Entre la tumba y el ataúd

6º parte

 

            Antonio cerró los ojos esperando alguna idea por parte de Verónica. No tenía la más remota idea de qué hacer. En ese tiempo que le quedaba invocó a Dios todopoderoso y le pidió perdón por sus errores y que, si no era mucha molestia, le salvara de ese lío.

            - Verónica - dijo en voz alta, como último recurso para que el viejo no le matara.

            - Cállese, ¿ahora cómo quiere que lo diga ella? - le regañó el viejo agitando la pistola.

            Suspiró y se rascó la barbilla con el cañón del arma. Le preguntaré otra cosa...

            - ¿Así es como ha convencido a sus seguidores para que le sigan? - preguntó enojado -. Lo único que me dan ganas es de matarle en cuanto tenga ocasión.

            - No lo hará porque si llega ese día, yo ya sabré que piensa matarme.

            -¿Y cómo va a aprender a adivinar eso si me mata antes? Cualquiera de sus esbirros podría volarle los sesos.

            - Eso es cierto, sí señor. Por eso solo hay dos alternativas para usted, o yo aprendo o muere. Pero no puede tener un poder que yo no tenga y vivir para usarlo contra mí.

            Antonio suspiró, en realidad entendía su filosofía. Era como las grandes compañías petroleras, cuando alguien amenazaba con sacar un coche que funcionara con agua, éstas le compraban los derechos para quitarle la patente. El mundo funcionaba exactamente igual que la mente de ese viejo.

            «No puede aprender» - dijo Verónica -, «él no cree en Dios y está escuchando solamente con sus oídos físicos. Para que pudiera escucharme necesita hacer alguna locura totalmente contraria a la razón. Asume que tú hablas conmigo porque tiene pruebas de que lo has hecho, pero no consigue entenderlo y eso le ha hecho perder la paciencia. Dile que solo hay una forma de que aprenda y es entregándote la pistola.»

            Antonio parpadeó varias veces, como cuando ella decía alguna cosa que parecía no tener sentido. Como si le pidiera que caminara sobre el aire.

            ¿Cómo le voy a pedir eso? - pensó -. Me matará en cuanto lo haga.

            «Confía en mí.»

            - Escuche, nunca podrá escucharla si no hace un acto de total y absoluta locura. Es necesario porque la mente está sujeta a sus propias normas y hasta que no se rompen, es incapaz de abrirse a lo que hay más allá de la lógica física - el discurso le pareció de lo más convincente, lo difícil venía ahora.

            - Le escucho - el viejo frunció el ceño.

            - Entrégueme el arma - pidió Antonio -, y podrá escucharla.

            - Ah, claro, eso sería muy apropiado para usted. Ya lo creo.

            - No le voy a decir que no. Estamos en una partida de cartas y usted tiene una reina y yo un as. El problema es que el as come a la reina pero usted juega el último turno.  Tiene que elegir, o juega hasta el final y pierde la partida, o rompe la baraja.

            - No le sigo - dijo el viejo.

            - Entrégueme el arma y terminemos la partida. Usted pierde y yo gano, pero si me mata, nunca sabrá la carta que escondo. Perderá la oportunidad de obtener este poder. Perderá igualmente.

            - Exacto, en tal caso, ¿porqué tendría que darle el arma?

            - Para romper su lógica - repitió Antonio -. Debe hacer algo absolutamente loco e irracional para que ella pueda entrar en su mente.

            - ¿Y de qué me sirve si usted me mata? - inquirió el viejo, enojado.          

            - Mírese - dijo Antonio, seguro de sí mismo -. Apuntando a un hombre a la cabeza y sintiéndose amenazado por mí, que apenas puedo moverme de la cama. ¿Por qué? Sabe que yo sé que no voy a morir y me envidia por saber esas cosas, de modo que le ofrezco lo único que puedo ofrecerle, la oportunidad de ver más allá de la física y la lógica, de ver el futuro y los pensamientos de las personas.

            - ¿Aprenderé todo eso si le doy la pistola? - preguntó el anciano.  

            - Se lo garantizo - respondió.

            Antonio lo tenía medio convencido, solo necesitaba que cediera a la propuesta y sería el fin de la historia.

            - No entiendo cómo cree que va a salir de esta, no pienso ser tan estúpido de caer en su trampa - recapacitó el anciano.

            «Agáchate» - urgió Verónica.

            Antonio obedeció al instante y se inclinó sobre las piernas al mismo tiempo que el viejo apretaba el gatillo. La bala silbó por encima de su cabeza e hizo saltar trozos de pared detrás de él.

            Al fallar, el anciano volvió a apuntarle a la frente. Esta vez no tendría tanta suerte, a Antonio le temblaban las manos porque sabía que había estado a punto de morir.

            - Supongo que puede repetir eso, ¿verdad? - preguntó, enojado Alastor -. Si pudiera yo hacer eso...

            Bajó la pistola y suspiró.

            - Déme el arma - ordenó Antonio, con más voz que convicción.

            «Ya es demasiado tarde y lo sabe»- explicó Verónica.

            - Voy a demostrarle un acto de total y absoluta locura - replicó el anciano, sonriente.

            Se apuntó a su propia sien derecha y disparó.

            - ¡Mierda! - exclamó Antonio, asqueado por toda la sangre que le salpicó.

            El cuerpo del viejo cayó en el suelo como un saco de patatas y vio que su cabeza estaba completamente deshecha por la bala. Los sesos estaban desparramados por el suelo de la habitación y ver eso le dio ganas de vomitar.

            Antonio se levantó de la cama y le quitó la pistola de la mano. Si venían los gorilas estaba perdido, necesitaba defenderse. Registró al anciano y sacó su cartera de la chaqueta. Tenía varios billetes de cincuenta euros. Se la quitó y con la pistola en la mano se fue directo a la puerta. Abrió y miró a ambos lados, debía salir de esa casa cuanto antes. No había nadie ahí fuera.

            - No tan rápido, amigo - escuchó desde su habitación.

            Si hubiera escuchado que el alguien le hablaba desde el pasillo, le habría disparado sin mirar, pero lo que escuchó fue la voz del viejo, lo que no tenía ningún sentido.

            Se volvió hacia él y le miró estupefacto.

            El señor Alastor se levantaba con lentitud pero era obvio que estaba vivo. Los sesos que estaban desparramados por el suelo se estaban adhiriendo a su pie y reptaban por su cuerpo hasta volver a su lugar y la sangre manaba hacia la herida como en cámara invertida. Era lo más espeluznante que había visto en toda su vida. En apenas un par de minutos su cabeza volvía a estar entera.

            - Como verá, no me asustan las armas - explicó, señalando su pistola.

            - ¿Qué coño es usted?

            - Ya se lo he dicho, soy un dios. Y le diré más... soy un dios que ansía regresar a su hogar. Ahora que le he complacido, dispáreme cuanto quiera, haga con mi cuerpo lo que le plazca. Pero dígale a su amiga que estoy listo para escucharla.

            - Lo siento, no tengo tiempo para estas bobadas, yo me largo.

            Iba a cerrarle la puerta pero uno de los hombres del viejo le quitó la pistola con una mano y la aplastó de un pisotón en el suelo destrozándola con su fuerza. Luego le agarró por el hombro y le metió dentro de su cuarto. Le quitó la cartera que le acababa de quitar al viejo y le levantó, cogiéndole por el brazo derecho y haciéndole sufrir un dolor indescriptible por el fuerte tirón.

            - Ahí lo tiene, eso no lo ha visto - dijo el viejo -. Ni usted gana siempre ni yo pierdo.

            - No es tan sencillo - explicó él, dolorido -. Lo de escucharla, quiero decir. Solo ha dado el primer paso, pero le queda un largo camino por recorrer.

            - Estoy dispuesto a todo, ya lo ha visto.

            Antonio regresó a su cama arrastrado por el gigantón. Estaba demasiado agotado para seguir de pie, se estaba mareando.

            - Mañana seguimos, creo que me he esforzado demasiado - el gorila no había tenido ningún cuidado con él y sentía que los puntos estaban a punto de soltarse, lo que le había mareado.

            El viejo asintió. Estaba sonriente y feliz.

            - ¿Sabe? – admitió -. Tenía razón, al hacer esa locura siento que soy libre de las ataduras de la razón, se ha abierto un horizonte enorme para mí. Cosas que nunca haría por inapropiadas, ahora no son tabú.

            - El día que pueda confiar en su locura por encima de su propio sentido de supervivencia, - aleccionó Antonio, recordando cuando dejó escapar a Marco para hacer caso a Verónica el día que secuestraron a su mujer-, ese día verá el futuro.

            - Creo que todavía no puedo comprender eso - replicó Alastor -. Le dejaré descansar, estoy ansioso por volver.

            - Puede conseguirlo - dijo Antonio -. Pero va a tener que cambiar mucho.

            - Ya he cambiado - replicó orgulloso mientras salía de su habitación y le cerraba la puerta. Esta vez no sintió que echara la llave.

            «Ahora te deja salir a tus anchas por la casa. Aunque lo único que ha cambiado es el tamaño de tu celda» - explicó Verónica.

            ¿Vas a enseñarle lo que desea? - pensó Antonio mientras cerraba los ojos.

            «Su corazón está vacío y solo me puede escuchar desde el corazón. Si un día me escucha, será positivo para todos. Pero eso sería como intentar derretir todo el hielo de la Antártida»

           

           

 

            Cuando despertó podía mover mejor el brazo derecho. La mano ya no estaba debilitada y su hombro ya no le dolía. Las heridas estaban cicatrizando muy bien aunque no quería mover el brazo por miedo a desgarrar algún punto del pectoral o la espalda. La dificultad respiratoria ya no era tan dolorosa aunque los aguijones del pecho seguían ahí cada vez que inhalaba un poco de aire.

            Se sentía dolorido de tanto dormir. Necesitaba caminar y tenía curiosidad por saber si podía salir de la habitación. No quería sentirse como un ratón en una jaula.

            Se levantó y vio que a los pies de su cama estaba el orinal y unas zapatillas de hospital de color blanco. Se las puso y vio que en una silla habían colocado un cabestrillo de cuero con tela. Al parecer tenían en cuenta sus peticiones. Se lo colocó y metió el brazo derecho dentro. Al tenerlo inmovilizado se sentía mucho más libre y le agotaría menos caminar por ahí.

            Abrió la puerta de su habitación y vio que había un pasillo amplio que daba a varias habitaciones y a la escalera de bajada. La casa era grande, pero no tanto como para ser la residencia del hombre más poderoso del mundo.

            Se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ya que en su cuarto había una ventana que parecía dar a un valle. No se veía nada característico. Si hubiera querido salir por ahí, se habría matado porque la caída era por un risco de cientos de metros.

            Al no ver nada interesante en el pasillo y encontrar todas las habitaciones cerradas, descendió por las escaleras y llegó a un pequeño rellano donde había un pastor alemán durmiendo justo donde terminaba el último escalón, impidiéndole el paso. Antonio dudó ya que no sabía si ese perro estaba entrenado para morderle si pasaba de ahí. El animal respondió a sus dudas despertándose con jovialidad. Subió hasta él y le lamió los tobillos.

            - Buen chico - dijo mientras le acariciaba por encima de las orejas.

            - Entre en la cocina, por favor - se escuchó la voz de una chica joven.

            Antonio tuvo el impulso de decir que no era quien ella pensaba pero prefirió evitar pasar frente a la puerta porque estaba con un simple pantalón de hospital, sin camiseta y totalmente despeinado. No quería aparecer así ante una desconocida.

            Comenzó a subir las escaleras sigilosamente cuando la voz le sorprendió al segundo escalón.

            - ¿Qué hace?, ¿le comió la lengua el gato? - la chica salió de la cocina y puso los brazos en jarras.

            - No soy quien piensa - replicó Antonio al darse la vuelta.

            - Claro que le espero a usted - le regañó, sonriente -. No hay nadie más en casa.

            Cuando la vio se sintió tremendamente ridículo por su propio aspecto desaliñado. Tuvo que parpadear varias veces para estar seguro de que no estaba soñando. Esa chica era la criatura más hermosa que había visto en toda su vida. Y ni siquiera estaba arreglada, pintada ni llevaba un vestido. Iba en pijama, un pantalón de algodón blanco con corazones rojos repartidos homogéneamente. Llevaba una camiseta blanca con flecos, también de algodón, que se ceñía lo suficiente a su figura como para adivinar los senos perfectos y proporcionados. Pero lo que más llamaba la atención era la exquisita perfección de su rostro. Era imposible saber si tenía dieciocho años o veinticinco. Su pelo oscuro estaba desordenado y caía sobre sus hombros, sus ojos eran verdes como esmeraldas y su nariz era una perfecta L.

            - ¿La han dejado sola conmigo? - preguntó Antonio.

            - Por supuesto, mi padre no puede perder tanto tiempo con usted. Volverá más tarde.

            - ¿Su padre es Alastor?

            - Aja.

            - ¿Quién es usted? - inquirió Antonio, con el ceño fruncido.

            - Me llamo Ana. Bueno no se quede ahí como un pasmarote siéntese a la mesa que le preparo el desayuno.

            - ¿Cómo... Cómo puede confiar en mí? - preguntó, atónito -. Puedo intentar escapar, de hecho es lo que pensaba hacer.

            - Es muy gentil de su parte que me cuente sus planes - replicó ella -. Adelante váyase si es lo que quiere.

            Aquella muestra de libertad le abrumaba. Ella siguió desayunando sus cereales como si no le importara que siguiera avanzando por el corredor hasta la puerta de salida. Seguramente la tendrían cerrada por si deseaba escapar.

            Caminó por el pasillo y cogió el pomo de la puerta. Lo giró y ésta se abrió sin dificultad. ¿Le estaban dejando irse?

            - Mierda, no tengo mi documentación, ni dinero, estoy casi desnudo... - abrió la puerta y, por lo que vio, se quedó boquiabierto.

 

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