Fausta

Parte 13


 

         Se acurrucaron en el calor de la hoguera que encendieron, pues había una chimenea natural provocada por el agua a lo largo de los siglos. La Señora, preparó un caldero con multitud de hierbas que ella guardaba y les sirvió un cuenco a cada uno en orden, pues sólo tenía uno.

         La niña fue para primera en sorber la sopa con gran avidez.

         — ¿Ahora vais a contarme lo que os ha traído hasta la puerta de mi casa sin pertrechos ni raciones de viaje?

         — Estimada señora -explicó Pelagius-, ya no tenemos nada que cargar. Los árabes nos han expulsado de nuestros hogares a golpe de catapulta.

         Recordar lo sucedido devolvió la tristeza al rostro de todos.

         — Teníais un pacto, ¿por qué se ha roto? -Indagó la monja con cierto tono de reproche.

         — No podemos cambiar los hechos -respondió Pelagius-, intentamos recuperar la tierra de nuestros padres, acabar con sus líderes... Pero la providencia divina no juzgó apropiado darnos la victoria.

         — Ya veo. El conejo planta cara al tigre y luego culpa a Dios de sus desgracias.

         Nadie contestó y la bella mujer continuó:

         — Ya habéis oído lo que dijo maestro "Quien a espada mata, a hierro muere".

         — Os sabéis muy bien las escrituras.

         — He tenido tiempo de aprenderlas de memoria.

         — ¿Sabéis latín? -Se maravilló Pelagius.

         — Como si fuera mi lengua materna. ¿Y vos?

         — Lo estudié. Pero no puedo decir que aprendiera demasiado.

         — Hace años se hablaba mucho por aquí. Ahora solamente se escucha en los misales.

         El duque sonrió maravillado.

         — Es una lengua muerta, pronto quedará olvidada y sus libros servirán para calentar chimeneas -gruño Pelagius-. Cómo es la juventud, creéis que lo clásico es mejor y soñáis que vuelva. El pasado no se puede guardar en jaula. Y quien lo intente verá que es como agua que se escurre entre los dedos.

         — La Biblia está en latín -replicó ella con calma-. ¿Serías capaz de quemarla por encender una chimenea?

         Todos escuchaban con atención. No era habitual que alguien reprendiera al duque y éste agachara las orejas como un perro domesticado.

         — No, y no puedo renunciar a la fe de mis padres y esos bastardos quieren imponernos su credo.

         La Señora suspiró.

         — Pero sí puedes matar según tus creencias.

         Pelagius no supo qué responder.

         — Él no fue el asesino, fui yo -replicó Fausta-. Todo esto es culpa mía.

         — No, yo lo ordené -la defendió Pelagius.

         — De poco sirve lamentarse ahora, no se puede cambiar el pasado -intervino Tomás.

         — La guerra nos ha destrozado a todos -se lamentó Francisca-. Es horrible.

         — Yo sólo pido poder dormir un rato -intervino Otto.

         — En ese caso, estaréis bien esta noche. Mañana tendréis más fuerza para seguir vuestro camino.

         — Debéis acompañarnos, no estáis segura en estas montañas -replicó Pelagius.

         — ¿Por qué?

         — Lo están quemando todo.

         — ¿Qué? -Miser parecía asustada.

         — ¿No habéis visto el humo?

         — Señor, el viento sopla fuerte hacia el sur. Las montañas rodean este monte -explicó Tomás-. No tiene por qué estar al corriente.

         — Dudo que hagan daño a las criaturas de estos bosques -replicó ella, segura de sí misma-. Están bajo la protección del altísimo. Rezo por ellos a diario.

         — Pero, señora, los árabes rezan a otro dios que sí les escucha -replicó Pelagius.

         — Yo no hablo al viento sino a la persona que me devolvió la vida.

         Pelagius suspiró contrariado.

         — No quiero entrar en debates religiosos...

         — ¿Esa es la fe que tanto defiendes? -Le rebatió airada.

         — Los cristianos estamos a punto de desaparecer. ¿Cómo podríamos confiar en nuestro señor cuando es evidente que nos ha abandonado?

         La Señora sonrió con expresión divertida.

         — ¿A pesar de sentirte así no reniegas de tus creencias?

         — Es cuestión de principios, supongo.

         Miser se puso en pie. La mitad de los acompañantes del duque se habían quedado dormidos. Pasó junto a la niña, Fuencisla, dormida en brazos de su madre y le acarició la cabeza.

         — Jesús se encontró aún más abandonado -susurró-. Él supo que debía morir para que muchos vivieran. No tuvo nuestra ayuda, todos le abandonaron y su Padre permitió que su sangre preciosa cayera derramada sin medida, hasta la última gota. ¿Acaso creéis que vosotros le importáis más que su propio hijo?

         — No culpéis a esta gente -intervino Fausta-. Yo soy la pecadora que ha traído la desgracia. Todo es culpa mía.

         Miser la miró con dulzura.

         — Yo no culpo a nadie. Intento abrir vuestros ojos para podáis ver los designios del Señor.

         — Si él pudo morir siendo inocente -añadió Pelagius-. Asumiremos nuestra suerte sin renunciar a lo único que nos queda, la fe.

         — Puedes estar seguro de que pase lo que pase, el Señor estará con vosotros -afirmó la Señora-. Como lo estuvo con el salvador, aunque permitiera su muerte.

         Pelagius asintió sin demasiado ánimo. Fausta se recostó contra la piedra con lágrimas en los ojos, sabiéndose culpable de lo ocurrido. Pero se quedó dormida notando un nuevo fuego en sus entrañas. Ahora ya no temía a la muerte, la recibiría como su justo castigo.

         Durmieron calientes y con el estómago lleno a pesar de lo poco que comieron. Cuando Fausta despertó fue por el intenso olor a humo. Miser miraba consternada por el horrible espectáculo de fuego que devoraba cada árbol de la colina que tenían en frente.

         — Tengo que ayudarles -murmuró con la voz quebrada.

         Corrió fuera de la cueva y allí comenzó a hacer ruidos con la boca y las manos.

         — ¿Qué hace? -Protestó Pelagius-. ¡Nos va a delatar y aquí estamos seguros!

         Trató de detenerla cogiéndola del brazo y tirando hacia el interior. Pero se zafó con facilidad y siguió haciendo aquel extraño ruido que rebotaba de las montañas en forma de eco.

         Pelagius se enojó al verse burlado pero no hizo nada más. Esperó con resignación que dejara de ulular de aquella manera.

         El fuego consumía cada planta que rodeaba el monte y lo único que les protegía de ellas era el río Deva, en el fondo del valle que en esa época del año iba cargado de abundante agua.

         Entonces contemplaron algo insólito. Los animales saltaron a las aguas del río y cruzaron a nado. Gacelas, osos pardos, lobos, gatos monteses, ardillas...

         — Así, venir todos a mi voz -susurró Miser, sonriendo triunfal.

         Al punto se mezclaron la humareda con densos nubarrones y comenzó a llover intensamente sobre las llamas. El fuego era rabioso y se resistía a morir, alimentado por el viento de la montaña, pero en poco tiempo se terminó ahogando y las lluvias cesaron como si Dios hubiera juzgado que no eran necesarias.

         — ¡Bendito sea Dios! -Bramó Pelagius.

         Un extraño silbido se escuchó al otro lado del valle. Pelagius borró de inmediato su expresión de júbilo y, asustado abrazó al Señora, expuesta en el exterior de la grita y la metió dentro. Un pestañeo más tarde se clavaron una treintena de flechas en las proximidades de la entrada, justo donde había estado Miser.

         — Nos han encontrado... -murmuró Pelagius.

         Contemplaron desde una oquedad del interior cómo los sarracenos instalaban tiendas blancas en el terreno conquistado previamente por el fuego al otro lado del valle. Varios arqueros seguían disparando por si podían atravesar la capa de yedra que cubría la cueva.

         — Malditas catapultas... -Bufó Pelagius, mientras veía cómo las traían arrastradas por bueyes y las anclaban a cierta altura en posición perfecta para alcanzar la cueva con sus enormes proyectiles.

         — Debemos entregarnos, no quiero morir -Protestó uno de los esclavos.

         — No voy a forzar a nadie a quedarse, pero si sales morirás - recomendó Pelagius.

         El chico que había cuidado los caballos en la mansión, salió corriendo mientras gritaba que se rendía. No dio cinco pasos en el exterior y tres flechas le atravesaron sin piedad en el cuello, la pierna y la cadera respectivamente. Su cuerpo moribundo rodó ladera abajo y el estallido de sus huesos al romperse contra las rocas estremeció a todos.

 

 

 

 

         Al fin les tenían arrinconados, el último reducto cristiano estaba ante la poderosa fuerza de Alá y se había concentrado prácticamente todo el ejército de Al-Ándalus en torno a esa diminuta cueva rodeada de roca y con un único acceso por la ladera expuesto a sus arqueros.

         Al-Maqqai se presentó ante el general Al-Qama y le hizo un saludo militar.

         — Hermano, vengo a solicitaros mi retirada. Nuestra misión ha concluido. Movilicé a mis tropas con el fin de acabar con ese maldito Verraco y ya lo tenéis a vuestra merced. Entiendo que no pueden ser más de treinta los que le acompañen, morirán de hambre y no creo necesaria mi presencia aquí. Os pido permiso para marcharme con mis tropas de vuelta a Cádiz, donde sólo ha quedado una guarnición con escasos recursos para defenderse de otra posible revuelta.

         — ¿Estás seguro de no querer ver cómo lo mandamos al infierno?

         - No disfruto con la muerte.

         - Alá te acompañe, aunque quiero cerciorarme de que Pelagius está escondido en esa roca y después desataré la furia de Alá sobre ellos.

         — Aun con cien os bastaríais para borrarlos del mapa, no entiendo por qué concentrar a todas nuestras tropas en torno a esas alimañas.

         — Hay muchas ganas de verlo muerto -respondió Al-Qama-. Eres el único que no tiene interés en ver atravesado su cuerpo por mil flechas.

         — Nunca me ha gustado la brutalidad gratuita. Mi único interés en esta guerra es servir a Alá y ofrecerle un mundo donde se alabe su nombre sin oposición.

         — Respeto tu postura, hermano. Ve en paz.

         Al-Maqqai salía de la tienda cuando escuchó que el primogénito de su progenie volvía a llamarlo.

         — ¿Deseáis algo?

         — Ya que regresas a Gijón, hazme un favor. Ve a llamar al obispo traidor, Oppas. Creo que él y Pelagius tenían cuentas pendientes. Si lo ve, se mostrará sin dudarlo, ese asno salvaje no perderá la ocasión de insultarlo antes de morir.

         Al-Maqqai sonrió mientras asentía y se marchó.

 

 

         Eran el centro de miles de miradas. Tuvieron que apartarse de los orificios naturales que hacían de ventanas porque varias flechas encontraron el camino hasta el fondo de la gruta.

         Pelagius tenía piedras amontonadas a la entrada y él y Tomás las usaron para despeñar a los árabes que trataron de llegar por el escarpado y expuesto camino. Lo intentaron incluso con escudos pero ningún árabe tenía uno tan grande que protegiera todo su cuerpo. Se defendían el pecho y les acertaban en las rodillas o el rostro. Pelagius tenía una gran puntería y la fuerza de los proyectiles conseguía abollar armaduras acero. Por suerte, la gruta estaba llena de piedras y no les faltaba munición.

         Si conseguían un arco, las flechas que recibían sin parar podían servirles para la defensa de la gruta. Pelagius por ello simuló fallar cuando uno de los sarracenos subió con un arco colgado al hombro.

         — Déjalo llegar -ordenó a Tomás-. Es mío.

         En cuanto estuvo junto a las ramas de yedra le cogió por los hombros y le estrelló la cara contra la roca de la entrada.

         — Ahí viene otro -rio Tomás, como si fuera divertido.

         Dejaron entrar al siguiente y le mataron de la misma guisa. Los de atrás se asustaron y dieron media vuelta pero les llovió tal cantidad de piedras que cayeron despeñados.

         — En el fondo no son tan desgraciados -se mofó el duque.

         — Sí, los que sobrevivan a la caída -completó Tomás.

         — Bien hilado amigo mío.

         Y rompieron en carcajadas que no compartieron sus acompañantes, menos acostumbrados a la brutalidad de la guerra.

         No hubo más incursiones, Fausta estaba impresionada por cómo se desarrollaba la lucha, ahora se sentía un poco más segura.

         — ¿Por qué son tan estúpidos? ¿Es que no saben atacar siendo tantos? -Preguntó.

         — Ay, Fausta, el arte de la guerra no es fácil. Deben estar tan acostumbrados a derrotar ejércitos poderosos que entrar en una madriguera como esta es nuevo para ellos. Pero descuida, acabarán con nosotros tan pronto monten una sola catapulta.

         — No tengo prisa por morir.

         — Y ninguno de nosotros. Pero hay que aceptar lo evidente, nuestras horas están contadas.

         Tal y como temían las catapultas que habían llegado antes en pesados carros ya estaban casi montadas y los enemigos las alinearon hacia la cueva. Eran las de doble vuelta que el duque tanto temía y que destruyeron la mansión con tan sólo dos proyectiles.

         Lo cierto es que no intimidaban tanto al verlas de lejos. Parecían un ingenio para calcular la hora solar. Un carromato al que le quitaron las ruedas, se usaba como estructura plana para sostener varios travesaños. De uno de ellos colgaba un semicírculo muy pesado (ya que necesitaron la fuerza de diez hombres para levantarlo. Después rodaron una piedra que alcanzaba la cintura de los soldados, aparentemente pequeña, pero entre cinco tuvieron dificultades de arrastrarla sobre una lona de cuero curtido amarrada al resorte principal del ingenio. Finalmente vaciaron varios cubos de brea sobre el pedrusco y esperaron órdenes, visiblemente agotados.

         — Cuando disparen ese artefacto rezar lo que sepáis -aconsejó Pelagius, pálido de horror.

         — Mirar —señaló Tomás—, están montando otra más allá.

         Mientras montaban un segundo ingenio el resto de soldados beréberes observaban con buen humor a sus compañeros. Un alto mando les vio reírse y les ordenó ayudar a preparar las poleas.

 

 

 

 

 

 

         Al-Maqqai soltó una carcajada al ver el cambio de sus expresiones, de la jovialidad al agobio.

         Se presentó ante el general Al-Qama con Don Oppas escoltado por tres soldados.

         — Como ordenó. Traigo al obispo traidor.

         — ¿Cómo me ha llamado joven? —Protestó airado el aludido—. Mi señor aborrece la violencia, mi única traición fue evitar enfrentamientos, reconocer otra autoridad terrenal mientras me concedan la libertad de mantener mis creencias en la privacidad de mi al...

         — No está aquí para aburrirnos a nosotros con sus sermones —cortó Al-Qama, enojado-. Estábamos esperándole por los insurgentes. Salga ahí fuera y pídale a Pelagius que se rinda.

         — ¿Si consigo que se rinda...

         — Inténtelo, pero es como tratar de convencer a un lobo de respete a una oveja.

         — Si no creéis que puedo hacerlo, ¿para qué me necesitáis?

         — No estamos seguros de que se esconda ahí. Hágale hablar, eso es todo lo que le pido. Cuando lo consiga aplastaré a esa chusma con los trabuquetes y podremos irnos a casa.

         — ¿Les atacará con esos ingenios monstruosos aunque se rindan? -Oppas estaba escandalizado.

         Al-Qama se rió divertido.

         — Rézale a tu dios para que yo no crea que estás de su parte.

         El obispo se quedó pálido.

         - Pierda cuidado, señor. Si está en esa cueva, le haré salir.

Comentarios: 10
  • #10

    Tony (martes, 19 mayo 2015 09:18)

    Buen fallo, Yenny, lo corregiré en cuanto pueda.

  • #9

    Yenny (martes, 19 mayo 2015 02:50)

    "Pelagius tenía piedras amontonadas a la entrada y él y Eleazar las usaron para despeñar a los árabes que trataron de llegar por el escarpado y expuesto camino." Creo que en esta parte debe ir el nombre de Tomás, por un momento pensé que Fausta veía a Eleazar.

  • #8

    CECILIA (martes, 14 abril 2015 22:32)

    HOLA TONY, FELICIDADES POR TU SEGUNDO BB, ES UNA BENDICIÓN MUY GRANDE Y NO TE PREOCUPES QUE COMO MADRE QUE SOY ENTIENDO PERFECTAMENTE TU FALTA DE TIEMPO... BENDICIONES A TI Y TU FAMILIA, Y SEGUIMOS CON LA SIGUIENTE PARTE DE ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.

  • #7

    Tony (jueves, 02 abril 2015 08:20)

    No creo que me afecte, escribo de camino al trabajo. Para publicar necesito media hora en casay dudo que no pueda sacar ese tiempo como hasta ahora.
    Esto aun no ha terminado Jaime, puede que aun pueda sorprenderte un poco.

  • #6

    Jaime (jueves, 02 abril 2015 06:51)

    Pues he de confesar que al principio pensaba que Miser era mala, pero ahora sus acciones demuestran lo contrario. Aunque en la actualidad Fausta es una bruja ególatra y en esta historia se muestra de forma diferente. Ya no sé qué pensar, fue un giro argumental totalmente inesperado para mí. Me hubiese gustado que hubieses desarrollado un poco más el personaje de Fausta, sobre todo que hubieses descrito cómo va cambiando la personalidad de Fausta, que supongo debe ser un cambio gradual y no tan repentino. ¿O será para otra historia?

    ¡Enhorabuena, Tony! Felicidades por tu nuevo hijo. Ojalá no descuides mucho la página ahora que tienes nuevas responsabilidades.

  • #5

    Tony (martes, 31 marzo 2015 23:54)

    Yo creía que en el anterior capítulo, Jaime, dijiste que Miser era mala para despistar. Pero parece que te he sorprendido.
    Gracias a todos por seguir ahí. Cada día cuesta más encontrar hueco para publicar y con un segundo hijo de camino puede que no mejore en mucho tiempo. Pero si lo he sacafo hasta ahora después también.

  • #4

    Jaime (martes, 31 marzo 2015 21:16)

    ¿Acaso Miser es Génesis? Es la única explicación que se me ocurre a sus poderes sobre los animales y la naturaleza. Supongo que en la siguiente parte llegarán los refuerzos traidos de las Galias por la esposa de Pelagius, además que veremos alguna otra proeza de Míser.

  • #3

    CECILIA (martes, 31 marzo 2015 20:17)

    Hola Tony, aqui sigo leyendo tus excelentes historias, me tiene intrigada espero la continuación pues no quiero imaginarme nada sobre lo que sucederá, sólo se que como siempre nos sorprenderás..
    saludos y un fuerte abrazo.

  • #2

    Tony (martes, 31 marzo 2015 19:23)

    Me ha costado encontrar un rato para publicar.

  • #1

    Ariel (martes, 31 marzo 2015 18:58)

    Muy buena parte, la cortaste en el momento justo

Animal es el que abandona a su mascota.

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