Hay cosas que es mejor no saber

2ª parte - FIN

 

            Por la noche, ya en la cama, aburrido, se le ocurrió volver a encender el detector de ultratumba en su habitación antes de dormir ya que se suponía que los fantasmas salían a las doce. El aparato no detectó ninguna presencia extraña y, vencido por el sueño, dejó el teléfono en su mesita de noche y acarició la testa de Bogart, que siempre dormía a su lado, en la alfombra. Le rascó unos segundos y se quedó profundamente dormido.

 

            — ¡Guau! —le despertó el perro.

            No había sonado como si estuviera al lado de su cama sino en el piso de abajo, frente a la puerta de la calle.

            — Qué perro más pesado —refunfuñó, deseando que su madre se levantara para regañarle.

            Miró el reloj en su teléfono y vio que eran las tres de la madrugada. El perro volvió a ladrar con fuerza, un guau seco y potente que hizo eco por toda la casa.

            — Menudas horas para llamar la atención — susurró.

            Intentó volver a dormirse pero Bogart volvió a ladrar.

            — No, por favor... —se despertó de nuevo—. ¿Por qué ladra ahora?

            Se levantó enojado y se llevó el móvil con él para iluminar el pasillo y encender la luz. Bajó las escaleras y se encontró al animal mirando fijamente a la puerta, como si estuviera esperando a que le abriera para irse. Si eso hubiera pasado a la luz del día se habría reído de él, pero siendo las tres de la madrugada y estando solo sintió un escalofrío. No se atrevió a ver el radar de su teléfono ya que si éste le hubiera mostrado puntos rojos delante de Bogart habría gritado con todas sus fuerzas. Lo único que se limitó a hacer fue llamar al perro e invitarlo a volver a la cama. Como no hacía caso fue a la cocina y cogió una golosina de las que usaban normalmente para adiestrar al rottweiler.

            — Toma, siéntate —Bogart giró la cabeza, al fin y le miró con la lengua fuera.

            Acercó el trozo de chocolate a su boca y el perro la engulló sin masticar. Después le acarició y suspiró al ver que le hacía caso y le seguía. De camino a su cuarto vio que la habitación de su madre estaba cerrada y envidió que tuviera el sueño tan profundo. Volvió a acostarse y esta vez cerró la puerta de su cuarto para que Bogart no tuviera la tentación de salir de nuevo a despertar a todos los vecinos.

 

            El día siguiente fue al instituto y le contó lo ocurrido a su amigo Fran. Éste le preguntó, completamente serio, si en el teléfono no había programas de pañales para cagaos como él, motivo por lo cual se partió de risa dejándole en ridículo ante sus compañeros de clase. Se preguntó por qué seguía dirigiéndole la palabra.

            Cuando regresó a casa después de un aburrido día de instituto se fijó que había una imponente Luna llena coronando el firmamento. Se preguntó si Bogart era medio lobo y al verla la noche anterior le dio por ladrar a la puerta como si quisiera salir a contemplarla. Apenas dejó la mochila en su cama se dirigió a las escaleras dispuesto a buscar a Fran.   

            — ¿Has hecho los deberes? —interrogó Laura.

            — No, los hago luego.

            — Ni se te ocurra salir sin que me los enseñes todos, Jaime —replicó su madre, furiosa.

            — Déjame en paz —contestó él, subiendo de nuevo las escaleras corriendo y metiéndose en su cuarto dando un portazo.

            — No me hables así, jovencito —replicó ella con la voz crispada.

           

            Después de dos horas aburridas de estudio tenía la cabeza hecha puré de tanto pensar y memorizar.

            — Vamos baja, he preparado la cena —llamó su madre.

            — No tengo hambre.

            — Uff —resopló Laura—. Niño malcriado...

            — Como si no me hubieras criado tú —siseó, tumbado en la cama y volviendo a jugar con su teléfono.

            Detestaba que le siguiera llamando "niño". De pronto comenzó a escuchar que algo arañaba la puerta de su cuarto y se asustó. Luego suspiró al comprender que era su perro, se había olvidado por completo de él. Le dejó entrar y el animal se acercó a su alfombra para dejarse caer y dormir junto a su cama.

            — Qué vida tienes macho —le dijo, negando con la cabeza—. Sobando todo el día.

            — ¿Has sacado al perro? —preguntó su madre desde abajo—. Es muy tarde.

            — ¿Cómo voy a hacerlo si no he salido de mi cuarto?

            — Pues a qué estás esperando —ordenó ella, furiosa.

            — Vale —se levantó de la cama malhumorado—. Vamos colega, espero que hagas el pis rápido que estoy molido.

           

            El paseo fue extraño porque el perro encontró un rastro desde que salió de casa y durante toda la vuelta no despegó el hocico del suelo, husmeando con ansiedad.

            — ¿Qué haces? ¿Te has vuelto sabueso de repente? —le preguntó aún sabiendo que no iba a recibir contestación.

            Llegaron a la última casa de la urbanización y vieron la iglesia al fondo, con su nido de cigüeñas en lo alto del campanario. Entre ellos y el edificio religioso había un campo sin vallar, sin hierbas, completamente arado y con escombros de algún tipo que evidenciaban que en esos campos quedaban estructuras y alguien las había echado abajo. Solamente se veían dos árboles en más de cinco mil metros cuadrados de tierra en medio del pueblo. Siempre llamaba su atención una acacia de más de cien años que se elevaba a unos treinta metros de altura con un tronco del diámetro de una rueda de bicicleta. Su enorme copa se mecía con el viento a pesar de que él no sentía nada de aire.

            — ¡Guau! —ladró Bogart al campo vacío.

            Por un momento el animal se quedó paralizado mirando algo que Jaime no veía. Al principio pensó que era a la iglesia, porque vería a una paloma y le habría llamado la atención. Pero el perro retrocedió unos pasos con desesperación, llorando como si le temiera que le golpearan.

            — ¿Qué te pasa Bogart? —preguntó preocupado.

            Se acercó a él y el perro aprovechó esa correa que le dio de más para tratar de huir despavorido. El collar le quedaba un poco holgado, cosa que aprovechó el animal para tratar de soltarse sacando la cabeza con todas sus fuerzas. Su pánico era tan grande que sacó el collar hasta las orejas y siguió tirando a pesar de que éste debía estar haciéndole daño. Por suerte Jaime se dio cuenta de sus intenciones y se lo volvió a colocar poniéndose serio con él.

            — ¡Qué te pasa! No hay nadie ahí —le indicó con autoridad—. Tranquilo, ¿vale?

            Sin embargo el perro tenía el rabo entre las patas y quería irse de allí sin atenerse a su mandato.

            — Vamos a casa, no sé que mosca te ha picado.

            Cuando se alejó de allí, Bogart comenzó a calmarse y Jaime se temió ser perseguido por algo, la misma presencia del establo abandonado. Pero allí no había nadie. El moribundo Sol salpicaba de sangre las últimas nubes del oeste por lo que reinaba bastante luz y no tenía tanto miedo como por la noche. Se envalentonó y sacó su móvil del bolsillo, se dio la vuelta y encendió el programa detector de fantasmas. Enfrentarse a su miedo le dio más valor y esperó pacientemente a que el radar funcionase mientras Bogart tiraba con fuerza para ir a su casa.

            — Espera, pesado, sólo es un momento —trató de calmarlo.

            Una luz apareció en medio de la pantalla, era de color rojo.

            ¿Era casualidad? Allí delante no había nada que pudiera ver. Pero Bogart sí lo veía, estaba claro, y al parecer su teléfono también lo detectaba.

            De pronto la señal se movió hacia él. Al principio despacio y luego fue acelerando.

            — Mierda —escupió, aterrado.

            Tiró con fuerza de Bogart y ambos corrieron por la calle hasta llegar a la puerta de su casa. Llamó al timbre diez veces con desesperación. Su madre abrió con cara de enfadada.

            — ¡Ya está bien! Vas a fundir el timbre.

            Pero al ver entrar a Jaime pálido como la harina y al perro con el rabo abajo dejó de regañarles y cerró la puerta tras ellos.

            — No salgas mamá, algo nos perseguía —bufó Jaime, respirando agitadamente.

            — ¿Qué era? —preguntó extrañada.

            — No lo sé, no pude verlo pero Bogart casi se escapa cuando lo vio. No veas qué susto se ha llevado.

            — ¿Y no lo viste tú?

            — Yo no, yo qué sé, este bicho tendrá mejor percepción. Creí que estaba loco porque ahí no había nada, entonces vi con mi detector de fantasmas una forma que se acercaba a nosotros y el Bogart se asustó a la vez. Nos ha venido siguiendo...

            — Has estado corriendo por una cosa invisible que detectó tu móvil —dedujo ella.

            — Sí.

            Laura suspiró meneando la cabeza.

            — Vamos a cenar, anda. Y apaga ese trasto. No deberías creer todas esas pamplinas.

            — Díselo a Bogart —replicó él.

            Quiso encender el programa del teléfono de nuevo para asegurarse de que esa "cosa" no entraba en casa pero al ver a Bogart tan tranquilo decidió que era mejor fiarse del animal. Estaban a salvo.

            — Seguro que te has pasado el fin de semana viendo películas de miedo con tu padre —le regañó Laura desde la cocina—. Ese inconsciente no se da cuenta de que sólo eres un niño.

            Otra vez le llamaba así, lo detestaba.

 

            Después de cenar se metió en Internet y buscó "Casarrubuelos leyendas". Encontró en Wikipedia información muy curiosa sobre el pueblo. A finales del siglo XIX los franceses lo arrasaron por completo dejándolo reducido a cenizas. Desde entonces se le conocía como "El Calvario" y quedó medio abandonado. En 1856 se reconstruyó con cuarenta y cinco habitantes y se volvió a repoblar de modo que en 1870 ya eran sesenta. Otra cosa que le llamó la atención fue que en los terrenos circundantes a la iglesia se encontraron enterrados restos humanos en fosa común a un metro de profundidad, como en épocas de grandes epidemias.

            Aunque era inquietante que hubieran pasado tantas calamidades en el pueblo, no dejaban de estar muy lejos en el tiempo. Los franceses, las epidemias, todo ocurrió hacía más de un siglo. Lo que realmente le inquietó fue una foto que encontró donde se veía el cementerio antiguo de Casarrubuelos. La imagen era en color (por tanto no debía ser antigua) y al fondo se distinguía el campanario de las cigüeñas.

            — Mira mamá, una foto del cementerio —le mostró el teléfono a su madre y ésta lo miró casi sin interés.

            — Qué cosas más tétricas buscas, hijo.

            — Pero mira eso, es la vieja iglesia. Si ese cementerio estaba allí en el 2000, ¿dónde está ahora?  

            — Ah, ya, creo que lo trasladaron hace diez años —respondió su madre, dando el tema por concluido—. Nosotros llevamos tres aquí por eso no lo hemos visto nunca.

            — Entonces, ¿ese descampado que hay al lado de la iglesia era un cementerio?

            — Si lo dice ahí...

            Pero viendo la foto con detalle se dio cuenta de que era muy antiguo. Tragó salvia y se preguntó si toda esa gente muerta no se habría enfadado porque los vivos les habían robado sus lechos de descanso. Desde luego tenían razones para estar enojados.

 

            Cuando se acostaron ya casi ni recordaba el susto del paseo de la tarde. Jaime se durmió en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.

            Pero Bogart volvió a ladrar interrumpiendo su sueño.

            — ¡Guau!

            — Mierda... —susurró, asustado y notando que su corazón estaba desbocado. El ladrido le despertó bruscamente y encendió la luz porque temía que algo, junto a su cama, estaba acechando.

            La luz tuvo un poder asombroso sobre su miedo y enseguida se calmó al comprobar que allí no había nadie. Se preguntó si debía bajar o no, quizás Bogart se aburría de mirar a la puerta y subiría por sí solo. Pero el perro volvió a ladrar. Suspiró, encendió la luz, cogió su teléfono y llamó a la puerta de su madre. Luego abrió y pulsó el interruptor de la habitación.

            — ¿Qué pasa? —despertó Laura que casi no podía abrir los ojos.

            — Es Bogart, está ladrando a la puerta.

            — Tú querías el perro. Ahora ve y regáñale tú.

            — Es que me da miedo —reconoció con voz temblorosa.

            No quería decir lo que pensaba, que toda una multitud de muertos estaba paseándose por el pueblo buscando sus tumbas. ¿Qué sentido tendría hacerlo? ¿Acaso tenía pruebas de que estaba pasando algo así? Además, su madre le habría respondido que dejara de ver películas de miedo y le encantaban.

            — Es tu responsabilidad, Jaime, fue tu padre el que te dio el capricho así que si fuiste mayor cuando lo aceptaste, lo serás para disciplinarlo. Vamos, déjame dormir que tengo que levantarme dentro de tres horas.

            Laura enterró la cabeza bajo la almohada y no se movió más.

            — Vale... —aceptó Jaime, apagando la luz.

            Bajó por las escaleras con el teléfono encendido. Activó el programa y se dio cuenta de que con la luz del pasillo no tenía tanto miedo. Llegó hasta Bogart y éste seguía mirando a la puerta como si estuviera viendo a un intruso.

            — Vamos, bonito, sube. ¿No ves que no hay nadie?

            El animal ni siquiera se movió.

            — Mira, voy a asomarme a la mirilla para que te quedes tranquilo.

            Se acercó a la puerta y levantó el metal que cubría el agujero de cristal. Se asomó y no había nadie, ¿Quién iba a haber? Pero antes de que dejase de mirar pasó una mujer traslúcida caminando en medio de la carretera. Fue un momento en el que no supo reaccionar y se quedó mirando mientras esa mujer vestida con ropas sucias recorría la calle como si buscara algo. Respiró agitadamente y comenzó a tener frío. Bogart notó su pánico y ladró de nuevo. Al hacerlo la mujer se detuvo y en un instante la vio mirándole a los ojos. Jaime se apartó de la mirilla, aterrado y fue tan torpe al apartarse de la puerta que la plaquita metálica hizo un clic repetido al volver a su sitio por efecto de la gravedad.

            — Grrr —comenzó a gruñir el perro.

            — Por el amor de Dios Bogart, cállate —suplicó entre susurros.

            Como no sabía lo que podía haber detrás de la puerta sólo se le ocurrió una solución: Encender el radar de fantasmas. No sabía si funcionaba o no, aunque no pensaba volver a asomarse a esa mirilla.

            Casi inmediatamente el programa mostró una forma roja justo al otro lado de la puerta. Y no sólo eso, detectó varias más que caminaban por la calle con lentitud. Estas otras manchas se comenzaron a juntar y una vez delante de su puerta se habían detenido.

            — Vamos marcharos —susurró.

            — Grrrrr — Bogart seguía firme en su posición de guardián de la casa.

            Al quedarse quietos Jaime pensó asomarse de nuevo, quizás ese programa era una patraña. Aunque estaba claro que había detectado algo que sólo su perro veía.

            ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! Llamaron a la puerta.     

            — ¡Mamá! —gritó, dejando caer su caro teléfono móvil al suelo.

            Subió corriendo por las escaleras y su madre le esperaba arriba con cara de enojada después de ponerse la bata y salir de su cuarto.

            — ¡Por Dios mamá! No me lo invento, mira lo que hay fuera. Asómate y verás.

            — Por tu culpa voy a tener un accidente un día de estos... ¿Tú sabes el sueño que tengo cuando voy a trabajar?

            Sin embargo bajó las escaleras con lentitud, parecía una anciana, uno a uno como si le dolieran las rodillas. Alcanzó al perro y le acarició sobre la cabeza. Bogart movió el rabo como agradecimiento.

            — ¿Si miro me dejaréis dormir? —gruñó.     

            — ¿No has oído que han llamado? —preguntó Jaime.

            — ¿Pero qué...? —protestó ella, pisando los restos rotos de su teléfono.

            — Se me cayó el móvil —admitió Jaime con dolor en su voz.

            — ¿Pero tú sabes lo que cuestan esos trastos? Bueno, no importa, el gilipollas de tu padre tendrá que comprarte otro.

            Finalmente Laura se asomó a la mirilla y estuvo observando unos segundos. Después se volvió y se encogió de hombros.

            — No hay nadie. ¿Contentos? Vamos Bogart, sube a tu cama y no vuelvas a liarla...

            — ¿Cómo que no? —Jaime iba a acercarse a la mirilla pero de repente se escuchó un golpe fortísimo en la puerta.

            Laura saltó más de veinte centímetros de altura del suelo por la sorpresa.

            — ¡Dios, qué fue eso! —chilló.

            — ¡Te dije que había alguien ahí!

            — ¿Quién?

            — Unos muertos. Estaban paseando por la calle y se dieron cuenta de que les vi. Entonces vinieron hacia aquí.

            — ¡Y para qué tienes que mirar tú a nadie! —gritó ella, fuera de sus casillas.

            — Bogart no se movía, me asomé para calmarlo —respondió.

            — Apártate de la puerta, sea lo que sea puede echarla abajo —recomendó su madre, que ahora estaba más asustada que él.

            — Deben ser los muertos que había en el cementerio —trató de comprender Jaime—, buscan sus tumbas y no les gusta que les vean. Están furiosos porque no saben dónde ir a descansar.

            — ¿Quién te ha dicho eso? —recriminó su madre.

            — Nadie, es lo que yo creo.

            Un segundo golpe derribó la puerta y llenó de polvo y astillas el pasillo.

            — ¡Ah! —gritó Laura, que cayó de espaldas y gateó hacia atrás.

            Jaime se envalentonó cogiendo una escoba y sacudió a uno de los muertos en la cabeza pero los atravesaba. Mientras trataba de agredirlos le sujetaron por el pelo, con el polvo que habían levantado eran visibles y sus rostros descarnados les paralizó de pánico. El chico gritó y trató de soltarse pero tenían mucha fuerza. Le taparon la boca para que no gritara y Laura contempló cómo lo arrastraban fuera de casa sin poder evitarlo. Su mente le decía que lo que veía era imposible pero cuando quiso moverse ya la habían cogido también a ella y la arrastraron fuera. La calle estaba llena de fantasmas y todos parecían pendientes de su captura. Se les veía con mayor claridad en el exterior, como si la Luna llena les permitiera verlos con su luz azulada.

            Los fantasmas llevaban ropas de muchas épocas, unos iban con frac de rallas, otros con traje negro, las mujeres con vestidos elegantes llenos de polvo y ceniza, todos ellos tenían el rostro descompuesto por la putrefacción. Bogart les ladró desde el umbral de su puerta pero no salió en su ayuda, el pobre animal estaba tan asustado como ellos.

            — ¡Qué queréis! —chilló Laura.

            Entre varios se la llevaron en pos de su hijo. Mientras tanto, Bogart se escondió detrás de la puerta del aseo y no se atrevió a salir más.

            Les arrastraron calle abajo hasta alcanzar los descampados que había junto a la iglesia del pueblo. Varios de los muertos empezaron a escarbar con sus propias manos y Laura trataba de librarse de ellos sin éxito. Los que la sujetaba no lo hacían con extremidades esqueléticas, su contacto la insensibilizaba y dejaba fría la piel que tocaban. Apenas tenía fuerzas de luchar o gritar. El miedo paralizaba sus miembros y sus cuerdas vocales se habían quedado sin voz.

            Una vez terminado el agujero la arrojaron a su interior y volvieron a cubrirla con tierra. No pudo levantarse porque se le habían dormido los brazos y en seguida le llenaron la cara de tierra.

            — ¡Jaime!  —gritó con fuerza.

            — ¡Mamá! —gritaba su hijo desde no muy lejos.

            Cuando la enterraron hubo silencio. Por suerte había caído con la cabeza hacia abajo y mientras caía tierra sobre ella quedó algo de aire entre su nariz y el suelo. Esperó unos minutos hasta que estuvo segura de que no había ninguno de esos fantasmas ahí fuera y, progresivamente le volvió la sensibilidad a los brazos. Casi sin oxígeno, comenzó a escarbar con los dedos y le costó hacerlo ya que el peso de la tierra era mucho y había grava entre medias. Le faltaba el aire. Pensó que no podría moverse más y moriría asfixiada. Pero recordó a su hijo Jaime e imaginarlo enterrado como ella le dio fuerzas sobrehumanas para conseguir mover las manos por debajo de la tierra. Con un supremo esfuerzo fue reptando hasta salir al exterior.

            En su empeño por escapar se había dejado las uñas de las manos en la tierra y tenía las yemas de los dedos en carne viva.

            Estaba exhausta, pero no podía quedarse ahí, a pesar de su cansancio tenía que avisar a la policía y encontrar a su hijo.

 

Una semana después…

 

            Laura sufrió una crisis nerviosa y tardó horas en conseguir narrar su versión de los hechos. Por sus vagas indicaciones la policía hizo una batida de búsqueda en los terrenos cercanos a la iglesia y encontraron restos de cientos de cadáveres, los que no habían trasladado al nuevo cementerio por estar demasiado profundos. Cuando encontraron el cuerpo de Jaime, llevaba varios días muerto y no consiguieron explicarse qué tipo de locura  afectaría a su madre para enterrarlo cavando la tumba con sus propias manos. En el informe policial explicaron lo siguiente:

            "Debido a desavenencias postmatrimoniales, la imputada decidió librarse de su hijo enterrándolo, sufriendo un trastorno mental irreversible."

            El juicio se celebraría en un año, pero Laura nunca se recuperaría. Quedó recluida en el hospital psiquiátrico de Cienpozuelos sin que los médicos dieran esperanzas de recuperación. Se negaba a hablar con nadie y si alguien le preguntaba por su hijo su respuesta recursiva era: "Los muertos lo enterraron."

            Sin embargo Guillermo sabía la verdad. No era la primera persona que se volvía loca en el pueblo alegando ver muertos.

            Cerró la carpeta del caso y la metió en el archivo.

 

            No iba a hacer nada porque hay cosas que es mejor no saber.

 

 

Comentarios: 11
  • #11

    CECILIA (miércoles, 26 febrero 2014 22:21)

    EXCELENTE, PERO ME QUEDÉ CON GANAS DE MÁS...

  • #10

    alexandra (lunes, 08 julio 2013 01:18)

    De verdad tu historia me impacto. Muy muy buena pero le hacen falta detalles. Peor de resto estuvo fenomenal

  • #9

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 05 diciembre 2012 11:37)

    Esta versión aclara muchos más puntos y fue la que envié al concurso, por la que quedó en tercera posición.

  • #8

    carla (miércoles, 26 septiembre 2012 05:41)

    Estuvo bien :) aunque quedaron muchos cabos sueltos, como por ejemplo: Que paso con Jaime? o Porque los fantasmas reaccionaron asi? Y el perro, que le paso?
    Ya se que eso sera solo cosa mia pero la parte donde le dan a la puerta y ella brinca mas que miedo lo que me dio fue risa XD
    Pero creo que es porque estoy medio cucu XD

  • #7

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 25 septiembre 2012 19:55)

    Voy a reescribirla y cuando la tenga la publicaré. Esta vez no dejaré cabos sueltos.

  • #6

    Bellabel (martes, 25 septiembre 2012 17:03)

    Tengo la intriga, que paso con Jaime?

  • #5

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 24 septiembre 2012 13:39)

    Jaime, has hecho posible que me vuelva a poner en ello y que saque una tercera versión. La primera ni os la he enseñado, esta me gustaba pero le faltaba algo, pero en la tercera te voy a hacer caso. Voy a quitar paja y meter substancia.

  • #4

    Jaime (domingo, 23 septiembre 2012 23:27)

    La historia tiene un buen principio y un buen final, aunque el relleno de la historia me parece que podrías omitirlo y buscar una forma de enganchar al lector en la trama principal. En especial cuando se trata de una historia corta para un concurso. Por ejemplo, la parte de la fábrica abandonada es irrelevante y el hecho de tener el detector de fantasmas no ayudó en absoluto a los personajes. En lugar de esto, podrías incorporar un poco más de la historia local del pueblo o dilucidar alguna razón por la cual los muertos tienen un afanoso interés en enterrar a la población del lugar. Es sólo una opinión personal.

  • #3

    Lyubasha (domingo, 23 septiembre 2012 21:33)

    Me gustó, me recuerda a una leyenda que leí hace años sobre una mujer de la Edad Media que solía asomarse a la ventana a las 00:00 y un día se encontraba con una procesión de muertos que la obligaban a unirse a ella.

  • #2

    yenny (domingo, 23 septiembre 2012 18:01)

    Me gusto aunque queda la curiosidad se saber que pasó con Jaime.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 23 septiembre 2012 15:51)

    Ya puedes comentar si te ha gustado la historia o no.

    Si te has quedado con ganas de más deberías volver a leer el principio.

Animal es el que abandona a su mascota.

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