Fausta

12ª parte

 

 

            La llevaron a su habitación de la mansión y los recuerdos azotaron su alma tan fuerte que hubiera preferido dormir en la mazmorra más pestilente y solitaria. Cada esquina,  piedra u objeto le recordaba a Eleazar. La certeza de que nunca volvería a verlo sacudía su corazón con un puñal invisible.  

            — ¿Por qué a ti no puedo verte? —Sollozó en el silencio de su almohada, presionada contra su cara.

 

            — Quizás si miraras detrás de ti...

            Su voz era tan clara como si estuviera vivo. Con esa esperanza se volvió ilusionada pero al que vio no era Eleazar.

            — ¿Quién eres tú?

            Era un tipo con barba negra y rizada, alto y delgado. Sus ojos color miel la miraban con intensidad.

            — Si quieres puedo ser tu esposo.

            Al instante se transformó en Eleazar y la dejó boquiabierta.

            — ¿O prefieres que sea el muchacho de rostro mutilado? —se transformó en él—. Espera te puedo traer a tu madre Casimira.

            —¡Ya basta! ¿Eres el Demonio?

            — Qué nombre más vulgar. Yo prefiero otros más amistosos, por ejemplo...

            — No pienso llamarte de ningún modo. ¿qué pretendías al engañarme? Cada vez que me has visitado me has empujado a hacer cosas terribles, ¿estás contento? ¡Mi vida es un montón de estiércol por tu culpa!

            — El odio te ha mantenido viva. Creo que merezco unas palabras de agradecimiento.

            — Oh, sí. Gracias por hacerme matar a mi padre y mis herma...

            — Que Francisca prefiriera el maltrato a no tener nada para comer no cambia el hecho de que fueran culpables.

            — De modo que también eran reos de muerte los habitantes de Toledo.

            — Enemigos y vendidos cobardes, daños colaterales de la guerra. Además te abrí la puerta al selecto círculo de amistad de Pelagius y por ello sigues viva.

            — ¿A qué precio?

            — El que sea necesario. La vida es un valioso don.

            Fausta se dio cuenta de que estaba flotando sin peso y miró hacia la cama. Se vio a sí misma, dormida mientras abrazaba la almohada con las mejillas empapadas de lágrimas.

            — ¿Qué pasa aquí? Es una pesadilla...

            — Has conseguido salir de tu cuerpo. Si quieres te enseñaré a escudriñar el espacio y averiguar cosas que nadie más...

            — ¿Me enseñarás? Aléjate de mí, no quiero tratos contigo —replicó.

            — Admítelo, sólo te quedo yo.

            — Vete al infierno del que procedes.

            — Yo te puedo dar la justicia que tanto anhelas.

            — ¡No la necesito!

            No temía su cólera ella no tenía nada que perder. Le dio la espalda y esperó que reaccionara con violencia, pero sólo escuchó una risa tranquila.

            — Un día vendrás a buscarla. Te estaré esperando, tengo mucho tiempo.

 

 

            Despertó con la boca seca. La lengua acartonada era una prueba de que llevaba horas dormida respirando por la boca.

            Se levantó con pesadez buscando el odre de agua que solía dejar junto a la cama. Recordó que había estado presa y era su primera noche en casa... Y que Eleazar ya no estaba.

            Tanteó las paredes de su cuarto y abrió la puerta. Aun quedaba un soplo de llama en la antorcha del pasillo, no tardaría en apagarse, lo que significaba que era más de media noche y todos estarían durmiendo.

            Bajó hasta la cocina y en un cubo encontró un poco de agua. Cogió un vaso de madera de la repisa lo arrastró por el fondo del cubo inclinado para que cogiera más cantidad.

Bebió con avidez devolviendo la hidratación a las mucosas de la boca, garganta y esófago sintiendo un inmenso alivio.

            — Bendita sea el agua...

            Entonces se dio cuenta de las familias que pensaron lo mismo en Toledo y poco después murieron sin más razón que por un error de cálculo y su sed de venganza propulsada por el mismo Diablo. ¿Fueron bajas colaterales?, ¿qué culpa tenían?

            No debía seguir castigándose, no volvería a dejarse engañar. Pelagius esperaba que ella obrara el milagro de derrotar a todo un imperio invencible, qué absurdo. Aunque si aceptaba la proposición del maligno...  Puede que estuviera condenada igualmente... Pero le daba miedo. Ese desgraciado la conocía demasiado bien.

            Aprovechó que estaba en la planta baja y salió a hacer sus necesidades a los huertos. Le daban asco las letrinas, siempre las había tenido y usado pero cuando supo que las del Duque se vaciaban en el valle (donde algunos esclavos tenían sus chozas) prefirió dejar de usarlas.

            Cogió el palo que solía usar para cubrir sus excrementos y se llevó consigo la antorcha de la entrada.

            Las lechuzas festejaban la oscuridad de la noche sin Luna y los grillos se llamaban unos a otros como si celebraran que los escandalosos humanos ya no les molestaban.

            Escarbó un hueco entre el maizal se agachó.

            Cuando se hubo limpiado la sinfonía de la noche se truncó y un silencio mortal invadió el maizal.

            Entonces escuchó un fuerte crujido y poleas pesadas deslizándose al otro lado del valle y vio que una cosa enorme se elevaba por el cielo seguida por una cola de llamas. Pasó sobre su cabeza, era una piedra más grande que un caballo, y golpeó los muros de la mansión del duque con tanta contundencia que notó un temblor en el suelo entre ruidos de piedra resquebrajada en un derrumbe.

            Aterrada cogió la antorcha de la tierra y se fue corriendo a la casa para ver lo ocurrido.

            Pelagius cargaba en brazos a Francisca con su hija y salía corriendo del caserón, que  se veía medio derruido por el ala Este. Detrás salían algunos de sus soldados y finalmente los heridos cubiertos de polvo blanco.

            Otra vez se escuchó el escalofriante crujido, seguido del deslizamiento de gruesas cuerdas. Miraron al cielo horrorizados y una nueva roca, cubierta de brea y fuego, alcanzó de lleno el muro frontal de la mansión del duque. El impacto fue colosal, millones de fragmentos se escondieron en la densa nube de polvo que les envolvió como una ola gigante. Mucha gente que salía en ese momento fue sepultada entre gritos de horror.

            — ¡Malditos sarracenos! —Bramó Pelagius, que salió ileso mientras se alejaba de la ruina de su vieja casa.

            Fausta se cubrió la cabeza con las manos, horrorizada. Siguió la voz del duque, ya que el polvo no la dejaba ver ni donde pisaba.

            — Correr, ¡están disparando flechas! —advirtió alguien detrás de ella.

            Un hombre la ayudó a levantarse y juntos siguieron a los demás justo cuando la lluvia de saetas les pisaba los talones. Varios cayeron atravesados pero Fausta y su salvador sobrevivieron al nuevo ataque. Al mirarle a la cara vio que era Tomás, el mejor amigo de su marido.

 

            Se reunieron en la salida norte de Cangas de Onís. Detrás venía la muerte y delante les esperaba la amenazadora naturaleza. Contó a los supervivientes y eran treinta y cinco. Sólo conocía a Pelagius, Tomás, Francisca, Fuencisla y Otto, el cocinero. 

            — Seguirme —Les guio por el bosque el duque sin vacilar.

 

 

 

            Se adentraron en las empinadas cuestas del bosque, protegidos de la vista de los perseguidores por el follaje de los abedules, robles, castaños y nogales. Un lugar precioso, mágico, por el que Fausta y Eleazar paseaban incontables ocasiones antes de irse a dormir con el cielo anaranjado tiñendo los helechos de infinitos colores.

            El miedo y la tristeza iba dibujado en los semblantes de cada superviviente, incluido el duque, que acababa de perderlo todo.     Acamparon al anochecer del día siguiente, resguardados del viento otoñal que por la noche les habría matado si hubieran permanecido expuestos a él. Por suerte la orografía del terreno les otorgaba abundantes escondites entra las rocas. Durmieron sin hogueras, apiñándose unos contra otros. Francisca y su hija de apenas dos años fueron las que menos ruido hicieron, acostumbradas a pasar la noche en cualquier sitio.

            Pelagius las había permitido dormir con las esclavas pero al no ayudar en las tareas cotidianas por la constante atención que requería la niña la expulsaron de su compañía. Por eso su catre era el frío suelo de los pasillos, no más cálidos que las chozas de paja y barro.

            — Puede que hoy sea la última noche de nuestras vidas —susurró Tomás para sí mismo.

            Fausta le miró asintiendo. En aquel silencio mortal tuvo tiempo de repasar su situación.

            Mientras el tratado les protegía de la destrucción, miles de cristianos fueron a refugiarse tras la frontera. Braulio, Eleazar y Tomás se convirtieron en los generales del duque al que muchos querían proclamar rey para conservar el orgullo cristiano. Aquel día, recostados entre las rocas, arropados con las hojas secas del bosque, sólo quedaban dos soldados, Tomás y Pelagius. Los demás eran esclavos de los cuales algunos mayores, o mujeres, peones o niños.

            La invasión árabe, causada por la boda,  provocó una nueva estampida entre los cristianos que habitaban con ellos y los que no murieron defendiendo sus nuevos hogares regresaron a Al—Ándalus como esclavos.

            — ¿Dónde está Braulio?

            Tomás la miró con tristeza.

            —Murió hace unas semanas . Vivía cerca de la frontera, los ataques le tomaron por sorpresa y cayó en la primera oleada.

            Francisca dejó suelta a Fuencisla, que insistía en caminar, y la niña fue hacia unas plantas con bayas rojas. Cogió un puñado y se lo llevó a Fausta con una sonrisa de felicidad. La había visto recogerlas y la chiquilla disfrutaba imitando a los mayores. Era la única compañía que llevaba cuando paseaba sola en busca que plantas curativas y le tuvo que repetir mil veces que esas bayas no se comían. Ahora que por fin lo había aprendido, ella no tenía dónde guardarlas. Aun así las cogió y las envolvió en un trozo de tela de su vestido. Después lo anudó y lo escondió en su escote.

            — Gracias —le devolvió la sonrisa y la niña se rio y dijo que buscaría más, con su vocecita graciosa.

            Pelagius se levantó y miró a Tomás.

            — Vigila, ahora vengo.

            — Descuide, señor.

            Se alejó colina arriba y Fausta decidió seguirle. No soportaba la ignorancia de si estaban a salvo o si tenían las horas contadas.

            Tomás la miró con reprobación pero le ignoró.

            El ritmo de las zancadas de Pelagius era demasiado alto para poder seguirle. Ella no se había recuperado de sus meses en prisión y sus piernas no respondían como antes. Llegó a pensar si seguir subiendo o regresar pero continuó hasta que comprendió que estaba perdida.

            — ¿Cómo encontraré  el campamento ahora? —Resopló mirando atrás.

            De repente una sombra saltó del árbol más cercano y le tapó la boca.

            — Demonio de mujer, ¿por qué me persigues?

            Era Pelagius.

            — Quería saber lo lejos que están nuestros perseguidores.

            — ¡Podrías perderte! —Gritó furioso—. Y no estamos en condiciones de buscar a nadie.

            Dicho eso respiró hondo, se tranquilizó y siguió subiendo. Esta vez iba al tanto de que ella fuera cerca. Cuando lograron llegar a la cima el duque la ayudó a subir a la roca más alta.

            — ¿Dónde estamos? —Preguntó, desorientada.

            — Creo que aquel de allí es el monte Auseva.

            Señaló al norte, a una especie de meseta verde más alta que los picos que la rodeaban, también muy altas.

            — ¡Hijos de una puerca! —Bramó al mirar hacia el lado contrario. 

            Fausta se quedó boquiabierta al ver que a media jornada les perseguía una fila inmensa de fuego. El humo volaba hacia el sur por lo que hasta ese momento no lo habían detectado. Los sarracenos estaban decididos a destruir aquel maravilloso paisaje y no parecía importarles que la tierra conquistada fuera un desierto de cenizas.

            — Hay que avisar al resto —Ordenó Pelagius.

 

            Regresaron a la carrera y esta vez fue más fácil seguir el ritmo porque era cuesta abajo.

            al reanudar la marcha aguantar el paso a los demás fue infierno. Por suerte Pelagius cargó con ella para no ralentizar a los demás. Se sintió muy honrada de que el fornido duque la llevara como si fuera una novia por las empinadas rampas del moribundo bosque de Asturias.

            Tuvieron que prender antorchas para ver por donde pisaban.

            — No conseguiremos escapar, el mar está demasiado lejos —Tomás se quejaba mientras cargaba a su hermana y sobrina.

            — No pienso quedarme parado esperando ser incinerado —protestó Otto, el cocinero de la mansión.

            Algunos más protestaron por el cansancio pero los más enteros ayudaron a los que no podían con su alma.

            Si el viento hubiera soplado en su dirección, el fuego les habría dado alcance, pero el cielo se obstinaba en salvarles. Aunque esta vez no se detuvieron a alabar a Dios ya que aquel día perdieron todo cuanto tenían, sin mencionar los incontables amigos que murieron.

            Ellos no tardarían en morir, era cuestión de días. Si no les mataba el fuego morirían atravesados por flechas, aplastados por una bala de catapulta, de hambre o de frío.

            Cuando llegaron al pie del monte Auseva, en un claro, pudieron ver que el fuego ya no les seguía. Eso les daba un tiempo de respiro y descansaron turnándose Tomás y Pelagius en las guardias.

 

            Fausta no podía dormir, temía una nueva aparición del maligno y no estaba segura de poder rechazar una oferta en las condiciones en las que estaban.

            Aprovechando que Pelagius estaba en pie caminando en círculos, habló con él.

            — ¿Qué ocurrió con su esposa? —Inquirió con curiosidad—. Desde que la vi recibirle a nuestra llegada del viaje, hace más de un año, no la he vuelto a ver.

            Pelagius la miró, agradecido de hablar con alguien para resistir mejor el sueño.

            — La envié con varios soldados a La Galia. Se llevó gran parte de la fortuna robada y fue con intención de formar un ejército que nos ayude. Pero me temo que no llegarán a tiempo, las últimas noticias que tuve fueron hace una semana y en la carta decía que tenía el apoyo de un terrateniente y estaba negociando con otros siete, aunque pedían demasiado oro. Espero que si morimos aquí la noticia de que no queda resistencia les anime a formar un gran ejército destinado a frenar su avance por sus tierras.

            — Nunca entenderé a los grandes señores. ¿Piden oro para ayudarnos?

            — Los ejércitos son muy caros, Fausta. No viven del aire. Lamentablemente estamos en esta situación por el mismo oro que tendría que pagar nuestro auxilio. Si no lo hubiéramos robado nadie se molestaría en encontrarnos. En este mundo todas las guerras tienen el mismo culpable, el oro.

            Guardaron silencio al ver aparecer por la maleza a una mujer vestida con túnica color mostaza. Llevaba una antorcha y veían su hermoso rostro con la titilante luz que producía.

            — Saludos, hermanos. ¿Qué hacéis aquí, pernoctando con este frío en la montaña?

            — ¿Eres la señora egipcia? —Reconoció Pelagius—. Tu nombre era Miser, ¿cierto?

            — Tenéis buena memoria, Don Pelagius.

            Se inclinó la mujer, que apenas alcanzaba la altura del hombro del duque.

            — No supimos nada de vos desde que entramos en Asturias.

            — Soy...religiosa, hice voto de soledad.

            — ¿De qué orden eres?

            — De nuestro señor Jesucristo.

            El duque quedó pensativo. No conocía tal institución eclesiástica aunque prefirió no manifestar sus dudas por no parecer desconfiado o ignorante.

            — Pero no hablemos aquí, estáis muertos de frío. Venir, dormiréis en mi casa.

            — No sabía que hubiera una casa por aquí —respondió el duque—, conozco la zona muy bien, es donde suelo cazar.

            — Lo sé, os he visto. Pero no creáis que lo apruebo.

            Pelagius borró su expresión afable y la miró con incertidumbre.

            — Acompañarme. Más tarde hará mucho más frío.

            Se pusieron en pie y la siguieron loma arriba. El cansancio se manifestó en forma de quejas y gruñidos desde los supervivientes exhaustos por tener que sortear plantas con espinas en una pendiente infernal. Los primeros en llegar fueron Pelagius con Fausta (que la llevaba cargada en volandas). 

            Miser no se mostró agotada en absoluto, algo que no les sorprendió porque ella no tenía cansancio acumulado y debía estar habituada.

            Su casa estaba escondida tras unas densas yedras que caían desde rocas elevadas. Si no las hubiera apartado nunca habrían descubierto aquella acogedora cueva.

            El camino por entre las rocas era resbaladizo y tuvieron que ir en fila de a uno por miedo a caer al abismo de cincuenta pies de altura que terminaba en las rocas del río Deva.

 

Comentarios: 5
  • #5

    Tony (viernes, 27 marzo 2015 21:58)

    Ya esta escrita y no será la última parte.
    Hoy la publicaré.

  • #4

    Yenny (viernes, 27 marzo 2015 19:39)

    Pienso que Miser puede ser Génesis, me dio esa impresión.
    Creo que esta historia todavía da para unas partes mas, Tony ojalá puedes desarrollar bien la batalla y no la hagas tan resumida, para entenderla mejor.

  • #3

    Tony (sábado, 21 marzo 2015 22:08)

    Habrá alguna mas de 12.
    La siguiente será la batalla de covadonga y puede que necesite un par de capítulos... O tres.

  • #2

    Jaime (sábado, 21 marzo 2015 21:58)

    Entonces, ¿los fantasmas que se aparecían a Fausta siempre fueron el demonio? Pienso que Miser es otra discípula de Satán y piensa ayudar a Fausta y Pelagius a condición que ésta se una a su aquelarre. Tony, habías dicho que el relato no duraría más de 12 partes...
    Por cierto, ¿qué pasó con Al-Astor? ¿Intervendrá en la batalla de Covadonga?

  • #1

    tonyjfc (sábado, 21 marzo 2015 00:21)

    Si te está gustando el relato, por favor comenta.

Animal es el que abandona a su mascota.

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