Fausta

14ª parte

         - Señor alguien está haciendo señas desde ese montículo -indicó Tomás.

         Pelagius se asomó al orificio natural y observó que un hombre obeso, vestido con habito rojo, les hacía señas con los brazos.

         - Hijo de una puerca -resopló.

         El individuo habló a voz en grito y su voz la trajo el viento con debilidad.

         - Pelagius, vengo en son de paz. Aún existe un modo de que salgáis todos de ahí con vida. Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas. ¿Podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve a tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos.

         Pelagius respondió furioso desde la protección de la cueva:

         - ¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?

         Don Oppas negó con la cabeza sintiéndose ofendido.

         - Lamento tus palabras. Tú has provocado la ira del Señor -le señaló acusador-. Rezaré por vuestras almas.

         - ¡No esperes que yo rece por la tuya, cerdo traidor!

         Dicho eso el obispo se retiró de la loma, protegido por varios soldados con los escudos levantados.

         - ¡Disparar los trabuquetes! -bramó alguien en el valle.

         Con una antorcha prendieron una de las piedras de las catapultas y con una espada cortaron la tensa soga.

         El sonido de las poleas rompió el silencio. Las cuerdas restañaron el aire con escalofriantes latigazos, los travesaños crujieron y el contrapeso se liberó de la sujeción volteando el brazo más largo arrastrando el proyectil y dibujando un círculo hasta que salió volando y dibujó un camino de fuego en el cielo con lentitud y pesadez. Golpeó justo encima de la cueva haciendo temblar toda la montaña.

         - ¡Atrás! -Ordeno Pelagius,

         Fausta estaba paralizada por el pánico, media pared se derrumbó y tres compañeros adyacentes cayeron entre las rocas a un abismo mortal.

         El hueco abierto les dejaba expuestos a las flechas. Los arqueros las estaban encendiendo y eran miles. Fausta respiró agitadamente y se obligó a cerrar los ojos, no quería morir.

         "Si me estás oyendo,... -Pensó-, sálvanos, Dios mío. No dejes que todos estos inocentes mueran por mis pecados.".

         - ¿Qué haces aquí expuesta? -Bramó Pelagius abrazándola y apartándola a un lado con brusquedad.

         La segunda catapulta liberó su proyectil y nadie respiró durante el silencio que precedió al impacto. La roca arrancó otro gran pedazo de cueva haciendo caer al vacío a otros dos compañeros. Fausta se reprendió a sí misma por alegrarse de no haber estado orando junto a ellos. Pelagius acababa de salvar su vida otra vez.

         Al dar en el blanco los sarracenos ovacionaron al tirador. Era como estar en un circo abarrotado donde se divertían con sus desgracias. Pero las gradas eran el monte y los espectadores miles de soldados.

         - ¡Arqueros, disparar! -Escucharon bramar al general.

         - Disfrutan anunciando su siguiente ataque en nuestro idioma -explicó Tomás-. Creen que nos asustarán de ese modo.

         - Pues lo están consiguiendo -replicó Otto.

         - Procura no perder la cabeza por el pánico -instó Pelagius.

         Las flechas se elevaron en el cielo como infinitas ascuas de hoguera, planearon en su dirección y cuando estaban a punto de alcanzarles Miser se puso en medio con los brazos en cruz.

         Su túnica de color mostaza resplandeció y les cegó a todos. Al principio Fausta pensó que era el fuego de las flechas que la había alcanzado, pero cuando volvió supo que no. Sus ropas no ardían. El brillo manaba de ellas como si el tejido estuviera compuesto por hilos de rayos del Sol. Al fondo las flechas desviaron su camino hacia arriba y recobraron velocidad al caer, que cabalgando sobre el viento fueron contra sus lanzadores con renovada fuerza.

         Los arqueros no se lo esperaban y quedaron ensartados por ellas, que incluso les sobrevolaron llegando a las tiendas levantadas en la distancia, incendiando parte del campamento.

         - ¡Maldita sea! -Bramó el general Al-Qama. Luego dio un empujón a un arquero y les señaló enfurecido hablando en árabe como si el tirador fuera estúpido.

         Los soldados ya no festejaban la victoria, se afanaban en apagar el fuego y en atender a los heridos.

         La nueva nube de flechas, mucho mas escasa, fue más directa pero esta vez Miser movió las manos como si manejara la corriente de aire con sus delicados dedos. Las flechas volvieron a dibujar un hermoso arco hacia el cielo y de nuevo regresaron a los soldados, que no daban crédito a lo que estaban viendo.

         - Es un milagro -oró Fausta, tan emocionada que se le cortaba la voz.

         El caos y el fuego en el ejército árabe provocó el pánico entre los que salieron ilesos. Los heridos ardían como antorchas humanas y prendían a los soldados que estaban cerca. Los caballos, asustados por el incendio se escaparon en estampida y arrasaron parte del campamento más alejado.

         Pelagius no podía creer lo que veía. Miser perdió el fulgor que la envolvía y volvió a llevar su túnica color mostaza pero al acercarse a ella vio que dentro de sus ojos había fuego.

         - ¿Quién eres realmente? -Preguntó, maravillado.

         Ella le miró y tuvo miedo de quedar petrificado, pero sus pupilas se apagaron y la vio con expresión triste.

         - Una madre debe proteger a sus criaturas.

         Dirigiendo los dedos al cielo dibujó un círculo y comenzaron a formarse densos nubarrones. El firmamento parecía obedecer sus órdenes silenciosas. Cuando cerró el puño llovió granizo del tamaño de manzanas sobre todo el valle, golpeando con fuerza al ejército islámico. Muchos miles se refugiaron bajo las peñas del Monte Auseva, a orillas del río Deva. Pero el granizo se convirtió en lluvia torrencial que apagó las llamas y hubo una crecida cuyas aguas espumosas marrones irrumpieron en el valle llevándose entre ramas quemadas y rocas desprendidas a los millares de soldados desprevenidos. El peso de sus armaduras los hundió como piedras.

         Las lluvias fueron muy intensas y duraron varias horas, eran tan densas que perdieron de vista el valle igual que si Dios hubiera borrado el mundo y sólo quedaran ellos. Parecía que la ira divina cayera sobre los ismaelitas en forma de fuego y diluvio purificador.

         Miser bajó la mano y sollozó.

 

 

 

 

 

 

         Lo que sobrevivió del ejército islámico huyó desordenadamente o trataba de salir de la corriente del río. Viendo el caos y la terrible lluvia no supieron reagruparse. Y se dispersaron como ovejas perdidas. Al-Qama era uno de ellos y no se cruzó con nadie al que pudiera dar órdenes. En un traspiés, pues no veía ni donde pisaba, resbaló y cayó por una encrespada loma hasta el fondo del valle, zambulléndose en el agua y hundiéndose por el peso de su lustrosa armadura. Trató de nadar buscando la superficie pero las enfurecidas aguas le golpeaban sin piedad con toda clase de escombros y llego al punto de no saber lo que estaba arriba o abajo. Mientras mantenía la respiración pensó una última cosa antes de morir: "Que Alá me prepare un buen harén, pues he muerto por la yihad".

 

 

 

 

         Cuando la señora se volvió hacia Pelagius y los suyos, todos y cada uno se había arrodillado ante su muestra tan magnífica de poder.

         - No adoréis a nadie más que a Dios -les reprendió, enojada.

         Pero ninguno se puso en pie, Pelagius lloraba como un niño sin atreverse a mirarla y Fausta fue la única que respondió.

         - Mi señora, estaremos siempre en deuda con vos -le dijo-. Y con Dios por haberos enviado.

         - El Señor no coba deudas, lo da todo gratis.

         - No volveré a dudar de él.

         Fausta agachó la cabeza al darse cuenta de que ella no era buena persona, ni la clase de gente que sale en las historias bíblicas. Sin embargo en los últimos años se había salvado de situaciones en las que nade sobrevive, condenada a muerte dos veces... Justamente. Pensó que incluso al nacer pudo ser vendida a cualquier desalmado pero fue su querido padre quien la recibió cuando más indefensa estaba.

         Y ahora un ejército tan numeroso que cubría el horizonte había sido barrido de la faz de la tierra por salvarles. ¿Acaso ellos eran más valiosos que todos aquellos soldados?

         Pensar en todo eso la hizo llorar como una niña y cayó de hinojos dando gracias al cielo. Los demás debían pensar lo mismo.

         Cuando levantaron la mirada, la Señora ya no estaba, nadie la escuchó marcharse. Pelagius recogió su espada y se asomó al enorme boquete de la cueva contemplando el amanecer, tenía el rostro surcado en lágrimas. Fausta se emocionó al verlo así. Si ya era raro ver aun hombre llorar, verle a él, tan valeroso y seguro de sí mismo, impresionaba mucho más.

         - Amigos -pronunció con la voz quebrada-, este milagro... Desde que Dios partió en dos el Mar Rojo no se ha visto maravilla semejante hasta hoy. Arrodillaos y rezar conmigo.

         Volvió a arrodillarse con los brazos en cruz mirando al cielo y los demás obedecieron y le imitaron en su gesto, expuestos ante cualquier enemigo que pudiera quedar. Fausta no fue una excepción, las nubes anaranjadas descubrían un nuevo Sol, el que simbolizaba el amanecer de la esperanza cristiana y lo celebraron con sus alabanzas y cánticos enfervorizados.

         Algunos árabes les vieron desde las lomas y soltaron sus arcos aterrados. Primero unos, después otros, al final casi todos los supervivientes estaban arrodillados y adorando a Dios por haberlos perdonado. Los que no lo hicieron huyeron atemorizados, temiendo un nuevo castigo divino.

 

Comentarios: 2
  • #2

    Jaime (sábado, 11 abril 2015 07:46)

    Me pareció una buena historia, aunque esto no tiene ni un atisbo de la batalla real. En fin, se supone que es ficción... Por otra parte, no estoy mu de acuerdo en la forma de actuar de Génesis. Ella pudo fácilmente salvar al grupo de Pelagius sin haber arrasado con los moros. ¿O está ella en contra de los moros por haberse aliado éstos con Alastor?

  • #1

    tonyjfc (viernes, 10 abril 2015 14:50)

    Si te ha gustado esta parte ya puedes comentar. Sino mejor te lo ahorras.
    Jeje.
    Es broma, comentar todos por favor.

Antonio J. Fernández del Campo

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Antonio J. Fernández Del Campo, ingeniero técnico de informática, ha practicado la escritura, como su verdadera vocación, desde los quince años. Su vida profesional nunca ha impedido que en sus ratos libres dejara volar su imaginación escribiendo por diversión sin intención de publicar.
Cuando inauguró su página: <http://tonyjfc.jimdo.com/> en 2008 lo hizo con idea de exponer sus obras al público de forma gratuita y así perfeccionar su técnica como escritor con ayuda de los comentarios de sus seguidores. 
Con el tiempo y los ánimos de sus lectores más fieles se decidió a publicar su primer libro. Cayó enfermo y el nuevo tiempo del que dispuso lo dedicó en cuerpo y alma a perfeccionar una de sus obras de la serie “Relatos olvidados”. A sus cuarenta y cinco años decide hacer realidad su sueño al publicar “El ángel que desafió al Diablo”.
Debido a que fue escrito por diversión, el estilo de escritura directo y sencillo de Antonio pretende conseguir atrapar al lector desde el primer hasta el último párrafo de cada capítulo.

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