Fausta

8ª parte


 

            Entraron en el palacio del visir, el magnífico edificio de piedra en la imperial urbe de Toledo que usaron casi todos los reyes godos antes de la invasión.

            Les hicieron entrar en seguida en cuanto Pelagius se identificó. Les esperaba un hombre de barba negra vestido con una chilaba de seda negra.

            — Adelante buen amigo, pasa.

            — Don Fernando, que bien te veo -respondió jovial Pelagius.

            — Ni tienes idea de lo importante que te has vuelto -dijo el visir con media sonrisa-. Han llegado mensajeros del sur, tienes en vilo a Al-Maqqai, el gobernador de Cádiz. Te acusa de cómplice del robo de una importante suma de dinero.

            — ¡Puerca rata de alcantarilla! -Protestó como un trueno-. No quiso pagarme una recompensa y fui a cobrarla a Córdoba, ¡ahora ese hijo de una puerca me quiere robar lo que es mío!

            — Como sigas metiéndote con ellos vas a acabar igual que el rey, amigo mío. Trata de apaciguarlos.

            — No necesito tus consejos, pero gracias de todos modos.

            — Qué bien te veo -alabó de nuevo sonriendo-. Sigues en plena forma.

            — ¿Qué le voy a hacer? Soy más guapo que tú, que pareces un oso en hibernación con esas barbas que te alcanzan el ombligo.

            — Ja, ja, ja -rio de buena gana-. A eso me refiero, soy el visir de Toledo, una de las ciudades más importantes de Al-Andalus y me tratas peor que una ramera. Si no fueras tú te mandaría azotar.

            Fausta frunció el ceño asustada, ese hombre no tenía pelos en la lengua, debían tener mucha confianza porque cualquier otro le habría mandado ejecutar.

            — No quiero robar demasiado de tu tiempo, Don Fernando -se centró Pelagius, ignorando lo dicho-. He venido a denunciar un crimen que dos esclavos míos presenciaron ayer cerca de una iglesia.

            — Te escucho.

            — Cuéntales lo que pasó, Fausta.

            Nerviosa se dispuso a narrar lo sucedido.

            — Ayer, pasando por una aldea de las afueras de Toledo vimos a tres jóvenes árabes mofándose de un campesino de unos quince años. Subieron al campanario con él y le taparon la cara con un trapo. Subí tras ellos para pedirles que le dejaran en paz, el pobre muchacho...

            — Al grano -exigió Don Fernando, aburrido.

            — Le empujaron... Murió en el acto. Se fueron como si fuera gracioso. Eran de unos quince, dieciséis años... Llevaban ropas caras.

            — Mientes -acusó el visir, enojado.

            — Doy fe de ella, yo también estaba allí -atestiguó Eleazar.

            — Y mi hijo también. Inventáis las cosas por odio a mi gente. Ahora vendrá y lo explicará, él mismo denunció la tragedia.

            Hizo llamarlo a su alguacil y éste se perdió por la puerta dejándolos solos.

            — ¿Tu gente? —Replicó Pelagius, suspicaz.

            - Tuve que aceptar a la hija del Califa como mi esposa principal. Quiere que sus herederos, gobiernen la villa y que su sangre cree una estirpe de reyes. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos, mírame, antes católico como el que más, hasta cumplía fielmente los ayunos de los viernes de Pascua y asistía a misa cada día en mi capilla privada. Llegan nuevos señores, antes era Don Rodrigo, ahora es Mustafá. Soy un muladí, el gobernador de Toledo desde los veinte años y lo más importante es velar por mi gente, no empecinarse en retener el pasado. Además ahora tengo tres esposas, vivo como quiero y sólo debo seguir otros ritos, no tiene más misterio. Dios es uno, lo llames como lo llames.

            En ese momento entró el chico que se mofó del campesino. Su cara de suficiencia evidenciaba que no tenía ningún miedo a las consecuencias de sus actos.

            — Cuéntame lo que ocurrió, Abderramán.

            — ¿Llamaste así a tu hijo? -Se mofó Pelagius-. Tú ya eras muladí antes de llegar los sarracenos.

            — Es de mi esposa principal, ya lo tenía cuando nos casamos. Por favor, habla hijo.

            — Vimos a un campesino, o esclavo, no estoy seguro. Se había subido al campanario porque se quería tirar y fui con mis amigos a intentar salvarlo. Pero no pudimos hacer nada, se tiró.

            — Yo vi cómo... -Comenzó a protestas Fausta.

            Pelagius tapó su boca con tanta prisa que sonó el manotazo. Fausta le miró indignada pero él habló por ella.

            — Yo creo en la justicia divina -dijo imparcial-. El asunto ha quedado claro. Lógicamente el testimonio de tu hijo tiene valor jurídico y los esclavos tienen tendencia a la mentira. Yo me encargo de darles el escarmiento que merecen. Gracias por atendernos Don Fernando. Que tenga buena tarde.

 

 

 

 

 

            Ni la visita al visir, ni la explicación de Pelagius de que no quería líos por alguien "que ya estaba muerto" fueron suficiente para calmar la sed de justicia de Fausta.

            Lo que no sabía nadie más que ella era que su muerte injusta le llevó a ser un fantasma que no se apartaba de su lado ni por las noches.

            No era igual que Casimira, que hablaba por los codos de la misma manera que cuando estaba viva y la envenenaba con sus palabras hasta que cometió el crimen que la llevó a esa situación. Después, ésta no volvió a aparecer, como si hubiera cumplido su propósito y ya no la necesitara.

            Este era un fantasma distinto, la aterraba verlo porque su rostro aplastado era lo que veía cuando menos se lo esperaba, siguiéndola o frente a su cama, la miraba con lo que le quedaba de ojo. Su presencia era algo que terminaría enloqueciéndola a menos que le diera lo que parecía exigirle, justicia.

            Por eso, dado que Pelagius no iba a ayudarla, sólo le quedaba Eleazar.

            Aquella noche era la última que pasaban en Toledo y aprovechó para confabular con él cuando se acostaron.

            — Necesito hablar contigo -reclamó al verlo llegar después del duro entrenamiento.

            El muchacho estaba muy cansado pero asintió con la cabeza y salieron juntos de la tienda después de coger sus capas para protegerse del frío.

            Una vez lejos de oídos indiscretos le cogió la mano y la apretó con fuerza.

            — ¿Recuerdas mi secreto?

            — ¿El de las bayas venenosas?

            — No, el otro.

            — Que hablaste sola por el camino...

            —¡No, becerro! Veo personas muertas, creí que lo habías entendido.

            — ¿En serio? -Eleazar quiso soltarla.

            — No puedo dormir, el campesino que arrojaron por el campanario está acosándome, quiere justicia y no entiende que no podemos dársela.

            La mirada de Eleazar perdió toda su valentía y coraje transformándose en la asustadiza de un niño.

            — Fausta, luchar con un hombre o con diez no es problema, haría cualquier cosa por ti. Pero no me pidas que me enfrente a un muerto...

            — ¿Qué? Lo que te pido que enfrentes a los que le mataron. Yo te acompañaré...

            — ¿Me estás pidiendo que mate a los hijos del visir?

            Asintió con energía haciendo tintinear sus aretes redondos de plata a los lados de su cabeza.

            — Están dentro de Toledo, en el palacio más protegido del imperio árabe, sino del mundo. Esa ciudad es famosa por poseer los muros más inexpugnables creados por el hombre y si nos pillan no van a vendernos como esclavos otra vez, nos cortarán en rodajas y darán nuestra carne de alimento a los perros. No podemos, no sin ayuda del señor Pelagius.

            — ¡No le digas nada!, hazlo o no lo hagas, pero nadie debe enterarse.

            — Lo pensaré.

            Fausta le apretó las manos.

            - No hay tiempo de pensar-instó.

            — ¿Ahora?

            - Mañana estaremos de camino a Asturias.

            - Por todos los santos, Fausta... Estás loca. No puedo ayudarte.

            Aquellas palabras la hirieron profundamente. No tanto en su negativa sino por llamarla loca. Le soltó furiosa y se marchó a por su caballo, Arco.

            - ¿Qué haces? -La persiguió preocupado.

            - Apártate de mi camino. Si no vas a acompañarme al menos no me delates. ¿Puedo confiar en eso?

            - No te dejaré marchar...

            - ¿Qué estáis confabulando? -Inquirió Pelagius desde la entrada de su tienda.

            Fausta arreó a Arco y galopó fuera de su alcance en dirección a Toledo. No daría explicaciones a nadie de lo que estaba haciendo.

            - Señor, quiere tomar el aire. Hemos discutido...

            Las palabras se perdieron en el viento y no escuchó decir nada más a Eleazar.

            Aunque le dolía su negativa, era un buen chico.

            Esta vez agudizó el oído para cerciorarse de que no la seguía Pelagius.

            — ¡Furia negra! -Resonó su voz de trueno.

            Segundos después escuchó el galope de un caballo el doble de grande que el suyo, de pisadas más poderosas y zancadas más largas pero más lentas.

            No podía huir, debía hablar con él.

            Detuvo el paso de Arco al trote y se volvió para esperarle. Vio cómo el corcel del señor se aproximaba como un gigante y se detuvo a su lado encabritado. La impresionó compararse con Pelagius, ella sobre Arco apenas alcanzaba la altura de la silla de su señor.

            — ¿A dónde ibas, mujer?

            — A tomar el aire, he tenido una pesadilla y necesitaba despejarme.

            — Regresa al campamento, también se puede respirar allí-replicó con sutileza.

            Se preguntó por un momento si debía sincerarse y contarle el plan. La idea era pedir acceso alegando haberse perdido, que una vez dentro esperaría como una mendiga en las cercanías del palacio y en cuanto abrieran las puertas se colaría dentro y envenenaría el pozo del visir y su numerosa familia. Pero eso significaba que quizás tuviera que explicar que veía el fantasma del muchacho siguiéndola a todas horas y no quería que nadie volviera a llamarla loca.

            — Por supuesto, señor. Lamento haberos alarmado.

            Y le siguió dócilmente mirando de reojo al fantasma del insoportable campesino. Su resignación enfureció al muchacho porque notó que el aire se volvía helado de repente.

 

            No pudo conciliar el sueño, el fantasma deambulaba a su alrededor golpeando la cama cada vez que se dormía. Quería gritarle que se fuera pero ¿cómo explicaría eso a los demás?

            Con los nervios crispados, después de tres interminables horas en la cama, el vigilante de la tienda se quedó dormido. El viento arreciaba con fuerza y camuflaría sus pisadas.

            No podía más, o le daba justicia a ese endemoniado fantasma o se volvería loca de verdad.

            Salió decidida a cumplir su venganza.

 

 

 

            Al-Maqqai interrogó a todo su contingente del alcázar. Dado que nadie le dio información relevante sobre quién perpetró el nuevo robo, tomó una decisión. Los responsables de su vigilancia que no estaban en su puesto debían pagar por negligencia. Los mandó azotar cincuenta veces y después, los arrojó al foso de los condenados. Presenció la sentencia con una sonrisa tranquila. Esos inútiles quizás esperaban caer sobre la plataforma de madera... Qué sorpresa se llevaron al ser empalados.

            El soldado que regresó de los que siguieron a Pelagius fue el último en caer. Pero este no por negligente sino por cobarde.

            Muertos todos reunió a sus comandantes y paseó en silencio alrededor de ellos varios minutos. Los cinco tenían la cabeza agachada y no se atrevieron a mirarlo.

            — Quiero que enviéis una carta a todas las provincias del Califato.

            Al hablar le miraron atentos.

            — Que el fugitivo llamado Pelagius ha traicionado a nuestro pueblo -la voz le tembló por la rabia contenida-, y aquel que le acoja, comercie con él u oculte cualquier tipo de información que pueda ayudarnos a localizarlo será reo de muerte.

            — Sí, señor -corearon, aterrados.

            — ¿A qué estáis esperando? Quiero que la orden llegue a Damasco, Galicia, Marruecos... A todos los rincones de nuestro imperio en menos de una semana.

            Se levantaron apresuradamente y salieron de la sala compitiendo por no ser los últimos en abandonarla.

            Cuando sólo quedaba uno le cogió por el hombro y le hizo cerrar la puerta.

            — Una última cosa. Quiero que hables con los soldados que entren al alcázar aunque sea por un día.

            — Lo que ordene mi señor.

            — No me importa que todos sean traidores, si en el último momento entregan al responsable de los robos serán recompensados con doscientos dinares...

            — Sí, señor.

            — Y no me importa que no haya ningún traidor. Si vuelve a desaparecer un sólo dinar empezarán a rodar cabezas hasta que el hacha del verdugo pierda el filo.

            — Entendido, señor. Redoblaré la guardia, habrá siempre diez hombres en vigilancia continua, no entrará ni una mosca en la tesorería.

            — No me aburras con tu trabajo, limítate a cumplirlo.

 

 

 

 

            La mañana trajo consigo un cielo encapotado y furioso que les azotó con granizo y nieve. Fausta llegó de regreso justo cuando comenzaba el temporal, apenas apoyó la cabeza en la almohada, cerró los ojos y amaneció.

            Miró a los pies de su cama y sonrió satisfecha.

            El campesino asesinado ya no estaba. Soltó un suspiro y despertó a Eleazar.

            — Arriba -hoy viajamos.

 

 

            La rutina de recoger el campamento hizo que la mañana se les pasara volando. Emprendieron la marcha los  siete carromatos guiados por cuatro vacas y bueyes cada uno. El temporal complicó en avance de los carros más pesados pero el camino era de caliza y no se formó barro. La fortuna robada era escoltada por soldados armados para cualquier contratiempo aunque ocultaban sus armas a los pies.

            Pelagius y Sebastián abrían la marcha, Braulio y Eleazar cabalgaban a ambos lados de cuarto carro, y lo demás se repartían por la comitiva entre chanzas con las esclavas y pasaban el rato más ameno en sus turnos rotativos de guardias.

            Fausta iba en la carroza de los curanderos y aprovechaba las jornadas de travesía para moler hierbas secas, exprimir limones y verterlos en odres, hacer recuento de consumibles como miel, romero y resto de inventario que añadían cuando descansaban y peinaban el terreno en busca de nuevas existencias.

            Eran tres curanderas, las otras dos eran monjas desde lo quince años y parecían conocer cada una de las hierbas que se podían encontrar en el campo. Jamás imaginó que hubiera tantas, aun le costaba reconocer la mayoría y confundía las más comunes. Sólo aquellas peligrosas, como el cornezuelo del centeno, la ortiga o la mandrágora se quedaban grabados en su mente a la primera. Quizás era el instinto humano que desde muy pequeños se desarrolla sin esfuerzo alguno ante el estímulo de la frase: "Eso no se toca". O quizás porque ella las recolectaba en secreto. Especialmente las memorizaba al instante cuando añadían: "Es muy venenoso". Por eso tenía en su arsenal prohibido setas disecadas de amanita muscaria, cornezuelos del centeno, esencia de cardos marianos, raspaduras de hoja de ortiga seca y el extracto de las bayas que usó para asesinar  a los hijos de Casimira. Aunque aquella noche su odre de veneno de baya había quedado vacío.

 

 

            La caravana pasó junto a ciudad de Toledo. Ella sola tardó la mitad de tiempo en llegar caminando la noche anterior, ahora llevaban mucha más carga.

            No se marcharían sin rellenar los barriles de agua en algún pozo y se detuvieron a las puertas de Toledo, aun cerradas.

            — ¡Par diez! -Exclamó Braulio-. Aun no han abierto el acceso la ciudad y es cerca del mediodía.

            — ¿Eso es lo que te extraña amigo mío? -Replicó Pelagius con voz trémula, como si temiera algo.

            El hombretón de ciento cincuenta quilos de músculo miró donde señalaba su señor y frunció el entrecejo.

            Una de las cabañas de la aldea tenía la puerta abierta y se veían los pies de alguien caído e inerte en el suelo.

            Eleazar se adentró con la espada recta en la mano derecha y se quedó petrificado con lo que vio.

            — ¿Qué ocurre? -Inquirió Pelagius, impaciente.

            Se volvió, le miró preocupado y se encogió de hombros. Luego se agachó y le perdieron de vista.

            — Malas nuevas, ¿qué diablos pasa aquí? -Rezongó contrariado mientras entraba en la casa.

            Fausta le vio entrar preparado para una posible trampa pero una vez dentro envainó la espada y se santiguó.

            Echó un vistazo rápido a la aldea. En un gallinero no se escuchaban gallinas, en los establos no balaban las ovejas ni mugían las vacas. No se veían perros, no se distinguían pájaros el cielo y se percibía algo desagradable en el ambiente, el hedor de la muerte.

            - Llenar los barriles -ordenó Pelagius saliendo de la cabaña consternado.

            Detrás salió Eleazar, mirándola a los ojos con suma preocupación dibujada en sus negras pupilas.

            Varios hombres se afanaron en bajar los barriles y los rodaron hasta la boca del pozo.

            — ¿Qué pasa? -Le preguntó Fausta a su amigo.

            — No lo sé -respondió confuso-. Hay sangre por todo el suelo, por las paredes... Pero la familia que yace muerta no tiene heridas. Es como si hubieran vomitado sangre hasta desangrarse.

            — Veneno -dedujo Felisa, la monja más joven (que rondaba los sesenta años).

            — Todo el pueblo está igual -comentó otro que investigó por su cuenta.

            — No queda ser vivo en la aldea.

            Eleazar levantó la vista a la montaña donde estaba Toledo y todos hicieron lo mismo.

            — Es como si hubiera caído sobre la región un ángel muy enfadado -opinó Pelagius-. Terminar rápido -ordenó a los que recogían agua-, no sabemos qué clase de enfermedad hay por aquí, debemos irnos cuanto antes.

            — Este silencio me pone la piel de gallina -añadió Braulio.

            Eleazar se acercó a Fausta, que parecía especialmente afectada por lo que veía. Su tez era tan blanca como una pared encalada.

            — Tranquila, nos marcharemos en seguida. Yo también sufrí un shock muy fuerte cuando vi miles de muertos a mi alrededor el día que me recogieron moribundo en el campo de batalla y me llevaron en un carromato de heridos. El olor era peor que estar en el infierno...

            — No son los cuerpos ni el hedor a muerte lo que me asusta -respondió con un hilo de voz.

            Eleazar la miró extrañado. ¿Qué otra cosa podía ser? Entonces recordó su don secreto y abrió los ojos como platos.

            — Entiendo...

            Fausta tragó saliva, aterrorizada. No lo entendía en absoluto, ella los había matado sin querer. Al verter el veneno en el pozo del palacio creyó que sólo les mataría a ellos. Y su pánico era por los hombres que cargaban los barriles de agua en los carromatos de suministros. ¿Es que nadie iba a decir que no debían llevar ese agua?

            No, la explicación del señor era la que todos aceptaban. No querían permanecer allí demasiado tiempo y estar presentes cuando el "ángel exterminador" volviera por allí.

            Si les avisaba de que el agua era la causa sabrían que ella fue la responsable.

Comentarios: 6
  • #6

    Chemo (jueves, 19 febrero 2015 05:47)

    Estuvo interesante. Espero la siguiente parte.

  • #5

    Tony (miércoles, 18 febrero 2015 18:51)

    Una sola balla es capaz de matar a una persona, imagina un odre de un litro de extracto. Las explicaciones científicas dirían que es imposible ya que el agua subterranea está en movimiento y en cuestión de una hora el veneno se disipa. Pero puede que mataran las ranas de los pozos, los animalillos muertos se quedan ahí flotando, pudriéndose... En fin... Inesperadamente fue peor de lo que Fausta esperaba. Y al menos así lo cuenta ella, creéroslo

  • #4

    Alfonso (miércoles, 18 febrero 2015)

    Esta parte estuvo interesante. Creo que compensa las anteriores partes algo monótonas. Desafortunadamente, la vida no siempre es justa y suelen pagar justos por pecadores. Por otra parte, ¿cuántos hongos venenosos serán necesarios para eliminar un pueblo entero? No creo que un solo odre de veneno sea capaz de contaminar un pozo comunitario, habría que investigar.

  • #3

    Tony (miércoles, 18 febrero 2015 07:10)

    Hay muchas cosas que no encontrarás en los libros de historia. Pero era una práctica habitual envenenar pozos en la edad media para conquistar ciudades sitiadas o vengarse de los invasores dejándoles un regalito. ¿Quiénlo hizo primero? Digamos que Fausta.

  • #2

    Jaime (miércoles, 18 febrero 2015 04:21)

    No recuerdo haber leído esta parte en los libros de historia. Tony, ¿investaste esta escena del envenamiento masivo en Toledo? La historia parece que comienza a tomar forma. En la siguiente parte, pienso que Fausta se verá forzada a admitir su culpa en este incidente para salvar a la caravana de una muerte segura, tras lo cual será expulsada del grupo. Además de que los muertos la atormentarán por lo que hizo.

  • #1

    tonyjfc (martes, 17 febrero 2015 15:52)

    No olvides comentar este capítulo. Tu opinión siempre cuenta.

Animal es el que abandona a su mascota.

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