Fausta

Parte 7

            No festejaron demasiado la victoria, Pelagius ordenó el regreso y recogieron las tiendas y organizaron los caballos antes de despuntar el alba.

            Fausta solicitó encontrarse con él mientras hacían los preparativos del viaje y éste aceptó gustoso a mantener una conversación con ella a la orilla del río Corbones.

            — Espero haberme ganado un poco más de respeto tras el último éxito de mis hombres.

            — Si matar por dinero es digno de respeto... —bufó ella, que no terminaba de confiar en él—. ¿Qué harás con todo ese dinero? ¿Comprar más esclavos?

            — ¿Es una predicción?

            — No, sólo preguntaba. Quería hablar contigo de mi padre y mi esposo.

            — Creí que estaba claro que...

            — Está acabado, no tiene empleados, morirá si no lo llevamos con nosotros.

            — Los señores con propiedades no tienen problemas para encontrar trabajadores. No sufras por él.

            — Pero es mi...

            — ¡Basta! —Rugió furioso—. Ese hombre es amigo de los musulmanes, un muladí, no podemos confiar en él.

            — No lo es, quiere que marchen, igual que tú.

            — Te equivocas, yo quiero exterminarlos a todos —prorrumpió con una vena palpitando en su sien derecha por el odio de sus palabras.

            — Él te apoyará —insistió Fausta.

            — No puedo confiar en los traidores. Ya perdimos en Guadalete por culpa suya. Nos cuesta la vida salvar a los pocos que se mantienen fieles al reino, no pienso malgastar una gota de sudor en proteger a los que firmaron el tratado.

            — ¿Y qué otra cosa podría haber hecho? Sabe que lo matarían en caso de negarse. Tú también lo firmaste, sino sería imposible que comerciaras con ellos.

            — Es distinto.

            —¿En qué?

            Pelagius la miró ofendido y cogió aire.

            — Tú no estuviste en Guadalete. Éramos... Qué sé yo, cuarenta mil cristianos contra unos escasos diez mil moros. El general Tariq se plantó en medio de los dos ejércitos con una bandera blanca y nuestro rey, Don Rodrigo acudió a pactar algún tipo de acuerdo si aún era posible. ¿Sabes qué pasó?

            Fausta se encogió de hombros.

            — El hijo de una puerca, el cobarde del sarraceno —dijo esa palabra con tanto asco que le salió una lluvia de saliva al pronunciar la "s"—, le recibió con una daga escondida al estrecharle la mano. Aprovechó ese momento para clavársela entre las juntas de su armadura. Después, al caer de su caballo le ensartó con su lanza y comenzó la batalla.

            — ¿Por eso perdisteis?

            — No, perdimos porque la mitad de nuestro ejército nos atacó por la retaguardia y es un milagro que hayamos sobrevivido algunos a aquella matanza. Lo último que esperas es que las flechas caigan desde atrás. Te voy a decir una cosa, esos árabes tan cultos y presumidos no respetan a nadie que no comparta su fe. Antes de su llegada el reino era un puzle de territorios gobernados por ambiciosos duques, no estábamos unidos hasta que Don Rodrigo se ganó al vulgo, al clero y a la nobleza, excepto a la rata que nos traicionó, Oppas, y que si Dios me lo permite, exhalará su último aliento entre mis manos. Prefiero un ejército de cien leones leales antes que un millar de tigres insidiosos.

            — Mi padre no tuvo elección —se empecinó Fausta.

            — ¿Escuchas algo de lo que digo? No me hagas perder el tiempo, mujer. Si quieres regresar con él espera que partamos. No quiero a nadie cerca que no esté comprometido con la causa.

            Fausta le detuvo cuando quiso regresar al campamento. Que le brindara la libertad sin condiciones cambió su perspectiva.

            — No me marcharé, yo sí estoy comprometida. Pero tengo otra pregunta.

            — Habla de una vez.

            — Mi marido, Fernando, era el Duque de Cádiz...

            — Sí, le conozco, el hijo de Rigoberto, por un año no le dejó su padre luchar en Guadalete. ¿Qué ocurrió con él?

            — No firmó el tratado y le condenaron. Me preguntaba si le vendieron como a mí.

            — ¿Cuándo fue?

            — El invierno anterior.

            — Está muerto.

            La cogió la mano y señaló la marca del condenado que ya tenía cicatrizada entre el índice y el pulgar derecho del dorso. Eran tres líneas entrelazadas que recordaban a un hombre muerto atravesado de arriba a abajo por una lanza.

            — Esta señal te convierte en un fantasma. Están vendiendo a los condenados desde que escasea el dinero y eso pasa por que nos hemos hecho con dos botines importantes en los últimos meses. El primero pagó tu vida y la de la casi todos los que nos acompañan. Pero este botín no pienso devolverlo, lo llevaremos a casa y lo usaremos para comprar lealtades en el extranjero.

            »Hay algo que nunca borraré de mi memoria, el día que conocí a Gaudiosa. Era la boda de... No me acuerdo, me crucé con ella y me la quedé mirando embobado. No me daba cuenta de que ella quería pasar a las letrinas y lo que yo entendí como nerviosismo en su miraba en realidad eran ganas de cagar, ¡ja, ja, ja...! Dos meses después me casé con ella. No fue un encuentro muy romántico... Pero todavía nos reímos al recordarlo.

            Fausta frunció el ceño y no rio la anécdota. No entendía a cuento de qué le contaba todo eso si tanta prisa tenía.

            — A lo que iba —Pelagius carraspeó, sonrojado—. ese día llegaron noticias de Jerusalén, los sarracenos emprendían guerra santa y tomaban los lugares más sagrados de la cristiandad. No lo dudé un instante, partí con un destacamento cristiano a luchar por lo nuestro. Allí vi por primera vez el ejército musulmán y sus poderosas y complicadas catapultas de doble vuelta. Lanzaban piedras tan grandes como caballos y reventaban muros de un codo de ancho. La lucha se perdió, regresé para informar a los nuestros de lo nos esperaba si su ejército llegaba a nuestras fronteras. Sólo me creyó Don Rodrigo, por entonces no era rey.  Gaudiosa era su hermana, cuánto la extraño, ¡Par diez! Aquel día formalizamos el enlace. La cuestión es que su hermano movió cielo y tierra por unificar a los nobles godos. Le eligieron para ser el rey que los guiara a la batalla pero el obispo Opas y Favila, el hijo de una puerca que mató a mi padre, insistieron en pactar en el caso de llegar la amenaza. Hubo unas escaramuzas por decidir quién gobernaría y Don Rodrigo se quedó el trono. Ya sabes el resto, reunió un ejército con todos los varones en edad de luchar, hijos de granjeros y campesinos, esclavos, caballeros y soldados procedentes de varios países de Europa. Los galos empatizaron con nuestra causa y su caballería cubrió nuestros flancos. Era una batalla ganada, ¡Par diez!

            — Entiendo que sea frustrante aquella derrota —le reprendió Fausta—, pero no puedes desconfiar de todo el mundo por aquello.

            — He disfrutado mucho de esta conversación, Fausta —rezongó fastidiado por la nueva interrupción—, otro día continuamos, hay muchas cosas que hacer.

            Se levantó y se marchó a continuar los preparativos de la marcha.

            Cuando ella regresó y vio a Eleazar cargar los pilares a las tiendas en largos carromatos, lo vio con otros ojos. Sus cicatrices del pecho eran viejas heridas de flecha. Él también sobrevivió a aquella batalla aunque nunca le preguntó qué ocurrió aquel día. Por la gravedad de las heridas debió estar en el umbral de la muerte.

            — ¿Cómo va eso? —Le preguntó—. ¿Te traigo agua?

            Le veía agotado, sudoroso y con cara de enfado.

            — No gracias, ve a ayudar a las mujeres.

            Fausta asintió pero antes de darse la vuelta le vio la marca del condenado en la mano y luego observó a los demás. Pelagius era de los pocos que no la llevaba lo que significaba que ninguno de ellos estaría vivo de no ser por él.

 

 

            Viajaron al norte, por el camino a Toledo y se cruzaron con otras caravanas y destacamentos militares. Por suerte los soldados no se detenían a preguntar a nadie y se movían deprisa en grupos de cien o doscientos soldados.

            Pelagius estaba sobre alerta, especialmente cuando venían desde el sur, aunque en teoría nadie sabía que se encontraban tan al norte.

            Había mucha más gente migrando y se unieron a varios grupos de comerciantes que iban de una ciudad a otra y no preguntaban acerca de su carga. Era imposible para los sarracenos saber que escondían el dinero robado.

            Los bandidos no solían atacar a grupos de más de treinta personas y en especial los que, como ellos, estaban fuertemente armados.

            Al llegar a Toledo se dispersaron para comprar suministros. Fausta y Eleazar debían traer telas nuevas. Llevaron el caballo pardo de manchas blancas. Ella le puso nombre el nombre de Arco a la segunda vez que pronunció la palabra y obedeció acercándose a ella.

            Eleazar guiaba las riendas y Fausta montaba al estilo amazona.

            Toledo era una ciudad fortificada en lo alto de una montaña. Había un único acceso protegido por un foso de brea, una ciudad inexpugnable que fue regalada a los invasores por no haber quien la defendiera.

            Pelagius comentó a su llegada que se parecía mucho a Jerusalén y sus ojos se cerraron un momento recordando viejos tiempos con dolor en el corazón.

            Al entrar se separaron, cada uno a sus menesteres y Fausta agradeció ir montada porque fueran a donde fueran, había que subir inclinadas pendientes y Arco estaba habituado a cargar con grandes pesos. El bullicio era tal que no podía escuchar a Eleazar cuando  la intentaba decir algo.

            Cuando compraron lo que fueron a buscar, saliendo de Toledo, de regreso al campamento, y pasaron por una aldea con una pequeña iglesia cristiana en el centro. A pesar de la prohibición de realizar ritos en ellas las puertas estaban abiertas y se escuchaban gritos en su interior.

            Los foráneos miraban hacia allí con miedo pero ninguno se acercó.

            — ¿Qué pasa ahí dentro? —Preguntó Fausta.

            Eleazar se encogió de hombros.

            — No es asunto nuestro, vámonos.

            La muchacha no le dejó acabar la frase y se coló en el edificio.

            — ¿A dónde vas?

            En el mismo instante que la perdió de vista asomaron por el campanario tres chicos de unos quince años vestidos con chilavas de seda arrastrando a un campesino delgado que gritaba suplicando ayuda con las manos atadas a la espalda y un pañuelo tapando sus ojos.

            — Los afeminados no tenéis sitio en el reino de Alá —acusaba uno—. ¿Te crees una mariposa?

            — Por favor, no lo hagáis, no os he hecho nada —suplicaba entre sollozos.

            — ¡Vosotros! —Exclamó Eleazar—. Dejar a ese chico en paz o tendré que daros una lección.

            — ¿Tú sabes quién soy yo? —Se jactó el que parecía cabecilla.

            Fausta llegó al campanario y el joven árabe la vio aparecer tras ellos.

            — La broma se ha acabado, soltarle —les ordenó con el tono de voz de una hermana mayor.

            Los dos chicos que le sujetaban parecían preocupados.

            — Abre tus alas, mariposa y vuela —se mofó el joven árabe ignorándola con una sonrisa burlona.

            — ¡No! —Exclamó Fausta.

            Empujaron al muchacho al vacío y cayó de cabeza al patio delantero de la iglesia. El ruido de sus huesos fue como el de una sandía estrellada contra en suelo. Sus gritos desesperados se truncaron en el instante del impacto y tanto Eleazar como Fausta se quedaron paralizados por la impresión de la escena.

            Los adolescentes bajaron corriendo entre risas y se alejaron de allí.

            —Fausta, vámonos —ordenó el soldado.

            La mujer, con la mirada perdida, obedeció. Quería gritarles, correr tras esos desgraciados y arrojarles de lo alto del campanario de la misma manera despiadada, pero no serviría de nada. En otra aldea más jóvenes radicales harían lo mismo y la impotencia que sentía la inmovilizaba. 

            Aquel día algo cambió dentro de ella. Si los árabes no los trataban como seres humanos, estos... Tampoco merecían ese trato.

 

 

            Aquella noche se acercó a Pelagius y le sorprendió haciendo abdominales, sudoroso y casi desnudo cerca de su hoguera.

            — Tenemos que hablar.

            Pelagius se incorporó de un salto y se pasó un trapo por su empapada frente.

            — Quiero una espada —casi fue una orden.

            — ¡Par diez! Espero que no sea para pelear conmigo.

            — No pienso tolerar que hagan lo que les venga en gana.

            — Explícate.

 

 

            Fausta le contó lo sucedido y Pelagius la escuchó con sumo interés.

            — ...Le empujaron sin pensárselo dos veces, según ellos merecía esa suerte por ser afeminado.

            — Válgame Cristo —respondió Pelagius resignado—. Es cierto que no les gustan los "desviados", pero ese tipo de acciones es impropia hasta de ellos, debemos denunciarlo. Mañana mismo iré al visir de Toledo, es un viejo amigo mío y pondrá entre rejas a esos desgraciados.

            — Yo también quiero ir.

            — Sí —aprobó—, y también Eleazar, nos harán más caso. Ahora descansa y recuerda las palabras del salvador.

            — ¿Cuáles?

            — Bienaventurados los sedientos de justicia, porque ellos serán saciados.

 

Comentarios: 10
  • #10

    Ariel (sábado, 14 febrero 2015 01:38)

    me gusta esta historia, aunque es poco misteriosa, pero es buena para recordar esa epoca

  • #9

    Alfonso (jueves, 12 febrero 2015 22:54)

    Interesante historia. Aunque quisiera que hubiera un poco de misterio y terror, ya que esto parece más una novela histórica que un relato sobrenatural. Además que es difícil producir el misterio cuando muchos de los lectores ya conocen la historia.

  • #8

    Yenny (jueves, 12 febrero 2015 16:27)

    Esta bien Tony lo haré despues, voy a necesitar una versión con dibujos porque con tantos nombres un poco raros para mi necesito leer como dos veces, lo malo de no saber esas batallas es que no puedo dar opinión sobre que puede pasar :(
    Gracias Jaime ya las anoté, cuando pase esa parte voy a leerlas.

  • #7

    Tony (jueves, 12 febrero 2015 07:17)

    Yo te recomiendo que lo hagas cuando termine el relato. Sino podrías perderte sorpresas y tienes la suerte de no saber algunas cosas cruciales.
    Además lo que voy a contar no viene en los libros de historia.

  • #6

    Jaime (jueves, 12 febrero 2015 01:11)

    Yenny, busca la batalla de Covadonga y la batalla de Guadalete en Wikipedia. Allí seguramente encontrarás referencias a personajes clave como Pelayo de Asturias, el conde don Julián y el rey godo don Rodrigo.

    Por cierto, durante parte de mi niñez viví en Gijón, tiempo en el cual aprendí un poco de historia local. Esta historia me hace recordar algunos de los paisajes de esta región.

  • #5

    Yenny (jueves, 12 febrero 2015 00:22)

    Me siento un poco perdida (en realidad estoy super perdida) nunca vi estos temas y me estoy enredando mucho, me va a tocar irme a google y wikipedia para lograr entender mejor esto.¿Alguien me dice como qué lo busco?

  • #4

    Tony (miércoles, 11 febrero 2015 20:29)

    Lo cierto es que este es el libro que más he preparado. Hace unos veinte años viajé a asturias y vi tan interesante lo que pasó que decidí escribirlo entonces.

  • #3

    Jaime (miércoles, 11 febrero 2015 19:55)

    Veo que sabes mucho de historia, Tony. Gracias por la alcaración. Escribí esas líneas porque creo que en la Edad Media tanto cristianos como musulmanes eran bastante cerrados y se cometieron muchas barbaridades en ambos bandos, incluso antes de la fundación de la Inquisición.

    Hay evidencia de que durante la Edad Media muchos emiratos musulmanes tenían libertad de expresión y podían profesar la creencia que quisiesen siempre y cuando no interviniesen con las creencias de otra persona. De hecho, la mayoría de los eruditos moros estudiaban las filosofías griegas de Aristóteles y Platón. Desafortunadamente, en la actualidad hay tanto grupo extremista islámico que uno se inclina a pensar que siempre han existido, cuando no es así.

    Por último, Tony, estoy esperando que narres la Batalla de Covadonga y ver cómo Fausta juega algún papel importante dentro de la misma. Sé que falta mucho para eso pero supongo que lo tienes en mente.

  • #2

    Tony (miércoles, 11 febrero 2015 07:24)

    La Inquisición medieval se fundó en 1184 en la zona de Languedoc (en el sur de Francia) para combatir la herejía de los cátaros o albigenses. En 1249 se implantó también en el reino de Aragón (fue la primera Inquisición estatal), y en la Edad Moderna, con la unión de Aragón con Castilla, se extendió a ésta con el nombre de Inquisición española (1478-1821), bajo control directo de la monarquía hispánica...
    Puede que nunca fueran bien vistos en 719, pero no los tiraban de lo alto de edificios. Lo escribo como denuncia a lo que he visto que hacen extremistas islámicos aun a día de hoy. De hecho, he aclarado que los propios musulmanes tampoco lo aprueban, por eso van a denunciarlo.
    La edad media es muy larga Jaime, es facil confundir épocas.
    Para hacerla más agil publicaré la próxima parte esta semana.

  • #1

    Jaime (miércoles, 11 febrero 2015 06:27)

    La escena del afeminado se me hace poco creíble. En la época medieval, tanto cristianos como moros eran intolerantes con quienes no compartían su propia doctrina, incluyendo afeminados y herejes. Los afeminados eran condenados por la "Santa" Inquisición o la iglesia local y vistos como parias o incluso ejecutados públicamente.
    La historia va bastante lenta. Ojalá pase algo interesante en la próxima parte.
    No recuerdo mucho de mis clases de historia del instituto, pero creo que la derrota de Rodrigo se debe a que éste usurpó el trono de su predecesor, creando estabilidad dentro de la nobleza. De ser así, entonces la culpa de la invasión omeya se debe a la desorganización interna de los distintos reinos visigodos, ¿o no?

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