Entre la tumba y el ataúd

5ª parte

 

            Lo sacó y vio que había una hoja de papel en blanco, plastificada. La cogió y vio que por el otro lado había una lista de códigos.

            - Vaya, esto sí que es lujo - siseó divertido.

            En la lista aparecía el mueble bar pero no tenía ni idea de dónde estaba. Aparecía la televisión pero allí no había, hasta aparecía una opción de llamar al servicio, contactar con masajista...

            - No puede ser verdad, estoy soñando. Así da gusto que te secuestren.

            Dudo que esperaran que pudieras abrir ese cajón - replicó Verónica -. Si te pillan pueden sorprenderse bastante.

            - Nadie me ha prohibido curiosear - respondió Antonio.

            Volvió a abrir el cajón de arriba y tecleó el 23790. El código de la televisión.

            Uno de los compartimentos del mueble se movió solo y surgió del hueco una televisión de plasma de cuarenta y dos pulgadas. Debajo había un mando a distancia metido en un cajetín del soporte del aparato.

            - Bien, esto está mejor... - dijo pensativo.

            Se volvió a sentar en la cama y se quedó pensando qué podía poner.

            La encendió y puso el menú de canales. Al principio escuchó un poco las noticias, luego pasó al teledeporte y finalmente la apagó. No quería televisión, quería jugar con los botones y ver qué más maravillas escondía esa habitación.

            - Mueble bar –dijo, sonriente -. Me pregunto qué bebidas tendrán aquí escondidas.

            Pulsó el código y otro compartimiento del mueble se abrió dejando ver una nevera y un estante de botellas. Casi todas de vino Valdepeñas del año 2001. Se preguntó si serían buenas o no, pero no podía abrir ninguna porque no veía el sacacorchos por ningún lado.

            - La lista debería tener algo...

            «Si juegas demasiado y te pillan podrías quedarte sin juguetes»- reprendió Verónica.

            - Da igual, me van a pillar en cuanto vean la tele.

            «Mira la biblioteca, podría interesarte algún libro. Coge alguno y deja de curiosear, te están observando.»

            - ¿Quién quiere libros teniendo masajes? - replicó él, pulsando el código pertinente.

            Esperaba ver que se abría una camilla con un robot masajista pero no ocurrió nada al teclear los números.

            «No digas que no te lo advertí.» - dijo Verónica.

            - Vaya, este cachivache debe estar jodido.

            No le dio tiempo a probar otra combinación de botones cuando se abrió la puerta y apareció uno de los gorilas del señor Alastor.

            - ¿Vienes a darme un masaje? - bromeó con la lista en la mano.

            El gigantón le cogió bruscamente del brazo, le quitó la lista y lo arrastró a la cama. Luego sacó unas esposas del bolsillo y lo amarró al cabecero de la cama.

            - ¡Eh estúpido! no puedes tenerme así, no podré coger el orinal.

            - Órdenes del señor - respondió.

            - ¡Me cago en la leche! - gritó.

            El gorila se marchó sin decir nada más. Suspiró, resignado y notó que tenía algo clavado en el trasero. Se sentó en la cama y con la mano derecha, con mucho cuidado de moverla sin grandes esfuerzos, lo cogió. Era el mando de la tele.

            Paradójicamente, no fue capaz de ver terminar la primera película antes de dormirse. Su paseo por la habitación le había agotado por completo. Cuando despertó ya no tenía puestas las esposas y podía mover el brazo izquierdo sin problemas. Además habían retirado el cacharro con su orina y se lo habían vuelto a poner vacío. Al mirar hacia la puerta se dio cuenta de que había entrado alguien y le habían despertado al encender la luz.

            - Buenas noches - dijo el doctor, entrando con una bandeja en la mano.

            - ¿Qué quiere? - preguntó, adormilado.

            - ¿No tiene hambre? - el doctor depositó la bandeja en una mesita que había junto a su cama y la movió hacia él.

            - ¿Qué hay de menú? - preguntó, sentándose con un gran esfuerzo y sujetándose el brazo derecho para que no le colgara.

            - Puré de patatas con filete a la plancha - respondió el doctor Hergozo, como si lo hubiera cocinado él.

            - Quien le diría que después de ser el mejor médico del hospital terminaría poniendo la comida a un capullo que le ha insultado - dijo Antonio, jocoso.

            - Entiendo su disgusto, a nadie le gusta que le retengan contra su voluntad - reconoció -. No tengo ni idea de cómo ha conseguido abrir el último cajón usted solo pero el señor está sumamente complacido. Sus habilidades de adivinación superan con creces sus previsiones más optimistas. Aunque su primera reacción fue algo violenta. No sabía cómo interpretar su aparente esquizofrenia. Era como si un amigo imaginario le dijera todos los secretos de la habitación, fue impresionante.

            Antonio se sintió halagado por esas palabras aunque era consciente de que él no tenía habilidad alguna, solo tenía una genial amiga que no merecía.

            - He comido cosas más horribles - protestó Antonio, al ver la suela de zapato que venía semienterrada en una masa compacta de color amarillento.

            - Necesita una dieta estricta, la recuperación será más rápida. Aunque puede que mañana pueda comer normal. Trate de no moverse mucho para que los puntos cierren.

            - Si lo que quiere es matarme de hambre, creo que lo va a conseguir.

            - Avíseme cuando termine - se hizo el sordo.

            - Espere, por favor - dijo Antonio -. ¿No puede traerme un poco de agua?

            - Sí, claro - el médico se marchó y a los dos minutos regresó con un vaso de plástico y una botella de agua envasada.

            - ¿Algo más?

            - Pues ahora que lo menciona, ¿no tendrá por ahí un cabestrillo para mi brazo derecho? Es un martirio tener que sujetármelo todo el rato.

            - Claro, claro... si desea algo más dígamelo ahora para ahorrarme más viajes.

            - Ya que puedo pedir, me gustaría que me devolvieran la cartera y mi teléfono móvil. Quítenle la tarjeta de teléfono pero lo necesito. Tengo un libro a medias que me quiero terminar...

            - No está en un hotel, señor Jurado - se negó el médico, saliendo nuevamente de su cuarto.

            - ¿Cómo que no? - preguntó sonriente, al ver el vaso y la botella de agua en la mesa.

           

 

            El médico le llevó la tela para sujetar su brazo y no le dijo nada. Se había tumbado viendo la televisión y echaban un concurso donde regalaban millones por contestar muchas preguntas. Estaba tan entretenido que ni siquiera le dio las gracias.

            La comida le dio sueño y se quedó dormido.

 

 

            Le despertó la puerta, se había quedado completamente dormido y pasó dormido toda la noche con la televisión encendida.

            - Ha llegado la hora de que deje de hacer demostraciones, y me enseñe algo. Le doy dos días para ver resultados.

            El viejo dijo aquello con jovialidad, de buen humor, como si hubiera hecho una broma.

            - Ojala fuera tan sencillo - replicó, somnoliento.

            - Claro que lo es. O me enseña o muere.

            Se incorporó y se sentó con la espalda apoyada en el respaldo de la cama.

            Esperó que Verónica dijera algo y, como siempre, temió que su voz no resonara en su interior. El día que dejara de hablarle estaría perdido.

            - Dígame, señor Jurado, ¿con quién habla cuando... adivina cosas?

            Aquella pregunta le cogió por sorpresa. Se regañó a sí mismo por haber hablado en voz alta con Verónica mientras ella le contaba como hacer las cosas. Debería haber tenido más cuidado.

            - No hace falta que se avergüence - rectificó el viejo -. Si usted puede hablar con ella, yo también podré.

            - No lo creo - replicó, Antonio, enojado.

            - ¿Acaso su oído es más fino que el mío?

            - No la escucho con los oídos. Además no es un robot al que le das órdenes y obedece.

            - Lo imagino, pero si amenazo con matarle aquí y ahora... - el anciano sacó una pistola del bolsillo y le apuntó a la cabeza -. Su amiga me hablará o usted morirá.

            Aquella amenaza sonaba muy mal.

            «Esto no pinta bien» - le dijo Verónica -.«Este no sabe que las cosas no funcionan así pero habla totalmente en serio. A pesar de su sonrisa te detesta porque sabes más cosas que él y eso es algo que no puede soportar.»

            Antonio no contestó porque no quería echar más leña al fuego. Si volvía a hablar con ella y el viejo no la escuchaba, podía morir al instante.

            «¿Qué hago?» - pensó, aterrado.

            - Quiero que ella me diga su nombre - continuó el viejo, sonriente.

            - Yo se lo puedo decir - respondió Antonio.

            - Lo quiero oír yo mismo. Dígale que tiene sesenta segundos.

            El viejo miró su reloj y empezó a contar poniendo el reloj en la misma trayectoria ocular que el arma y su cabeza.

            - No puede estar pendiente mi cabeza y del reloj y al mismo tiempo escucharla a ella, es ridículo - le dijo Antonio.

            - En ese caso tendrá que manifestarse y decir su nombre bien alto. Hablo en serio... le mataré si no lo hace.

            Antonio miró fijamente el arma y no lo pensó dos veces. No podía confiar en que Verónica pudiera hacer eso de modo que tenía que reaccionar y tenía menos de un minuto. El viejo estaba a dos metros de la cama, si saltaba a quitarle la pistola le mataría antes de que pudiera siquiera levantarse. Estaba jodido, estaba bien jodido.

            - Treinta segundos - dijo el viejo.

 

Escribir comentario

Comentarios: 4
  • #1

    yenny (lunes, 29 agosto 2011 18:07)

    Quiero saber que va a pasar se queda en lo mejor muy buena la historia Tony y espero que tengas tiempo e inspiración para terminarla pronto.

  • #2

    Tony (lunes, 29 agosto 2011 18:25)

    Pues sí, voy a necesitar mucha inspiración porque lo que he escrito a partir de aquí no me convence nada y creo que voy a tener que reescribirlo todo.

    Gracias Yenny, tus comentarios me dan bastante ánimmo.

  • #3

    x-zero (martes, 30 agosto 2011 05:18)

    no se pero desde aqui ya se puede empezar a ver los posibles finales de la historia, espero que te inspires y escribas uno bueno :)

    salu2

  • #4

    Tony (martes, 30 agosto 2011 10:10)

    Qué suerte, x-zero, porque yo no tengo nada claro cómo va a terminar. :-b

    Bueno, claro, aún no he publicado la parte donde se revela el motivo por el que Alastor ansía tanto la adivinación.

    Hasta ahora los relatos que escribía tenían gran interés porque eran argumentos con bases sólidas, mezclados con la vida íntima de personajes. En esta historia van a entrar en juego tres factores importantes y espero no fastidiarlo por abarcar tanto.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo