperado.

            Génesis suspiró y presionó con sus manos las de él. Cerró los ojos y siseó una plegaria.

            - Dios mío, padre nuestro, concédele a mi hijo el don que te ha pedido.

            Antonio sintió que la mano le ardía y sintió ganas de llorar porque no se sintió poderoso en absoluto. No pasó absolutamente nada.

            - Impresionante - dijo Alastor, admirado, al ver que su hija estaba frente a él -. Sabía que confiar en usted tendría sus frutos.

            - No le haga daño -retó Antonio-. Ella no piensa luchar contra usted.

            Alastor hizo un gesto de la mano como si estuviera espantando una molesta mosca y hubo una fuerte ráfaga de aire que no le afectó en absoluto. Alastor le miró desafiante, como si esperara haberle visto caer o algo así.

            - Cogerlo - ordenó a sus guardias.

            Los dos hombretones se acercaron y le cogieron de los brazos separándolo de ella. Antonio se resistió pero esos hombres eran mucho más fuertes que personas corrientes.  Si Dios le había dado un don, éste tardaba en manifestarse. Alastor se acercó, sin que sus andares cansados dieran a entender que era el ser más poderoso del planeta, y se sentó junto a su hija.

            - Has sido una piedra en mi zapato muchos años, Isis. ¿Qué te ha pasado? Nos llevábamos tan bien...

            - El hombre no necesita que dirijas su destino. Vas a terminar acabando con la vida del planeta. Tienes que abrir los ojos a Dios, nuestra casa no está en las estrellas, está en el cielo, en nuestros corazones.

            - Las guerras serán necesarias mientras la humanidad no se dirija a donde yo quiero - replicó él -. Y lo único que quiero es volver a nuestro hogar original. Necesito comprender nuestro origen.

            - Sería tan sencillo que las grandes potencias usen sus recursos para hermanarse con el resto del mundo... - replicó ella, enojada -. ¿Por qué suscitas el egoísmo y la lucha por el poder? El mundo necesita hermandad no odio.

            - El odio da dinero, la generosidad lo gasta. El dinero es desarrollo, es avance, es un paso más en nuestro viaje - aleccionó Alastor, aburrido -. El mundo necesita lo que yo diga que necesita - se enojó Alastor.

            - Sabes que no puedes luchar contra Dios. Ya te impidió continuar con tus planes absurdos hace miles de años, no arrastres al hombre a la destrucción por tu locura, he estado con él y no quiere tu destrucción, ansía que vuelvas tus ojos a él y veas cuánto podrías hacer por este mundo con el corazón abierto a los demás.

            - ¿Sigues creyendo que hay un Dios superior a mí? - preguntó, enojado.

            - Lo he visto, padre, me ha hecho ver la verdad, la crueldad a la que hemos arrastrado a la humanidad desde que llegamos. No podía permitirte que sigas corrompiendo sus corazones.

            - ¿Y cómo pensabas hacerlo? - preguntó y ella agachó la cabeza.

            - Si tú no puedes cambiar, intentaba cambiarles a ellos.

            Alastor negó ligeramente con el mentón, incrédulo.

            - ¿Crees que esa niña puede hacer algo contra mí? -adivinó sus pensamientos -. Eres una infeliz, nunca debiste transmitirle nuestros dones.

            - Me tienes a mí, deja en paz a Bernadita -replicó Génesis, mostrando por primera vez enojo.

            Aquello explicaba lo que ella le había dicho. No debía ir a buscarla a ella sino a la otra... ¿Y qué iba a pasarle a ella?

            - Mientras siga dormida es como una estatua - respondió Alastor -. Pero la vigilaré si despierta.

            - Ella no será la que te detenga - desafió Génesis -. Dios buscará a sus soldados y no fallará.

            - ¿Dónde están ahora esos soldados? - preguntó Alastor, sonriendo y mirando a Antonio -. No veo a tu ejército celestial. Nunca debí perdonarte en el pasado, nunca debí dejar que te convirtieras en lo que eres ahora... Ha llegado la hora de darte una lección por tu osadía e insolencia.

            Génesis le miró aterrada, intentando alejarse de él. Pero Alastor se abalanzó sobre ella y puso sus manos sobre sus sienes. Los ojos del viejo se incendiaron con fuego, un gran resplandor iluminó sus manos y Génesis emitió un grito de dolor terrible que hizo que Antonio se revolviese entre la presa férrea de sus dos captores.

            - ¡Detente! - gritó enfurecido -. ¡Déjala en paz! Maldita sea, ella no... Tiene maldad alguna.

            Alastor se apartó de su hija y se puso en pie. Cuando lo hizo Génesis seguía tendida sobre el banco aunque no estaba muerta. Respiraba con dificultades.

            - Vámonos, hemos hecho lo que vinimos a hacer - dijo, satisfecho -. Tranquilo,… -le dedicó una sonrisa-. Vivirá, nunca mataría a mi hija, ya se lo dije.

            Esbozó una triste sonrisa. Como confirmando sus palabras Génesis se movió ligeramente y Antonio suspiró aliviado. Ella se sentó y miró hacia la gruta con la mirada perdida. La expresión de sus ojos era como la de una niña indefensa que estuviera buscando algún recuerdo en su interior.

            - ¿Estás bien? - preguntó, preocupado.

            Ella ni siquiera le miró.

            - Estupendamente bien - gruñó Alastor -. He borrado su memoria por completo y he desbloqueado su reloj biológico. Vámonos. Cuando se de cuenta de que no es nada sin mí, que ha vuelto a ser mortal y no tiene poderes, vendré a buscarla y seremos la familia que nunca debimos dejar de ser. Si quiere volver, tendrá que pedírmelo ella misma.

            Los gorilas arrastraron a Antonio.

            - No puedes dejarla así - espetó el detective.

            - Por supuesto que puedo. Quiero que vea el mundo como realmente es, hostil y poco agradecido.

            - Suéltame, yo la cuidaré - suplicó Antonio.

            - Oh, sí claro, estoy seguro de que lo harías. Pero lo siento, tengo planes más importantes para ti. No te preocupes por ella, está en un lugar santo, cuando se den cuenta de que está ida la cuidarán como se merece. Estos estúpidos ni siquiera sabrán que se trata de su adorada aparición y la tratarán como una loca. Pero en esta sociedad, hasta los locos tienen sus privilegios.

            Subieron por la rampa en zigzag del santuario que pasaba por encima de la iglesia que tenía la corona dorada, paradójicamente la misma rampa por la que Antonio llegó el día anterior. Solo había pasado un día, sí, pero habían pasado muchas cosas, demasiadas para asimilarlas con facilidad.

Había llegado buscando un mito, un símbolo que daba fe a millones de personas y él la había entregado a su peor enemigo.

Había sido un peón, magistralmente movido por el rey negro, y habían derrotado a la reina blanca.

Se sentía tan humillado y dolido por no haber luchado más por defenderla…

            - Vamos camina - ordenó uno de los guardaespaldas.

            - ¿Qué va a pasar ahora conmigo? - preguntó Antonio, asustado.

            - Sacarte de aquí - replicó Alastor -. Tengo entendido que tu coche ha sufrido una pequeña avería.

            - Cabrón miserable, pudiste matarme- insultó Antonio, volviendo a intentar soltarse. Pero esos dos eran increíblemente fuertes.

            - Te dije que te dejaría libre si me entregabas a Génesis antes de la media noche, te dije que los que desobedecen pagan con su vida - Alastor miró el reloj -. Y todavía no son las doce de modo que parece que has cumplido tu parte. Estaría completamente satisfecho si hubieras sido tú quien hubiera pulsado el botón, pero lo hizo ella. Si fuera una misión menor ya estarías muerto, pero has tenido éxito donde nadie más se había acercado siquiera. Eres muy bueno y voy a necesitarte mucho más en el futuro.

            Le metieron a la fuerza en el lujoso coche negro y Alastor se sentó a su lado. Arrancaron y se alejaron del Santuario. Antonio sentía que estaba dejando su corazón en ese lugar, abandonando de esa manera a Génesis. Durante bastante trayecto se quedó mirando la negrura de la noche mientras el coche se dirigía a un nuevo destino. No tenía ni idea de a dónde se dirigían.

            - ¿Y ahora qué? - preguntó, sin apenas voz. Anhelaba volver junto a ella, ¿hasta qué punto estaría indefensa ahora?

            Alastor sonrió al mirarle a los ojos.

            - Vamos a enseñarte a obedecer a tus mayores -respondió Alastor.

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

Un tiempo después…

 

 

            Alastor observaba el hospital psiquiátrico desde las alturas. Allí habían encerrado a su hija y, tal y como esperaba, la trataban como a un vegetal. Era incapaz incluso de comer ella sola, tenían que vestirla y asearla unas enfermeras porque ella apenas se movía. Solo quería sentarse y mirar al infinito.

            Pero no miraba al vacío, ella le estaba mirando, sentía que su mirada le atravesaba estuviera donde estuviera. Le observaba desafiante, agradecida porque al fin se había librado de su maligna influencia. No parecía importarle lo más mínimo haber olvidado su nombre y su pasado. Sentía esa mirada clavándose en su alma y tenía que asegurarse de que no seguía suponiendo un peligro, que no tenía nada que hacer contra él.

            Desde la distancia sabía que Génesis presentía su cercanía. Podía verla a través de los muros de la tercera planta del hospital. Se aproximó volando y, mientras se acercaba, ella dejó de mirarle por primera vez desde que le arrebató sus recuerdos. Había alguien sentado a su lado y le dijo una sola palabra que no entendió.

            - ¿Puede hablar? - se preguntó, enojado-. Le arrebaté hasta el último de sus malditos recuerdos.

            En pleno vuelo se transformó en una enorme bestia. El lobo era el animal que más admiraba y eligió esa forma, se transformó en un lobo tres veces más grande de lo normal, y entró en el hospital como un huracán terrible atravesando la cristalera y causando un gran destrozo en la pared del hospital. Los enfermeros y pacientes gritaron aterrorizados al verle y despedazó con sus patas y colmillos a todos los que chillaban. Uno a uno fue destrozando sus débiles cuerpos hasta que se quedó solo con ella.

            Volvió a asumir su forma original de viejo cansado y se sentó junto a su hija en el banco de madera. Había sido tan cruel con aquella gente que había salpicado de sangre todo el recinto y ella estaba bañada en púrpura, la sangre de los que la habían estado cuidando. Seguramente se sentía dolida y aún más confusa que antes.

            Ambos guardaron silencio unos segundos.

            - Puedo llevarte a casa si me lo pides - siseó, cordial -. Solo tienes que coger mi mano.

            Durante unos segundos parecía haberle entendido, pero no dejó de mirar al infinito, como si pudiera ver algo a través de la pared. Alastor se preguntó si no habría destrozado su mente hasta el punto de que ya no tenía alma.

            Pero después de unos segundos ella volvió la mirada hacia él y sonrió.

            - Ya estoy en casa, padre -habló, alejando su mano de la de él.

            Alastor apretó los puños, enfurecido y quiso destrozarlo todo. ¿Por qué no quería volver? ¿Por qué le llamó padre? ¿Acaso no había conseguido borrar todos sus recuerdos? ¿No tenía ni la más mínima intención de pedirle que le devolviera lo que ella había sido? ¿Por qué no estaba perdida, desorientada, asustada?

            Se puso en pié y saltó por la ventana que había destrozado al entrar. Se transformó en una enorme águila y se alejó de allí enfurecido. Batió sus alas con fuerza y se elevó lo más que pudo, emitiendo un grito de cólera que sonó como el grito de un águila imperial.

            Ya volvería a buscarla. Acabaría con todos los que la rodeaban una y otra vez hasta que se diera cuenta de quién era su verdadera familia.

 

 

FIN

 

Si quieres saber cómo continúa la historia pincha en:

 

La isla de los caminantes sin alma

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Comentarios: 4
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 13 septiembre 2011 12:38)

    Comenta aquí qué te ha parecido la historia.

  • #2

    yenny (martes, 13 septiembre 2011 17:38)

    Muy buena aunque falta saber que pasa con Antonio.
    Tony no es justo me vas a hacer esperar mas por la historia de Sam.
    Bueno pues esperare pacientemente no me queda de otra.

  • #3

    Tony (martes, 13 septiembre 2011 18:16)

    Precisamente si adelanto la historia de Sam, tendrías que esperar a la tercera historia para saber de Antonio.

    Así solo es a la segunda. :-b

    No puedo adelantar la de Sam porque en esa pasarán muchas cosas y antes tienen que pasar muchas otras... ya lo entenderás.

  • #4

    x-zero (martes, 13 septiembre 2011 18:54)

    muy buena historia pero deja la duda de que paso con antonio :s

    salu2 y no encontre errores

Antonio J. Fernández del Campo

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Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página: <http://tonyjfc.jimdo.com/> en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Con el tiempo y los ánimos de sus lectores más fieles se decidió a publicar su primer libro. Cayó enfermo y el nuevo tiempo del que dispuso lo dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar una de sus obras de la serie “Relatos olvidados”. A sus cuarenta y cinco años decide hacer realidad su sueño al publicar “El ángel que desafió al Diablo”.
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo.

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