Entre la tumba y el ataúd

3ª parte

 

            Casi no podía moverse y cuando despertó de la noche, sentía que su espalda y trasero le dolían bastante por no haber cambiado de postura. Al menos ahora se sentía mejor como para inclinarse un poco a la izquierda, sobre el costado bueno. Sentía las heridas ahí como si tirasen para volver a abrirse.

            Entró un señor de bata blanca y al verle despierto sonrió y se acercó a él.

            – ¿Cómo se encuentra? – la voz era la misma que escuchó en el hospital, era el que mintió a Brigitte.

            – ¿Por qué me ha hecho esto? – le preguntó, intentando elevar la voz y sintiendo un agudo dolor en el pecho al hacerlo.

            – Tranquilícese – recomendó el médico, sonriente –. El señor es amigo mío desde hace años y le debo muchos favores. Pero, por lo que tengo entendido, usted es muy valioso para él. No le tenga en cuenta lo que ha pasado, piense que le ha salvado la vida. A priori parece malo, pero es solo su afán por ayudarnos. Nos necesita, ¿entiende? Es muy afortunado de que tenga algo que él necesite de usted.

            – ¿Por qué? – preguntó, asombrado –. Después de que le dé lo que quiere no dudará en matarme.

            – Bueno, eso no me incumbe. Vamos a ver esas heridas...

            Sacó una tijera del bolsillo y le levantó las vendas del pecho, cortándolas con sumo cuidado.

            – ¿Seguro que puede quitarme el vendaje? – preguntó, preocupado.

            – Lo puse demasiado apretado. Le vendrá bien que pongamos apósitos sobre las heridas sin esta venda tan poco ortodoxa.

            Antonio ya se había acostumbrado a respirar con el diafragma y temía que al liberar sus costillas y mover los pulmones sintiera más dolor en el lado derecho. Pero, de alguna forma, confiaba en ese hombre. Era un mentiroso pero le había salvado la vida.

            – ¿Por qué le dijo a mi mujer que había muerto? – preguntó, aún enojado.

            – No me gustaría que fuera preguntando por ahí y creo que a usted tampoco – replicó –. Es mejor así por ella, cuanto menos sepa mejor.

            – Pero tengo que decirle que estoy bien...

            – Si la quiere, no volverá a contactar con ella nunca más – replicó el médico –. El señor es... caprichoso y no es muy buena idea ponerse contra él – negó con la cabeza, con resignación –. Alégrese de que sigue vivo y pronto descubrirá que pertenecer a su grupo es todo un honor.

            Antonio vio la lealtad y el miedo dibujados en los ojos del médico. Quería seguir discutiendo pero sabía que podían estar siendo escuchados y prefirió mantenerse cayado mientras le retiraba las vendas.

            Le hizo poner de lado para terminar de sacárselas y cuando dejó su pecho al aire libre se miró con miedo. Tenía una herida cosida en el pectoral, dos centímetros a la derecha del pezón, y cinco centímetros más abajo. Ambas parecían cosidas con mucha habilidad y no parecían estar cerrando mal. Las cicatrices no serían muy llamativas. El aire en contacto con su piel le sentó muy bien.

            – Vaya, estoy impresionado – dijo el médico –. Diría que se va a recuperar en un par de semanas.

            – ¿Qué le ha pasado a mi brazo derecho?, casi no puedo moverlo – preguntó, con miedo.

            – No se preocupe, es normal, poco a poco recobrará las fuerzas – respondió.

            – ¿Cómo se llama? – preguntó.

            – Llámeme doctor Hergozo.

            – Gracias por salvarme, doctor Hergozo – replicó él, sinceramente.

            – Es mi trabajo. El señor me eligió porque era el mejor cirujano del hospital.

            – Dígame, ¿quién es el señor? ¿Cómo se llama? ¿Qué tipo de organización tiene?

            – ¿Organización? – preguntó el médico, sonriente –. No lo ha entendido, ¿verdad? El señor Alastor no es un cabecilla... es un dios.

            Aquella declaración dejó sin palabras al paciente, que no sabía si reírse de lo que acababa de escuchar o pedirle que se explicara. Acababa de aclararle muchas cosas, no se trataba de una mafia, sino de una secta. Lo extraño era que un tipo como ese médico no parecía fácil de convencer para pertenecer a una.

            – Eso me cuesta creerlo – rebatió Antonio.

            – ¿Cuántos años cree que tiene mi señor? – preguntó enigmático el médico.

            – Sesenta, setenta...

            – Ni él mismo lo sabe – contestó –. Pero creo que debería responder a esas preguntas él mismo.

            Antonio quiso reírse pero sus heridas le hicieron toser y las toses le dolieron más que si un niño saltara sobre su pecho.

            – No intente esforzarse, las heridas de pulmón son terriblemente dolorosas.

            – No hace falta que lo jure – confirmó él, cuando pudo calmar sus toses.

            – Hágame caso, no puede nadar contra la corriente de un río bravo. Se lo digo para ahorrarle disgustos y esfuerzos innecesarios.

            – ¿Qué dice? No puedo ni darme la vuelta en la cama, ¿qué esfuerzo voy a hacer?

            – Si tiene pensado escapar, quíteselo de la cabeza – desmintió el médico.

            – Caramba, resulta que aquí el adivino es usted – bromeó Antonio.

            El médico cogió una palancana y se acercó con ella, poniéndola sobre su estómago. Estaba condenadamente caliente pero el calor le reconfortó un poco. Con una suave esponja lavó sus heridas del costado y luego retiró la palancana para hacer lo mismo por la parte de atrás. Por alguna razón las heridas de la espalda las sentía mucho más cerradas. Luego le puso unas  gasas sobre la espalda y se las pegó con esparadrapo. Le volvió a colocar boca arriba e hizo lo mismo con las del pecho.

            – Necesito que mi mujer sepa que estoy vivo – dijo, suplicante –. ¿Puede ayudarme?

            Puede que la fuga fuera una posibilidad lejana, pero ese médico podía ayudarle.

            – Ni siquiera reclamó su cuerpo – contestó el doctor Hergozo, como si eso respondiera todas su dudas.

            – Vaya, es usted un cabrón hijo de puta – dijo sin fuerzas –. ¿Cree que eso me va a hacer odiarla? Olvídelo, es tan rastrero como el dueño que lleva su correa.

            El médico le dedicó una mirada cargada de odio.

            – Si supiera lo que le conviene, se olvidaría de ella cuanto antes.

            – ¿Qué va a hacerme? – retó Antonio, enojado –. El viejo me quiere vivo y en condiciones, sino usted estaría masturbándose con su foto y no vendría a curarme.

            – No intente provocarme – dijo el médico con la boca medio cerrada –. No siempre le van a necesitar vivo...

            – Ah, ¿es un asesino?

            – En mi profesión puedo tomarme la libertad de decidir quien vive y quien muere sin tener que matar a nadie. Acuérdese de eso, le aseguro que podría haberle dejado morir y mi señor no me habría culpado.

            Antonio cerró los ojos dejando claro que había dado por terminada la conversación. Estaba más enojado consigo mismo que con ese hombre. No soportaba la idea de que Brigitte le diera por muerto. ¿Qué haría ahora?, ¿volvería a Estados Unidos?, ¿volvería a Perú con sus padres?

            Escuchó que el médico salía de su habitación y al abrir los ojos y cerciorarse de que estaba solo, sonrió. No podía pegar puñetazos pero sabía defenderse con las palabras, todavía. Le había tanteado para saber si podía ganarse su confianza pero debía haber cámaras, no podía confiar en nadie allí.

            En cuanto salió el médico abrió los ojos y se examinó el pecho.

            – Dos semanas – susurró, resignado. Eso suponiendo que conseguía que el viejo fósil no le pusiera antes fecha de caducidad.

           

            Al cabo de dos horas tuvo ganas de orinar. Al no poder moverse buscó algún botón por la cama pero no encontró nada. Al levantarse sobre sus codos vio un recipiente blanco junto a la cama. Hizo un esfuerzo por sentarse y lo consiguió con la única ayuda del brazo izquierdo. El derecho seguía siendo inútil aunque al menos era consciente de que no podía moverlo porque le dolía muchísimo cuando usaba el músculo pectoral. La mano respondía un poco más, pero no tenía fuerzas.  Para poder moverse tenía que mover el brazo con la otra mano porque al más mínimo esfuerzo sentía como los puntos amenazaban con soltarse. Cogió el recipiente del suelo y se volvió a meter en la cama. Se puso de lado y colocó el recipiente en la posición adecuada para vaciar la vejiga. Cuando terminó, lo sacó y lo dejó en el lado izquierdo de la cama.

            Ahora que se sentía relajado, el esfuerzo por coger eso del suelo le había dejado agotado. Necesitaba dormir y en cuanto cerró los ojos perdió la noción del tiempo.

           

            Cuando se reposa de unas lesiones tan graves, el tiempo pasa volando y a la vez lento como una puesta de Sol. Así llegó la mañana en la que entró de nuevo el viejo Alastor. Durmió durante periodos cortos y luego despertaba y trataba de intentar dormir.

           

            «Tienes que entender» – escuchó que le decía Verónica en sueños –, «que no estás resolviendo un crimen como los que estás acostumbrado. Alastor es mucho más que el jefe de unos matones. Esta no es su única residencia. De hecho, no te fíes de su aspecto frágil. En el mundo hay criaturas que nunca creerías que existen. Por ejemplo los dragones eran reales hace más de cinco mil años, sin duda los animales más peligrosos que existían. No hay registro de ellos más que en la Biblia, que se nombran de pasada porque no eran muy comunes en Medio Oriente. Más bien vivían en las montañas del norte de Europa. También había gigantes, poblados enteros de hombres tan altos como árboles, éstos vivían en el norte de África y otras regiones donde construyeron cosas inmensas con sus propias manos. Aunque eso fue hace muchos miles de años ya que casi todas esas criaturas se extinguieron en el gran diluvio. Alastor y sus cinco hermanos son los únicos seres que sobrevivieron al castigo divino. No le faltes al respeto porque más sabe el diablo por viejo que por sabio y ese hombre es uno de los cuatro seres más viejos de este planeta.»

 

            Era difícil de creer, pero esas revelaciones unidas a las del doctor, eran suficiente motivo para que fuera mucho más cuidadoso con lo que decía. A pesar de sus dudas, él confiaba ciegamente en su única amiga. De ella dependía su supervivencia. Quizás por eso, cuando la escuchaba, se sentía tranquilo y esperanzado de que todo saldría bien.

            Finalmente recibió la visita que esperaba.

            – Buenos días, señor Jurado – dijo el viejo Alastor, con tono cansino –. Está usted en plena forma.

            Se refería a los músculos de los brazos y el estómago, que los tenía bastante ejercitados y el doctor le había dejado el pecho casi descubierto al quitarle los gruesos vendajes.

            – Supongo que si no estuviera tan preparado físicamente, no podría haber sobrevivido a esos balazos – replicó somnoliento.

            – Me gustaría que empezara a contarme cómo se empezó a dedicar a cazar fantasmas.

            Antonio sonrió y negó con la cabeza. Contarle su pasado a un tipo tan peligroso era lo más cercano al suicidio.

            – Soy un fanático de Bill Murray – respondió, sonriendo.

            – Vamos, déjese de bromas, tengo una carpeta llena de delitos por los que es usted sospechoso principal. Debido a su afán por la justicia, me cuesta creer que sea culpable.

            – ¿Acaso va a defenderme ante un tribunal?

            El viejo se sentó en la cama y le mostró todas las fotos que tenía en el sobre. Una de Verónica tirada en el suelo sobre un charco de sangre. Al verla sintió un latigazo de culpabilidad en su interior. Si pudiera echar marcha atrás en el tiempo habría cambiado esa parte de su vida. Luego vio una foto de una mujer vestida de monja con dos agujeros de bala e pleno pecho –la loca a la que poseyó la muerte –, un niño con la cabeza destrozada en medio de un callejón –de ese no tenía conocimiento –, un montón de carne congelada y un chico esposado al radiador de una casa antigua, estas últimas fotos eran totalmente nuevas para él.

            Antonio no fue capaz de responder. Ese viejo hacía muy bien sus deberes pero sabiendo lo que había dicho Verónica, no le admiraba tanto.

            – Es usted un asesino y le buscan por todos esos crímenes –dijo, con calma, el viejo –. La policía Española ha comenzado a colaborar con la americana, en Nueva York. Ninguna persona de este planeta daría un céntimo por usted.

            – Técnicamente, y si me permite puntualizar, solo tengo que ver con la muerte de la monja, que en realidad era una asesina peligrosa y, bueno con esta otra – señaló a Verónica con dolor en el corazón.

            – Ya estoy enterado del detalle, no la mató usted, tuvo que enviar a su amigo para rematarla –le miró y adivinó que era un tema delicado –. ¿Le afecta esa muerte?

            – No la quise matar –replicó, ofendido –. No sabía lo que hacía.

            – ¿Sabe qué? –dijo el viejo, recogiendo las fotos y volviendo a guardarlas –. No necesito esto para asustarle. Solo necesito esta otra foto.

            Extrajo un sobre de su chaqueta. El sobre contenía una foto poco más grande que una de carnet y contenía la imagen de una mujer, sentada de espaldas a una ventana y mirando al infinito. Al verla Antonio quiso levantarse.

            – Brigitte se casó con usted en las Vegas, pero oficialmente no existe, al igual que usted –explicó el viejo –. Muy romántico, el único lugar del mundo donde no necesitan más que un pasaporte para poder casarse. El único sitio donde podían casarse, en realidad.

            – ¿Qué pretende?

            – Nada en absoluto – replicó el señor Alastor –. Siempre que no me obligue a hacerlo.

            – ¿Qué quiere de mi? – preguntó, harto de tanta conversación.

            – Ya se lo dije, enséñeme. Si no veo resultados no solo volverá a su tumba sino que ella le acompañará.

 

Continuará

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