Entre la tumba y el ataúd

7ª parte

            Todo cuanto veía eran montañas, árboles y eso que tenía bastante paisaje a la vista. No había ningún coche aparcado fuera, solo un camino de montaña totalmente rústico, sin asfalto. Si quería llegar a algún lugar, tenía que dedicar horas de caminata y en su estado de salud dudaba que pudiera aguantar la subida de las escaleras a su habitación.

            Suspiró y cerró la puerta. Regresó a la cocina arrastrando los pies y vio que la chica se estaba acabando sus cereales.

            - Tengo que salir, he de hacer una llamada de teléfono.

            - Pues como no tenga coche no va a poder llamar a ninguna parte. No hay cobertura de móvil en más de veinte kilómetros, donde está el pueblo más cercano.

            - ¿Veinte kilómetros?

            - ¿Quiere que le lleve? - preguntó ella.

            - Si no es molestia.

            Ella sonrió mostrando su perfecta dentadura blanca. Era tan bonita que Antonio se sentía intimidado por ella.

            - No, no debe salir - órdenes del doctor.

            - Tengo que llamar a mi mujer - aclaró él.

            - Y yo tengo que impedirlo - replicó ella.

            - En ese caso - iba a decirle que tendría que irse sin su consentimiento pero sería una tontería -, tendré que aceptar el desayuno.

            Entró en la cocina y se sentó a la mesa. ¿Dónde estaban los gorilas? ¿Acaso estaban con él?

            - ¿Te refieres a Héctor y Aquiles? - respondió ella sonriente -. Sí se han ido con él.

            Antonio la miró sorprendido. ¿Había preguntado en voz alta? Juraría que no, pero podía ser. Estaba adormilado.

            - Vaya nombres, ¿son actores de películas porno?, espera, espera ¿Tú también tienes miles de años? - preguntó Antonio, bromista.

            - ¿Cómo lo has sabido? - preguntó ella -. Mi padre tenía razón. Sabes cosas... ¿Qué vas a tomar?, ¿tostadas, huevos, panceta, zumo, café? Discúlpame si te tuteo, pero me incomoda hablar como si fueras un señor con ese pijama.

            Antonio no sabía si estaba bromeando, no había hablado con conocimiento y ella era muy jovial, podía estar riéndose de él.

            - Una tostada y un poco de café con leche.

            Ella se volvió y colocó una rebanada de pan en la tostadora. Cogió una taza grande del mueble de vasos y le sirvió café recién hecho. Sacó leche de la nevera y lo rellenó con ella. A continuación la calentó en el microondas y se la sirvió.

            - ¿Así fue como le tocó la lotería? - preguntó mientras colocaba la taza frente a él, en la mesa.

            - Veo que saben muchas cosas de mí - replicó él, molesto de que supieran ese detalle de su vida.

            - Vamos, mi padre me ha contado todo sobre usted. Es la persona más fascinante que he conocido en años.

            - Entonces sabrá también lo de los asesinatos - añadió él.

            - Sí, pero sabemos que no es culpable. 

            - ¿Qué? -preguntó, asombrado-. ¿Cómo lo saben?

            - Le sorprendería todo lo que sabemos de usted. Hace mucho que no está tan entusiasmado, está asombrado con su habilidad adivinatoria.

            - ¿A ti también te adoptó?

            - No, que va.

            - Por curiosidad, ¿cuántos años tienes? Sé que no es algo que se pregunte a las chicas...

            - Veinte - replicó.

            - Tu padre dice tener miles de años.

            - Mi padre tiene sesenta - desengañó ella.

            - Ah, o sea que me ha tomado el pelo.

            - Si te ha dicho que tiene menos, es un mentiroso - añadió ella, sentándose frente a él.

            - Me dijo que viene de las estrellas y tiene más de cinco mil años.

            Ella soltó una risita encantadora.

            - Vaya, ¿y le has creído? - preguntó, confusa -. No entiendo, ¿no se supone que eres adivino?

            - Se supone, sí - Antonio mordió la tostada y bebió un sorbo de leche intentando no mirarla. Si lo hacía su corazón se aceleraba, era una mujer sencilla pero tan hermosa que si tuviera que puntuarla se saldría de las tablas.

            - A lo mejor quieres comer algo más -invitó ella.

            Antonio negó con la cabeza. Mientras masticaba la tostada se dio cuenta de lo insípida que estaba y puso mantequilla en la tostada y después la bañó en mermelada de melocotón. Luego la comió alternando bocados con un sorbo de café. Al probarlo le pareció amargo y le echó dos cucharadas de azúcar.

            - ¿A qué te dedicas? - preguntó, él.

            - Lo que yo hago no tiene nombre - replicó ella, sonriente.

            - ¿Trabajas?

            - Supongo que soy una especie de princesa.

            - ¿En serio? - preguntó, asombrado.

            - Bueno, en este preciso momento me dedico a cuidarte. Creo que eso ya es bastante y si me preguntas si estoy cobrando por hacerlo, la respuesta es no - completó -. Te cuido gratis.

            - ¿No tienes novio? - preguntó.

            - ¿Quieres ligar conmigo? Vaya, qué pronto has olvidado a tu mujer - sonrió ella con picardía.

            Antonio abrió los ojos como platos.

            - Lo siento muchísimo - dijo, casi sin palabras -. No pretendía que pensaras eso, no... No tengo mucha costumbre de hablar con chicas tan guapas. Se me enredan los pensamientos y me pongo nervioso. No estaba ligando, solo hablaba sin pensar.

            - Ah, entiendo - dijo ella arrugando el morro, pensativa -. ¿Me estás diciendo que te gusto?

            - Vamos, mujer, digo que eres preciosa pero sin ánimo de ligar, solo expongo un hecho del que, estoy seguro, ya eres consciente.

            Ella sonrió con ternura.

            - Nunca me habían dicho algo tan tierno de forma tan desinteresada.

            Antonio se sintió terriblemente violento. No quería ligar con ella y no borraba esa imagen, dijera lo que dijese. Se terminó la tostada bajo la atenta mirada de Ana, que parecía mirarle como a un encantador osito de peluche. ¿Le estaban tomando el pelo? Se preguntó por qué Verónica no le había dicho nada y comprendió que desde que vio a esa maravilla de la naturaleza no se había acordado de ella para nada. Solo podía escucharla cuando él la llamaba.

            El silencio comenzó a hacerse incómodo hasta que ella volvió a hablar.

            - ¿Sabes que?

            - ¿Qué? - preguntó él, tragando el último trozo de tostada sin apenas masticarlo.

            Cogió su café y le dio un buen trago para ayudar a bajarlo.

            - Tú también eres muy guapo - dijo ella, sonriente -. Y te lo digo sin ánimo de ligar, solo constato un hecho del que, estoy segura, eres consciente.

            Antonio se puso colorado. En boca de ella sonaba mucho más sugerente que si le hubiera dicho directamente que quería acostarse con él.

            - Ti... Tienes toda la razón - tartamudeó -... O sea, era consciente... ¡No! Quiero decir, que no quería que pensaras... Da igual, olvídalo.

            Ana apoyó la cabeza sobre las manos, que había colocado en triángulo con los codos en la mesa.

            - ¿Te pongo nervioso? - preguntó, melosa.

            Iba a contestar pero era una pregunta trampa. ¿Estaba seduciéndole? Si era así, desde luego lo estaba consiguiendo. Pero él estaba casado y no podía dejarse llevar, tenía que acabar con esa conversación.

            - Estoy agotado, me voy a la cama - respondió.

            « ¿Quieres que te acompañe?» - preguntó Verónica, bromeando en su mente.

            Antonio carraspeó como si así evitara que Ana la escuchara.

            - Vaya, pensaba pasar el día contigo - dijo Ana, decepcionada -. Tengo órdenes de no quitarte ojo de encima.

            - Voy a dormir, tú verás - replicó él, desganado.

            - Tengo una baraja de cartas. ¿No quieres jugar un rato?

            El corazón de Antonio estaba demasiado acelerado. Le dolía respirar y quería tumbarse, alejarse de ella para poder tranquilizarse.

            - Supongo que podría ser... pero más tarde. Necesito echarme, no me siento bien.

            - ¿Qué tipo de música te gusta? Tenemos hilo musical - insistió ella.

            - No,... no sé - se levantó, comenzando a marearse -. Tengo que subir.

            Tantas palpitaciones no eran porque ella le gustara, algo iba mal. Volvió a sentarse y la vista se le puso borrosa, intentó respirar profundamente pero no sirvió de nada y perdió el sentido.

           

 

            Verónica... ¿Dónde estás?... ¿Qué me pasa?...

           

            Brigitte... Estoy vivo...

 

           

            - No pasa nada, es una pesadilla - decía la voz de una mujer -. Vamos, despierta.

            Abrió los ojos y le costó recordar dónde estaba. ¿Una pesadilla? No recordaba ninguna.

            - Gracias a Dios - susurró Ana, que se había arrodillado junto a él.

            - ¿Qué me ha pasado? - preguntó.

            - Caíste redondo, te ibas a sentar y te fuiste al suelo desmayado.

            - El café... creo que es el café - dedujo, aún mareado -. La cafeína afecta demasiado a mi corazón.

            - Vaya, lo siento, no pretendía envenenarte.

            - Es culpa mía - admitió, tratando de levantarse.

            - Te llevaré a la cama - se ofreció ella, cogiéndole por debajo del hombro sano.

            Aunque era delgadita tenía suficiente fuerza para levantarle. Antonio agradeció su ayuda ya que dudaba que pudiera caminar con semejante mareo. Subieron las escaleras y le llevó hasta su cama, donde se recostó como un peso muerto y se puso a respirar profundamente con intención de que se le pasara el mareo.

            - Mi hermana Génesis te habría curado - dijo Ana, preocupada.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Tony (jueves, 01 septiembre 2011 13:28)

    Comenta aquí lo que te está pareciendo la historia.

  • #2

    yenny (jueves, 01 septiembre 2011 17:53)

    Parece que van a aparecer muchos personajes nuevos asi que creo que esta historia va a durar unas 15 partes o puede que mas esta muy interesante pero espero que comienze pronto la acción.

  • #3

    Vanessa (jueves, 01 septiembre 2011 19:19)

    se esta poniendo interesante y al igual que Yenny espero que empieze pronto la accion

Animal es el que abandona a su mascota.

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