Hay cosas que es mejor no saber

1ª parte

            La mujer estaba cubierta de lodo y sangre. Tenía las manos negras y sus uñas habían sido arrancadas con brutalidad. Respiraba con la boca llena de espuma blanca como si estuviera deshidratada.

            Guillermo era el primero en llegar a la comisaría y eran las siete y media de la mañana. Encontrar a la mujer en la puerta supuso un shock que le despertó de golpe. Nunca pasaba nada en el pueblo y lo primero que pensó fue que habían plantado un cadáver en la central de policía como una especie de juego diabólico de algún sádico. Pero al verla respirar no se le ocurrió cómo actuar.

            — ¿Se encuentra bien?

            La mujer despertó con su voz. Era más o menos de su edad, unos treinta años, y tenía barro por toda la cara, en el cabello e incluso en la boca. Su mirada era histérica y retrocedió porque no sabía cómo podía reaccionar estando tan asustada.

            — No te voy a hacer daño —aclaró mostrando sus manos desnudas—, te ayudaré, vamos, levanta, te llevaré a un hospital.

            — Mi hijo —susurró la mujer, suplicante.

            Guille no estaba seguro de haberla escuchado bien y se acercó un paso a ella.

            — ¿Qué has dicho?

            — Mi hijo — chilló, asustándole como una loca peligrosa—. ¡Está enterrado!

            La mujer estaba al límite de sus fuerzas y temió que con ese esfuerzo pudiera morir.

            — No se altere, ¿dónde lo ha enterrado?

            — ¡Yo no!, ¡han sido los muertos!

            Trató de alcanzarle con una de sus manos ensangrentadas y le miró llena de odio. Guillermo sacó la pistola de su funda apuntándola a la cabeza. Esa mujer parecía muy peligrosa y no sabía si estaría enferma por alguna clase de enfermedad contagiosa.

            — No se acerque o disparo —amenazó.

            — Busque a mi hijo, los muertos le han enterrado...

            Diciendo eso agotó todas sus energías y perdió el sentido. Guillermo sacó su teléfono y llamó al hospital psiquiátrico.

            — Aquí Guille, de Casarrubuelos —una voz femenina contestó—. Otra loca que dice haber visto muertos, que venga alguien, puede que haya enterrado vivo a su propio hijo.

 

            Tres días antes...

           

            Jaime jugaba con su recién estrenado teléfono móvil. Estaba asombrado de que tuviera infinitos programas para descargar de la tienda online y se pasaba el día buscando cosas curiosas que probar. Su padre se lo había comprado el fin de semana pasado y era incapaz de soltarlo.

            — Ala, el juego de la Fórmula 1, oh no, cuesta un euro... Mejor otra cosa —lo malo era que la que tenía que pagar la factura sería su madre y le había dejado claro que cada cosa que comprara tendría que descontársela de sus diez euros de paga semanal.

            Aun así ser hijo de padres divorciados no era tan malo. Tenía más caprichos de los que podía desear.

            En ese momento entró su madre en la habitación y le sorprendió con el teléfono en las manos.

            — ¡Quieres soltar ese maldito trasto! —gritó—. Vamos, ponte a estudiar.

            — Pero mamá, si acaba de empezar el curso, casi no tengo deberes.

            — Cuando me los enseñes hechos te dejaré perder el tiempo.

            — Está bien...

            Soltó el móvil y fingió que iba a trabajar en ello. Pero no contaba con que su madre se acercaría por detrás y le quitaría su precioso smartphone.

            — Cuando me enseñes todo lo que has hecho te lo devolveré —le chantajeó.

            — Jo mamá, pueden escribirme mis amigos y si no contesto pensarán que me he enfadado con ellos y no volverán a hablarme.

            — Qué pena, haberlo pensado antes cuando podía confiar en ti —respondió ella.

            Jaime soltó una patada al aire con fastidio. En ese momento echó de menos a su padre, él siempre compartía interés con los temas de tecnología. Los fines de semana que pasaba con él nunca hacían cosas aburridas juntos. Por ello odiaba a su madre, le obligaba continuamente a estudiar, como si eso fuera a servirle de algo en el futuro. ¿Cuántos universitarios había en paro? Él quería ser mecánico de coches, le encantaba la mecánica. Pero nadie le tomaba en serio cuando lo decía y sacaban a relucir la frase de que "con catorce años no se sabe lo que se quiere pero sí lo que no".

            En realidad no tenía muchas amistades ya que se habían mudado a Casarrubuelos hacía un año y medio y el único con el que se escribía era Francisco, Fran para los colegas. Era un repetidor y le encantaba conocer todas las normas con el fin de saltárselas una tras otra. Aún así era un buen chico que nunca cruzaba la línea de la delincuencia, al menos por el momento y que él supiera. Era lo único que le gustaba de ese pueblucho muerto que de milagro salía en el mapa. Nunca comprendería qué pudo ver su madre en una casa de cuatro pisos en la que había que subir escaleras para ir a cualquier parte. Si antes le daba pereza que le ordenaran sacar al perro, ahora que tenía que bajar un piso y luego subirlo era aún más duro. Bogart, no pensaba lo mismo porque se pasaba el día entero subiendo y bajando a verle a él y luego a su madre, repitiendo el recorrido cada media hora. Así estaba el bicho, más musculoso que Sylvester Stallone. Claro que al tener algo de la raza rottweiler su energía era inagotable. Bajó la mano del escritorio y allí le encontró, roncando sobre su mantita junto a la silla. Con toda la energía que tenía y dormía más de quince horas diarias... Qué vida llevaba. A veces envidiaba a su perro.

            Cuando completó la tarea se levantó y bajó las escaleras de dos en dos. Su madre estaba viendo la televisión tomando una taza de te mientras cosía una de sus camisetas rotas. Tiró el cuaderno sobre la mesita del salón y con la fuerza casi tocó el te, cuyo líquido sintió el golpe y bordeó el límite de la porcelana como un malabarista haciendo equilibrios en la cuerda floja.

            — Ahí lo tienes —susurró—. Devuélvemelo.

            Laura lo sacó del bolsillo pero no se lo entregó.

            — Jaime, entiende que tu padre te está haciendo chantaje emocional comprándote estos caprichos. ¿Sabes que se niega a pagar tu colegio? ¿Que tengo que llamarle cada mes para que pague su parte de tu pensión?

            — Ah, ya vale mamá, no me des la brasa —escupió con fastidio.

            La cara de su madre se transformó en una mueca de incredulidad cuando él se acercó y le arrancó el teléfono de las manos. Pero ella no reaccionó, nunca lo hacía. Temía que si le pegaba le perdería el poco respeto que le tenía, que se enfadaría y que quisiera marcharse con su padre. Jaime se sintió culpable por un segundo pero si le pedía perdón sería la última vez que podría hacer algo así. Tenía muy claro que ella le quería más que su padre, pero era tan conveniente para él esa guerra de cariño que jamás se traicionaría a sí mismo demostrando a ninguno de los dos que era su favorito.

            Subió a su cuarto mientras abría de nuevo la tienda online de su teléfono. Buscó los programas más descargados y encontró uno sumamente interesante.

            — Radar Fantasma... —sonrió con picardía al leer su funcionalidad.

           

            "¿Quieres saber si se esconden entes espirituales en tu habitación mientras te crees a salvo en tu intimidad? Con el Radar Fantasma podrás detectar presencias no deseadas."

 

            — Además es gratis, ven para acá —declaró orgulloso, al pulsar sobre el botón "descargar".

            Mientras se lo bajaba siguió curioseando por la tienda y pensó que quizás había sido cruel con su madre. Era consciente de que ella era la que le mantenía, la que cuidaba de él y se preocupaba por lo que hacía. Su padre era tan simpático con él para hacer daño a su madre, no porque le quisiera realmente. Desde el divorcio se desentendió de los problemas de casa para rehacer su vida. Había sido muy egoísta al marcharse, pero cuando volvía a verle le trataba como a su mejor colega y  él le seguía la corriente y le pedía cosas cada vez más caras. Si fuera por su madre los devolvería todos y con el dinero le compraría ropa. Ya lo había hecho con una consola de videojuegos que le regaló en su cumpleaños. A su padre le encantaba decir "Carpe Diem" que sin saber latín entendía que significaba algo así como "hago lo que me da la gana sin dar explicaciones a nadie". Vivir sin depender de los demás, exactamente lo que más deseaba él. Por eso disfrutaba tanto con su padre.

            La aplicación de los cazafantasmas se descargó por completo y la abrió intrigado. Apareció una pantalla como una especie de diana en la que salía un detector de movimiento. Lo malo era que no aparecía señal alguna. Lo observó detenidamente durante cinco minutos y no hubo rastro del más allá. Apuntó a todas las direcciones de su cuarto y lo único que llegó a detectar fue su propia presencia en lo más cercano del círculo, una mancha azul.

            — Supongo que al menos detecta a los vivos —dedujo, fastidiado.

            La verdad es que dudaba que funcionara, pero le tranquilizaba que en su cuarto solamente apareciera él. Si hubiera visto manchas por todas partes lo habría borrado de inmediato por ser una tomadura de pelo.

            De pronto salió un aviso en la parte alta del teléfono.         

            "Colega, saca tu fusil que nos vamos de trincheras" —era Fran. Miró la hora y vio que aún era pronto para cenar.

            "¿Quedamos en el parque?" — le preguntó.

            "En diez minutos levanto el campamento y voy" —replicó su amigo casi de inmediato.

            — Qué flipado, seguro que se ha pasado la tarde jugando al Call of Duty —susurró llamando la atención de Bogart que le miró con ansiedad, esperando que quisiera jugar con él.

            Como no era el caso, le acarició detrás de las orejas y el animal se dejó caer de nuevo en su alfombra.

 

            Se encontraron en la entrada al parque. Fran había llevado una mochila y le mostró en su interior sprays de pintura con una sonrisa torcida.

            — Vamos a dejar huella, ¿te vienes al establo abandonado?

            — Otra vez con tus pintadas... —denegó con la cabeza—. Me he descargado un programa muy guapo que detecta fantasmas.

            Fran le miró con el ceño fruncido.

            — A ver si vas a salirme friki... —protestó.

            — No perdemos nada por intentarlo.

            — Tú a tus movidas y yo a las mías —respondió Fran.

            Y se encaminaron por un camino que se alejaba del pueblo en busca del viejo edificio. Al alcanzarlo, vieron que la policía había rodeado el recinto con tiras de plástico después de que alguien quemara todas las hierbas que rodeaban el viejo establo. Era una nave de cemento con tejado de oralita que tenía varias secciones que separaban unas zonas de otras. En el interior se distinguían abrevaderos y arriba, entre los hierros de la estructura del techo, había cuerdas viejas y sucias colgando, como si hubieran puesto sacos ahí arriba o atado personas para torturarlas. Estaba a más de un kilómetro del pueblo y casi nunca pasaba nadie cerca. Tenía montones de huecos en los que poder esconderse y miraran donde mirasen podían imaginar una película de terror con esos fondos.

            Si había un lugar interesante para buscar fantasmas, desde luego esa fábrica lo era. Y... dejar su firma en las paredes era la mejor forma de divertirse, según Fran.

            Ante la falta de interés de su amigo por su nuevo programa detector de fantasmas, Jaime comenzó a escanear toda la zona. Mientras tanto Fran se fue a pintar por ahí.

            — Mira, ha detectado tres allí —se emocionó el chico señalando a la espalda de Fran. En la pantalla no había nada, pero pretendía asustarle.

            Su amigo detuvo su trabajo artístico para mirarle con una sonrisa torcida.

            — Claro tío, esa es mi abuela, ese mi tío y ese mi bisabuelo —explicó, señalando al vacío—. Los llevo siempre conmigo en plan pandilla para meter miedo —bromeó—. ¿Cuánto te ha costado esa mierda?

            — Era gratis —respondió Jaime.

            — Pues que bien, ¿y quién me devuelve el minuto de mi vida que te he hecho caso? —protestó de nuevo Fran, entre risas, agitando el bote de pintura antes de seguir con su faena.

            Aceptó su nueva burla y siguió escaneando por la zona. Se metió en el edificio por la puerta interior. No esperaba encontrar nada interesante y perdió interés por la tontería del programa, examinando el interior con curiosidad. El edificio se había quemado por dentro y sólo encontró cenizas viejas sobre las ya se veían plantas. Estaba muy oscuro y al intentar ver con más detalle no vio gran cosa. Se hacía de noche y la poca luz que había fuera no llegaba hasta dentro.

            Encendió la linterna de su teléfono y alumbró el interior calcinado del lugar. En su examen de la estancia vio una pierna que se movía hacia la derecha y se llevó un susto de muerte. Buscó nerviosamente con la luz pero no vio a nadie, ¿habría sido una ilusión óptica? Retrocedió y fue a buscar a Fran. Justo en el momento que se dio la vuelta alguien le agarró con fuerza del brazo y le gritó:

            — ¡Pringao! —era Fran el que le había asustado.

            — Qué susto —protestó, llevándose la mano al pecho.

            — Vámonos, se está haciendo de noche y tu mamá se va a preocupar —ordenó su colega.

            Al mirar detrás de él, entre las cuerdas que colgaban del techo distinguió una sombra, como de una persona colgada. Parpadeó varias veces, asustado y Fran se volvió a ver.

            Se acercaron con el teléfono en la mano y, alumbrando con su potente luz, encontraron un saco colgado.

            — Parecía una persona —susurró Jaime.

            — Tienes mucha imaginación —replicó Fran, sonriente.

            Aunque no vieron nada intrigante desde ese momento tuvo la desagradable sensación de que alguien le observaba.

 

Comentarios: 9
  • #9

    Best Juicer (domingo, 28 abril 2013 12:52)

    I just shared this on Facebook! My pals will really enjoy it!

  • #8

    lulu69 (lunes, 24 septiembre 2012 11:05)

    Carla, si pulsas control + la iras viendo progresivamente más grande. Va subiendo 125%, 150% ect...

  • #7

    carla (sábado, 22 septiembre 2012 21:54)

    super interesante *-* no puedo esperar para leer el final :) solo una sugerencia y perdon :s pero es que creo que la letra esta muy pequena al menos para la pagina. No se pero es un poco trabajoso leerla al menos para mi

  • #6

    ale02 (viernes, 21 septiembre 2012 20:58)

    Muy interesante. Esperando la continuacion.

  • #5

    Jaime (viernes, 21 septiembre 2012 18:34)

    Se ve interesante la historia. Espero la continuación.

  • #4

    Tony (viernes, 21 septiembre 2012 14:00)

    Sólo dos.

  • #3

    lulu69 (viernes, 21 septiembre 2012 12:30)

    Está prometedora la historia. ¿Va a tener muchas partes?

  • #2

    yenny (jueves, 20 septiembre 2012 23:23)

    Me ha dejado con la intriga, buena primera parte, espero la continuacion.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (jueves, 20 septiembre 2012 15:14)

    Comenta aquí tu opinión sobre la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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