Fausta

3ª parte

                Aquella noche fue a la puerta de la familia gitana y se aseguró de que nadie la viera antes de dejar la botella frente a la casa.

            Cuando se alejaba alguien abrió y se dirigió a ella.

            —Gracias por el obsequio señora.

            Se detuvo y esperó a que cerraran la puerta pero no escuchó ese sonido sino el llanto de un bebé de varios meses.

            —No hay de qué.

            —Mi padre dejó de beber, por favor llévesela.

            Fausta no quería que le viera el rostro. Pero si era cierto lo que decía no podía permitir que cualquier inocente bebiera ese vino.

            —En tal caso, me llevaré el obsequio a quien lo pueda disfrutar —replicó volviéndose hacia ella.

            Al regresar y coger la botella se dio cuenta de que era casi como verse en un espejo.

            — ¿Cómo te llamas?

            —Francisca —respondió.

            — ¿Es niño o niña?

            —Una niña sana gracias a Dios —respondió con orgullo.

            — ¿Como su abuelo?

            Francisca no respondió, la mueca de Fausta era de odio enfermizo y la asustó.

            —Supongo...

            — ¿Quién viene a estas horas?

            Apareció un hombre por la puerta que debía agacharse para no darse con la frente en el marco. Era joven, de veinte años, melena larga, morena y pelo ondulado con tez un tanto oscura. Muy guapo aunque su gesto era de enojo.

            —Esta mujer trajo vino para padre.

            — ¿Un regalo de navidad del Señor? Trae acá, brindaremos en honor al patrón.

            —Pero él ya no bebe —insistió Francisca.

            —Nadie se emborracha con una botella de vino, y menos si es compartida.

            Le quitó el recipiente de las manos y se fue para adentro celebrando el regalo.

            — ¿Padre? ¿Acaso tu marido es tu hermano?

            —Gracias señora. Buenas noches.

            Francisca estaba enojada pero fingió pleitesía antes de meterse en casa y cerrar la puerta en sus narices.

            Fausta sufrió un mareo, como si estuviera frente a un precipicio y no tuviera donde agarrarse. Acababa de matar a toda su familia... Y ya no podía hacer nada por evitarlo.

 

 

            El día de Navidad alguien llamó a las puertas del caserón de su padre. El sirviente abrió la puerta mientras ella se asomaba por entre las columnatas de la escalera.

            — ¡Ayúdenme! Mis hermanos y mi padre están muertos.

            —Tranquilícese señorita, buscaré al señor.

            Fausta se veía a si misma bajando las escaleras apresuradamente ofreciéndole consuelo a la joven Francisca. Pero sólo era la versión inocente de ella misma. La verdadera se quedó petrificada sin valor para moverse, respirando entrecortadamente sin saber qué hacer, imaginándose azotada hasta la muerte si se conocía lo que había hecho. Esa chica... Su hermana, sabía que fue ella quien les envenenó.

            — ¿Se encuentra bien? —El mayordomo la vio acurrucada y la ofreció una mano para que se levantara.

            —Estaba buscando un colgante que me regaló mi difunto esposo.

            Se sobrepuso y se puso en pie.

            —Voy a despertar a su padre, hay una mujer que necesita ayuda.

            —No le molestes —replicó—... Yo bajaré a...

            —Oh, de ninguna manera, esto requiere de su completo conocimiento. Si hay un asesino suelto hay que preparar la batida de búsqueda inmediatamente.

            —Está bien, yo bajaré a consolarla entonces.

            El mayordomo la ignoró. Se dirigió a los aposentos de su padre, al otro lado de la casa y esperó respuesta.

            Ella bajó los escalones deprisa tal y como había visualizado y al ver a la mujer llorar se le deshizo el alma.

            "Matar es el peor pecado que existe".

            "Yo no le mataré, será su afición al vino..."

            Siempre pensó en su padre nunca en sus hermanos... Entre ellos el progenitor de la criatura que Francisca había parido.

            Se acercó a ella y su hija, que la abrazaba asustada y se acuchilló a su lado temiendo que al verla gritara llamándola asesina.

            —Cuéntame lo ocurrido. No temas, no te faltará un techo ni comida.

            — ¡Tú! —Francisca la miró con odio.

            —Nos ocuparemos de tu hija, serás como de la familia —se apresuró a tranquilizarla.

            —Ases...

            Fausta le tapó la boca con una mirada de advertencia.

            —O puedes pudrirte en la calle, sola y sin un lugar donde calentarte ni comida para tu niña. ¿Cómo se llama la pequeña?

            —Fuencisla —Susurró temblorosa.

            —Escucha, las mujeres debemos tratarnos igual que si fuéramos hermanas ya que los hombres de este mundo nos ven como basura. Si no consideras justo lo ocurrido vete.

            Se apartó de ella y le dio la espalda.

            — ¿Qué respondes?

            —Gracias señora —respondió con voz temerosa aunque esperanzada—. ¿Viviremos aquí?

            —Aún tengo que consultarlo con mi padre pero puedes estar segura de que le agradará la idea.

 

 

            La muerte de los tres trabajadores de Alfonso conmocionó toda la región. A los siete días se extendió la noticia de su envenenamiento y los soldados empezaron a hacer preguntas a todos los que les conocían, empezando por su padre seguido del mayordomo y finalmente a Eleazar. Fausta temía que contará lo de las bayas venenosas pero no lo hizo. Ella tenía otro secreto sobre él, algo que le enviaría directo a la muerte.

            Con lo que no contaba era con que los sarracenos le encerraron a él porque varios testigos le vieron comprar en vino y aún tenía los dedos manchados con el tinte negro del veneno de las bayas, igual que ella.

            Alfonso se había quedado de la noche a la mañana sin agricultores, especialmente el que más apreciaba, Eleazar, y ella debía lidiar con su compleja conciencia. ¿Dejaría que condenaran a ese chico por algo que no hizo?

            Aunque la verdadera pregunta era si ella quería ser condenada en su lugar.

 

 

            No quedaban cigüeñas en el campanario de la capilla. Parecían enojadas con que ya no hubiera estatuas de santos en sus atriles aunque su naturaleza siempre las alejaba del frío cuando este arreciaba con fuerza. Tampoco estaba el sacerdote que oficiaba las misas cada mañana.

            Alfonso ni siquiera podía entrar a orar por su amigo Eleazar. Para él siempre sería un chico a pesar de tener treinta y cinco años. Era lo más parecido a un hijo que tenía y conocer su condena le llenaba de frustración, pena y enojo por no poder evitarlo. Se preguntaba cuánta verdad escondían las acusaciones que pesaban sobre él. Había testigos que aseguraban que en varias ocasiones se enfrentó al hijo mayor de Nicolás, también asesinado.

            Conocía el carácter impetuoso de Eleazar, era muy buena persona pero no podía contenerse cuando algo le irritaba y aunque era tardo a la cólera, si explotaba perdía el control y no calculaba las consecuencias de sus actos. Si le acusaran de entrar en la choza a lo salvaje y dijeran que se organizó una trifulca, podría creer en su culpabilidad. Pero veneno... Esa forma de matar tan cobarde no era propia de él.

            La sentencia se ejecutaría esa misma tarde y tenía que salvarlo. Pero en ese nuevo régimen hacer cualquier cosa fuera de la ley suponía como mínimo que le cortaran un miembro. Y no hacía falta mucho para ganarse la pena capital. Desde que llegaron los sarracenos habían lapidado centenares de mujeres sospechosas de adulterio o prostitución. Con los hombres eran igual de estrictos. Los primeros años de ocupación tendieron la mano a todo aquel que quisiera aceptarla pero con el transcurso de los años las leyes islámicas se fueron imponiendo cada año con más rigor.

            — Padre, puedo hablar contigo —era Fausta que se acercaba con miedo desde el camino de la casa a la capilla.

            — Claro, no estoy haciendo nada.

            — No tienes que mentirme, sé que rezabas.

            — No, no, sólo pensaba en el pobre Eleazar.

            — Ya me he enterado de que le sentencian al anochecer. Quería hablarte sobre eso.

            Alfonso la miró comprensivo.

            — Te sientes culpable. Pues imagínate yo que le pedí que te acompañara.

            — Aquí solamente hay unos culpables, los mal nacidos de los invasores —replicó Fausta con odio.

            — ¡Ss! ¿Estás loca? Baja la voz.

            — Ahora que no tenemos quien trabaje las tierras nada nos ata a esta casa. He pensado que deberíamos irnos al norte como dijiste ayer...

            —Hija no podemos dejarlo todo de la noche a la mañana, necesito tiempo para vender la hacienda...

            — ¿Dónde quieres regresar entonces cuando los echemos de aquí?

            Alfonso se quedó callado.

            — Cualquier día te sorprenderán rezando en la estrada de la ermita y será tarde.

            — ¿Por qué tanta prisa?

            — Puedo liberar a Eleazar.

            Alfonso le echó una mirada de incredulidad.

            — ¿Cómo?

            — Entregando al verdadero culpable.

            El hombre sexagenario entrecerró los ojos con intriga.

            — Te escucho —invitó con un gesto de la mano.

            — Yo les maté.

            Fausta no parecía arrepentida sino furiosa.

            — Entiendo que quieras salvarlo pero nadie lo creerá. Las pruebas...

            — Tú me viste, padre. Sabes que no miento aunque te niegas a creerlo. Lo hice porque se lo merecían, eran unos mal nacidos que llevaban toda su vida martirizando a las hijas de Casimira, sólo queda una viva, Francisca y es porque aceptó a uno de sus hermanos como marido.

            — ¿Cuántas?

            — Tres mujeres, las violaron cada día y las propinaban palizas tan severas que las fueron matando con el paso del tiempo. Pero a nadie le preocupa quién las mató.

            — ¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién te lo ha contado?

            — Ella —Fausta parecía ofendida por la pregunta, al no responder no mentiría, pero no podía decir que lo hizo la madre difunta de Francisca.

            Francisca vivía con ellos desde el día que murieron los tres pero no hablaba con nadie salvo con la bebé, que aún estaba prendida de sus senos a todas horas. Aquel detalle no pasó por alto para Alfonso. ¿Se lo contó antes de matarlos? ¿Cuándo?

            Al comprenderlo todo se quedó pálido. ¿Cómo iba a consentir que condenaran a su hija? Apreciaba a Eleazar pero tanto como para entregar a su hija, no.

            — Está bien, yo me encargaré de todo. Iré a notificar los crímenes de esos hombres, espero que lo tengan en cuenta para condonar la sentencia de Eleazar. Haz bajar a esa mujer, quiero que me acompañe.

            — ¿Vas a entregarme?

            — No, pero saber la verdad sobre esos hombres puede salvar a Eleazar.

 

            Los cuatro se presentaron en el edificio de justicia, en la ciudad de Cádiz, Fausta no quiso quedarse al margen y se empeñó en estar con ellos. Alfonso dio instrucciones a ambas de que le dejaran hablar a él pero no fue necesario porque al llegar las prohibieron la entrada. Solamente los hombres podían hablar ante el juez.

            Esperaron a las puertas por si requerían su testimonio y no hablaron con nadie. Vieron pasar decenas de ciudadanos con turbante, mujeres envueltas en sudarios como cadáveres amortajados. A ellas las miraban con ojos desaprobadores.

            No tenía idea de que hubiera tantos conversos al islam, pensó Fausta.

            Temieron que las encerraran por llevar faldas de vuelo con bordados florales, el rostro y el cabello descubiertos pero no las molestaron.

            Después de lo que pareció una eternidad un hombre vestido con telas sedosas y brillantes, con el cabello cubierto por un turbante blanco, las llamó desde la puerta.

            — Fausta y Francisca, el juez quiere veros.

            Le acompañaron por los amplios salones de mármol rosado. Los bereberes podían ser muchas cosas que no aprobaban pero sin duda su legado arquitectónico dejaba boquiabierto a quien contemplara sus edificios. Acostumbradas a ver casas de paja, caserones de piedra con tejado de madera a dos aguas contemplar esos techos llenos de adornos meticulosamente esculpidos en piedra, los pasillos tan brillantes que se veían reflejadas en paredes y suelos, era digno de asombro.

            Las hicieron sentar en frente de unos distinguidos señores con las ropas típicas de los musulmanes adinerados mientras uno de ellos recitaba con el Corán en la mano:

            «Por esa razón, dispusimos para los Hijos de Israel que, quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiese asesinado a toda la Humanidad. Y que quien salvara una vida, igual que si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad»

            — Que hablen los testigos, ¿qué crimen cometieron los hombres asesinados?

            Todos miraron a las dos mujeres y esperaron a que hablaran.

            — Habla, Francisca —invitó Fausta, tan nerviosa que casi tartamudeó.

            — Quieren saber qué te hicieron tu padre y tus hermanos —aludió Alfonso, sentado a su derecha.

            Fausta se sintió más tranquila al ver su mirada calmada y afectiva.

            — No puedo.

            — Yo lo haré entonces, ellos...

            — ¡No! —Replicó Francisca, enojada—. Tú les mataste. Eran rudos, no agradecían nada pero no merecían morir.

            Fausta se quedó pálida y miró con terror a los jueces que les rodeaban.

            — ¡Miente! —Exclamó aterrada—. Ellos la violaban desde niña, al igual que a sus hermanas, las mataron por el continuo maltrato...

            — Hagan callar a esa mujer —ordenó uno de los jueces.

            Dos soldados la arrastraron fuera de la sala oval. La llevaron por varios pasillos hasta que la encerraron en una fría celda de piedra tosca, rodeada de excrementos y otros reos encadenados a una pared, entre ellos Eleazar.

            — ¿Qué ha pasado? —Preguntó éste, preocupado.

            — Esa zorra hija de... —Comenzó a protestar.

            El guardia le dio un sonoro bofetón y la hizo caer sobre unas heces recientes manchándose las mangas de su vestido.

            — Cuida tu boca, mujer, no quieras que tus palabras añadan culpa a tus crímenes.

            Ella miró con asco al refinado guardia. Hubiera preferido una bofetada.

            — No soporto a estas bárbaros —refunfuñó el otro sin mirarla.

            Fausta se limpió las mangas de su vestido en el suelo pero sólo consiguió extender la repugnante mancha. Hasta que no cerraron el candado de la mazmorra y vio desaparecer a esos soldados no miró a Eleazar, encadenado con los brazos en cruz, en la pared de enfrente.

            — Se lo contó Francisca. Estoy condenada —replicó—. Espero que tú salgas libre.

            — No lo creo, saben que te ayudé.

            — ¿Por qué les defiende? ¡Están muertos! No pueden hacerle más daño y la he salvado de una vida penosa con maltratos diarios —protestó.

            — ¿Quién te ha dicho que la maltrataban? —Replicó Eleazar.

            — Yo lo sabía, ¿no basta?

            — ¿Quién te lo dijo? ¿No crees que esa es la persona a la que deberías gritar?

            Fausta miró a una pared vacía... Al menos para Eleazar. Ella veía a Casimira, que la miraba con una sonrisa.

            — Dile que fui yo.

            — ¿Era mentira? —Preguntó, enojada.

            — Te dije que no lo hicieras.

            — ¡Me mentiste!

            Eleazar se sobresaltó al darse cuenta de que hablaba con una pared.

            — No hacía falta, jamás dije que mis hijas murieran por palizas como tú aseveras. Las violaron, sí, pero murieron por el frio las tres el mismo año, cuando hubo aquellas heladas tan horribles. Luego Héctor se enamoró de su hermana Francisca, su único pecado fue que nacieron hermanos. Y Coldo, mi marido, era muy bruto pero tenía buen corazón. Cuando se emborrachaba perdía el control de sus actos y dejó de beber. Se estaba portando bien cuanto tú decidiste matarlo, no me vengas ahora que no te lo advertí.

            — Tuviste oportunidad de contarme esto cuando preparaba el veneno.

            — No escuchabas.

            Casimira desapareció y Fausta quiso llamarla a gritos pero ya estaban bastante asustados los que compartían celda con ella.

            — Ha hablado con el demonio —susurró uno de ellos, aterrado.

            — Tu castigo será peor en el infierno, bruja —aseguró otro.

            Fausta quería gritar. Se había arruinado la vida por hacer caso a un fantasma mentiroso y mezquino. Ansiaba agarrar a Casimira por los pelos y arrancárselos de cuajo pero en el fondo sabía que tenía razón, no atendía a razones y continuó con su plan a pesar de sus advertencias.

 

 

 

 

Comentarios: 10
  • #10

    ariel (miércoles, 21 enero 2015 14:27)

    si se puede vender el alma mas de una vez, constantine lo hizo a varios demonios

  • #9

    Yenny (martes, 20 enero 2015 17:29)

    Pero si Fausta vende su alma a Satán a cambio de la sombra de Verónica entonces eso quiere decir que lo hace en la época actual, entonces como hizo para tener tanta longevidad? no creo que puedas vender el alma más de una vez, ya quiero saber como vas a dar respuesta a esto Tony.
    Suerte que está Jaime para dar esos pequeños detalles que uno ya no recuerda :)

  • #8

    Chemo (jueves, 15 enero 2015 23:28)

    La historia comienza aburrida. Ojalá que la acción comienza en la siguiente parte.

  • #7

    Tony (jueves, 15 enero 2015 09:05)

    Gracias Jaime, como de costumbre el que más se empapa de las historias. Incluso más que yo mismo que algunos de esos detalles no los recordaba.
    Tidas esas dudas que mencionas no sé si tendrán respuesta aquí. El relato no llegará el tiempo actual pero sí tendrán respuesta en el siguiente. De momento sólo tengo el título: "Buscando el cementerio de dragones".

  • #6

    Jaime (jueves, 15 enero 2015 08:51)

    Acabo de volver a leer "La Sombra de Verónica". Allí se comenta que Fuencisla ys la más joven de las hermanas, Fausta la más vieja y Francisca la de enmedio. Además, tenían varios hermanos para quedar solamente ellas, incluyendo Laura, la madre de Rebeca. Si no son realmente hermanas, lo más probable es que el trío de brujas se hayan hecho pasar por hermanas de todos los integrantes de la familia a lo largo de varias generaciones. Al menos es la explicación más lógica que encuentro, habría que explicar si otros miembros de la familia conocían la longevidad de éstas o no.

    Por cierto, en la misma historia se explica que Fausta vende su alma a Satán a cambio de la sombra de Verónica. Entonces, quizá Fausta ya tenía un pacto con el diablo desde tiempo atrás, o de otra forma, ¿cómo sobrevivió hasta el siglo XXI?

  • #5

    Alfonso (jueves, 15 enero 2015 01:18)

    Yenny, no creo que el fantasma haya querido manipular a Fausta, ya que Casmira no quería que muriera su esposo e hijos. Simplemente no dio a Fausta la información completa y Fausta se dejó llevar por su rencor y odio ahcia ellos.
    Jaime, no creo que Rebeca y Fuencisla sean la misma persona. Lo más probable es que Rebeca será descendiente directa de Fuencisla y que Rebeca considere a Fausta como su tía. Yo también creo que Fausta hará un pacto satánico para salvar a Eleazar y escapar de prisión. De esa forma, los moros echarán la culpa a Fausta y ella será desterrada para vagar como bruja.

  • #4

    Tony (jueves, 15 enero 2015 01:12)

    No, Jaime, Rebeca es Rebeca. En otro relato se cuenta que Fausta tiene dos hermanas: Francisa y Fuencisla. La realidad es otra que se contará aquí... De entrada Fuencisla es la mas joven porque es hija de Francisca. Pero no puedo contar más.

  • #3

    Yenny (miércoles, 14 enero 2015 23:05)

    Es obvio que Fausta se salvará soló espero que Eleazar también se salve, él no tiene la culpa de nada.
    Ese fantasma un poco mentiroso y manipulador parece que Fausta heredó ese carácter.
    Ahora a esperar una semana más estça interesante esta historia quiero ver como se desarrolla.

  • #2

    Jaime (miércoles, 14 enero 2015 05:03)

    ¿Fuencisla y Rebeca son la misma persona? Lo digo porque ambas son sobrinas de Fausta y, si no mal recuerdo, Fausta solamente tiene una sobrina. ¿Qué opináis vosotros?

    La historia se está poniendo sumamente interesante y concuerdo con Alfonso en la importancia de Fausta ya que ella planeó los acontecimientos de las islas Bermudas. Mi predicción para la siguiente parte: Fausta hará un pacto con el diablo a cambio de los poderes que le ayudarán a librar la prisión.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 14 enero 2015 00:56)

    Ya podéis comentar. Gracias por darle una oportunidad al relato, aunque sea un personaje algo secundario y poco apreciado por la mayoría, esta es una pieza clave dentro del "puzzle" completo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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